Por: Juan Carlos Botero
elespectador.com
06 de noviembre de 2026
Hace 41 años exactos, el 6 de noviembre de 1985, en un operativo sangriento y temerario, un comando del M-19 tomó por asalto el Palacio de Justicia.
Nunca se supo qué fue peor: la demencia de la guerrilla al lanzar un ataque tan violento en pleno centro de la capital, la ineptitud del gobierno civil incapaz de frenar la tragedia, o la ferocidad de las FF. AA. que retomaron el palacio a sangre y fuego. Aplicando un despliegue de armas desmesurado, el Ejército llegó con tanques a la plaza, rodeó el edificio con más de mil soldados y tropas de asalto, y empezó uno de los enfrentamientos más atroces de nuestra historia. Esa misma tarde comenzó el incendio que terminaría devorando la estructura completa del palacio.
Después se estableció que el M-19 careció de ideales al lanzar el ataque, pues el comando irrumpió en el edificio matando a gente inocente, y a la vez había hecho pactos secretos con el grupo más violento y vulgar del país, el narcotráfico. Las FF. AA., entre tanto, aunque rescataron a 263 personas, a la vez apartaron al Ejecutivo del operativo como si fuera un estorbo, y al final ya no entraron a rescatar a nadie sino con la orden de dispararle “a todo lo que se moviera”. No hubo prudencia en el manejo de las armas, y por eso la Corte Interamericana de Derechos Humanos calificó la retoma como un holocausto.
¿Cuál fue el resultado de la acción criminal de la guerrilla, la furiosa reacción de las FF. AA. y la alarmante inacción del Gobierno civil? La sede principal de la justicia colombiana hecha cenizas, más de 100 muertos y 11 desaparecidos. En efecto, varias personas salieron con vida del palacio en llamas y fueron llevadas a los cuarteles, donde las torturaron hasta la muerte y luego regresaron sus cadáveres a las ruinas humeantes para que se contabilizaran con los muertos en combate. Así pasó con el magistrado auxiliar del Consejo de Estado, Carlos Horacio Urán.
Una semana después, erupcionó el volcán Nevado del Ruiz. En la noche del 13 de noviembre, se desató una avalancha de lodo que sepultó el pueblo de Armero y lo borró del mapa. 25 mil personas murieron en el cataclismo, entre ellas la niña Omayra Sánchez, y sus ojos grandes y castaños quedaron grabados en la memoria colectiva de toda la nación.
La tragedia de Armero rebosó los límites, porque el volcán llevaba 140 años en estado durmiente y que hubiera estallado a la semana de la carnicería del Palacio de Justicia, llevó a que mucha gente se preguntara si tanta desgracia no sería un castigo de Dios. Esa semana fue una de las peores de nuestra historia, y por eso la llamo la Gran Decepción, porque el país sufrió una desilusión profunda con sus ídolos de cabecera, y al final quedó una sensación de orfandad y naufragio nacional. Esa semana perdimos la inocencia, porque los defensores de la izquierda tuvieron que aceptar que sus paladines de la guerrilla habían actuado como asesinos a sueldo, y los defensores de la derecha tuvieron que aceptar que sus héroes de las FF. AA. habían actuado como carniceros, y los defensores de la democracia tuvieron que aceptar que sus líderes en el Gobierno civil no habían servido para nada, y los creyentes en Dios tuvieron que aceptar que Su voluntad parecía inescrutable.
Como digo, han pasado desde entonces 41 años exactos. Y aún no lo hemos superado