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viernes, 4 de febrero de 2022

LA CONCEPCION BINARIA DE LA POLITICA EN COLOMBIA Tratando de entender (124)

LA CONCEPCION BINARIA DE LA POLITICA EN COLOMBIA

Tomado de elespectador.com por Andrés Osorio Guillot periodista
3 feb 2022 - 9:01 p. m.


Desde la época de Bolívar y Santander la política en Colombia se ha visto como un código binario. El Frente Nacional terminó reforzando la idea de entender el poder y la manera en que nos identificamos solo desde dos bandos.


Laureano Gómez y Alberto Lleras Camargo impulsaron la creación del Frente Nacional.
Foto: Archivo


Época de elecciones presidenciales y momento para volver la vista atrás. ¿Cuál es la democracia que hemos construido? ¿Qué tan cierto es que tenemos la democracia más antigua de América Latina y que, además, es una democracia participativa? Al parecer son banderas que siempre se han utilizado, pero que no reflejan la realidad. Y el tiempo ha pasado y solemos, justamente, identificarnos y señalarnos con solo dos banderas. Antes eran rojas y azules, ahora han cambiado, pero lo cierto es que eso que llamamos polarización es un fenómeno que viene incluso desde la época de la independencia y que ha hecho que veamos la política de Colombia como si fuera un código binario.

En las últimas décadas nos señalamos de guerrilleros o paramilitares según las posturas que adoptamos. O si no es así, nos tildamos de uribistas o petristas desde hace unos años. Es la izquierda o la derecha. Es blanco o es negro. Es rojo o es azul. Y esta polarización no es nueva, es una herencia de mucho tiempo atrás. Si bien el tiempo ha demostrado que el país se ha volcado a otros espacios y el poder ya no solo es de los partidos tradicionales, sí sigue siendo latente una inclinación a centrar todo el debate de la política en dos bandos, escenario que en gran parte incide en odios exacerbados y en la violencia que aún no cesa.

¿De dónde viene esa tendencia de ver de forma binaria la política en Colombia? Todo indica que esa herencia cultural, si se quiere, proviene de la división de Simón Bolívar, el Libertador, y de Francisco de Paula Santander, el Padre de las leyes. Ambos fueron personajes indispensables para la independencia y formación del Estado colombiano, pero en ese proyecto común de nación surgieron discrepancias alrededor de las nociones de poder y organización social.

En un artículo publicado por la Universidad Libre, el historiador Julio Galindo explica que: “Lograda la independencia de Colombia, Bolívar fue nombrado Presidente, pero como era más militarista entonces encargó de la Presidencia al General Santander en 1820, que había sido su principal soporte en esas batallas. La idea de Bolívar es que América fuera libre, y luego se fue a las batallas de Carabobo, de Pichincha, de Junín. Hasta ahí fueron uno solo. (...) Cuando regresó Bolívar y se hizo cargo de la Presidencia, vino lo que se llamó la Conspiración Septembrina, el 25 de septiembre de 1828. De esa conspiración sindicaron a Santander, le hicieron un juicio y lo condenaron. Después Bolívar le cambió la sentencia de muerte por la de extradición, y Santander se fue del país y Bolívar asumió la Presidencia. Desde entonces Bolívar y Santander han sido amigos y enemigos. Los amigos de Bolívar se dividieron y terminaron desterrándolo, salió a Europa por cuestiones de salud, y finalmente murió en Santa Marta”.

En cuánto a las ideas que ambos dejaron en la política, Galindo aclara que: “Se trata de la tendencia bolivarista, que encarna el pensamiento libertario de nuestro prócer Simón Bolívar y que alude a las libertades personales y de pensamiento, y la Santanderista, que marca el legado del general Francisco de Paula Santander y que enmarca el orden y la legalidad”.

Dos figuras necesarias, pero dos figuras antónimas con un legado que sigue vigente, aunque adaptado a las dinámicas del presente. Mauricio García Villegas, en El país de las emociones tristes, escribió que: “Tenían diferencias sobre el derecho y la política, pero eran remediables. Las furias se apoderaron de ellos; sus ideas estaban en conflicto mientras que sus emociones estaban en guerra. “El no habernos arreglado con Santander nos perjudicó a todos”, dijo Bolívar, como un lamento, al final de su vida”.

