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lunes, 11 de febrero de 2019

“EL ELN CON LA GUERRA A LAS ESPALDAS” Tratando de entender (94)


“El Eln, con la guerra a las espaldas”
 Verdad abierta entrevista al academico Carlos Medina Gallego
22 enero, 2019
Fuente: verdadabierta.com enero   22 2019


El estallido en Bogotá de un carro bomba en la Escuela de Cadetes General Santander de la Policía Nacional, cuya autoría fue reivindicada por esa organización subversiva, desató el rechazo nacional e internacional y se vislumbra el recrudecimiento de la confrontación armada. ¿Qué hay detrás de toda esta crisis?

“El Eln es coherente con su concepción de la guerra y eso los lleva a cometer errores”, dice Carlos Medina Gallego, docente e investigador de la Universidad Nacional de Colombia, quien ha estudiado ese grupo subversivo durante décadas. “Ellos siguen comportándose con una lógica que se sale un poco de los entendimientos de la comunidad internacional y de la comunidad nacional sobre la naturaleza de los conflictos”.

Y uno de esos “errores” de los que habla Medina Gallego es justamente el ataque con explosivos a la sede de la Escuela de Cadetes General Santander de la Policía Nacional, que dejó 21 muertos y 68 heridos, y generó una fuerte movilización social que ese expresó el pasado domingo cuando salieron a las calles miles de ciudadanos a arropar a los uniformados, a expresarle su apoyo y a rechazar el terrorismo. (Leer más en: Múltiples Colombias salieron a marchar)

En respuesta al ataque con 80 kilos de pentolita, camuflados en un vehículo que ingresó sin mayores controles a la escuela de formación policial, el presidente de la República, Iván Duque, ordenó el levantamiento de la suspensión de las órdenes de captura a los diez miembros del Eln que integran la delegación de negociadores asentada en Cuba y revocó la resolución que creaba las condiciones que permitían su permanencia en ese país como parte del proceso público de diálogo iniciado 17 meses atrás.(Leer más en: Se reanuda formalmente la guerra contra el Eln)

El ambiente que se respira en el país, sobre todo en las regiones donde opera este grupo subversivo, es de enorme tensión, pues se prevé un escalamiento de la confrontación que, sin duda, repercutirá en la población civil. ¿Por qué se llegó a este escenario tan complejo?

VerdadAbierta.com habló con Gallego al respecto, quien ha dedicado parte de su vida académica a estudiar la trayectoria del grupo subversivo, consignada en los libros “Eln: Una Historia Contada A Dos Voces” (Rodríguez Quito Editores, 1996) y “Ejército De Liberación Nacional. La Historia De Los Primeros Tiempos” (Rodríguez Quito Editores, 2001), así como en su tesis doctoral “FARC-EP Y ELN: Una historia política comparada (1958- 2006)” (Universidad Nacional de Colombia, 2010).
En contexto

VerdadAbierta (VA): ¿Por qué llega el Eln a detonar ese carro bomba en la Escuela de Cadetes General Santander de la Policía Nacional?

Carlos Medina Gallego (CMG): Lo primero que yo quiero señalar es que son coherentes con su concepción de la guerra y eso los lleva a cometer errores en términos de las transformaciones que se han producido en la percepción que se tiene de los conflictos armados y de los actos terroristas. Ellos siguen comportándose con una lógica que se sale un poco de los entendimientos de la comunidad internacional y de la comunidad nacional sobre la naturaleza de los conflictos.

Lo segundo es que me parece que haber reconocido el hecho hace parte de la naturaleza de la organización. Esa organización, cuando incurre en una acción de cualquier tipo, la reconoce, llegue a donde lleguen las consecuencias. Nunca han delegado la responsabilidad de un hecho en el que hayan sido responsables a otras personas y nunca han ignorado cuando se les ha sindicado de los hechos. (Ver comunicado)

Hay una situación que es muy complicada y que habría necesidad de entender: ellos consideran que se está negociando en medio del conflicto y que, pese a que han hecho unos gestos unilaterales y han recibido una acción contundente por parte de las Fuerzas Militares, eso les da autoridad moral para operar en relación con una contraofensiva.

(VA): ¿A qué acción se refiere en particular?

(CMG): El Eln recibió el pasado 25 de diciembre un golpe muy fuerte, ellos no reconocen la naturaleza del golpe en términos del cuerpo propio y señalan las afectaciones sobre una familia campesina como resultado el de los bombardeos a uno de sus campamentos. Pero la verdad sea dicha, el golpe que recibieron fue un golpe fuerte que los llenó de motivaciones para operar y desarrollar una acción de este tipo (la del carro bomba en la Escuela de Cadetes).

(VA): ¿La detonación que dejó 21 muertos y 68 heridos entonces es una reacción a ese ataque a sus campamentos?

(CMG): Es una reacción a la forma en que el Estado los viene confrontando y la presión que viene haciendo sobre sus territorios. Es decir, ellos sienten que hay una guerra contra ellos y que el Estado les pide que no operen en términos de acciones militares, que cesen todas sus hostilidades, pero el cuerpo del ejército de ellos, el cuerpo de su organización, está recibiendo golpes, capturas, bombardeos, entonces dicen ‘nosotros hacemos esto, pero lo que recibimos a cambio son bombardeos’. Está planteado en el comunicado, en la lógica que ellos manejan.

(VA): ¿Por qué le ha costado tanto al Eln ajustarse a los nuevos tiempos en materia de conflicto armado, de nuevas legislaciones? ¿Por qué son tan lentos en su modernización ideológica, si se pueda llamar así?

(CMG): Lo que pasa es que el Eln ha llevado una guerra consentida, es una guerra que el Estado ha consentido y es una organización que ha sido consentida por la prensa, por la sociedad, por la comunidad, por mucha gente.

(VA): ¿Qué quiere decir con “organización consentida”?

(CMG): Fue una organización con la cual no se confrontó nunca porque se consideraba que tenía unos fundamentos políticos más elaborados, que representaba sectores sociales, que tenía control de territorio, incluso se reconocían muchos de sus líderes, como Manuel Pérez Martínez. Es decir, es una organización que todavía, en mi concepto, no ha sentido los rigores de la guerra como lo sintió las Farc. Para decirlo en términos irresponsables: al Eln le faltan horas de guerra.

Lo que pasa es que esas horas de guerra que le faltan a esta organización, en esas nuevas dinámicas, tienen un costo muy alto en vidas, no sólo en vidas de sus combatientes sino en vidas de miembros de la Fuerza Pública y de civiles. Y eso es muy grave.

(VA): Complicado lo de las “horas de guerra” de las que habla usted, porque mire cómo reaccionan cuando se les ataca, en las ciudades, y no en áreas rurales.

(CMG): La modalidad de guerra ha cambiado y el Estado tampoco combate con ellos hombro a hombro, es combate con inteligencia y con ataques aéreos y con bombardeos. A las Farc la destruyeron durmiendo, la mayoría de las acciones que les puso muchos muertos como el caso del ‘Mono Jojoy’ y de ‘Raúl Reyes’, los destruyeron durmiendo, no en combates. Entonces, las acciones de guerra también han cambiado por parte del Ejército. Existe una gran capacidad operativa, de inteligencia humana y tecnológica, que se pone al servicio de la confrontación y se hace de esa manera.

(VA): Pero entonces, ¿cómo se debe dejar de “consentir” al Eln? ¿Atacarlos de manera frontal, como se presume actuará este gobierno?

(CMG): El Estado tiene la responsabilidad militar en materia de seguridad y defensa de combatir con toda la capacidad que tenga al Eln en el marco de lo consignado en el derecho internacional humanitario y la responsabilidad constitucional. Pero también es importante señalar que frente a esas acciones que emprenda el Estado no se encuentra con un cuerpo muerto ni inactivo, sino con una fuerza viva que hace las lecturas pertinentes del momento, que tiene una estrategia y una táctica para enfrentar esas acciones e incurren en prácticas y acciones que podemos repudiar como la de la ECSG, pero que hacen parte de su lógica de guerra.

(VA): Pero esa es la tarea del Estado…

(CMG): Así es, por eso es equivocado señalar que la guerra o la paz no las está haciendo el Estado sino el gobierno: si un gobierno funciona como “gobierno”, separado del cuerpo del Estado, que es el que le da la solidez, le permite tomar las decisiones, utilizar sus recursos, las fuerzas militares y la Fuerza Pública en general y la justicia, no son del gobierno son parte de la estructura y la institucionalidad del Estado. Operar bajo el manto protector de la constitución y de las leyes, es hacerlo desde el Estado, sobre los parámetros que mueven la institucionalidad estatal, si no es así, entonces es un gobierno que se ha privatizado, es un gobierno paraestatal.

Sería muy grave que como no firmaron el acuerdo con las Farc, entonces lo incumplieran. Es que este gobierno no retomó los diálogos, entonces ahora quiere desconocer todo e involucra a una gran cantidad de países, garantes y acompañantes, que están en el dilema de saber cómo comportarse diplomáticamente, pero además, cierra todas las puertas de un diálogo futuro en razón de que ninguna organización cometería la torpeza de sentarse con un gobierno que ante algún incidente que se presente, se levanta de la mesa y ordena su captura.

