Mostrando las entradas con la etiqueta PARAMILITARISMO. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta PARAMILITARISMO. Mostrar todas las entradas

viernes, 23 de junio de 2017

"EN COLOMBIA ES MAS FACIL HACER LA GUERRA QUE LA PAZ" (entrevista a Pablo Catatumbo) Tratando de entender (75)



EN COLOMBIA ES MAS FÁCIL HACER LA GUERRA QUE LA PAZ


Una entrevista de la revista BOCAS con uno de los principales miembros del secretariado de las Farc.

Jorge Torres Victoria, alias Pablo Catatumbo, pasó cuarenta años en las Farc e hizo parte de la mesa de conversaciones en La Habana.


Por: JUAN CAMILO MALDONADO TOVAR 
23 de junio 2017 , 12:22 a.m.





El fusil es, para el guerrillero, un objeto preciado. Durante todos estos años de guerra, ya fuera en el páramo o en un morichal en la llanura, ningún combatiente se iba a dormir a su caleta sin desarmar el fusil, pasarle un trapo por sus partes y revisar el funcionamiento de sus mecanismos. Ver limpiar a un guerrillero su arma es un acto que raya en lo invasivo: es un acto íntimo entre el hombre y el objeto del que depende su vida. No en vano, perder el fusil, refundirlo, incluso desatenderlo, fue siempre castigado entre las filas de las Farc.


El día que me encontré con Pablo Catatumbo, no llevaba el fusil al hombro. Tampoco el camuflado. Camisa azul pegada al cuerpo por el calor y jeans holgados, la misma pinta corriente con la que asistió durante cuatro años a las rondas de negociación en el Palacio de Convenciones de La Habana. Catatumbo estaba desarmado. Descansaba en una casa campestre a las afueras de Cali, luego de una visita al médico por la que se había retirado de la Zona Veredal de Transición y Normalización de La Elvira, en Buenos Aires, Cauca, donde hoy pasa buena parte de su tiempo.

Ha de ser difícil para un guerrillero que, como él, lleva cuatro décadas empuñando un arma para garantizar su supervivencia en la guerra, saber que en pocas semanas estará entregando el fierro, destinado a ser fundido para convertirse en monumento, para luego someterse, como todo colombiano, a la seguridad que debe garantizar el Estado.


En eso pensaba cuando lo vi, sentado como cualquier hombre que, pasados los sesenta, comienza el lento tránsito a la vejez. Catatumbo me saludó con amabilidad, pero de entrada lo noté sobrio y sombrío. Dos días atrás, la Corte Constitucional había tumbado dos importantes disposiciones del Acto Legislativo para la Paz, que le permitían al Gobierno vetar las modificaciones que el Congreso le hiciera a las leyes que reglamentarán los acuerdos de La Habana. Al comienzo, el país político recibió con pánico la noticia, para luego entrar en modo optimista y asegurar que, así como con el triunfo del “NO”, la decisión de la Corte dotaría de mayor legitimidad al acuerdo, al permitir que otras fuerzas políticas intervinieran en su proceso de reglamentación. 

Pero para el Catatumbo desarmado que yo tenía al frente, la decisión de la Corte significaba, por encima de todo, un enorme peligro, pues, como en el resto de los puntos, sometía al vaivén político del Congreso las disposiciones de garantías de seguridad que se habían pactado en La Habana. “La paz es un acto político, no jurídico”, me dijo cuando, después de saludarlo, le pregunté por el tema. Y sin que hubiera tiempo para prender la grabadora comenzó a recitar la larga lista de nombres de líderes y guerrilleros, de Rafael Uribe Uribe a la Unión Patriótica, pasando por Guadalupe Salcedo y el estado mayor de las guerrillas, asesinados en Colombia tras la firma de acuerdos de paz. Para él, la Corte le había abierto un boquete de consecuencias imprevisibles a un pacto que había sido cuidadosamente negociado entre dos partes. 

Así comenzó una larga conversación con Jorge Torres Victoria, alias Pablo Catatumbo, quien perdió a su padre en un accidente de tránsito cuando tenía once años y siguió a su hermano a las filas de las Farc cuando apenas salía de la adolescencia. Formado políticamente en el Komsomol, la Escuela Internacional de la Juventud Comunista en Moscú, Catatumbo es, además de comandante, un lector voraz de historia y ficción y puede en una misma conversación hablar del asesinato de Antonio José de Sucre y de las novelas de espionaje de Frederick Forshyre, del que, dice, aprendió buena parte de lo que sabe sobre inteligencia militar.

Los guerrilleros rasos pensábamos que esto era algo muy breve. Teníamos la idea de que después de estar listos para el combate, el pueblo nos apoyaría y que se repetiría la experiencia cubana.


En la guerra, Catatumbo llegó a ser comandante del Bloque Occidental Comandante Alfonso Cano. Fue el responsable de convertir el cañón de Las Hermosas, en el sur del Tolima, en una fortificación militar de las Farc en los años noventa. Fue el que lideró la destrucción de infraestructuras eléctricas y petroleras, el que comandó repetidos ataques a estaciones de policía en municipios del sur de Colombia, el que planeó el secuestro de los diputados del Valle del Cauca y el que organizó innumerables emboscadas al Ejército a lo largo de tres décadas. En la paz tuvo un papel central, no solo como punto de contacto de las Farc con los gobiernos Uribe y Santos –como bien lo relata en detalle Henry Acosta en su libro El hombre clave (Editorial Aguilar, 2016)–, sino como uno de los miembros de la mesa de diálogos durante casi cuatro años en La Habana. 

¿Cómo vislumbraba usted el futuro cuando ingresó a las Farc? ¿Alguna vez se imaginó que se iba a pasar toda la vida en la selva?
Uno tenía una idea muy romántica de la revolución. En la experiencia de todos estaba muy presente Cuba. Los guerrilleros rasos pensábamos que esto era algo muy breve, tres años, como Fidel. Teníamos la idea de que después de estar fuertes, preparados y listos para el combate, el pueblo nos apoyaría y que se repetiría la experiencia cubana. En pocos años debía ser posible derribar el sistema. 