García Villegas cita a Rafael Rocha Gutiérrez y su libro de finales del siglo XIX, La verdad y la falsa democracia, para explicar que los liberales y los conservadores “nunca se alternan pacíficamente en el ejercicio del gobierno, porque temen uno y otro la dominación contraria”. Y aquí es importante recalcar la época del libro, pues expone lo que fue la violencia bipartidista, más no lo que décadas después sería el pacto del Frente Nacional.

Ver la política desde lo binario nos permite traer a Carl Schmitt y su libro sobre El concepto de lo político para preguntarnos hasta qué punto el contexto de nuestro país se puede pensar desde la noción de “amigo-enemigo” que proponía el filósofo alemán.

Schmitt decía: “Supongamos que en el dominio de lo moral la distinción última es la del bien y el mal; que en lo estético lo es la de lo bello y lo feo; en lo económico la de lo beneficioso o lo perjudicial, o tal vez la de lo rentable y lo no rentable. (...) Pues bien, la distinción política específica, aquella a la que pueden reconducirse todas las acciones y motivos políticos, es la distinción de amigo y enemigo. (...) El sentido de la distinción amigo-enemigo es marcar el grado máximo de intensidad de una unión o separación, de una asociación o disociación. Y este criterio puede sostenerse tanto en la teoría como en la práctica sin necesidad aplicar simultáneamente todas aquellas otras distinciones morales, estéticas, económicas y demás. El enemigo político no necesita ser moralmente malo, ni estéticamente feo; no hace falta que se erija en competidor económico, e incluso puede tener sus ventaja hacer negocios con él. Simplemente es el otro, el extraño, y para determinar su esencia basta con que sea existencialmente distinto y extraño en un sentido particularmente intensivo”.

Esta idea bien podría adaptarse al contexto político de la violencia bipartidista, pues Schmitt mencionaba que: “En último extremo pueden producirse conflictos con él que no puedan resolverse ni desde alguna normativa general previa ni en virtud del juicio o sentencia de un tercero “no afectado” o “imparcial” (...) Un conflicto extremo solo puede ser resuelto por los propios implicados; en rigor solo cada uno de ellos puede decidir por sí mismo si la alteridad del extraño representa en el conflicto concreto y actual la negación del propio modo de existencia, y en consecuencia si hay que rechazarlo o combatirlo para preservar la propia forma esencial de vida”.

Colombia entonces se volvió una nación de amigos-enemigos. La violencia bipartidista fue el pan de cada día durante la primera mitad del siglo XX. Mataron a Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948 y todo empeoró. Diez años después se pactó el Frente Nacional, acuerdo en el que liberales y conservadores decidieron dividirse el poder, de manera que cada cuatro años intercalaban funciones en el gobierno. Alberto Lleras Camargo (Partido Liberal) y Laureano Gómez Castro (Partido Conservador) fueron quienes firmaron en ese entonces la norma. En el papel parecía una solución para dirimir un conflicto que llevaba décadas, pero en medio de esa época surgieron las guerrillas y con ellas, años después, aparecieron los paramilitares. De nuevo dos bandos, que de fondo se crearon por las injusticias sociales, por problemáticas relacionadas con la pobreza, la inseguridad y la falta de oportunidades.

Con el líder político conservador Misael Pastrana Borrero terminó en 1974 el Frente Nacional, pero no así la tradición binaria del poder y el orden. Por un lado, las guerrillas que surgieron entre los sesentas y setentas enarbolaron las banderas de la justicia social; por otra parte, los paramilitares aparecieron como respuesta a la subversión, y ahora se trataba de restablecer el orden social. Pasó el tiempo y, por ejemplo, a mediados de la década de 1980, nació la Unión Patriótica, partido que fue el brazo político de la guerrilla de las FARC. En sus primeros años lograron una acogida al parecer impensable, pero con el paso de los años fueron desapareciendo sus integrantes y militantes por una especie de violencia sistemática que derivó en el exterminio del mismo. La dominación, por medio de esa violencia, permitió que el poder siguiera atornillado a los partidos tradicionales.