La capacidad de un Estado frente a ese tipo de incidentes es buscar la manera de superar todas las adversidades para ganar la confrontación en el terreno que es posible: el político.

El Eln puede soportar con tranquilidad, a punta de bajas y todo lo que quiera, tres años y medio del gobierno del presidente Duque y seguir existiendo porque con esa modalidad de guerra que ellos están haciendo, de resistencia, les permite mantenerse en la medida en que se vuelve una fuerza difusa y desarrolla un modelo de guerra flotante, que es la modalidad de guerra que están haciendo.

(VA): ¿Y para ello no necesitan un cuerpo militar muy grande?

(CMG): Nada. Pueden estar difuminados en la población, con redes y distintas conexiones. Les pueden capturar y matar los liderazgos que tengan y continúan operando. El problema más grande es que en la medida en que los liderazgos que tienen, con unas calidades intelectuales políticas, sea diezmado, la situación para poder avanzar en procesos con ellos es más complicado. Si ha sido complicado con este modelo de liderazgo que tienen, entonces cómo será con un liderazgo degradado.

(VA): A su juicio, ¿el Eln viene creciendo, está estable o se reduce?

(CMG): De acuerdo con su lectura, la guerra la van ganando. ¿Por qué razón? Porque están creciendo, se han ido hacia el Guaviare, al Guainía; están ocupando territorios sobre toda la frontera con Venezuela; se han metido en el Catatumbo; están en el Chocó; en el suroccidente del país. Están avanzando sobre el territorio y eso hace que ellos piensen, independiente de cómo los vean, que son una organización que está en crecimiento y que está avanzado.

Además, están actuando sobre economías legales e ilegales que les permite contar con los recursos económicos para desarrollar el tipo de guerra que están haciendo. No es un modelo de cuerpo a cuerpo. Es un modelo de guerra irregular, con otras características; es una guerra irregular de nueva generación, que yo la llamo guerra flotante, porque es una guerra que opera sobre objetivos políticos y militares específicos, utilizando dos armas esenciales: los explosivos y el tiro de alta precisión.

(VA): En ese sentido, ¿también están creciendo en las ciudades y consolidando sus redes?

(CMG): El Eln tiene influencia en sectores de la sociedad civil, eso es absolutamente claro. Lo que yo señalo es que hay un interés del Eln de poder operar en los lugares donde se cause mayor daño a la sociedad. Si van y matan tres, cuatro, cinco o más policías en Arauca, en Guaviare o en el Catatumbo, que se han producido ese tipo de muertes, no causan el mismo impacto que causó lo de la Escuela de Cadetes.

(VA): ¿Qué tan importante es para el Eln Venezuela en términos políticos y militares?

(CMG): El Eln, sobre todo el Frente Nororiental ha estado desde siempre en Venezuela a lo largo de la frontera. Allí ha construido bases sociales y economías de guerra, lo ha hecho incluso enfrentando la Guardia Nacional, pero también es claro que tienen afinidad con el proceso bolivariano y son solidarios con él. Esa es una razón adicional para mantener los diálogos. Es mejor un Eln sentado en una mesa de conversaciones aprendiendo de las discusiones y tomando decisiones, que operando y buscando aliados para desarrollar la guerra, donde le toque hacerla.

Error del gobierno nacional

(VA): Con respecto a la petición que le ha hecho el presidente Duque al gobierno cubano de detener y devolver a la comisión negociadora, ¿usted qué opina?

(CMG): Esa decisión generó un problema diplomático con un país que prestó sus buenos oficios a la construcción de un proceso de paz exitoso con las Farc, ofreció sus buenos oficios a un proceso de paz que se fue truncando en Quito (Ecuador) y llegó a La Habana, donde no pudo alcanzar acuerdos significativos. Pero cuando Quitó decidió no apoyar más el proceso, no entregó la comisión negociadora del Eln al gobierno nacional ni a la Fuerza Pública colombiana. Quito respondió a la oferta que hizo Cuba de recibirlos porque no había otro país dónde los recibieran. Entonces instalaron la mesa en Cuba y allá estaba funcionando.

La petición hecha a Cuba es un caso de no respeto a los protocolos que son suscritos por los países que estaban como garantes y acompañantes en el marco del derecho internacional humanitario. Si esos protocolos no hubiesen sido firmados por ellos, significaría que la organización estaba en un estado de terrorismo y ellos no iban a meterse en el campo del terrorismo.

Los países firmaron los protocolos porque estaban en el marco de un proceso de paz con un gobierno y con un Estado que ellos consideran en el marco de la comunidad internacional cumple con los acuerdos internacionales.

(VA): Pero Miguel Ceballos, Alto Comisionado para la Paz, dice que se puede porque alega que ellos, como gobierno, no suscribieron esos protocolos.

(CMG): Eso es absolutamente inviable, eso es desconocimiento de la comunidad internacional, eso no tiene presentación. ¿Ahora qué país se ofrece a servir de sede de unos diálogos cuando surjan los problemas y queden en medio de las dos partes? Entonces mañana también pueden decir que no cumplen los acuerdos con las Farc porque eso no lo hicieron en el gobierno de Duque. Eso es irresponsable con las víctimas, con todo el país, con la Paz, recordemos que hay un mandato constitucional que reconoce la paz como un derecho y una obligación de obligatorio cumplimiento.

(VA): Esta crisis tiene un telón de fondo difícil de asimilar: negociar en medio de la guerra. Así fue en San Vicente de Caguán durante los diálogos de las Farc con el presidente Andrés Pastrana (1998-2002) y así se inició durante el gobierno de Juan Manuel Santos (2010-2018). ¿Qué reflexión le suscita esa situación?

(CMG): El Eln, durante todo el tiempo que estuvo sentado en la mesa de conversaciones, insistió en el acuerdo bilateral, hizo cuatro acuerdos unilaterales de cese al fuego, entonces esa decisión de negociar en medio de la guerra no puede consistir en que yo les doy golpes y no pasa nada, pero si ellos me golpean a mí pongo el grito en el cielo. Esos lamentablemente son los costos de una política mal llevada.

(VA): Siendo así, habría que probar conceptos nuevos en una futura negociación: llegar con unos acuerdos mínimos bilaterales que superen el tema de negociar en medio de la guerra.

(CMG): De acuerdo. Hay que llegar a una mesa con las garantías suficientes para las partes y con el serio compromiso de sacar las conversaciones adelante y lograr un acuerdo de paz. Eso hay que hacerlo.

Pero hay algo que debe tenerse claro: gran parte de las decisiones que las Farc tomó en la mesa de conversaciones no estaban pensadas con anterioridad, fueron el resultado del proceso de conversaciones y de los aprendizajes que tuvieron, junto con el gobierno nacional, en esa mesa de conversaciones. Una mesa de conversación es una escuela de aprendizaje para acuerdos políticos. No es una mesa donde yo le doy esto, usted me da aquello. Que es el problema que tiene este diálogo con el Eln, que está siendo pensado como una mesa de negociación y no como una mesa de acuerdos políticos.

Ahora, con el retrovisor que tiene el Eln sobre el proceso con las Farc y el incumplimiento de los acuerdos, pues ellos quieren, de alguna manera, que acuerdo logrado, acuerdo cumplido. Eso es más complicado porque las conversaciones pueden durar eternidades.

(VA): ¿Su horizontalidad organizacional es un obstáculo en cualquier negociación?

(CMG): Desde la década de los ochenta, y como consecuencia de su propia historia interna, el Eln le da especial relevancia a las decisiones colectivas tomadas de manera democrática en sus congresos; sin embargo, la capacidad económica y de fuego de sus estructuras, le da a éstas, ciertos atributos de poder que definen en distintos momentos los rumbos de la organización. Como en toda organización al interior se expresan puntos de vista diversos, pero existe un gran esfuerzo por mantener en medio de las diferencias los criterios de unidad.

Soy del criterio de que ningún gobierno ha tomado al Eln en serio y siempre lo han considerado un actor marginal, a veces funcional para justificar su política de seguridad y defensa, la represión al movimiento social y el alto presupuesto que se invierte en seguridad. Lo que se perfila no es una guerra en lo que se conoce como tal, ni la dinámica de un conflicto armado degradado si se quiere, pero conflicto armado, al fin y al cabo, lo que se viene es un desangre de combatientes de ambas partes que, cuando les quiten el uniforme para enterrarlos, lo que se van a encontrar es con la tragedia de la pobreza. Pobres matando pobres a la sombra de discursos criminales, que se esconden tras de perversos intereses. Esa es nuestra tragedia. El poder lo tiene el que mayor capacidad tenga de matar.

(VA): Finalmente, ¿cómo quedó la sociedad civil en este proceso, sobre la que se pretendía tuviera protagonismo en la mesa con el Eln?

(CMG): La sociedad quedó en una posición muy difícil, porque la política y lo que producen los medios de comunicación es que cualquiera que caiga en la defensa de un proceso dialogado con el Eln es un aliado del terrorismo. Considero que la sociedad civil, los académicos, los medios alternativos, deben seguir insistiendo en que la salida política negociada es la ruta más eficiente en materia de construcción de paz en el país. Si no hay esa ruta, hay más guerra.

viernes, 23 de junio de 2017

"EN COLOMBIA ES MAS FACIL HACER LA GUERRA QUE LA PAZ" (entrevista a Pablo Catatumbo) Tratando de entender (75)



EN COLOMBIA ES MAS FÁCIL HACER LA GUERRA QUE LA PAZ


Una entrevista de la revista BOCAS con uno de los principales miembros del secretariado de las Farc.