Evidentemente nada de eso ocurrió. ¿En qué momento cree usted que la guerrilla perdió la simpatía de la gente? 
Yo no creo que hayamos perdido la simpatía. Siempre tuvimos mucho apoyo de la población en las regiones donde nosotros actuábamos. De otra manera no habría sido posible que superviviéramos por más de 52 años. El problema fue que el adversario entendió que había que romper esa ligazón entre el pueblo y las guerrillas, y comenzó a golpear ahí a través de la guerra sucia. Fue una estrategia perversa basada, por ejemplo, en asesinar dirigentes populares y líderes que tenían cierta simpatía con la guerrilla. Yo creo que esa estrategia hizo que la guerra en Colombia comenzara a degradarse. 

Pero ustedes también emprendieron acciones que degradaron la guerra… 
La guerra siempre afecta a la población civil, pero hay unos que afectan con unas intenciones y otros con otras. La intención nuestra nunca fue la de hacer daño. Pero de hecho se hace daño en la guerra. Si usted va y ataca un cuartel de policía, pues obvio que le causa efectos a la población. Por eso le decíamos al Gobierno: hombre, si vamos a hacer una confrontación, si ustedes nos van a declarar una guerra como la que han declarado, saquemos los cuarteles de la policía del centro de los caseríos. Pero la estrategia del Estado siempre fue la contraria: construir cuarteles en el centro de las plazas, al lado de las escuelas, al lado de los hospitales, para que, cuando atacáramos, siempre resultara afectada la población civil. Eso fue una estrategia perversa, realmente.

La guerra también cambió sus dinámicas con la aparición del narcotráfico, ¿cuál es su primer recuerdo de la aparición del narcotráfico en el conflicto?
Yo conocí el narcotráfico desde que nació. Estando yo en el Frente 27, por ahí en el 86, llegué a una región que se llama Piñalito, en Vista Hermosa, Meta, y me sorprendió que estaba llena de marihuana. Con el tiempo me enteré de que a esa región había llegado un narcotraficante que se llama Caro Quintero, mexicano. Los campesinos me contaron que ese señor llegó allá con una avioneta cargada con bultos de dólares y bultos de semillas. El tipo se bajó de la avioneta, repartió dólares y semillas y les dijo: “Siembren eso que yo dentro de dos años vengo y les compro”. También les regaló uno o dos tractores. En esa época el peor insulto que le podían decir a uno es que era marihuanero. Nosotros comenzamos una labor de pedagogía con los campesinos y combatimos muy fuertemente eso. 

¿Se castigaba con pena máxima a los campesinos? ¿Los fusilaban?
Sí, hasta con pena máxima se castigaba. Pero luego los campesinos nos convencieron: “¿Ustedes por qué nos persiguen, si esto nos da de comer a nosotros? ¿Qué más hacemos aquí si no hay carreteras, no hay posibilidad de mercado? En cambio este señor llega...”. El tipo volvió a los dos años con otro avión cargado de plata y ya no trajo semillas de marihuana, sino semillas de coca. Ahí nació la coca en esa zona y se extendió por el Caquetá, por los llanos del Yarí. Recuerdo que en aquella época, ese que llamaban el Mexicano, Gonzalo Rodríguez Gacha, era un arriero en Vista Hermosa, un tipo próspero, tenía como treinta mulas. Ahí fue donde se produjo ese empate entre ellos dos. Caro Quintero, cuando se fue, lo dejó a él como encargado y eso se plagó de narcotráfico.

¿A usted le alcanzó a tocar Tranquilandia, el famoso megacomplejo de cristalización de cocaína de Rodríguez Gacha?
A mí me tocó asaltar Tranquilandia. 

¿Cómo fue eso? 
Nosotros fuimos los primeros que asaltamos a los campamentos de narcotráfico en el Yarí. Esa zona fue, durante mucho tiempo, como el triángulo de las Bermudas. Todo el que pasaba por el Yarí desaparecía. De hecho, botaban a los pacientes en el río La Tunia, que está lleno de pirañas. Hasta que un día comenzamos en el Bloque Oriental a hacer inteligencia, descubrimos que ahí había una cosa bien extraña y decidimos asaltar ese sitio. A mí me tocó comandar el asalto: fue un combate muy intenso, con unos grupos que nosotros creíamos más débiles. Ahí descubrimos que había mercenarios ingleses custodiando eso. Hubo más de veinte muertos de parte nuestra y de parte de ellos por ahí unos veinticinco muertos. Una cosa fuerte. 

¿Lograron ingresar?
Sí, pero no logramos capturar la mercancía. Ellos defendieron eso. Lo que me sorprendió a mí es que eso solo tenía una entrada y el batallón Cazadores estaba a menos de una hora. Tranquilandia quedaba exactamente en esa zona de El Recreo, Los Pozos, donde se dieron los diálogos con Pastrana. Eso era un emporio de cuatro o cinco fincas –Canadá, Buga, El Recreo, La Polonia– donde tenían unos laboratorios sofisticados y producían toneladas de coca. Pero ahí estaba el Batallón Cazadores, donde solo hay una vía para entrar ahí. ¿Cómo hacía esa gente para sacar la coca a Neiva por San Vicente del Caguán? ¿Y los insumos?

La droga también salía por aire…
Sí. Ahí tenían una pista que es la misma pista de El Recreo, pista a la que le dio legalidad el doctor Álvaro Uribe Vélez. En esa pista, en ese laboratorio, fue donde encontraron el helicóptero del papá de Álvaro Uribe cuando el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla asaltó eso. Entonces uno dice: Hombre… ¿Cómo es posible que no haya una conexión? ¿Cómo se explica el narcotráfico en Colombia con esas realidades? A mí no me las contaron, yo las viví. En aquella época esa pista estaba en una parte de Colombia inhóspita. Para que alguien le dé legalidad a una pista de aterrizaje que tiene más de tres mil metros, usted tiene que tener una justificación, porque una pista de tres mil metros, que es casi como un aeropuerto internacional, que es una pista que tiene condiciones para que aterricen aviones comerciales ahí... ¿Cómo se explica que en el año 87 pueda una persona, un ganadero, una persona normal, decirle “concédame una pista allá” y usted no sospechar qué tiene allá y cuál es el interés, cuando allá no había necesidades de la población? ¡Además, era una pista privada! No nos digamos mentiras, una pista para el narcotráfico. Perfectamente se pudiera averiguar quién dio la autorización… En ese tiempo el que hacía de jefe de la Aerocivil era el doctor Álvaro Uribe, pero esos archivos están borrados. Si usted va ahora a encontrar quién firmó el acta, no aparece. Esas son las cosas que a uno le sorprenden. 