Llegaron los 2000 y nuestra democracia pasó de ser de dos colores para pasar a ser de varios. Si bien el poder ahora no solo tiene a liberales y conservadores como únicos partidos, la política y la forma de reconocernos no ha logrado salirse de una visión binaria. Los de ideales cercanos a la izquierda son tildados de guerrilleros y los de ideales cercanos a la derecha son señalados como paramilitares en la jerga popular. Y el surgimiento de figuras como Álvaro Uribe (presidente entre 2002 y 2010) y de Gustavo Petro, candidato a la presidencia en este 2022, ha devuelto de nuevo ese escenario de polarización y evoca una vez más esa noción de amigo-enemigo de Schmitt, que en nuestro contexto se entiende como un escenario político comandado por el uribismo y el petrismo. Uribe bien podría ser una figura que surge de los principios conservadores, de los valores de Santander del orden y la legalidad, y un personaje como Petro, proviene más de los principios liberales, de las ideas de Bolívar - a quien incluso menciona reiteradamente- y de una postura, para ponerlo en términos del presente, más progresista.

Volviendo a Schmitt, el alemán aclaraba que “Es constitutivo del concepto de enemigo el que en el dominio de lo real se dé la eventualidad de una lucha”. Si bien aclaraba que su definición de lo político no era belicista al presentar esta posibilidad, sí demostraba que dentro de esta dualidad podía presentarse un confrontamiento armado, y esa descripción de ese escenario terminó, guardando proporciones y contextos, siendo muy cercana a lo por tantos años ha pasado en Colombia.

¿Qué implica esa concepción binaria? En parte, la perpetuación la violencia. Aunque se ha repetido casi que hasta desgastarse el discurso sobre la diferencia, es claro que en Colombia no hemos aprendido a aceptar al otro, y en gran parte se debe a esa forma de observarnos, de vernos de dos bandos y no más allá de ellos, entre los grises y los matices. Además de una normalización de la oligarquía, el problema, que en realidad son varios, es que a nivel social esa dualidad nos ha llevado a un tiempo cíclico -ese que García Márquez mostró en Cien años de soledad, novela en la que también se expone la guerra bipartidista-, a un eterno retorno de la muerte por una constante necesidad de venganza, de culpar al bando contrario de los males de la nación, de verlos como una amenaza que es necesario eliminar para aspirar al bien común.

Ya lo decía García Villegas en su libro: “El problema de la venganza es el círculo de la violencia: cada sujeto, atormentado por la maldad del otro, castiga para aniquilarlo y de esta manera encadena su violencia a la del otro, y así sucesivamente. Usar el mal para luchar contra el mal es como apagar fuego con aceite”.

domingo, 19 de enero de 2020

DABEIBA (AJGF)