Jorge Torres Victoria, alias Pablo Catatumbo, pasó cuarenta años en las Farc e hizo parte de la mesa de conversaciones en La Habana.


Por: JUAN CAMILO MALDONADO TOVAR 
23 de junio 2017 , 12:22 a.m.





El fusil es, para el guerrillero, un objeto preciado. Durante todos estos años de guerra, ya fuera en el páramo o en un morichal en la llanura, ningún combatiente se iba a dormir a su caleta sin desarmar el fusil, pasarle un trapo por sus partes y revisar el funcionamiento de sus mecanismos. Ver limpiar a un guerrillero su arma es un acto que raya en lo invasivo: es un acto íntimo entre el hombre y el objeto del que depende su vida. No en vano, perder el fusil, refundirlo, incluso desatenderlo, fue siempre castigado entre las filas de las Farc.


El día que me encontré con Pablo Catatumbo, no llevaba el fusil al hombro. Tampoco el camuflado. Camisa azul pegada al cuerpo por el calor y jeans holgados, la misma pinta corriente con la que asistió durante cuatro años a las rondas de negociación en el Palacio de Convenciones de La Habana. Catatumbo estaba desarmado. Descansaba en una casa campestre a las afueras de Cali, luego de una visita al médico por la que se había retirado de la Zona Veredal de Transición y Normalización de La Elvira, en Buenos Aires, Cauca, donde hoy pasa buena parte de su tiempo.

Ha de ser difícil para un guerrillero que, como él, lleva cuatro décadas empuñando un arma para garantizar su supervivencia en la guerra, saber que en pocas semanas estará entregando el fierro, destinado a ser fundido para convertirse en monumento, para luego someterse, como todo colombiano, a la seguridad que debe garantizar el Estado.


En eso pensaba cuando lo vi, sentado como cualquier hombre que, pasados los sesenta, comienza el lento tránsito a la vejez. Catatumbo me saludó con amabilidad, pero de entrada lo noté sobrio y sombrío. Dos días atrás, la Corte Constitucional había tumbado dos importantes disposiciones del Acto Legislativo para la Paz, que le permitían al Gobierno vetar las modificaciones que el Congreso le hiciera a las leyes que reglamentarán los acuerdos de La Habana. Al comienzo, el país político recibió con pánico la noticia, para luego entrar en modo optimista y asegurar que, así como con el triunfo del “NO”, la decisión de la Corte dotaría de mayor legitimidad al acuerdo, al permitir que otras fuerzas políticas intervinieran en su proceso de reglamentación. 

Pero para el Catatumbo desarmado que yo tenía al frente, la decisión de la Corte significaba, por encima de todo, un enorme peligro, pues, como en el resto de los puntos, sometía al vaivén político del Congreso las disposiciones de garantías de seguridad que se habían pactado en La Habana. “La paz es un acto político, no jurídico”, me dijo cuando, después de saludarlo, le pregunté por el tema. Y sin que hubiera tiempo para prender la grabadora comenzó a recitar la larga lista de nombres de líderes y guerrilleros, de Rafael Uribe Uribe a la Unión Patriótica, pasando por Guadalupe Salcedo y el estado mayor de las guerrillas, asesinados en Colombia tras la firma de acuerdos de paz. Para él, la Corte le había abierto un boquete de consecuencias imprevisibles a un pacto que había sido cuidadosamente negociado entre dos partes. 

Así comenzó una larga conversación con Jorge Torres Victoria, alias Pablo Catatumbo, quien perdió a su padre en un accidente de tránsito cuando tenía once años y siguió a su hermano a las filas de las Farc cuando apenas salía de la adolescencia. Formado políticamente en el Komsomol, la Escuela Internacional de la Juventud Comunista en Moscú, Catatumbo es, además de comandante, un lector voraz de historia y ficción y puede en una misma conversación hablar del asesinato de Antonio José de Sucre y de las novelas de espionaje de Frederick Forshyre, del que, dice, aprendió buena parte de lo que sabe sobre inteligencia militar.

Los guerrilleros rasos pensábamos que esto era algo muy breve. Teníamos la idea de que después de estar listos para el combate, el pueblo nos apoyaría y que se repetiría la experiencia cubana.


En la guerra, Catatumbo llegó a ser comandante del Bloque Occidental Comandante Alfonso Cano. Fue el responsable de convertir el cañón de Las Hermosas, en el sur del Tolima, en una fortificación militar de las Farc en los años noventa. Fue el que lideró la destrucción de infraestructuras eléctricas y petroleras, el que comandó repetidos ataques a estaciones de policía en municipios del sur de Colombia, el que planeó el secuestro de los diputados del Valle del Cauca y el que organizó innumerables emboscadas al Ejército a lo largo de tres décadas. En la paz tuvo un papel central, no solo como punto de contacto de las Farc con los gobiernos Uribe y Santos –como bien lo relata en detalle Henry Acosta en su libro El hombre clave (Editorial Aguilar, 2016)–, sino como uno de los miembros de la mesa de diálogos durante casi cuatro años en La Habana. 

¿Cómo vislumbraba usted el futuro cuando ingresó a las Farc? ¿Alguna vez se imaginó que se iba a pasar toda la vida en la selva?
Uno tenía una idea muy romántica de la revolución. En la experiencia de todos estaba muy presente Cuba. Los guerrilleros rasos pensábamos que esto era algo muy breve, tres años, como Fidel. Teníamos la idea de que después de estar fuertes, preparados y listos para el combate, el pueblo nos apoyaría y que se repetiría la experiencia cubana. En pocos años debía ser posible derribar el sistema. 

Evidentemente nada de eso ocurrió. ¿En qué momento cree usted que la guerrilla perdió la simpatía de la gente? 
Yo no creo que hayamos perdido la simpatía. Siempre tuvimos mucho apoyo de la población en las regiones donde nosotros actuábamos. De otra manera no habría sido posible que superviviéramos por más de 52 años. El problema fue que el adversario entendió que había que romper esa ligazón entre el pueblo y las guerrillas, y comenzó a golpear ahí a través de la guerra sucia. Fue una estrategia perversa basada, por ejemplo, en asesinar dirigentes populares y líderes que tenían cierta simpatía con la guerrilla. Yo creo que esa estrategia hizo que la guerra en Colombia comenzara a degradarse. 

Pero ustedes también emprendieron acciones que degradaron la guerra… 
La guerra siempre afecta a la población civil, pero hay unos que afectan con unas intenciones y otros con otras. La intención nuestra nunca fue la de hacer daño. Pero de hecho se hace daño en la guerra. Si usted va y ataca un cuartel de policía, pues obvio que le causa efectos a la población. Por eso le decíamos al Gobierno: hombre, si vamos a hacer una confrontación, si ustedes nos van a declarar una guerra como la que han declarado, saquemos los cuarteles de la policía del centro de los caseríos. Pero la estrategia del Estado siempre fue la contraria: construir cuarteles en el centro de las plazas, al lado de las escuelas, al lado de los hospitales, para que, cuando atacáramos, siempre resultara afectada la población civil. Eso fue una estrategia perversa, realmente.

La guerra también cambió sus dinámicas con la aparición del narcotráfico, ¿cuál es su primer recuerdo de la aparición del narcotráfico en el conflicto?
Yo conocí el narcotráfico desde que nació. Estando yo en el Frente 27, por ahí en el 86, llegué a una región que se llama Piñalito, en Vista Hermosa, Meta, y me sorprendió que estaba llena de marihuana. Con el tiempo me enteré de que a esa región había llegado un narcotraficante que se llama Caro Quintero, mexicano. Los campesinos me contaron que ese señor llegó allá con una avioneta cargada con bultos de dólares y bultos de semillas. El tipo se bajó de la avioneta, repartió dólares y semillas y les dijo: “Siembren eso que yo dentro de dos años vengo y les compro”. También les regaló uno o dos tractores. En esa época el peor insulto que le podían decir a uno es que era marihuanero. Nosotros comenzamos una labor de pedagogía con los campesinos y combatimos muy fuertemente eso. 

¿Se castigaba con pena máxima a los campesinos? ¿Los fusilaban?
Sí, hasta con pena máxima se castigaba. Pero luego los campesinos nos convencieron: “¿Ustedes por qué nos persiguen, si esto nos da de comer a nosotros? ¿Qué más hacemos aquí si no hay carreteras, no hay posibilidad de mercado? En cambio este señor llega...”. El tipo volvió a los dos años con otro avión cargado de plata y ya no trajo semillas de marihuana, sino semillas de coca. Ahí nació la coca en esa zona y se extendió por el Caquetá, por los llanos del Yarí. Recuerdo que en aquella época, ese que llamaban el Mexicano, Gonzalo Rodríguez Gacha, era un arriero en Vista Hermosa, un tipo próspero, tenía como treinta mulas. Ahí fue donde se produjo ese empate entre ellos dos. Caro Quintero, cuando se fue, lo dejó a él como encargado y eso se plagó de narcotráfico.