¿Y ustedes? ¿Cuándo comenzaron a cobrarles gramaje a los narcos? 
Cuando comenzamos a ver que el campesino no tenía la responsabilidad, pero que sí se movía mucho dinero en las narices de nosotros. Habría sido una ingenuidad o una torpeza ver que se estaba moviendo toda esa cantidad de dinero y decir: “No, yo no”. El Secretariado nunca ordenó involucrarse ni en el cultivo ni en el tráfico, pero sí cobrar un impuesto. Era un impuesto que cobraba todo el mundo: el Ejército, la Policía, el alcalde… Así fue como comenzó a legalizarse el narcotráfico en Colombia.

Hablando de narcotráfico, a usted también se le relaciona con el secuestro de Martha Nieves Ochoa, ese histórico rapto del M-19 que a comienzos de los ochenta terminó provocando la creación del MAS, Muerte a Secuestradores. 
Yo nunca participé en ese secuestro. Lo que pasa es que yo era muy amigo de Elvencio Ruiz quien, en ese entonces, era el jefe del M-19 en Medellín. Nos habíamos conocido en Cali, militamos juntos en la JUCO, y un día en 1982, de manera casual, me encontré con él en Medellín. Conversamos largamente y Elvencio me planteó que él estaba consiguiendo finanzas allá. Como comenzamos a vernos frecuentemente con él, un día nos capturaron. Yo realmente no participé en ese secuestro, pero sí me secuestró la mafia de Medellín.

¿Cómo ocurrió eso?
Nos capturó Pablo Escobar. Yo no había ni oído mencionar a Pablo Escobar. Pablo tenía el control de Medellín y se enteró de que unas estructuras estaban tratando de producir un secuestro. Al primero que cogieron fue a mí. Yo acababa de salir de la cárcel y para legalizar mis documentos le pedí a alguien de esos que trabajan en sacar cédulas y documentos falsos, y me confié de un tipo que me dijo que me los conseguía. Resulta que él era de Pablo Escobar. Lo cierto fue que él personalmente me capturó, en una moto. Cerró el carro y todo. Pablo. 

¿Pablo mismo lo agarró?
Pablo mismo, sí. Yo iba con mi esposa y una amiga mía. Me llevó a su oficina que quedaba en el barrio Castropol, creo. Yo me quedé impresionado porque eso era como un cuartel de la policía: una casa gigantesca, con unos 200 carros ahí parqueados, gente armada. Allá me dijo: “Yo soy Pablo Escobar –a mí el nombre no me decía nada–, yo sé que usted anda planeando un secuestro y necesito hablar con usted, no se meta conmigo, no joda”. Yo, inicialmente, le dije que no tenía que ver con eso y ya después me llamó al señor que me estaba consiguiendo los documentos falsos y me dijo: “Mire, ¿se acuerda de quién es él?”. Entonces yo ya me di cuenta de que la cosa estaba complicada, dijéramos. Y sí, hablamos con él. Yo le dije, hombre, sí, yo andaba consiguiendo esto, pero si hay algo, yo no soy. Entonces me dijo: “Pues dígale a su amigo, al que sea, que paren eso y que vengan y conversen conmigo. Yo soy el jefe de la mafia de Medellín”. Yo sin saber quién era él… Únicamente vi que tenía un aparato poderoso… 

¿Y logró encontrar a Elvencio?
Fue una odisea, yo sabía que me estaban vigilando y a mí me daba temor ir a llevarle la persecución a él. Después de muchas peripecias logré encontrarme con él y le dije lo que estaba pasando. Él se preocupó mucho y decidimos ir juntos a hablar con Pablo. Elvencio le explicó: “Este muchacho no es nuestro, ese negocio es de nosotros, pero pues vamos a frenar eso”. Esa fue la primera vez que vi a Pablo Escobar. 

¿La única vez? 
No. Después se produjo el secuestro de Martha Nieves. Yo no tenía nada que ver, pero yo ya estaba, como se dice, involucrado. Entonces por segunda vez me capturaron en Bogotá y esta vez me capturó fue el Ejército. Me llevaron a un batallón, al Binci [la Brigada de Institutos Militares, más conocida como la Brigada XX]. Ahí volví a ver a Pablo Escobar. 

¿Pablo Escobar en un batallón del Ejército? ¿Qué militares estaban ahí? 
No sé, el comandante de esa época, en el año 82. Y yo veía cómo Pablo Escobar llegaba ahí, en el helicóptero de él, Gacha llegó, nos interrogaron… Elvencio ya estaba capturado. Ahí conversamos y se hizo el arreglo de la liberación de Martha Nieves.

¿En qué consistió el arreglo?
No sé, porque yo no hacía parte de eso. Yo simplemente vi que Elvencio delante de mí les dijo: “Ese muchacho es de las Farc y esto es del M-19. Podemos negociar para soltarla”. Ellos dijeron: tenemos cuarenta familiares del M-19 secuestrados, y si no la sueltan, vamos a seguir secuestrando. Fue cuando entendí que Muerte a Secuestradores [MAS] nunca existió. Los del MAS eran realmente los guardaespaldas de la mafia y las fuerzas de seguridad del Estado. Algún día eso tocará establecerlo en la Comisión de la Verdad. Ahí yo decidí devolverme al monte, estaba complicado, me iban a matar. Elvencio Ruiz terminó en la cárcel. No sé como salió de la cárcel, pero luego me enteré de que estuvo en el Palacio de Justicia y murió allí.


Me dolió mucho la muerte de los diputados. Me parece que fue un hecho de esos absurdos que me hizo reflexionar acerca de que la guerra no tiene sentido.

De todas maneras, usted tuvo sus propias confrontaciones con los narcos…
No fue con los narcos. Era una guerra contra los paramilitares que hacían parte de toda una estrategia contrainsurgente del Estado, para combatirnos a nosotros, pero a la vez apoderarse de territorios.

Y en esa guerra terminó siendo afectada su familia. El capo del Cartel de Cali, Chepe Santacruz, secuestró a una de sus hermanas…
No, pero eso sí fue una retaliación que yo no tuve nada que ver. Yo ni siquiera estaba por aquí. Yo estaba operando en esos tiempos en el Meta y el Guaviare. Tuvo que ver con que un frente de las Farc del Cauca había retenido a una hermana de Santacruz, y Santacruz en retaliación retuvo a unos familiares nuestros, entre esos a mi hermana. Posteriormente eso se resolvió, la soltaron.