                                                       DABEIBA 
El Imaginario colectivo de los habitantes del occidente antioqueño está cundido de violencias dolorosamente enraizadas en sus mentes por años tras años de  guerras. Desde el genocidio contra sus primeros habitantes, los indígenas Emberas, cuyos pocos descendientes aun se resisten a desaparecer definitivamente, reducidos a algunos territorios dentro del vasto continente que poseían desde la prehistoria. De ahí en adelante, todas las guerras pasaron por allí. 
También  han pasado los dolorosos procesos de  las violencias políticas del siglo 20 y comienzos del 21  que se han reflejado sin compasión contra los habitantes de estas regiones, que aun se sienten y  que generan no solo unas memorias de incertidumbre y terror, que hacen a los habitantes mirar con desconfianza cargada con la pesadumbre del pasado, el futuro que les ofrece el indolente establecimiento Colombiano. 
Hace ya varias décadas, en Medellín, cuando era  pre adolescente y recién estrenando el cerebro con el afán de leer cualquier cosa que fuera leíble y estuviera a mi alcance,  revolviendo y desempolvando libros en la biblioteca familiar encontré lecturas que devoraba ávidamente, encontrando interés en casi cualquier tema. Así  leí por ejemplo, las mil y una noches; muchos apartes que me interesaron de un diccionario que ampliaba los significados con historias y gráficas relacionadas; los capítulos históricos de “el libro de las narraciones interesantes” que contenía  la enciclopedia, “el tesoro de la juventud”; “historia de roma y de los romanos”; “la isla del tesoro”; “ Robinson Crusoe” ; “ La guerra y la paz”; “ Los primitivos”; “Historia de colombia”; “Antioquia en las guerras de independencia” etc., Pasaba de una lectura a otra  hasta encontrar en alguno de esos días, un libro que hablaba de regiones que en principio no me decían nada, pero que hojeándolo vi unas fotos horrorizantes que me impactaron y me hicieron perseverar en la lectura mas angustiante que había tenido en mi corta vida. 
El libro se llama “lo que el cielo no perdona”, escrito por  un cura liberal que tuvo que huir despavorido iniciando la década de los 50, hacia Medellín dejando descubierta  la parroquia y la feligresía que le había asignado el obispo de Santa Fe de Antioquia. Con esa lectura comencé a recrear en la mente una imagen de las montañas y los personajes de Cañasgordas,  Peque, Urama, Uramita, Juntas de Uramita, Antasales, Dabeiba, y otra cantidad de lugares y personas que a través de la versión del cura imaginaba en blanco y negro, escenarios oscuros, personajes también oscuros en medio de un ambiente de frío  permanente siempre a punto de lluvia y una luz mortecina de un crepúsculo invernal que volvía el paisaje lleno de rincones atemorizantes; caminos sinuosos bordeando bosques donde posiblemente se toparía después de la próxima curva uno o varios cadáveres humanos con crueles signos de violencia  inhumana, expuestos grotescamente para intimidar quienes pasaran por allí o cruzando el siguiente río, una mortal emboscada de enemigos armados a quienes nunca conoció.  
En la realidad lo que entonces imaginaba es una vasta región de montañas encumbradas en todos los pisos términos, sobre la cara occidental de la cordillera de dicho nombre, continente de vastos territorios entre el páramo de Frontino, el nudo de Paramillo y ríos afluentes de la cuenca del río Atrato, hacia donde vierte la mayoría de sus aguas, recolectadas  en gran extensión por el Riosucio. 
Las escenas terribles que apenas vislumbraba mi imaginación, no se aproximaban un poco siquiera a lo que ocurrió durante muchos años, días y noches muchísimos niños, niñas, adolescentes, hombres, mujeres, ancianos y ancianas que vieron, vivieron, sufrieron,  huyeron y en muchos casos murieron por el odio que asoló en esa geografía.  
No me interesó ni entendí la tendencia política del cura Blandón que evidentemente reflejaba el escrito. Seguramente me salté esos capítulos. No entendía el ataque e inculpación emergente en cada oportunidad a un sujeto de nombre Laureano Gomez y su gobierno a quien denominaba “el Basilisco”,  tampoco la denuncia esporádica a un tal “Monseñor Builes”, su eclesial jefe incendiario, ni la exaltación permanente que hacia el autor de un personaje llamado “teniente coronel Gustavo Rojas Pinilla” a quien hacia ver como el redentor de Colombia, poniendo al mismo nivel heroico de Colón y de Bolivar, así como a su loado “Ejercito Nacional”.
Lo que ocurrió en esos lares, relata en el libro, fue una guerra sin precedentes y sin justificación. Ocurrió y seguramente fue mucho peor por que muy poco da cuenta de lo que hacían los guerrilleros liberales que también se armaron para protegerse de la “chulavita” o policía política del régimen conservador y sus paramilitares, llamados “los pájaros” que eran los victimarios según el relato del cura.  Masacres, homicidios selectivos, torturas, violencia sexual, desplazamiento forzado, se hicieron los medios de expresión, eran el lenguaje mediante el cual se expresaba la inconformidad política, de unos y otros y en la mitad, como siempre el campesinado y los indígenas completamente inermes y desprotegidos.
Dicha violencia se aplacó durante algunos años  por las políticas de paz del gobierno que conllevó la concesión de amplias amnistías e indultos a los guerreros y la implantación de el llamado “Frente Nacional” que  tranquilizó las ansias burocráticas de liberales y conservadores pero exacerbó las de quienes quedaron excluidos de acceder al poder. 
Muchos años después, ya adulto, viajé por la carretera que de Medellín conduce a Urabá por primera vez y tuve oportunidad de conocer esa región y algunas de esas poblaciones, que inmediatamente me devolvieron a la mente el libro, sus escritos y sus  escabrosas fotografías.  
Posteriormente pasaría por allí varias veces, no solo con la sensación de miedo de la memoria del libro, sino con la de terror que se vivía en esos momentos y que aun se siente, por la nueva guerra que entonces llegó con mas fuerza  con nuevos actores políticos y armados, legales e ilegales con mejores armas, más tecnología, más odio y más violencia. Esta nueva guerra aparentemente se terminó por acuerdos de paz con los actores, en este caso las AUC y posteriormente las FARC. 
Hace poco regresé,  justo antes de conocerse la existencia de fosas comunes con múltiples víctimas de “falsos positivos” en el cementerio de Dabeiba. 
Conocí de primera mano la tragedia humanitaria que se vivió allí recientemente  y recordé el libro de el cura Blandón que da cuenta de la violencia de hace 60 años. Pensé en la amnistía que puso fin a la violencia de entonces que dejó, desplazados, despojados, excluidos, viudas, viudos, huérfanos y  cientos de miles de muertos en los campos y ciudades de colombia, (120.000 hasta mas de 300.000 según investigadores) y contrastó con las cifras del actual conflicto que se desactiva poco a poco mediante acuerdos de paz. Luego conocí y admiré  los esfuerzos que hacen las víctimas de esos grupos por sobreponerse a su tragedia, por ser resistentes y también resilientes, por reconstruir desde adentro, partiendo del perdón, el tejido social dañado por la guerra. 
Ahora  encuentro que en esa misma región, los mismos nombres y accidentes geográficos  que a través de un mecanismo de justicia transnacional se han encontrado decenas de fosas comunes con cuerpos de los llamados “falsos positivos” que en el fondo son desaparecidas por “Razones de Estado”, o sea el aterrador  “body Count” que no es mas que dar resultados a cualquier costo dentro de la tácita política gubernamental de “todo vale”. 
Releo el libro del cura Blandón y encuentro que nada cambió, que la violencia de hace 50 años sigue, escalada, terrible y cada vez mas escabrosa, que la violencia de hace 30 años sigue generando víctimas  día a día, se renueva con otros actores pero con el mismo absurdo transversal de “todo vale” y que los acuerdos de paz, destinados a finalizar esto, se diluyen en el sinsentido de las políticas de gobierno. 