¿A usted le alcanzó a tocar Tranquilandia, el famoso megacomplejo de cristalización de cocaína de Rodríguez Gacha?
A mí me tocó asaltar Tranquilandia. 

¿Cómo fue eso? 
Nosotros fuimos los primeros que asaltamos a los campamentos de narcotráfico en el Yarí. Esa zona fue, durante mucho tiempo, como el triángulo de las Bermudas. Todo el que pasaba por el Yarí desaparecía. De hecho, botaban a los pacientes en el río La Tunia, que está lleno de pirañas. Hasta que un día comenzamos en el Bloque Oriental a hacer inteligencia, descubrimos que ahí había una cosa bien extraña y decidimos asaltar ese sitio. A mí me tocó comandar el asalto: fue un combate muy intenso, con unos grupos que nosotros creíamos más débiles. Ahí descubrimos que había mercenarios ingleses custodiando eso. Hubo más de veinte muertos de parte nuestra y de parte de ellos por ahí unos veinticinco muertos. Una cosa fuerte. 

¿Lograron ingresar?
Sí, pero no logramos capturar la mercancía. Ellos defendieron eso. Lo que me sorprendió a mí es que eso solo tenía una entrada y el batallón Cazadores estaba a menos de una hora. Tranquilandia quedaba exactamente en esa zona de El Recreo, Los Pozos, donde se dieron los diálogos con Pastrana. Eso era un emporio de cuatro o cinco fincas –Canadá, Buga, El Recreo, La Polonia– donde tenían unos laboratorios sofisticados y producían toneladas de coca. Pero ahí estaba el Batallón Cazadores, donde solo hay una vía para entrar ahí. ¿Cómo hacía esa gente para sacar la coca a Neiva por San Vicente del Caguán? ¿Y los insumos?

La droga también salía por aire…
Sí. Ahí tenían una pista que es la misma pista de El Recreo, pista a la que le dio legalidad el doctor Álvaro Uribe Vélez. En esa pista, en ese laboratorio, fue donde encontraron el helicóptero del papá de Álvaro Uribe cuando el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla asaltó eso. Entonces uno dice: Hombre… ¿Cómo es posible que no haya una conexión? ¿Cómo se explica el narcotráfico en Colombia con esas realidades? A mí no me las contaron, yo las viví. En aquella época esa pista estaba en una parte de Colombia inhóspita. Para que alguien le dé legalidad a una pista de aterrizaje que tiene más de tres mil metros, usted tiene que tener una justificación, porque una pista de tres mil metros, que es casi como un aeropuerto internacional, que es una pista que tiene condiciones para que aterricen aviones comerciales ahí... ¿Cómo se explica que en el año 87 pueda una persona, un ganadero, una persona normal, decirle “concédame una pista allá” y usted no sospechar qué tiene allá y cuál es el interés, cuando allá no había necesidades de la población? ¡Además, era una pista privada! No nos digamos mentiras, una pista para el narcotráfico. Perfectamente se pudiera averiguar quién dio la autorización… En ese tiempo el que hacía de jefe de la Aerocivil era el doctor Álvaro Uribe, pero esos archivos están borrados. Si usted va ahora a encontrar quién firmó el acta, no aparece. Esas son las cosas que a uno le sorprenden. 

¿Y ustedes? ¿Cuándo comenzaron a cobrarles gramaje a los narcos? 
Cuando comenzamos a ver que el campesino no tenía la responsabilidad, pero que sí se movía mucho dinero en las narices de nosotros. Habría sido una ingenuidad o una torpeza ver que se estaba moviendo toda esa cantidad de dinero y decir: “No, yo no”. El Secretariado nunca ordenó involucrarse ni en el cultivo ni en el tráfico, pero sí cobrar un impuesto. Era un impuesto que cobraba todo el mundo: el Ejército, la Policía, el alcalde… Así fue como comenzó a legalizarse el narcotráfico en Colombia.

Hablando de narcotráfico, a usted también se le relaciona con el secuestro de Martha Nieves Ochoa, ese histórico rapto del M-19 que a comienzos de los ochenta terminó provocando la creación del MAS, Muerte a Secuestradores. 
Yo nunca participé en ese secuestro. Lo que pasa es que yo era muy amigo de Elvencio Ruiz quien, en ese entonces, era el jefe del M-19 en Medellín. Nos habíamos conocido en Cali, militamos juntos en la JUCO, y un día en 1982, de manera casual, me encontré con él en Medellín. Conversamos largamente y Elvencio me planteó que él estaba consiguiendo finanzas allá. Como comenzamos a vernos frecuentemente con él, un día nos capturaron. Yo realmente no participé en ese secuestro, pero sí me secuestró la mafia de Medellín.

¿Cómo ocurrió eso?
Nos capturó Pablo Escobar. Yo no había ni oído mencionar a Pablo Escobar. Pablo tenía el control de Medellín y se enteró de que unas estructuras estaban tratando de producir un secuestro. Al primero que cogieron fue a mí. Yo acababa de salir de la cárcel y para legalizar mis documentos le pedí a alguien de esos que trabajan en sacar cédulas y documentos falsos, y me confié de un tipo que me dijo que me los conseguía. Resulta que él era de Pablo Escobar. Lo cierto fue que él personalmente me capturó, en una moto. Cerró el carro y todo. Pablo. 

¿Pablo mismo lo agarró?
Pablo mismo, sí. Yo iba con mi esposa y una amiga mía. Me llevó a su oficina que quedaba en el barrio Castropol, creo. Yo me quedé impresionado porque eso era como un cuartel de la policía: una casa gigantesca, con unos 200 carros ahí parqueados, gente armada. Allá me dijo: “Yo soy Pablo Escobar –a mí el nombre no me decía nada–, yo sé que usted anda planeando un secuestro y necesito hablar con usted, no se meta conmigo, no joda”. Yo, inicialmente, le dije que no tenía que ver con eso y ya después me llamó al señor que me estaba consiguiendo los documentos falsos y me dijo: “Mire, ¿se acuerda de quién es él?”. Entonces yo ya me di cuenta de que la cosa estaba complicada, dijéramos. Y sí, hablamos con él. Yo le dije, hombre, sí, yo andaba consiguiendo esto, pero si hay algo, yo no soy. Entonces me dijo: “Pues dígale a su amigo, al que sea, que paren eso y que vengan y conversen conmigo. Yo soy el jefe de la mafia de Medellín”. Yo sin saber quién era él… Únicamente vi que tenía un aparato poderoso… 

¿Y logró encontrar a Elvencio?
Fue una odisea, yo sabía que me estaban vigilando y a mí me daba temor ir a llevarle la persecución a él. Después de muchas peripecias logré encontrarme con él y le dije lo que estaba pasando. Él se preocupó mucho y decidimos ir juntos a hablar con Pablo. Elvencio le explicó: “Este muchacho no es nuestro, ese negocio es de nosotros, pero pues vamos a frenar eso”. Esa fue la primera vez que vi a Pablo Escobar. 

¿La única vez? 
No. Después se produjo el secuestro de Martha Nieves. Yo no tenía nada que ver, pero yo ya estaba, como se dice, involucrado. Entonces por segunda vez me capturaron en Bogotá y esta vez me capturó fue el Ejército. Me llevaron a un batallón, al Binci [la Brigada de Institutos Militares, más conocida como la Brigada XX]. Ahí volví a ver a Pablo Escobar. 

¿Pablo Escobar en un batallón del Ejército? ¿Qué militares estaban ahí? 
No sé, el comandante de esa época, en el año 82. Y yo veía cómo Pablo Escobar llegaba ahí, en el helicóptero de él, Gacha llegó, nos interrogaron… Elvencio ya estaba capturado. Ahí conversamos y se hizo el arreglo de la liberación de Martha Nieves.

¿En qué consistió el arreglo?
No sé, porque yo no hacía parte de eso. Yo simplemente vi que Elvencio delante de mí les dijo: “Ese muchacho es de las Farc y esto es del M-19. Podemos negociar para soltarla”. Ellos dijeron: tenemos cuarenta familiares del M-19 secuestrados, y si no la sueltan, vamos a seguir secuestrando. Fue cuando entendí que Muerte a Secuestradores [MAS] nunca existió. Los del MAS eran realmente los guardaespaldas de la mafia y las fuerzas de seguridad del Estado. Algún día eso tocará establecerlo en la Comisión de la Verdad. Ahí yo decidí devolverme al monte, estaba complicado, me iban a matar. Elvencio Ruiz terminó en la cárcel. No sé como salió de la cárcel, pero luego me enteré de que estuvo en el Palacio de Justicia y murió allí.


Me dolió mucho la muerte de los diputados. Me parece que fue un hecho de esos absurdos que me hizo reflexionar acerca de que la guerra no tiene sentido.

De todas maneras, usted tuvo sus propias confrontaciones con los narcos…
No fue con los narcos. Era una guerra contra los paramilitares que hacían parte de toda una estrategia contrainsurgente del Estado, para combatirnos a nosotros, pero a la vez apoderarse de territorios.

