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viernes, 15 de noviembre de 2019

UN DIALOGO ENTRE ANTIGUOS ENEMIGOS. TRATANDO DE ENTENDER (105)


Un diálogo entre antiguos enemigos


Exmiembros del M-19, Epl, Farc, Eln, PRT y Auc se reunieron por primera vez para discutir, en compañía de la Comisión de la Verdad, sobre su participación en la guerra. Las fuentes de financiación, los motivos que los llevaron a elegir el camino de las armas y los procesos de paz fueron algunos de los temas abordados. Así fue el encuentro.


Exintegrantes de las Auc exponen su visión sobre las causas de la guerra. La comisionada Lucía González y Rodrigo Londoño (“Timochenko”) escuchan con atención. / ICTJ
Hablar de la verdad es un acto de valentía, y más cuando el horror hace parte de ella. Colombia lo sabe. Su historia, su verdad, su memoria, tan impregnadas de violencia y desaciertos, aún están en deuda de ser contadas, sobre todo, por quienes decidieron asumir el papel de victimarios. Por eso desde febrero de este año, junto con la Comisión de la Verdad, treinta excombatientes de diferentes grupos armados tomaron la decisión de reunirse una vez al mes para hilar las verdades que ellos consideran necesarias para esa paz que todos firmaron, pero que aún no llega a muchos territorios.
Por primera vez en cincuenta años de conflicto armado, exintegrantes del Ejército de Liberación Nacional (Eln), Ejército Popular de Liberación (Epl), Movimiento 19 de Abril (M-19), Corriente de Renovación Socialista (CRS), Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (Farc-Ep) y las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc) dialogaron en una mesa de trabajo, llamada Narrativas de Excombatientes, sobre su participación en la guerra, los motivos que los llevaron a elegir el camino de las armas y sus posiciones políticas frente a un país que, aseguran, en varios momentos vieron caer a pedazos.
Al principio creían que la idea era kamikaze, dice Lucía González, comisionada de la Verdad y quien lidera estos encuentros. Aunque su labor es contarle al país lo que sucedió en el conflicto, no era necesario sentar en la misma mesa a quienes fueron enemigos acérrimos durante la guerra. Pero pronto se dieron cuenta de que no tiene sentido que se repita una y otra vez un discurso de paz y reconciliación, si no hay acciones que lo respalden.
Por eso cuando Carlos Velandia, exmiembro del Eln y consultor en temas de paz, le propuso la idea de una gran conversación entre quienes fueron enemigos, le pareció una buena salida para elaborar el capítulo de los guerreros dentro informe que se debe entregar al país en tres años. Y más que buena, necesaria. En un comienzo, cuenta González, pensaron en llamar solo a las guerrillas desmovilizadas hace veinte años. Pero si hay una característica predominante del conflicto armado colombiano es la multiplicidad de autores. “Teníamos que llamar también a los paramilitares y las guerrillas activas recientemente. Así que no lo dudamos y arrancamos con la convocatoria”.
Los únicos requisitos para entrar a la mesa eran ser excombatiente y constructor de paz, y estar dispuesto a discutir con respeto. En eso no había negociación porque el espacio nunca pretendió ser un campo de batalla, sino un cultivo de ideas y futuros proyectos de reconciliación. Además de la Comisión, los encargados de armar los encuentros fueron el Centro Internacional de Justicia Transicional (ICTJ por sus siglas en inglés) y la  Asociación ABC PAZ, quienes han trabajado con varios de los excombatientes.
Muchos dijeron que sí de inmediato. A otros, principalmente los grupos de autodefensas, tuvieron que convencerlos en el camino. Hoy aceptan que tenían varios prejuicios frente a la Comisión de la Verdad por ser una entidad creada después del Acuerdo de Paz entre la extinta guerrilla de las Farc y el Gobierno Nacional. Además, aseguran que están agotados de contar la misma historia en escenarios judiciales y académicos. Sin embargo, por el miedo de que sus verdades se queden en anaqueles de tribunales de Justicia y Paz, aceptaron la invitación. Los únicos que no pudieron participar fueron exmiembros de la guerrilla Quintín Lame por quebrantos de salud.