Y luego Carlos Castaño secuestró a su hermana Janeth, un capítulo muy difícil para usted…
Obvio, de los más difíciles que me ha tocado pasar en la vida. Porque una cosa es que lo afecten a uno en lo personal, porque uno asumió unos riesgos y uno está en una confrontación armada. Pero muy distinto es que se metan con la familia. Nosotros durante toda la confrontación siempre tuvimos unos principios: nunca afectamos a la familia de nadie por razones del conflicto. Puede que se haya afectado un familiar en la confrontación, pero no de manera pensada: “Bueno, ahora voy a matarle la hermana o el papá o la hija”. No, eso no. 

Alrededor del secuestro y asesinato de su hermana ha habido siempre mucho ruido. En su momento se dijo que se había convertido en amante de Carlos Castaño… ¿Cuál es su versión de lo ocurrido? 
Mi hermana era una muchacha joven, que tenía su pareja. La secuestraron en Cali. La llevaron para Córdoba, donde estaba Carlos Castaño, y en el momento en que los fueron a soltar a todos, pues la soltaron también a ella. Lo que yo sé, lo que me ha contado mi familia, es que a ella le tocó exiliarse en Costa Rica, dejó roto su matrimonio, su hijo, su familia y su pequeña empresa. Tenía cierta estabilidad económica. Y entonces ella, desesperada, trató de volver a su país y los paramilitares la engañaron ofreciéndole que ella ya no tenía problema, que ya había pasado todo. Ella, confiada en que eso era así, intentó regresar a Colombia y cuando llegó a Panamá, la desaparecieron. Luego apareció muerta. Poco tiempo después en la revista Cromos salió un artículo diciendo que había un problema de romance con Carlos Castaño, lo cual me parece una infamia. 

¿No esgrimió pruebas el artículo?
No. Y eso se quedó así. Le hicieron un daño terrible a mi familia. El hijo de mi hermana, que era un niño de seis, siete años, sufrió consecuencias terribles. De hecho, hoy todavía no se repone de las consecuencias de eso. A mi familia la destruyó. Y luego, con el tiempo, nos entregaron los restos de mi hermana, picados a machete, en pedacitos, ni siquiera un cuerpo entero. Entonces, no solamente nos causaron el daño de matar a mi hermana, sino que la mataron dos veces, porque la mataron moralmente. La destruyeron. Y el daño para mi familia fue terrible. Para mí también fue un episodio muy doloroso, porque fue tal vez la única hermana que nunca tuvo vocación política, la más inocente de todas. No tenía nada que ver con eso. Y sí me pareció un crimen muy perverso, muy cobarde. Bueno, Carlos Castaño era un psicópata. No sé qué motivaciones tuvo distintas a vengarse de mí.


¿Usted nunca pensó en desertar? 
No, nunca. Porque a pesar de que hubo momentos muy difíciles, yo siempre tuve un compromiso muy grande con los muchachos, con los guerrilleros. Yo vi morir muchos guerrilleros, muchos comandantes, muchos muchachos jóvenes que al igual que yo creían en la revolución y me parecía que desertar de la guerrilla era traicionarlos. Nunca, nunca vacilé. Siempre, cuando tenía momentos de debilidad, que también los hubo, siempre pensé en ellos. Pensé en los muertos, en los que ya habían dado su vida, y fueron muchos, muchos. Hombres, mujeres, mucha gente que dio la vida por mí en momentos en que estuve en peligro, muchos muchachos de mi guardia se enfrentaron y los mataron, muchachos que uno dirigió y mandó al combate murieron, y eso genera unos lazos muy estrechos. Muy complicado. 

¿Y se le aparece alguna vez la guerra cuando duerme?
No, no tengo pesadillas. Yo soy muy consciente de lo que hice en la guerra. Para mí la guerra fue algo que no fue traumático. Yo soy muy sano mentalmente, mejor dicho. Cuando uno tiene todo racionalizado, no tiene por qué. Fue una guerra muy cruel, muy dura, sí, pero siempre cuando se hace con principios eso le da a uno mucha fortaleza. 

¿Cuál fue su mayor dilema como comandante? 
[Vacila…] Hay muchos, fueron muchos. En la guerra hay muchos días terribles en los que hay que tomar decisiones drásticas. O situaciones difíciles. Pero creo que de las más difíciles… No sé... Tal vez… [Vacila de nuevo, silencio largo]. Tal vez cuando uno ve morir la gente. Cuando no se puede hacer nada… También haber dejado a mi familia cuando me fui para la guerrilla, eso fue terrible. Mi madre quedó con hijas mujeres, todas menores de edad. Yo era el único que trabajaba en la familia. 

¿Y dilemas relacionados con la dinámica de la guerra? 
Pues hubo muchos. Incluso decisiones que no tomé. Una vez íbamos a tomarnos a Ginebra, Valle, teníamos todo preparado. Estábamos ya con las fuerzas listas, con todo listo para eso, y finalmente en una reunión que tuvimos dijimos: “No, una incursión militar en Ginebra, en el centro del Valle, implica mucha destrucción”. Era el lugar donde se hace el Festival del Bambuco, y desistimos. Dijimos “no”. Lo mismo pasó con Génova, Quindío. Tuvimos una ocasión en que estábamos a punto de tomarla, estábamos casi a dos horas del lugar, y dijimos “no”. Destruir ese cuartel, la población donde Manuel Marulanda nació, no… Hubo mucha discusión sobre eso. Mucha gente que no estuvo de acuerdo. 

¿Y alguna vez se equivocó? 
Pues yo creo que todo el mundo en la vida se ha equivocado, sí. 

¿Qué le pesa? 
Pues, hombre, dijéramos que me pese, que yo diga: “¿Por qué hice esto?”. No. Pero sí hay cosas que pienso que no debieron haber ocurrido. Por ejemplo, me dolió mucho la muerte de los diputados. Me parece que fue un hecho de esos absurdos, que me hizo reflexionar acerca de que la guerra no tiene sentido. 

Usted en el curso de esos años no tuvo un momento de detenerse a decir: ¿esto tiene que acabarse? El secuestro no puede existir…
Sí, por supuesto.