Y en esa guerra terminó siendo afectada su familia. El capo del Cartel de Cali, Chepe Santacruz, secuestró a una de sus hermanas…
No, pero eso sí fue una retaliación que yo no tuve nada que ver. Yo ni siquiera estaba por aquí. Yo estaba operando en esos tiempos en el Meta y el Guaviare. Tuvo que ver con que un frente de las Farc del Cauca había retenido a una hermana de Santacruz, y Santacruz en retaliación retuvo a unos familiares nuestros, entre esos a mi hermana. Posteriormente eso se resolvió, la soltaron.

Y luego Carlos Castaño secuestró a su hermana Janeth, un capítulo muy difícil para usted…
Obvio, de los más difíciles que me ha tocado pasar en la vida. Porque una cosa es que lo afecten a uno en lo personal, porque uno asumió unos riesgos y uno está en una confrontación armada. Pero muy distinto es que se metan con la familia. Nosotros durante toda la confrontación siempre tuvimos unos principios: nunca afectamos a la familia de nadie por razones del conflicto. Puede que se haya afectado un familiar en la confrontación, pero no de manera pensada: “Bueno, ahora voy a matarle la hermana o el papá o la hija”. No, eso no. 

Alrededor del secuestro y asesinato de su hermana ha habido siempre mucho ruido. En su momento se dijo que se había convertido en amante de Carlos Castaño… ¿Cuál es su versión de lo ocurrido? 
Mi hermana era una muchacha joven, que tenía su pareja. La secuestraron en Cali. La llevaron para Córdoba, donde estaba Carlos Castaño, y en el momento en que los fueron a soltar a todos, pues la soltaron también a ella. Lo que yo sé, lo que me ha contado mi familia, es que a ella le tocó exiliarse en Costa Rica, dejó roto su matrimonio, su hijo, su familia y su pequeña empresa. Tenía cierta estabilidad económica. Y entonces ella, desesperada, trató de volver a su país y los paramilitares la engañaron ofreciéndole que ella ya no tenía problema, que ya había pasado todo. Ella, confiada en que eso era así, intentó regresar a Colombia y cuando llegó a Panamá, la desaparecieron. Luego apareció muerta. Poco tiempo después en la revista Cromos salió un artículo diciendo que había un problema de romance con Carlos Castaño, lo cual me parece una infamia. 

¿No esgrimió pruebas el artículo?
No. Y eso se quedó así. Le hicieron un daño terrible a mi familia. El hijo de mi hermana, que era un niño de seis, siete años, sufrió consecuencias terribles. De hecho, hoy todavía no se repone de las consecuencias de eso. A mi familia la destruyó. Y luego, con el tiempo, nos entregaron los restos de mi hermana, picados a machete, en pedacitos, ni siquiera un cuerpo entero. Entonces, no solamente nos causaron el daño de matar a mi hermana, sino que la mataron dos veces, porque la mataron moralmente. La destruyeron. Y el daño para mi familia fue terrible. Para mí también fue un episodio muy doloroso, porque fue tal vez la única hermana que nunca tuvo vocación política, la más inocente de todas. No tenía nada que ver con eso. Y sí me pareció un crimen muy perverso, muy cobarde. Bueno, Carlos Castaño era un psicópata. No sé qué motivaciones tuvo distintas a vengarse de mí.


¿Usted nunca pensó en desertar? 
No, nunca. Porque a pesar de que hubo momentos muy difíciles, yo siempre tuve un compromiso muy grande con los muchachos, con los guerrilleros. Yo vi morir muchos guerrilleros, muchos comandantes, muchos muchachos jóvenes que al igual que yo creían en la revolución y me parecía que desertar de la guerrilla era traicionarlos. Nunca, nunca vacilé. Siempre, cuando tenía momentos de debilidad, que también los hubo, siempre pensé en ellos. Pensé en los muertos, en los que ya habían dado su vida, y fueron muchos, muchos. Hombres, mujeres, mucha gente que dio la vida por mí en momentos en que estuve en peligro, muchos muchachos de mi guardia se enfrentaron y los mataron, muchachos que uno dirigió y mandó al combate murieron, y eso genera unos lazos muy estrechos. Muy complicado. 

¿Y se le aparece alguna vez la guerra cuando duerme?
No, no tengo pesadillas. Yo soy muy consciente de lo que hice en la guerra. Para mí la guerra fue algo que no fue traumático. Yo soy muy sano mentalmente, mejor dicho. Cuando uno tiene todo racionalizado, no tiene por qué. Fue una guerra muy cruel, muy dura, sí, pero siempre cuando se hace con principios eso le da a uno mucha fortaleza. 

¿Cuál fue su mayor dilema como comandante? 
[Vacila…] Hay muchos, fueron muchos. En la guerra hay muchos días terribles en los que hay que tomar decisiones drásticas. O situaciones difíciles. Pero creo que de las más difíciles… No sé... Tal vez… [Vacila de nuevo, silencio largo]. Tal vez cuando uno ve morir la gente. Cuando no se puede hacer nada… También haber dejado a mi familia cuando me fui para la guerrilla, eso fue terrible. Mi madre quedó con hijas mujeres, todas menores de edad. Yo era el único que trabajaba en la familia. 

¿Y dilemas relacionados con la dinámica de la guerra? 
Pues hubo muchos. Incluso decisiones que no tomé. Una vez íbamos a tomarnos a Ginebra, Valle, teníamos todo preparado. Estábamos ya con las fuerzas listas, con todo listo para eso, y finalmente en una reunión que tuvimos dijimos: “No, una incursión militar en Ginebra, en el centro del Valle, implica mucha destrucción”. Era el lugar donde se hace el Festival del Bambuco, y desistimos. Dijimos “no”. Lo mismo pasó con Génova, Quindío. Tuvimos una ocasión en que estábamos a punto de tomarla, estábamos casi a dos horas del lugar, y dijimos “no”. Destruir ese cuartel, la población donde Manuel Marulanda nació, no… Hubo mucha discusión sobre eso. Mucha gente que no estuvo de acuerdo. 

¿Y alguna vez se equivocó? 
Pues yo creo que todo el mundo en la vida se ha equivocado, sí. 

¿Qué le pesa? 
Pues, hombre, dijéramos que me pese, que yo diga: “¿Por qué hice esto?”. No. Pero sí hay cosas que pienso que no debieron haber ocurrido. Por ejemplo, me dolió mucho la muerte de los diputados. Me parece que fue un hecho de esos absurdos, que me hizo reflexionar acerca de que la guerra no tiene sentido. 

Usted en el curso de esos años no tuvo un momento de detenerse a decir: ¿esto tiene que acabarse? El secuestro no puede existir…
Sí, por supuesto.

¿Cuándo ocurrió?
Eso era una preocupación que teníamos varios. Alfonso Cano fue uno de los primeros que empezó a plantearlo. Jacobo Arenas también. Esa situación de la retención de personas empezó a afectar no al sector contra el cual estaba dirigida esa política, que eran los grandes empresarios, sino que comenzó a desvirtuarse. ¿Cuál era la justificación? Bateman la dio muchas veces: la insurgencia tiene que financiarse de algo y los pobres no pueden financiar una guerra, la plata la tienen los ricos. Esa era la lógica bajo la que operábamos los guerrilleros. Pero cuando se prolonga en el tiempo, comienza a generar contradicciones. Yo creo que uno de los graves problemas de esta guerra es que se prolongó mucho. Una guerra no puede ser eterna. Una guerra que pasa de cincuenta años hace mucho daño. Por eso llegamos a decir: “¿Vale la pena seguir, o no?”, “¿esto tiene posibilidades de triunfar, o no?”. Y eso fue lo que hicimos.


Si no se perdió la vida en la guerra durante tantos años, no sería justo que uno viniera a morir a manos de un sicario.


Usted el año pasado se encontró con los familiares de los diputados en Cali y les pidió perdón. ¿Qué significó eso para usted? 
Fue muy doloroso. Muy duro… [Vacila] Escuchar de boca de ellos los relatos de todo el daño que sufrieron, que sintieron, a causa de la guerra y a causa de actos que habíamos producido las Farc… Por eso yo decidí asumir la responsabilidad. 

¿Algún testimonio particular lo impactó? 
Todos. En especial el de los niños menores de edad, en ese momento. Pero también el de las madres, el de las esposas, los hermanos, todos. Por eso nuestro pedido de perdón fue muy sincero. También me alegró escuchar que, con grandeza, muchos de ellos dijeron que estaban dispuestos a perdonarnos. 

No todos… 
Sí, pero bueno, al fin y al cabo es una opción personal, individual. Y lo importante es que nuestro pedido de perdón fue realmente sincero y de corazón. Yo les dije que era algo de lo cual no puede enorgullecerse un revolucionario. Ese es tal vez el episodio más terrible que yo viví en la guerra. Pero también quisiera uno que esa reflexión la hicieran otros… Esa autocrítica hay que hacerla colectivamente. La sociedad colombiana no puede creer que solamente las Farc tenemos responsabilidad en esta guerra cruel. 

Hablando de quienes se han opuesto a los acuerdos, ¿qué estaba haciendo usted, qué sintió, qué fue lo primero que dijo el 2 de octubre del año pasado, cuando triunfó el “NO”? 
Pensé con mucha tristeza que en Colombia es más fácil hacer la guerra que hacer la paz, que en Colombia los enemigos de la paz tienen mucho poder y que la gente no tiene conciencia de los beneficios que puede tener la paz para este país. 