La clave está en el saludo
Antes de entrar, Sandra Ramírez, senadora del partido Farc, se preguntó varias veces: “Dios, ¿yo qué hago aquí?”. Tenía miedo del encuentro. Y no solo por tener que contar su verdad frente a extraños, sino también porque los personajes que se sentarían a su lado fueron, durante décadas, enemigos que en su momento no hubieran dudado en matarla.
La mayoría confesó que tenía nervios. ¿Cómo saludarse: de un apretón de manos o de un gesto a distancia? ¿Cómo hablar en medio de ideas diversas y opuestas? Aunque algunos ya se conocían porque participaban en espacios de paz o incluso estuvieron en la misma cárcel, no existía cercanía. Hasta ese momento, estos guerreros solo habían alimentado su verdad con personas afines. Pero con el tiempo se dieron cuenta de que narrar lo que sucedió necesita relatos diversos y que ese “enemigo” es también espejo.
De las Farc participaron María Aureliana Buendía, Gabriel Ángel, Sandra Ramírez y Rodrigo Londoño Echeverri; del Epl asistieron Álvaro Villarraga Sarmiento, Francisco Caraballo, Raquel Vergara Álvarez e Ildefonso Henao Salazar; del M-19 fueron Luz Amparo Jiménez, Fabio Mariño Vargas, Álvaro Jiménez Millán, Vera Grabe y Gloria Quiceno; del Eln estuvieron Alonso Ojeda Awad, Carlos Arturo Velandia Jagua, Fernando Hernández y Medardo Correa; de las Auc, Nodier Giraldo, José Eleazar Moreno, Rodrigo Pérez Alzate, Óscar Leonardo Montealegre, Freddy Rendón Herrera, Iván Roberto Duque, Manuel de Jesús Pirabán, Edwar Cobos Téllez, Arlex Arango y Óscar José Ospino; de la CRS, Luis Eduardo Celi, y, finalmente, los integrantes del PRT fueron convocados José Matías Ortiz Sarmiento y Gabriel Barrios.
La metodología fue sencilla. Unas personas neutras que no participaron en el conflicto, miembros de ICTJ, Asociación ABC-PAZ y la Comisión de la Verdad, moderaron las intervenciones. Desde el comienzo de la sesión se enunciaba el tema que se iba a dialogar y luego se pedía que armaran los grupos. La distancia, propia de los prejuicios, hizo que en un comienzo los grupos afines permanecieran juntos. Los grupos insurgentes trabajan solo entre ellos. Y los contrainsurgentes dialogaban por su lado. Las fronteras empezaron a diluirse cuando las discusiones y las visiones de los otros afloraron. “Obviamente, al principio nos hacíamos los mismos, los que pensaban parecido. Uno pensaba: ¡imagínate al lado de aquellos!”, recuerda Óscar Montealegre, exmiembro del Bloque Central Bolívar de las Auc.
Los árbitros les entregaban unos cuestionarios para que fueran respondidos individual y colectivamente. Después, se les pedía que en una cartelera trazaran una línea de tiempo. Cada integrante del grupo, relata Montealegre, debía exponer sus respuestas sobre su participación y el de su grupo en este tema durante la guerra. Los demás escuchaban atentamente.
Álvaro Villarraga, exdirigente del Epl y vocero de la mesa de negociación de paz, explica que, si bien la metodología no estaba diseñada para la confrontación, las verdades eran tan poderosas y las miradas tan opuestas que orgánicamente se dieron espacios de réplica. Por supuesto, las discusiones derivaron en tensiones que escalaban al punto que más de uno quiso en algún momento ponerse de pie e irse. Pero los otros, con la calma después de la tormenta, lo invitaban a seguir: “Son cosas duras, graves. En medio de las narraciones, inevitablemente, se hacían pasajes duros, salían opiniones y discursos que muchas veces eran justificadores. Eso llevó a que hubiera momentos de tensiones, pero no fueron escaladas a algo negativo”.
Aunque en el comienzo dijeron que no se conocían, en esos debates aprovecharon para contar verdades que durante años se guardaron siendo enemigos. Así lo cuenta Óscar Montealegre: “Por ejemplo, cuando hablamos de financiamientos, a los del Eln se les pasó el hurto de combustible, entonces alguien lo recordaba y lo anotaba. Pasamos nosotros y de toda la lista olvidamos el secuestro, entonces un exguerrillero nos mencionaba un caso, así que debíamos anotarlo también”.