¿Cuándo ocurrió?
Eso era una preocupación que teníamos varios. Alfonso Cano fue uno de los primeros que empezó a plantearlo. Jacobo Arenas también. Esa situación de la retención de personas empezó a afectar no al sector contra el cual estaba dirigida esa política, que eran los grandes empresarios, sino que comenzó a desvirtuarse. ¿Cuál era la justificación? Bateman la dio muchas veces: la insurgencia tiene que financiarse de algo y los pobres no pueden financiar una guerra, la plata la tienen los ricos. Esa era la lógica bajo la que operábamos los guerrilleros. Pero cuando se prolonga en el tiempo, comienza a generar contradicciones. Yo creo que uno de los graves problemas de esta guerra es que se prolongó mucho. Una guerra no puede ser eterna. Una guerra que pasa de cincuenta años hace mucho daño. Por eso llegamos a decir: “¿Vale la pena seguir, o no?”, “¿esto tiene posibilidades de triunfar, o no?”. Y eso fue lo que hicimos.


Si no se perdió la vida en la guerra durante tantos años, no sería justo que uno viniera a morir a manos de un sicario.


Usted el año pasado se encontró con los familiares de los diputados en Cali y les pidió perdón. ¿Qué significó eso para usted? 
Fue muy doloroso. Muy duro… [Vacila] Escuchar de boca de ellos los relatos de todo el daño que sufrieron, que sintieron, a causa de la guerra y a causa de actos que habíamos producido las Farc… Por eso yo decidí asumir la responsabilidad. 

¿Algún testimonio particular lo impactó? 
Todos. En especial el de los niños menores de edad, en ese momento. Pero también el de las madres, el de las esposas, los hermanos, todos. Por eso nuestro pedido de perdón fue muy sincero. También me alegró escuchar que, con grandeza, muchos de ellos dijeron que estaban dispuestos a perdonarnos. 

No todos… 
Sí, pero bueno, al fin y al cabo es una opción personal, individual. Y lo importante es que nuestro pedido de perdón fue realmente sincero y de corazón. Yo les dije que era algo de lo cual no puede enorgullecerse un revolucionario. Ese es tal vez el episodio más terrible que yo viví en la guerra. Pero también quisiera uno que esa reflexión la hicieran otros… Esa autocrítica hay que hacerla colectivamente. La sociedad colombiana no puede creer que solamente las Farc tenemos responsabilidad en esta guerra cruel. 

Hablando de quienes se han opuesto a los acuerdos, ¿qué estaba haciendo usted, qué sintió, qué fue lo primero que dijo el 2 de octubre del año pasado, cuando triunfó el “NO”? 
Pensé con mucha tristeza que en Colombia es más fácil hacer la guerra que hacer la paz, que en Colombia los enemigos de la paz tienen mucho poder y que la gente no tiene conciencia de los beneficios que puede tener la paz para este país. 

¿No se ha preguntado qué pasa por la cabeza de todas esas personas? 
Pues mentiras, es gente engañada. Cuando nos reunimos con algunos sectores religiosos en La Habana, por ejemplo, nos dimos cuenta de que lo que había era unas confusiones terribles. Por ejemplo, muchos creían que era cierto que en las Farc había cinco mil menores de edad o que los comandantes tenemos esclavas sexuales. Mire, las listas oficiales dicen que somos siete mil guerrilleros. ¿Cómo va usted a creer que con cinco mil menores usted va a sostener una guerra contra el ejército más poderoso de América Latina? ¿O cómo va a creer usted que en las Farc se puede estar violando a todas las mujeres, cuando el 40 % de las fuerzas nuestras son mujeres y esas mujeres están armadas? Muchos de esos líderes religiosos dijeron “no, hombre”. Incluso algunos nos pidieron perdón. En Colombia el engaño siempre ha sido un arma terrible. Un pueblo ignorante, decía Bolívar, es esclavo de su propia esclavitud. 

¿Usted le tiene miedo a la muerte?
Yo creo que todos los seres humanos tienen cierto temor a la muerte. Pero cuando se ha estado tanto tiempo en la lucha guerrillera, uno la asume. La asume cuando piensa que muchos otros compañeros durante tantos años perdieron la vida en esta lucha. No se trata de posar de valeroso, pero sí de realista: la muerte es una realidad, estuvo presente durante muchos años y casi a diario nos tocó jugarnos la vida. Yo tuve muchos episodios. Puedo contar diez, doce episodios donde estuve a punto de morir, y me salvé por milagro o por intuiciones de último minuto. A uno lo que a veces le da como preocupación –y rabia, también– es que después de tanto esfuerzo y tanta lucha, vayamos a perder la vida pendejamente. Eso sí no me gustaría. Porque si no se perdió la vida en la guerra durante tantos años, no sería justo que uno viniera a morir a manos de un sicario, por falta de protección, por falta de asumir medidas que hubieran podido evitarlo.

JUAN CAMILO MALDONADO TOVAR
REVISTA BOCAS PUBLICADO EN EL TIEMPO.COM
EDICIÓN 64 - JUNIO 2017​

jueves, 4 de mayo de 2017

LOS MILITARES TIENEN A SANTOS BAJO CHANTAJE: MYLES FRECHETTE tratando de entender (69)


Fuente: elespectador.com autor: Jorge Gómez Pinilla


Los militares tienen a Santos bajo chantaje: Myles Frechette


Exembajador de EE. UU. en Colombia en la época de Samper, dice que Acore es quien presiona para que a los militares no se les dé el mismo tratamiento que a la guerrilla en la JEP.

Fuente: elespectador.com autor: Jorge Gómez Pinilla


El embajador de Estados Unidos en Colombia durante el proceso 8.000, Myles Frechette —a quien Jaime Garzón llamaba “procónsul” y Horacio Serpa definió como “gringo maluco”— publicó en 2015 un libro-entrevista con el periodista Gerardo Reyes (Frechette se confiesa, Editorial Planeta), donde al ser preguntado sobre los posibles autores del asesinato de Álvaro Gómez Hurtado, habló de un grupo de militares retirados. Teniendo en cuenta que él era quizás la persona mejor informada sobre lo que ocurría en el país en ese entonces, y que en el libro confesó que “hay secretos de Estado que no los voy a contar”, viajé hasta Washington a entrevistarlo, en busca de que aportara nuevas luces que contribuyan a esclarecer ese crimen.

El resultado fue una conversación de cuatro horas sin pausa en la terraza interior del hotel Bethesda Hyatt, durante las cuales, a sus 81 años a punto de cumplir, no mostró la menor señal de cansancio y solo bebió un café americano acompañado de un vaso de agua. Allí hizo importantes revelaciones para una publicación que saldrá en próximos días, pero aquí he extractado sus puntos de vista sobre algunos temas de actualidad que tocó, como el “chantaje” que le estarían haciendo al presidente Juan Manuel Santos los militares agrupados en ACORE. A su vez, se refirió al expresidente Álvaro Uribe en duros términos; según Frechette, el desarme de los grupos paramilitares ocurrido durante su gobierno fue algo “completamente chimbo”.