¿No se ha preguntado qué pasa por la cabeza de todas esas personas? 
Pues mentiras, es gente engañada. Cuando nos reunimos con algunos sectores religiosos en La Habana, por ejemplo, nos dimos cuenta de que lo que había era unas confusiones terribles. Por ejemplo, muchos creían que era cierto que en las Farc había cinco mil menores de edad o que los comandantes tenemos esclavas sexuales. Mire, las listas oficiales dicen que somos siete mil guerrilleros. ¿Cómo va usted a creer que con cinco mil menores usted va a sostener una guerra contra el ejército más poderoso de América Latina? ¿O cómo va a creer usted que en las Farc se puede estar violando a todas las mujeres, cuando el 40 % de las fuerzas nuestras son mujeres y esas mujeres están armadas? Muchos de esos líderes religiosos dijeron “no, hombre”. Incluso algunos nos pidieron perdón. En Colombia el engaño siempre ha sido un arma terrible. Un pueblo ignorante, decía Bolívar, es esclavo de su propia esclavitud. 

¿Usted le tiene miedo a la muerte?
Yo creo que todos los seres humanos tienen cierto temor a la muerte. Pero cuando se ha estado tanto tiempo en la lucha guerrillera, uno la asume. La asume cuando piensa que muchos otros compañeros durante tantos años perdieron la vida en esta lucha. No se trata de posar de valeroso, pero sí de realista: la muerte es una realidad, estuvo presente durante muchos años y casi a diario nos tocó jugarnos la vida. Yo tuve muchos episodios. Puedo contar diez, doce episodios donde estuve a punto de morir, y me salvé por milagro o por intuiciones de último minuto. A uno lo que a veces le da como preocupación –y rabia, también– es que después de tanto esfuerzo y tanta lucha, vayamos a perder la vida pendejamente. Eso sí no me gustaría. Porque si no se perdió la vida en la guerra durante tantos años, no sería justo que uno viniera a morir a manos de un sicario, por falta de protección, por falta de asumir medidas que hubieran podido evitarlo.

JUAN CAMILO MALDONADO TOVAR
REVISTA BOCAS PUBLICADO EN EL TIEMPO.COM
EDICIÓN 64 - JUNIO 2017​

domingo, 24 de febrero de 2013

¿PAZ SIN RECONCILIACIÓN? II (AJGF)



N. del E.: Columna publicada en el portal arcoiris.com.co en febrero de 2013. 

¿PAZ SIN RECONCILIACIÓN? II 


Ya comienza a calar la idea de que habrá un acuerdo de paz con las FARC. Si es que eso se puede llamar paz. No habrá una solución al conflicto colombiano mientras no se dimensione realmente que significa el termino “paz” y si los colombianos somos capaces objetivamente de entenderla como una gran cruzada (en el buen sentido de la palabra) de reconciliación nacional y no como el desarme de grupos aislados. 



Los acuerdos de paz que ha celebrado el estado colombiano con diversos actores armados a lo largo de la historia han logrado desactivar temporalmente el conflicto en algunas regiones pero no han logrado generar la paz. El conflicto se ha reciclado, se ha reencauchado y se ha repotenciado, en la mayoría de los casos con parte de los actores que aparentemente desarmaron. Poco tuvieron esos acuerdos de reintegración a la vida civil de los desmovilizados y absolutamente nada de verdad, reparación, restitución, cero en justicia, temas de los que ni siquiera se mencionaban en las negociaciones. Se partía (y parece que aun se parte) del principio no escrito de que se requería la mas absoluta impunidad. Perdón y olvido; Borrón y cuenta nueva; Punto final. 



En ese orden de ideas, los acuerdos no produjeron paz por que nunca hubo un propósito de reconciliación. En cada acuerdo improvisado, el “postconflicto” ha llegado a ser peor que el mismo conflicto que se quiso terminar. 



El único proceso de paz de la historia colombiana donde se mencionó y se hizo evidente la necesidad de la reconciliación nacional, fue en el proceso de desmovilización de las AUC, a partir de la ley 975 de 2005, “de Justicia y Paz”. Ya los nuevos estándares internacionales evidenciaron la necesidad de la verdad y la reparación como prerrequisitos de la justicia necesaria en la sanción de cualquiera violación de los derechos humanos. Pero también evidenciaron la necesidad de reconstruir el tejido social de una forma sistemática y organizada que permitiera no solo la reintegración de los excombatientes a la sociedad, sino su acogimiento por parte de esta, generando una sana convivencia y que fuera sostenible en el tiempo. 



Las causas objetivas del conflicto no son “el discurso mamerto” como despectivamente se les califica para invisibilizarlas en una negociación. Son realidades evidentes y los acuerdos de paz nunca las han considerado. La pobreza absoluta, la desigualdad social, la exclusión social y política, la imposibilidad de acceder a la justicia, la no salud, la no educación, la negación de la vida en condiciones dignas para todos, no han sido parte de esos acuerdos en forma alguna, y seguramente no lo serán jamás. Son solo argumentos que les sirven a los violentólogos para justificar por que los Colombianos son tan violentos, sin ofrecer ninguna solución. 



Pero para alcanzar la paz, la reconciliación nacional y hacerla sostenible se requiere mucho mas que un acuerdo con las guerrillas. Ya el hecho de lograr su desmovilización y sometimiento al derecho es una labor titánica, la reintegración y el acogimiento de la sociedad a los excombatientes será otra inmensa labor, mas difícil aun que el logro del acuerdo. 



Se requiere generar una cultura de la reconciliación y esto implica abrir espacios conversacionales con todos los sectores y actores del conflicto colombiano. Los armados y los desarmados, los civiles y los militares, la comunidad internacional, las organizaciones sociales, la sociedad civil, dirigentes políticos y económicos y el mayor factor de violencia que subsistirá a todos los acuerdos de paz, que son la delincuencia común, organizada y no organizada y el narcotráfico. 



Ni la mesa de negociación con las FARC, ni con ningún otro grupo, va a solucionar en sus acuerdos el problema de violencia y delincuencia en los barrios, en las veredas, en las calles. No va a solucionar la extorsión, el asesinato, el matoneo, la violencia intrafamiliar, y todas las formas de violencia que hacen parte integral del conflicto colombiano. Un acuerdo con un factor generador de conflicto no tiene ninguna repercusión en el problema de violencia en las ciudades, excepto por que se aumente, como ocurrió con la desmovilización de los paramilitares, muchos de ellos hoy reciclados en las bandas ilegales y los combos urbanos. 



Como promover y consolidar una cultura de reconciliación a todo nivel en Colombia es la real labor que se requiere para alcanzar la paz duradera y sostenible. “Para lograr la paz hay que desactivar todas las formas de violencia” es la propuesta de Francisco Galán, un exguerrillero hoy dedicado a la búsqueda de la reconciliación. Tiene razón. Tanto influye en el conflicto el problema de las guerrillas, como el de las bandas narcotraficantes, pero también, las fronteras invisibles, la extorsión, el micro-narcotráfico o la violencia intrafamiliar y doméstica, todas las formas de discriminación y la violencia de genero. Todo es una gran sumatoria de violencias, todas las cuales hay que terminarlas. 



Esta es la labor que corresponde a la comunidad internacional, la sociedad civil, a los gremios, a los medios de comunicación, a la clase dirigente económica y política, tanto en el nivel nacional, como departamental y local. 



Generar una cultura de la reconciliación nos corresponde a todos los que queremos aportar un grano de arena para la construcción del tejido social y el logro de la paz real y duradera con una solución integral. Y hay que comenzar ya. 



Estas son las frases clave siempre partiendo de un no rotundo a todas las formas de violencia: reconstruir el tejido social, promover la reconciliación nacional, todos y ya. Pero hay que tener siempre presente que sin acuerdos serios que lleven a desactivar las causas objetivas del conflicto, no se podrán desactivar las formas de violencia y nunca podremos alcanzar una verdadera paz.

Por: Antonio José García Fernández

martes, 19 de febrero de 2013

ABRIENDO CAMINOS (AJGF)


 Nota del editor: esta columna fue propuesta inicialmente para ser publicada en el portal arcoiris, pero por alguna razón, que no nos fue informada, el editor de dicha publicación electrónica no la acogió. 

  ABRIENDO CAMINOS 

¿Cuándo se rompe el nexo entre la memoria dolorosa del recuerdo traumático, y el odio que motiva a la venganza? Solo se vislumbra una posible respuesta: ¡!!Jamás¡¡¡. Pero ese jamás es relativo. ¿Como perdonar lo imperdonable? Surge la misma respuesta: ¡!!Jamás¡¡. Pero ese jamás no es absoluto. 

Si en Colombia no avanzamos hacia una cultura de la reconciliación, que nos permita hacernos concientes de lo débiles que nos hace el odio, que fractura la voluntad, no deja llegar a la paz e incita a la venganza violenta, no vamos a solucionar el conflicto armado colombiano, ¡!! Jamás¡¡¡ 

Tantos años de violencia acumulada en el recuerdo de generaciones de colombianos, crean una barrera casi impenetrable a la posibilidad de perdón y de reconciliación. 