Pero, quizá, lo más difícil del ejercicio que repitieron diez veces en el año fue reconocer que ese otro que estaba en frente, que tanto se odió, tenía una historia parecida, una familia víctima, unos dolores indelebles. Que todos eran producto de esos males que aquejaban al país y que ellos decidieron combatir con las balas.
Los ejercicios no tenían la intención de ponerlos de acuerdo. Y en muchos casos, asegura Villarraga, no lo hicieron. Algunos exguerrilleros, por ejemplo, decían que las autodefensas eran sinónimo de grupos paramilitares. Para los grupos contrainsurgentes el término es una ofensa y deslegitima su mirada política de la guerra. Con el tiempo llegaron los matices y concluyeron que la degradación del conflicto había deteriorado también sus reivindicaciones iniciales.
En los encuentros lograron quitarse los prejuicios y a través de las narraciones entendieron los problemas de los otros después de la firma de los acuerdos de paz, pues cada caso estaba lleno de particularidades. Un reclamo de los grupos paramilitares fueron los incumplimientos de su tratado. Dicen que lo pactado nunca se firmó y mucho menos se cumplió, a pesar de haberle contribuido a la justicia. Esta verdad era desconocida, por ejemplo, por Gabriel Ángel, exguerrillero de las Farc, para quien durante años el pacto entre el Gobierno y las Auc había sido entre amigos.
Los grupos de autodefensas, por su parte, aceptaron que los asesinatos contra quienes pensaban diferentes eran injustificables. Y ahí el dolor se apropió de la mesa. Hubo lágrimas y voces que no aguantaron el peso de las palabras. “A mí me pareció complicado escuchar esas versiones muy fuertes de gente que murió inocente. Que no había una investigación de qué hacían, pero se desaparecían por ser guerrilleros. Son relatos muy dolorosos”, señala Sandra Ramírez.
Algunos de los participantes sintieron que las sesiones parecían también clases de historia. Y es que generacionalmente existían brechas enormes. Cuando las guerrillas de los años 90 se desmovilizaban, algunos integrantes de las autodefensas apenas era niños. Sin embargo, esas diferencias les permitieron hilar la historia y entender con más claridad las causas de las distintas olas de la violencia y de los nacimientos de actores armados. “Me impactó estar cerca y conocer de viva voz las reflexiones de los voceros de las exautodefensas. Para mí era nuevo todo”, agrega Vera Grabe, exmilitante del M-19. La imagen que se lleva es un diálogo amplio entre improbables que, insiste, “debió darse antes y siempre, no solo posteriormente”.
Reconocieron los errores, analizaron las causas del conflicto, estudiaron los procesos de paz de cada agrupación, se miraron a los ojos. Algunos pidieron perdón. Otros dejaron ver la vergüenza. También se juzgaron con severidad; pero eso llevó a que el saludo inicial de apretón de manos se cambiara por abrazos y mensajes para sus familias, que los almuerzos estuvieran acompañados de chistes y anécdotas y que los desplazamientos en taxi los pagaran entre todos.
Y con ese telón de fondo, todos, absolutamente todos, llegaron a dos conclusiones. La primera es que en el ejercicio deben participar los militares y los terceros civiles, como políticos y empresarios. Y la segunda es que las diferencias nunca debieron ser resueltas con violencia. Y si bien han repetido esa frase hasta el cansancio, hoy, después de verse tantas veces y dialogar con un afecto que apenas nace, pero es cada vez más fuerte, resaltan que el conflicto jamás debió suceder y ahora es su compromiso contribuir a la no repetición. Por eso hoy decidieron hacer públicos sus encuentros y firmar un nuevo pacto con el país en el que no sólo se comprometen a no volver a empuñar un arma sino también a generar juntos nuevos espacios de paz.