En su libro, al referirse al golpe de Estado contra Ernesto Samper que se estaba fraguando y al que se le ve relacionado con el asesinato de Álvaro Gómez, usted dijo: “yo creo que ellos, los militares jubilados, le pidieron a él que encabezara ese gobierno”. Todo indica que se refiere a la Asociación de Oficiales Retirados de las Fuerzas Militares (ACORE), y queda entonces la impresión de que usted sabe más sobre el papel que pudo haber desempeñado esa asociación en torno a ese crimen…

Bueno, mire: ACORE es una organización poderosísima en Colombia. Ya ve usted el chantaje que le están haciendo al presidente Santos para que no les den el mismo tratamiento a los militares que a la guerrilla por crímenes de lesa humanidad. Llega un momento en que ellos dicen “¡Ni puel carajo!”. Santos los oye y toma asiento con ellos, pero no están totalmente contentos y siguen presionando. Y van a seguir así, porque si yo fuera uno de ellos pensaría igual en cuanto a que es posible que yo haya hecho cosas brutales, pero lo hice por el bien de la patria.

¿Quién cree que saldrá ganador en ese pulso entre los militares y Santos?

Santos es una persona que tomó un rumbo diferente a su antecesor. Él tiene una visión internacional de Colombia. Comenzó con un acuerdo mutuo de no agresión con Chávez, porque eso estaba medio candela, ¿no? Y decidió hacer el acuerdo de paz con las Farc, hizo muchos acuerdos de libre comercio, y comenzó a abrir espacios y horizontes participando más y más en organizaciones internacionales. Muchas de las cosas que ha hecho Santos son cosas que le han hecho mucho bien a Colombia. Ahora, en lo de ACORE, es obvio que, si Santos no hace algo para eximirlos, ellos seguirán presionando.

Llama la atención cuando usted dice que ha habido militares que hicieron cosas brutales, pero lo hicieron por el bien de la patria. En el caso del crimen de Álvaro Gómez, ¿ve alguna posibilidad de que lo hubieran hecho también por el bien de la patria?

No. Lo hicieron simplemente porque querían borrar su rastro, borrar la conexión entre ellos y Álvaro Gómez. Cuando él les dijo que no, ellos pensaron “caracho, de pronto el tipo suelta la letra o se le sale algo”.

¿O sea, lo inmolaron?

Lo inmolaron, sí. El autor material pudo ser cualquier persona. Pero los autores intelectuales están ahí todavía, ahora. No sé a dónde, pero están en Colombia. No han sido apresados, no han sido detenidos, nada.

Esto encaja con la teoría de Claus Roxin sobre los aparatos organizados de poder: en los crímenes de autoría mediata, la voluntad conductora de la acción corresponde al autor mediato y no al ejecutor material. En el caso del asesinato de Álvaro Gómez todo indica que fue obra de un aparato organizado de poder desde el estamento militar, pero del que solo fue encontrado culpable un autor material, Héctor Paul Flórez, quien por cierto acaba de salir libre por pena cumplida. ¿Es ese aparato organizado de poder el que sigue impune?

No le puedo contestar, pero me llama la atención que el grupo de ACORE sigue presionando públicamente al presidente Santos para que les dé una escapadita. Yo no soy el único que piensa eso, también Human Rights Watch (HRW) y toda la gente que se ocupa de Derechos Humanos, todos ellos creen que es así. La presión de ACORE ha hecho retroceder varias veces al presidente Santos, y eso indica que tienen mucha influencia. No sé si él contempla que ellos pudieran tomarse el poder, lo dudo. Pero podrían arruinarle todo el esquema. Santos sigue bajo presión, y creo que los de ACORE están tratando de salvar su pellejo.

¿Ese “salvar su pellejo” incluye medidas desestabilizadoras?

No, yo creo que no. Ellos siempre han dicho, y usted lo ha leído: “Nosotros somos sirvientes del Estado. Si hicimos alguna cosa en forma errada, fue al servicio de la patria”. Tiene una cierta lógica, pero la cosa es que el Derecho Internacional Humanitario (DIH) establece que hay todo tipo de militares que cometen crímenes de lesa humanidad. Yo recuerdo haber leído un artículo que hablaba de unos militares que llegaron a un lugar y encontraron a ciertos hombres con uniforme de guerrilla, y no se les veía ningún balazo. Pero al quitarles la chaqueta, habían sido acribillados.

¿Deberían estar los autores de esos delitos, conocidos como falsos positivos, cobijados por el tribunal de la Justicia Especial de Paz (JEP)?

¡Claro que no! Y HRW y otras organizaciones están de acuerdo en que no debe ser así, y leí un informe de hace menos de una semana donde la HRW se opone, pero no solo en Colombia sino al nivel de la Corte Penal Internacional (CPI). Todos los esfuerzos de ACORE hoy están empeñados en torcerle el brazo al presidente Santos. Cuando yo llegué a Colombia recuerdo haber leído un informe sobre la mendacidad de las Fuerzas Armadas. En un lugar, creo que era Antioquia, había una base militar y a medio kilómetro de ahí había una base de los paramilitares. Y los militares, con una cara de yo no fui, decían ante la evidencia: “No es verdad”. Eso indica que en Colombia el poder de los militares es enorme.

¿Pueden las organizaciones de Derechos Humanos presionar por su lado para que esos crímenes de lesa humanidad no queden impunes?

Yo conozco gente de HRW y son personas decentes, muy creíbles, y están empujando. Si no fuera por la presión de ellos, al presidente Santos le habría quedado más fácil resolver el tema con ACORE. Pero en este momento está en una situación bien difícil. ¿Por qué? Porque Trump no sopla hacia Colombia con buena gana, y nadie sabe lo que pueda pasar. Los colombianos se metieron al proceso de paz creyéndole a Sergio Jaramillo, en cuanto a que la implementación de los acuerdos tomaría diez años y que habría mucha plata. Y Cárdenas puso la reforma tributaria, y mucha gente quedó descontenta con eso. Ciertos elementos del acuerdo de paz están cuestionados por personas serias. Seguir adelante como si no pasara nada, no es suficiente. Hay dudas en Colombia, hay un tufo de corrupción poderosísimo, y eso le está haciendo mucho daño a Santos. En su discurso de posesión de 2014, sacó una declaración donde dijo: “Una de las cosas que no me gusta hacer es ir a Washington a limosnear”. Y cuando un laboratorio de Colombia le dijo que el glifosato sí hacía daño, inmediatamente paró la aspersión aérea. Y ahora se está dando cuenta de que esa decisión fue errada, demasiado apresurada. Y esto lo deja a él en una situación dificilísima.