¿Cuál puede ser la diferencia?

¿Qué hizo falta para que el conflicto político liberal-conservador no se repitiera como se repitió, pues aterradoramente se recicló algunos años después en el conflicto político del establecimiento contra los “comunistas” que se escaló a formas impensables y ha dejado 8 millones de víctimas, mas de 200 mil víctimas de desaparición forzada mas de 300 mil muertos, mas de 5 millones de personas desplazadas y mas de 5 millones de hectáreas despojadas en los últimos 30 años en todo el país? Y entonces me pregunto: ¿que hay que hacer para que este proceso de paz actual tenga éxito, los procesos anteriores se afiancen y la violencia no se recicle nuevamente?
Me pregunto  también, ¿qué hizo Colombia tan mal, que la vida humana adquirió el valor de mercancía siempre mal remunerada?  ¿Por qué algunos colombianos han bajado o suprimido los limites morales para ser capaces de matar un ser humano para ganarse un premio o  simplemente cumplir la meta de muertos que se les impone?  
¿Cómo haremos los colombianos para  que esas memorias, necesarias para dar la debida connotación  que merecen las víctimas, que a pesar del perdón que conceden,  siempre llevarán la carga del dolor que se les causó, en vez de odio resalte la resiliencia, la des- victimización,  la restauración de la dignidad de la persona que deja de ser víctima y se sobrepone a la violencia recobrando su condición de persona  integra que mira el futuro sin ataduras de animadversión y resentimiento?. 
¿Como hacerlo en medio del conflicto, de la victimización que continúa ahora, como siempre, por la indolencia del estado colombiano?
Y entonces me llega a la mente la pregunta y me adhiero a la respuesta del poeta y filosofo Gonzalo Arango: 
“Yo pregunto sobre su tumba cavada en la montaña: ¿no habrá manera de que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir?
Gonzalo Arango
Si Colombia no puede responder a esta pregunta, entonces profetizo una desgracia: Desquite resucitará, y la tierra se volverá a regar de sangre, dolor y lágrimas.”
ANTONIO J. GARCÍA

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