viernes, 8 de marzo de 2019

JEP . TRATANDO DE ENTENDER (95)


JEP 



Han estado tratando de tejerle el fin a la JEP para que la guerra no quede por escrito.

Tomado de www. eltiempo.com 
07 de marzo 2019 , 07:39 p.m.


Contar una historia mientras está pasando es una proeza inútil. Opinar sobre una noticia a medio camino suele conducir a lugares comunes de “estadista” entre comillas: “Que las autoridades investiguen esta trama macabra hasta sus últimas consecuencias”, se repite, “que les caiga a los culpables todo el peso de la ley”. Piense usted en el sórdido caso del fiscal de la JEP que andaba por ahí vendiendo influencias y drogas y prórrogas: puede uno lamentar, en la tortuosa espera de lo que resuelvan los jueces, que la corrupción y el clientelismo hayan llegado tan pronto al tribunal de la paz, pero quizás sea más justo, por lo pronto, reflexionar sobre esta manía tan colombiana –en el mal sentido de la palabra– de despreciar hasta enlodar nuestras instituciones.

Es un hecho histórico que el expresidente Uribe cambia de opinión más de lo que parece, y que a veces pide que se elimine la JEP, y a veces pide que se reforme un poco, y a veces exige que se reforme mucho –y de paso, ante la imagen de unos niños que defienden la nueva institución en los asolados Montes de María, propone educación privada “sin adoctrinamiento” pagada por el Estado–, pero es claro que los uribistas más uribistas, que creen en el acuerdo de Santa Fe de Ralito pero denuncian el acuerdo de La Habana, repudian el tribunal de paz como una jugada de la izquierda para salirse con la suya: hace menos de un año se propagó por las redes, como el odio, la hipótesis delirante de que la justicia transicional era un complot para encarcelar al expresidente.


Buena parte de la clase dirigente de Colombia, la parte que no pasa las páginas sino que las arranca, se ha estado portando como esa gente que aprovecha el fin del mundo para saquearlo.


No hubo que cerrar la Corte Suprema cuando empezó a hablarse del cartel de la toga, ni fue necesario suprimir la Fiscalía cuando el fiscal anticorrupción resultó ser el fiscal corrupto ni tocó acabar con el Ejército cuando se reveló el horror de las ejecuciones extrajudiciales. Hay estructuras como árboles en los que solo se dan las manzanas podridas, sí. Pero es claro, hasta donde es posible que algo sea claro acá en Colombia, que de escándalo en escándalo han estado tratando de tejerle el fin a la JEP–un árbol recién sembrado– para que la guerra no quede por escrito. Y, a pesar de la ONU, de la Corte Penal Internacional y de los dos mil militares que hasta el cansancio le pidieron al presidente Duque sancionar la ley estatutaria del nuevo tribunal, es posible que el ataque desde todos los flancos derechos no cese.

Esta es la era del catastrofismo: “Si Duque no endereza...”. Esta es la época de la paranoia entre el estruendo: “Tiene apagado el teléfono...”. Este es el siglo de la aversión a las instituciones públicas, el siglo de la burofobia, que reclama castigos ejemplares e irracionales a cambio de seguir teniendo fe en un sistema que es el menos malo que se nos ha ocurrido: pronto, si la desconfianza sigue siendo el criterio, les cerraremos el paso a las ambulancias. Colombia es el reino del recelo. Y si de hemisferio a hemisferio del planeta está pagando ser un político inescrupuloso, de aquellos que son capaces de azuzar a los pueblos contra sus democracias y de recrear la Guerra Fría con tal de llegar al poder, por qué no serlo en esta sociedad que ha sido el resultado del desprecio de sus instituciones.