¿Se refiere al aumento de los cultivos de coca en el país?

Santos es una persona a la que nunca le gustó la aspersión aérea sobre los cultivos de coca, no obstante que en Colombia se usa el glifosato en productos agrícolas que se consumen en la mesa. Después de más de cien pruebas hechas por científicos, nunca se llegó a concluir que estaba causando daño a la salud a personas que vivían cerca. Y súmele a esto que las Farc son muy inteligentes. Vieron que el Gobierno estaba diciendo que “en regiones donde hay coca vamos a poner plata para hacer cambio de cultivos”, y salieron ellos a amenazar con rifle a los tipos que estaban en las regiones de coca, a que plantaran más coca para traer más plata del Gobierno. Es decir: las Farc pueden ser brutales, pero no son pendejos.

Cambio de tercio: usted habla en su libro de personas que le decían “no le tenga mucha confianza a Uribe, es un tipo ligado con los narcos, que apoya a los paramilitares”. Hoy, después de tantos años, ¿cree usted que Uribe apoyaba a los paramilitares… y viceversa?

Cuando yo fui a Antioquia a visitarlo siendo gobernador, él tenía una gran reputación como buen gobernador y gran político. Yo tenía varias preguntas que hacerle, y una de ellas era por qué le había dado el control de expedir licencias para avionetas a César Villegas, un tipo que estaba dándoles esos permisos a naves ligadas al narcotráfico. Era algo que él sabía perfectamente. Y bueno, me dijo que se puso a buscar en Colombia a ver si había alguien que sabía de aviación civil, y no había… Y me dijo que Villegas se había graduado para hacer eso en una universidad de Toronto, y que por eso le ofreció el puesto. Y le dije sí, entiendo lo primero. Pero lo que no entiendo es por qué no lo sacó. Y no pudo darme una respuesta creíble. Habló mucho, ‘cantinfló’.

¿Sabía usted además lo de las Convivir de Uribe, que nacieron precisamente en Antioquia?

Claro. Yo le dije: “mire, eso de las Convivir no nos convence”. Él me dijo “es que no van a cargar armas. Serán personas de la región que estarán vigilando los bosques e informarán por radio que hay personas desconocidas en esos lugares”. No niego que me comí el cuento. Y con el pasar del tiempo me di cuenta de que era un señor extremamente hábil, pero muy creyente en lo de los paramilitares.

¿Usted cree que Uribe tuvo algo que ver con el auge del paramilitarismo en Colombia?

Por supuesto. Las Convivir fueron la raíz de lo que después se convirtió en un enorme problema. Cuando Uribe como presidente se dio cuenta de que ya los gringos estaban oliéndose todo, entonces decidió hacer el desarme de los paramilitares. Un desarme completamente chimbo, como usted sabe. Había unidades completas que nunca habían sido Convivir ni nada de esas cosas. Y Washington se quedó dormido.

¿Cómo así, usted cree que Washington fue alcahueta de Uribe en el tema de los paramilitares?

Sí.

¿Y eso por qué…?

Porque al acabarse esas acciones de Uribe y los paramilitares, se reduciría la violencia. Washington quería reducir la violencia en Colombia, y le comió el cuento. Es más, no le voy a decir ante quién, pero yo hablé con personas de muy alto nivel del Departamento de Estado a decirles “este señor Uribe les está vendiendo una historia falsa”. Yo nunca me olvido del pilón de armas que dejaron los paramilitares: muchas de ellas eran nuevas cuando Napoleón fue Emperador de Francia. Es decir, a otro perro con ese hueso. Pero Uribe tenía apoyo en el Congreso y EE UU quería reducir la violencia. Esas son razones de Estado con las cuales yo no concuerdo.

¿O sea que usted cree que quedaron estructuras paramilitares intactas después de esa supuesta negociación?

Es que se fueron a otros lugares. En lugar de seguir operando en los lugares donde habían estado, se fueron al sur y al este del país, a continuar sus fechorías. Ellos son los que ahora se dedican a la minería ilegal, a minería de piedras preciosas. Y mientras tanto el ELN muy feliz haciendo volar el oleoducto…

Teniendo en cuenta la inconformidad que usted siempre tuvo por igual hacia Ernesto Samper y Álvaro Uribe, ¿si le pusieran en una balanza a escoger entre ambos, con quién se quedaría?

Eso es un falso dilema. Samper solo tuvo un período de gobierno, mientras que Uribe consiguió que se cambiara la Constitución para que le permitieran un segundo período, y no contento ¡pidió un tercer período…! Pero el Congreso no le aguantó el sablazo.

martes, 16 de julio de 2013

"MANUEL PEREZ: ME SIENTO COLOMBIANO" RATANDO DE ENTENDER (21) Por qué esta Guerra.



Me siento colombiano sin renunciar a España.
ENTREVISTA A MANUEL PEREZ, EL CURA PEREZ O POLIARCO, COMANDANTE DEL ELN (19979


Entrevista con Cristina Fernández

Diario El Mundo de Madrid

25 de Mayo de 1997

Tras un lustro de silencio, Manuel Pérez, el cura aragonés que dejó la sotana para liderar la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional de Colombia, (ELN), ha concedido al periódico El Mundo una entrevista ideológica. Unos le conocen como Poliarco. Otros le llaman El Depredador. Para la mayoría es el cura Pérez, el sacerdote español que lidera el Ejército de Liberación Nacional (ELN), el grupo guerrillero más radical del país.

Nacido en el pueblo de Alfamén, a unos 40 kilómetros de Zaragoza, de cejas pobladas y pelo lacio, lleva casi tres décadas intentando conciliar el cristianismo, el marxismo y la revolución. A mediados de los sesenta, Manuel Pérez, de 54 años, llegó a Colombia como misionero. Trabajó en los barrios marginales de Cartagena, fue expulsado del país y volvió ocho meses después. Al calor de la revolución castrista y de las lecturas del Che, cambió la sotana por el fusil. Su primera aparición pública como cura guerrillero fue en enero de 1972, en la toma de la población de Remedios. Después de combate, los vecinos se arrodillaron para recibir su bendición.