Como pedirle a Gloria Cuartas que perdone, que se reconcilie, que deje a un lado tantos años de cientos, de miles de víctimas, de horrores acumulados, luego de que ella vio con sus propios ojos y sufrió en carne propia tanta violencia y tanto dolor? Es difícil. Es claro que nunca lo olvidará. Es imposible olvidar. Y ver su entrevista divulgada por el portal Arcoiris, no puede sino generar una reflexión sobre el perdón. Sin embargo es evidente que su lucha es por develar la verdad. 

La verdad es la base, el punto de partida de la reconciliación y la lucha de esta dama no es por castigar a los culpables sino por que se conozca la verdad. Y no es otra verdad mas del conflicto colombiano, de tantas que se quedarán entre la neblina y jamás se conocerán. 

Es una súplica dolorosa por que se conozca la verdad de Urabá, de donde surgió la Némesis de violencia contemporánea en Colombia y se exportó a todos y cada uno de los confines del país. 

Es extraño, pero es en Urabá donde se ha conocido de mejor manera en el país, como funcionó el fenómeno paramilitar. Los comandantes desmovilizados que incidieron sobre esa región, han expuesto en buena medida al proyecto paramilitar, han dado a conocer la parte de la verdad que ellos conocen. No es en vano que sea la única región donde se ha develado la realidad del proyecto político y económico del paramilitarismo para controlar el poder. 

Si no se ha avanzado mas es por que quienes fueron los verdaderos articuladores del proyecto paramilitar con las elites económicas y políticas, los hermanos Fidel, Carlos y Vicente Castaño, han sido asesinados. 

Estos y otros asesinatos han sido cómodos para el poder y funcionales completamente para la impunidad que se pretende al ocultar la verdad. 

Pero toca la señora Cuartas otro aspecto que es dramático, y es el silencio y la omisión cómplice de los millones de colombianos que cerrábamos los ojos a lo que ocurría en esa época en Urabá y en el resto del país, que no queríamos o no nos interesaba ver y otros que justificaban la conveniencia, con discursos políticos y económicos, aun desde el gobierno los medios de comunicación. Claro que no faltaron quienes siendo víctimas compartían en silencio pero apoyaban moralmente a los violentos, por sed de venganza o conveniencia. 

Sepulcros blanqueados llamaba Jesús a esos entes limpios por fuera pero llenos de odio, resentimiento y que simplemente veían pasar las cosas, con placer morboso o sea que se parecían en mayor o menor medida a lo que fuimos la gran mayoría de los colombianos en esa época aciaga. (que todavía continúa). 

Como darle sosiego a esa alma atormentada por el dolor del horror vivido? Es imposible, imborrable, jamás olvidará, jamás podrá borrar de su mente ese drama absurdo que le tocó vivir. Creo que nunca perdonará, pero estoy seguro que está haciendo su mejor esfuerzo para que la sociedad se reconcilie. 

Gloria Cuartas clama por la verdad, como punto de partida para la reconciliación. Es vehemente pero no habla con odio. Habla con dolor. No habla de venganza, no habla de penas, no habla de cárcel, no habla de sanciones legales. Solo pide que se conozca la verdad. 




domingo, 7 de agosto de 2011

UN LEGADO INTELECTUAL (AJGF)


Con el ánimo de realizar esta columna virtual, y hurgando páginas que motiven nuestro sentir e insistir en de alguna manera textos productivos que permitan ser un granito de arena, mínimo, pero sentido,  para realizar un ladrillo, uno de los millones que se necesita para construir ese largo y tortuoso puente que será el logro de la reconciliación en Colombia, nos encontramos con un texto grandioso en nuestro humilde concepto, que en mucho concuerda y sintetiza nuestro pensamiento y la dirección que hemos querido dar a la opinión expresada en este blog. Hemos querido traer a colación entonces dos capítulos breves, de un libro que sencillamente nos impactó con la sola lectura por su profundidad y trascendencia. Seguramente que en el futuro haremos más referencia a este libro y a este autor, puesto que es imposible no tenerlo como libro de consulta obligatoria y reflexión permanente para quienes creemos que la reconciliación y la paz son posibles para Colombia.
Se trata de el libro llamado "MANUAL DE TOLERANCIA" de Héctor Abad Gómez.
XLII
"Yo creo en el hombre y en su capacidad de ser feliz. En su capacidad de disfrutar esta vida aquí en la tierra; en su capacidad de entender las leyes naturales y ponerlas a su servicio; en su capacidad de convivencia, en su capacidad de altruismo, de abstracción, de previsión y de raciocinio; creo en su capacidad de trascender los goces y bienes inmediatos hacia bienes superiores, en su capacidad de análisis, en su capacidad de síntesis, en su capacidad de entender y hacerse entender, en su capacidad de sacrificio por ideales superiores. Creo que es capaz de distinguir sus motivos inconscientes y emocionales de sus motivos conscientes y racionales, que es capaz de ser alegre y también de resistir el sufrimiento. Creo, en fin, en su capacidad de construirse una escala de valores a la cual pueda atenerse en sus acciones.
Defiendo por tanto el valor de la vida humana y creo que su conservación es un bien en sí mismo, en cualquier circunstancia, en cualquier momento de la vida de un hombre, sin que importe su raza su condición, su nacionalidad sus creencias o sus acciones presentes o pasadas.

Creo en la perfectibilidad del ser humano, en sus grandes potencialidades para el bien o para el mal y creo que estas potencialidades se desarrollan hacia uno y otro lado dependiendo de las circunstancias en que se encuentre y de la educación a que haya sido sometido. Creo en el poder del hombre de modificar -hasta ciertos límites -sus propias circunstancias y en su capacidad de discernir -en cada caso -para el bien y para sus próximos.
Creo su capacidad de modificarse, en su voluntad de servicio y de bondad. No creo en la culpabilidad individual pues cuando un hombre efectuó un acto perverso este hombre fue colocado por sus circunstancias, por su educación, por sus características heredadas y adquiridas no a causa suya sino a  su pesar y condicionado por la sociedad en la que le tocó actuar. No creo que con el castigo se consiga nada bueno, salvo quizás el hecho de evitar la venganza y el odio de quienes sí creen en la culpa individual."

XLIII
"Ser honrado en un país donde abundan los fariseos; decir la verdad en un país donde la mentira es el arma empleada a los más altos niveles; tener valor en un país en donde los cobardes llegan a las más altas posiciones; ser pobre y tener poder en un país donde sólo los ricos son poderosos; decir lo que se siente y lo que se sabe sin eufemismos y con las limpias palabras del pueblo, para que todo el mundo lo entienda, en un país donde lo inteligente es lo críptico, lo escondido, lo sutil, lo inescrutable, lo oscuro; no ser "político" en lo que se dice, en lo que se hace, lo que se afirma, lo que se emprende, en un país donde siempre se está pensando en la próxima elección y no en la próxima generación; no tener miedo a tomarse unos tragos en las cantinas y en las tiendas, a la vista de todo el mundo en un país donde abundan los clubes exclusivos para que los grandes personajes se embriaguen a escondidas; no tenerle miedo al alcohol por aquello de "in vinus veritas”; hacer las cosas cuando se deben hacerse, sin esperar la "oportunidad", en un país en donde abundan los oportunistas; estar con los de abajo, siempre, en un país donde el arribismo es la vía más expedita para alcanzar altas posiciones y prebendas; vestirse la colombiana en un país en donde lo chic el vestirse a lo británico; tomar aguardiente en un país donde lo decente es tomar whisky; ser socialista a lo latinoamericano y no de la línea de Moscú o de Mao tze-tung o de su viuda, en un país donde abundan los guerrilleros del chico; de ahí lo insólito, lo escandaloso, lo inaceptable."
Esto, como también otras magistrales páginas a las que posteriormente podremos referirnos, nos indica sin lugar a dudas que el médico Héctor Abad Gómez es uno de los mayores humanistas con que ha contado la sociedad  y la intelectualidad colombiana. Por eso lo mataron. Por lo que el mismo denunciaba: "hay un valor, que tal vez nuestro siglo ha echado un poco al olvido: es el valor del valor."
Algún día encontraremos el sentido que nos guíe por el camino hacia la reconciliación; por fin encontraremos "el valor del valor" y muy buena parte de esa dirección ética  la vamos a encontrar en el legado de nuestros intelectuales; y muy seguramente en el de Fernando González, Estanislao Zulueta y Héctor Abad Gómez.

miércoles, 25 de mayo de 2011

"QUE SE PRETENDE AL NEGAR EL CONFLICTO ARMADO EN COLOMBIA" (AJGF) A proposito de la LEY PARA LAS VICTIMAS DEL CONFLICTO ARMADO EN COLOMBIA



¿Que se pretende al negar el conflicto armado en Colombia?