Yo sé que una buena parte de la clase dirigente de Colombia, la parte que no pasa las páginas sino que las arranca, se ha estado portando como esa gente que aprovecha el fin del mundo para saquearlo.

Yo entiendo esta tentación constante de narrar el hundimiento del país: un fiscal ofrece los favores de la JEP justo cuando las antiguas Farc empiezan a responder ante el tribunal por sus repugnantes secuestros.

Pero créame que no puede narrarse el fracaso de nada –ni siquiera de un pulso por la paz– cuando apenas acaba de empezar.

www.ricardosilvaromero.com

domingo, 30 de julio de 2017

LOS PASOS HACIA LA RECONCILIACION DEL PAIS. TRATANDO DE ENTENDER (78)



Los pasos hacia la reconciliación del país

FUENTE: REVISTA SEMANA.COM  29 DE JULIO DE 2017

Mientras el país político se insulta en la redes sociales, los jefes paramilitares y guerrilleros se dan la mano, y en las regiones antiguos enemigos empiezan a dialogar entre sí y mirar hacia adelante.


El miércoles 19 de julio se produjo un encuentro hasta hace poco impensable. A las seis de la tarde llegaron hasta la casa provincial de la Compañía de Jesús, en el barrio Teusaquillo de Bogotá, tres exjefes de las desaparecidas Autodefensas Unidas de Colombia, AUC: Fredy Rendón (el Alemán), Iván Roberto Duque (Ernesto Báez) y Edward Cobos (Diego Vecino). Frente a ellos se sentaron tres de los más altos dirigentes de las Farc: Luciano Marín (Iván Márquez), Jorge Torres (Pablo Catatumbo) y Sausias Pausias Hernández (Jesús Santrich). Al encuentro asistieron como testigos el sacerdote jesuita Francisco de Roux, el político Álvaro Leyva, asesores legales de ambas partes y un par de facilitadoras que no han querido aparecer públicamente.
Al principio, como era previsible, había nerviosismo, pues por un capricho del azar tres lustros atrás, cuando eran enemigos acérrimos, estos hombres se habían cruzado unos con otros. Márquez y el Alemán se enfrentaron a muerte en Urabá, y convirtieron a la región en una ciénaga de sangre y en el laboratorio más espeluznante de la guerra irregular en el país. Santrich y Vecino sabían el uno del otro porque fueron enemigos en la costa Caribe. El uno nació en los Montes de María y actuó como insurgente en toda la costa. El otro administró fincas asoladas por la guerrilla en Sucre y Bolívar hasta que se enroló en las AUC, también en esta región. Ambos grupos se disputaron el territorio a sangre y fuego, dejando una estela de muerte, desplazamiento y despojo inenarrable. Báez y Catatumbo tienen un pasado terrible que los une. Cuando el primero era uno de los jefes de las AUC, esta organización secuestró y asesinó a la hermana del segundo, como una venganza casi personal con los jefes guerrilleros.

Con ese mapa de historias cruzadas esta no era una cita cualquiera. En realidad, los exparamilitares habían buscado este encuentro desde años atrás, cuando aún estaban en la cárcel y mientras transcurrían las negociaciones de La Habana. Enviaron varios mensajes con personas del gobierno y en especial una carta que nunca llegó a Cuba. Ahora, cuando las Farc ya dejaron los fusiles y se habla de un pacto nacional para erradicar la violencia política de manera definitiva, este parecía ser el momento adecuado.
La conversación arrancó con unas palabras del padre De Roux, y luego Santrich contó un chiste, en relación con el decreto presidencial que puso fin a su huelga de hambre, que relajó el ambiente. Luego cada uno de los asistentes habló. Las primeras palabras corrieron por cuenta del Alemán, quien puso un tono sincero y conciliador al encuentro. En algún momento mencionó como un error de las AUC el haber involucrado a las familias de los guerrilleros en su confrontación. Luego habló Diego Vecino sobre la intención sincera de reconciliar al país, y Ernesto Báez hizo con su conocido estilo grecoquimbaya un discurso largo sobre los errores cometidos en una guerra a la que se vieron empujados. Luego leyeron apartes de la carta extraviada rumbo a La Habana, en la que los antiguos jefes paramilitares les anunciaban a los negociadores de las Farc su respeto a la negociación y solicitaban un diálogo con miras a una reconciliación nacional.

Los miembros de las Farc, por su parte, recalcaron que no sentían ningún tipo de odio hacia ellos, y que su intención de acogerse a la civilidad era absolutamente sincera y para siempre. También mencionaron por supuesto sus temores de que sectores otrora cercanos a las AUC busquen venganza, y se reabra el capítulo de la violencia. En las intervenciones todos reconocieron la inutilidad de la guerra, el cansancio con la violencia, y la oportunidad de construir un país diferente al que ellos hirieron de muerte con sus fusiles. “Es que ya estamos muy viejos para andar matándonos”, dice el Alemán, quien paradójicamente era el más joven del encuentro. “Creo que fueron sinceros”, dice por su parte uno de los miembros de las Farc sobre sus interlocutores.

Los otrora paramilitares llamaron la atención sobre los riegos de un posconflicto mal hecho, al que ellos le atribuyen el reciclaje de sus hombres en bandas criminales. Coincidieron en que hay que frenar las amenazas del crimen organizado en las regiones. Las Farc manifestaron su intención de mantener un diálogo abierto “hasta con el diablo” con tal de que cese la violencia política en definitiva. Unos y otros dejaron claro que ideológicamente son diametralmente opuestos. Pero también que están dispuestos a convivir en los mismos territorios, pacíficamente, y adheridos a la legalidad. Hablaron sobre la importancia de que la verdad sea la columna vertebral del proceso que viene para el país, y que haya una verdadera reparación a las víctimas. Para todos ellos este es un primer paso para un cierre definitivo de la guerra. La primera piedra para la no repetición que es, finalmente, la prueba ácida para el país.

La noticia del encuentro y las fotos en las que todos, sonrientes, se aprietan las manos generaron diversas reacciones. Desde los críticos que piensan que hay una dosis de cinismo en un encuentro de victimarios hasta quienes consideran que este episodio es un espejo claro de que el proceso de paz es irreversible. Esta reunión contrasta con el odio que se expresa en las redes sociales, especialmente por quienes nunca sufrieron la guerra. Mientras crece la pugnacidad del debate electoral alrededor del acuerdo de La Habana, en las regiones de Colombia se vienen dando de manera silenciosa, lenta y casi invisible los primeros pasos del tan anhelado proceso de reconciliación.

Avances improbables

Desde hace varios meses la Oficina del Alto Comisionado para la Paz ha alentado un proceso que Sergio Jaramillo llama “diálogos entre improbables”, adoptando la metodología diseñada por el experto menonita Jean Paul Lederach. Estos diálogos apenas están en una etapa inicial y el más interesante de ellos tiene lugar en el Cesar.
Se puede decir que todo comenzó el año pasado cuando el hermano de Simón Trinidad y el hijo de Jorge 40 se dieron la mano en un evento público y hablaron de perdón y reconciliación. El episodio pasó inadvertido para el país, pero no en una región donde personas de las más diversas tendencias e intereses, desde militantes del Centro Democrático hasta líderes exiliados de la izquierda, desde empresarios hasta indígenas, han comenzado a encontrarse para hablar sobre la paz en el Cesar.