Quisiéramos no tener que referirnos a esto nuevamente y ya lo dábamos por superado, pero nuevamente aparece el tema del desconocimiento del conflicto armado en Colombia, de su negación, de su pretendida inexistencia, y por tanto quisiéramos puntualizar algunos aspectos que son determinantes y deben ser tenidos en cuenta por la opinión pública al momento de valorar las posiciones en pro o en contra. Nuevamente vimos el estira y afloje por incluir o excluir la definición del conflicto armado en la ley de víctimas, que en buena hora ha sido aprobada por el Congreso de la República, haciendo reconocimiento del conflicto (con una formula tímida, valga decir) y por tanto, visibilizando debidamente por fin desde el punto de vista legislativo a las víctimas de la violencia en Colombia. Presenciamos nuevamente en el escenario del Congreso y en los medios de comunicación el debate, orientado desde la distancia por personas con posiciones agrias y radicales. Nos preguntamos entonces, por qué tanta insistencia, porque tanta persistencia, porque tanta tozudez, y no precisamente por parte de quienes creemos a pie juntillas que en Colombia existe un conflicto armado, escalado, degradado, actual y en progreso, sino de quienes pretenden negar su existencia.



Poniéndonos en los zapatos de ellos, tratando de conciliar sus argumentos con los de quienes como nosotros, reconocemos la existencia de un conflicto armado y por ello, para no ser radicales en nuestras apreciaciones y tratar de consensuar este tema, podríamos decir que si, que en Colombia existe un conflicto armado interno, pero (acercandonos a sus tesis) no lo podríamos admitir porque entonces estaríamos validando la acción del terrorismo. Estamos tratando de ser benévolos con la posición de estas personas. También siendo benévolos entonces diríamos que si se reconoce el conflicto entonces se corre el riesgo de que algún país, que reconozca la beligerancia de las organizaciones armadas y particularmente de la guerrilla. También podríamos admitir en gracia de discusión, que mientras mayor sea el lapso de tiempo que cubra el reconocimiento de las víctimas del conflicto, será más oneroso para el Estado colombiano atender a la reparación integral del daño causado a estas personas. Hasta aquí, tal vez recogeríamos la totalidad los argumentos que ellos exponen en su ferrea oposición.

Pero, ¿ podremos ser tan ingenuos los colombianos como para creer que con desconocer la realidad colombiana entonces nos protegemos del terrorismo, impedimos su actuar y lo alejamos del respaldo que éste pueda tener por parte de algunos miembros de la comunidad internacional, y de paso responsablemente protegemos y cuidamos el presupuesto nacional?

No, los efectos del desconocimiento del conflicto no son estos. En nada benefician al país, puesto que es sólo una entelequia que se ha montado para justificar toda una cantidad de situaciones del pasado y del presente, que de otra manera tendrían (y tendrán) consecuencias jurídicas para quienes incurrieron en ellas. Valga decir también que las consecuencias jurídicas no serán para el gobierno nacional exclusivamente, sino para todos los estamentos del Estado y de la sociedad que han permitido que todas estas situaciones ocurran.

Enumeramos algunas de las situaciones que se pretenden invisibilizar desconociendo la existencia del conflicto armado en Colombia y no nos referiremos ya a cientos de miles de muertos, a millones de víctimas, a millones de desplazados y desarraigados, pues por más esfuerzo que se haga por desconocer el conflicto, nunca se podrán ocultar y a partir del reconocimiento que se les ha dado en la ley de víctimas nunca más se podrán desconocer ni invisibilizar:

Los desmovilizados y los postulados son civiles que por el hecho de haber abandonado las armas voluntariamente, pasaron de ser "combatientes" obligados a cumplir el DIH, a ser ex combatientes, protegidos especialmente por el DIH. Se pretende justificar la discriminación en la que ha incurrido el Estado colombiano, la justicia colombiana, el gobierno colombiano, la sociedad colombiana, frente a los desmovilizados, puesto que el Derecho Internacional Humanitario hace especial cobertura protectora a los excombatientes que voluntariamente hagan dejación de las armas, para quienes proscribe cualquier caso o forma de discriminación. Entonces el debate acerca de si los desmovilizados son delincuentes políticos, o sediciosos, o terroristas concertados, nunca podría darse en un estado de derecho, pues viola principios del Derecho Internacional Humanitario, que los protege especialmente, y que hacen parte por tanto del bloque de constitucionalidad aplicable plenamente en nuestro derecho interno, situación que no han tenido en cuenta ni el gobierno nacional, ni las altas cortes, ni aún la misma comunidad internacional. Y la discriminación no es solo frente a quienes encuentran inmersos en el proceso de justicia transicional. También los desmovilizados son discriminados, estigmatizados, maltratados, no pueden acceder a fuentes de trabajo dignas pues se encuentran con las listas negras, y el rechazo de una comunidad que se niega a dar pasos de reconciliación.

Se pretende validar el aborto del proceso de paz con las autodefensas, que pasó de ser un proceso político y social con un componente jurídico de justicia transicional, a una rendición seguida de un simple proceso judicial en el que se ha permitido toda clase de atropellos a los procesados.

Se pretende justificar la no aplicación de caros principios fundamentales del derecho, cuáles son el debido proceso, la presunción de inocencia, el principio de legalidad, el principio de favorabilidad, el garantismo jurídico penal, la no retroactividad de la ley penal, la estabilidad juridica y los derechos adquiridos, los cuales se les ha negado con insistencia, con saña tambien discriminatoria a los desmovilizados, por parte de estamentos del Estado.

Se pretende justificar el manejo judicial discriminatorio, violatorio del Derecho Internacional Humanitario y por lo tanto del bloque de constitucionalidad, pues a pesar de que la legislación de justicia transicional aplicable es “ex post facto” en forma retroactiva, con un acogimiento voluntario por parte de las personas que concurren a su desarrollo y sólo podría determinarse cambios en su aplicación en aspectos que impliquen favorabilidad para los sujetos al proceso, pero por parte del Estado colombiano se ha cambiado constantemente las reglas de juego y desnaturalizado el proceso transicional de Justicia y Paz para llevarlo a lo que es hoy: el nuevo “santo tribunal de la inquisición". ¿Que pdríamos decir además de las extradiciones sin justificación y en contra de los derechos de las victimas a conocer la verdad y obtener justicia?

Se procura ocultar también de igual manera la incapacidad gubernamental y legislativa para darle salidas a los problemas presentados en relación con el proceso de paz, y con la legislación de transición aplicable, particularmente en el aspecto del límite temporal que fijó la ley 975 de 2005, que prácticamente convirtió al proceso de paz en letra muerta a partir del 25 julio de ese año. Fue una ley de ejecución instantánea. Nunca llegó a ser el instrumento de paz que se requería construir, y generó a partir de ese momento el mayor problema no sólo para ese proceso de paz si no para la reconciliación de los colombianos.

También se pretende desconocer la responsabilidad directa o por linea de mando de agentes del Estado en la ocurrencia de los denominados "falsos positivos", cuyas dos mayores perversas manifestaciones fueron el "Body Count” que pretendía mostrar el mayor número de bajas posibles para demostrar que se estaba ganando la guerra, y por otro lado las “falsas desmovilizaciones” para mostrar resultados inflados frente a los observadores del proceso de paz. Claro está que en estos casos se involucraron de una u otra manera a civiles y por lo tanto se violó por parte del Estado colombiano el principio de distinción, eje fundamental del Derecho Internacional Humanitario DIH.

Se pretende también justificar el fracaso del proceso de reintegración, la situación a la que se han expuesto a los desmovilizados quienes afrontan riesgos constantes al pretender sacar adelante sus proyectos de vida sin el apoyo del Estado y la comunidad, en medio de la agresión permanente de los actores armados del conflicto que perviven, y el asedio constante de las autoridades.

Proyecta justificar de igual manera el genocidio de los desmovilizados, que ha venido ocurriendo sistemáticamente en Colombia, que está suficientemente claro, pero que no ha ameritado de forma algunos pronunciamientos ni del gobierno nacional, ni de la justicia colombiana, ni de la comunidad internacional.



Todo esto sería, en un verdadero Estado de Derecho, absolutamente inaceptable. Pero estamos en Colombia y no nos damos cuenta que hacia donde nos quiere llevar esa manida discusión sobre la existencia o no del conflicto colombiano, es a permitir la ocurrencia del más temido fenómeno en el Estado de derecho: La Impunidad. Lo que está haciendo esto es permitiendo que la impunidad y la inmunidad se aposenten definitivamente en Colombia. Todo apunta a mantener oculta la verdad, a que ésta no se manifieste realmente y que las personas que han concebido, promovido y se han beneficiado directamente del conflicto colombiano permanezcan en la impunidad. Por lo tanto las amnistías e indultos, proscritas para siempre en los estatutos internacionales de protección de los derechos humanos, están ocurriendo en Colombia hoy, y a eso apunta directamente la negación del conflicto armado colombiano. Pero lo peor de todo, es que mientras tanto el Estado y la sociedad Colombiana se mantienen ajenas a la solución de las causas objetivas del conflicto armado colombiano "QUE SI EXISTE”, y se evidencia en la ausencia de Estado reflejada en la desatención y largos años de injusticia social en las regiones, la inequidad económica cada vez mayor, la poca o nula cobertura de los servicios públicos esenciales, la poca o nula cobertura de los servicios de salud, la poca o nula disponibilidad de educación y la pésima calidad de esta, la absoluta inexistencia de oportunidades de trabajo, y ni que hablar de las posibilidades de tener entonces un salario digno y justo. Claro, ¿¿¿ como se van a preocupar por atender las causas objetivas de un conflicto que segun ellos, no existe???.

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