“En la primera reunión se respiraba una gran desconfianza entre todos. Nadie tomaba la palabra. Algunos solo decían ‘¿y éste que hace aquí?’”, cuenta un testigo del encuentro. Para romper el hielo, Jaramillo invitó a dos personas externas: al general Fredy Padilla de León y al experto Manuel Ramiro Muñoz. Ambos dejaron un mensaje claro: estos diálogos no son para resolver el pasado, ni hacerse reclamos, ni echarle sal a las heridas. Parten de la premisa de que acabada la guerra, todos quienes la sufrieron o se ubicaron cerca a cada uno de los bandos tienen que vivir en el mismo territorio y, por lo tanto, evitar que vuelva la violencia. Sacar adelante a sus regiones, con una mínima visión compartida, aunque subsistan diferencias ideológicas, religiosas o políticas. Jaramillo dice que por eso él prefiere hablar de convivencia antes que de reconciliación porque es un objetivo más realista.

Algo similar vienen impulsando varias organizaciones como Cespaz, la CVS y la Marcha Patriótica en Magdalena Medio. Desde febrero empezaron a promover lo que ellos llaman Diálogos Útiles en diez municipios, con su columna vertebral en una gran mesa creada en Barrancabermeja y animada, entre otros, por el alcalde. El objetivo es prepararse para la implementación del acuerdo de paz y lograr acuerdos sobre las prioridades en materia de desarrollo rural. Lo interesante es que por primera vez se han sentado personas e instituciones que otrora se veían con desconfianza y miedo, como los ganaderos, las organizaciones campesinas que defienden las zonas de reserva campesina y las Farc.

En Norte de Santander, donde el posconflicto tiene mayor complejidad por cercanía a la frontera, la coca y la presencia de grupos como el ELN y el EPL, existe un diálogo convocado por el gobernador en el Consejo de Paz, en el que se han sentado actores antiguamente enfrentados. Incluso participa uno de los voceros autorizados del ELN, dada la alta influencia de esta guerrilla en el Catatumbo. Al mismo tiempo, miembros de las Farc han sostenido un diálogo con grandes empresarios palmeros con miras a construir alianzas productivas de cara a la reincorporación de los guerrilleros.

Otro caso bastante interesante se está gestando en el Urabá antioqueño. Como se sabe, uno de los conflictos más difíciles de esta zona ha sido la restitución de tierras, que ya deja varios amenazados, heridos y hasta muertos. Después de muchos intentos, Ricardo Sabogal, de la Unidad de Restitución de Tierras, acompañado por la Pastoral Social y la OEA, ha logrado que nazca un espacio de diálogo entre empresarios bananeros y miembros de la elite local, con las organizaciones de reclamantes y los sindicatos. Tomó un año sentarlos a todos en una mesa. La regla del juego es no hablar de lo que los divide, como la batalla judicial por los predios, que le corresponde a la Justicia, sino conversar sobre cómo van a sacar a la región adelante en el nuevo contexto. No es fácil por la desconfianza, pero todos están convencidos de que el diálogo debe continuar. “Cuando se conversa todo el mundo baja la guardia”, dice Sabogal, y señala que aún faltan sectores muy importantes como los ganaderos en dicho diálogo. Aclara también que en este espacio no importa si la gente respalda o no el acuerdo de paz, sino el futuro de la región.

La foto entre Márquez y el Alemán le da tranquilidad a muchos en Urabá. Mario Agudelo, quien fue uno de los jefes del EPL, organización que dejó las armas al principio de los años noventa, exalcalde de Apartadó y exdiputado, dice que estos encuentros son cruciales para que la reincorporación de los combatientes no termine en un baño de sangre, como ocurrió con ellos. Agudelo recuerda que en aquella época los jefes del EPL también se reunieron con los paramilitares, en cabeza de Fidel Castaño, para garantizar que no fueran asesinados, pues los consideraban la mayor amenaza en la vida civil.

Lo paradójico es que quienes terminaron por declararles la guerra en la legalidad fueron las Farc, y eso reabrió un largo y sangriento periodo. Hoy Agudelo dice que es diferente porque la guerra sí ha llegado al final, pero señala una paradoja: “En los noventa había consenso en la clase política alrededor de la paz, había polarización en los territorios. Hoy es al revés”.

Otro territorio donde la guerra ha sido tremenda, y donde los nuevos conflictos por la tierra, la minería y las economías ilegales están que arden, es el Cauca. La semana pasada, a instancias del gobernador, por primera vez se sentaron a hablar todos los sectores del departamento. Desde la Andi y la Cámara de Comercio, pasando por el Consejo Regional Indígena del Cauca y los cabildos del norte del Cauca. Allí, como en los otros lugares, no se trata de resolver todos los problemas, sino de tratar de imaginarse la región en el futuro.

Así, cientos de iniciativas vienen andando en todo el país, con las Farc o sin ellas, con el gobierno o sin él. A muchas las animan la Iglesia, que tiene un proyecto de iniciativas de paz en 100 municipios, y redes como Prodepaz, que lleva más de 20 años preparando a las comunidades para un momento como este. “En las regiones hay diversidad y diferencias, pero no necesariamente polarización”, dice monseñor Héctor Fabio Henao, director de la Pastoral Social.

A eso se han sumado iniciativas de empresarios y sectores de la clase dirigente, como Convergencia, un grupo selecto de líderes entre los que están Rosario Córdoba, del Consejo de Competitividad, el padre Francisco de Roux y Frank Pearl, quienes este fin de semana se reunieron en las afueras de Bogotá para plantear los escenarios de futuro que tendrá Colombia sin guerra. Y el diálogo minero-energético que viene promoviendo la Fundación Paz y Reconciliación, de la mano del BID, para evitar que los conflictos mineros se conviertan en nuevas fuentes de violencia.

¿Polarización o campaña electoral?
No hay que ser un genio para saber que el camino del diálogo es el más adecuado para resolver los conflictos. Pero en Colombia la guerra había creado un verdadero corto-circuito entre muchos sectores que se han tratado por décadas como enemigos y pocas veces se han escuchado. El fin del conflicto está permitiendo por primera vez un diálogo realmente civilizado, lo que sin duda puede crear un clima de concordia inédito.

Ahora, el diálogo es el primer paso de un proceso de reconciliación que será complejo, lento y al que le asoman muchos peligros. El primero de ellos son las elecciones que por naturaleza tienden a dividir a la gente en las regiones. En esta coyuntura es aún más inquietante dado que el caballo de batalla sobre el que cabalgan los políticos, en búsqueda de réditos electorales, es el acuerdo de paz. La estrategia de polarizar alrededor de ellos, de incentivar miedos y desconfianzas da votos como se demostró en el plebiscito, y algo similar se puede reflejar en estos meses.
Un segundo desafío proviene de la necesidad de acelerar la implementación del acuerdo de paz en las regiones. Los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial han generado todo tipo de expectativas, así como los programas de sustitución de cultivos y lo relativo a la formalización de la tierra. Si el Estado se enreda al ejecutarlos, la desconfianza, que es el principal obstáculo para construir la paz, tenderá a crecer.

En tercer lugar es importante que el proceso de justicia transicional, con su carga de verdad y reparación, sirva en las regiones como un hilo para suturar heridas y no como un bisturí para mantenerlas abiertas. Una cacería de brujas, o convertir la Justicia en otro campo de batalla, con ganadores y vencedores, sería el mayor riesgo para la incipiente marea de entendimiento.

Finalmente, el gobierno y el Estado tendrán en algún momento que darle un canal institucional a estos esfuerzos locales de construcción de paz. Eso requiere un liderazgo. Hasta ahora, el vicepresidente Óscar Naranjo se ha dedicado a generar confianza y establecer un diálogo abierto. Sin embargo, se necesita aún más liderazgo del gobierno nacional. “Todo esto debe desembocar en un fortalecimiento del Estado y las instituciones”, dice monseñor Henao.

Tal como escribió el padre De Roux en su columna de esta semana, a propósito de la reunión entre los jefes de las Farc y los exjefes de las AUC, las personas cambian. La página de la guerra, que unos y otros escribieron con sangre, le está dando paso a una página aún en blanco: la de la reconciliación.










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