Desde aquel suceso han transcurrido 25 años. Entonces se dormía en las guardias; ahora es un comandante inflexible, que dirige a 5000 hombres que luchan en 30 frentes. El gobierno colombiano ofrece 150 millones de pesetas por su cabeza Vive en algún lugar de las montañas de Colombia: inaccesible a la prensa. Sin embargo, Manuel Pérez contestó a las preguntas enviadas por El Mundo e hizo llegar las respuestas grabadas en una cinta.

Usted se integró al ELN en 1969 ¿Se imaginaba entonces que 30 años después seguiría en el monte?

Mi decisión fue optar por los pobres dentro de la dialéctica de la lucha de clases, la contradicción entre los ricos y los pobres. No pensaba cuanto tiempo viviría en las montañas. Mi opción por los humildes era de por vida, hasta las últimas consecuencias.

¿Cómo era la lucha armada entonces y cómo es ahora?

Lo que encontramos distaba mucho de ser la guerrilla ideal que habíamos soñado, que habíamos leído en los escritos del Che. Era una guerrilla nómada, esa guerrilla de “muerde y huye”, en la cual se dan muchos roces, muchas dificultades internas, poca relación con la población. Hoy la lucha armada tiene otro enfoque. Está más ligada a la gente. Se sabe en qué pueblos está establecida. Los dirigentes somos públicos, reconocidos y contamos con su apoyo.

¿Cómo justifica la lucha armada?

No hay otra alternativa real para transformar las actuales estructuras de gobierno, de Estado y de poder La insurgencia surgió porque la lucha del pueblo era sofocada de forma violenta. El terrorismo de Estado provocó la violencia revolucionaria. Por eso es legítima la lucha armada. También mantiene la esperanza en una nueva sociedad, en un hombre nuevo.

¿Cómo logró reconciliar la doctrina cristiana con la violencia?

Para mí la opción cristiana siempre fue la opción radical por los más pobres, como motivación de vida, como motivación de fe, esto traía como consecuencia un compromiso político y asumía los enfoques revolucionarios que regían y eran la guía en aquel tiempo y que hoy son válidos. Si hay pobres es porque hay ricos que excluyen, que viven del trabajo y de la explotación. Por tanto, asumir el marxismo y el socialismo no era una contradicción. Efectivamente, eso llevaba a romper muchos dogmas, muchos esquemas. El capitalismo no ha resuelto los grandes problemas de la humanidad. El mundo es destruido irracionalmente en aras de la producción que va a parar a manos de unos pocos. No importa que el mundo se destruya con tal de que la ganancia sea cada vez mayor.

¿Qué ocurrió para que dejara la Biblia?

Ni yo ni otros compañeros hemos necesitado abandonar la Biblia. Desde la fe llegamos a ese compromiso radical de ser uno más del pueblo explotado. Integrarnos en un movimiento insurgente era la única responsabilidad que teníamos de seguir acompañando y formando parte de ese pueblo.

¿Tiene relación con su familia en España?

Sí, aunque poca y de forma indirecta. Quiero mucho a mi familia, pero ellos viven su vida en España y yo vivo mi compromiso con el pueblo colombiano. Me siento parte de él.

¿Se considera más colombiano que español?

Me siento colombiano sin renunciar a España, a mi nacimiento allá, a mi familia, a la gente con la cual conviví. Quiero y aprecio mucho aquella vida que llevé. Pero sigo comprometido con mi lucha.

¿Desde cuando no visita su pueblo, Alfamén, en Zaragoza?

Desde hace 30 años, desde que me vinculé definitivamente a esta lucha guerrillera.

¿Sí o no al diálogo con el gobierno de Samper?

No. El gobierno de Samper sigue siendo ilegítimo, sin personalidad, sin palabra. Se ha arrodillado ante el imperio, al neoliberalismo. Eso no quiere decir que no estemos buscando alternativas, soluciones, para construir una paz con justicia social, con democracia, con participación de las mayorías, con distribución de las riquezas...

¿Están agotados los caminos de la desmovilización en Colombia?

Sí. No se puede entender cómo unos dirigentes dejan las armas a cambio de prebendas. La guerrilla surgió de las entrañas del pueblo, como reacción y consecuencia del descontento social, del hambre, de la falta de vivienda, de salud, de democracia, del sufrimiento. No se puede pensar en la desmovilización sino en la transformación de las causas que originaron la violencia.

Se les acusa de intransigentes, de financiarse con el secuestro, de ejecutar a los que abandonan las tilas de la insurgencia.

Detenemos a gente que se ha enriquecido ilícitamente. Hoy el gobierno también lo está haciendo con los narcotraficantes. Detenemos a los terratenientes, se les juzga, se analiza sus riquezas y se les exige fianzas a cambio de la libertad. Se les explica que ese dinero va a manos del pueblo, a manos de una causa justa y noble como es la lucha por ideales. Efectivamente, exigimos impuestos de guerra a multinacionales.

Pero es falso que los compañeros que quieran abandonarnos sean ejecutados. Cuando se incorporan asumen libremente su compromiso, pasan por un tiempo de reflexión, de prueba, y libremente pueden plantear su retirada. Si el compañero desea no asumir ningún compromiso, se le deja en libertad. Se le exige únicamente que guarde los secretos que haya conocido en la organización, sin comunicárselos al enemigo.

¿Están dispuestos abandonar los atentados contra los oleoductos si el Gobierno cambia su política petrolera?

Queremos impedir que ese petróleo llene los bolsillos de grandes multinacionales. Queremos que haya una explotación racional, que se acaben los Contratos de concesión, que es casi regalar los pozos de petróleo. Queremos también que los precios sean acordados por el Gobierno y no por las empresas. Luchamos también por motivos ecológicos. Grandes regiones quedan asoladas. Planteamos que se destine un dólar por barril extraído al desarrollo social y económico de los municipios implicados en la explotación del petróleo.

¿Van a incrementar los ataques? ¿Cuáles son los objetivos militares del ELN?

Estamos en guerra y los ataques de una y otra parte dependen siempre de la actitud del contrario. Lo único que decimos es que no abandonamos las armas, que seguimos esta lucha, que queremos la paz, que queremos que esa paz sea con justicia social y que no nos amedrenta lo sanguinario que es el ejército colombiano, las políticas retorcidas y las mentes retorcidas de los dirigentes que representan a las oligarquías de este país.

Hay que hacer notar que la periodista Cristina no es la K.

domingo, 24 de febrero de 2013

¿PAZ SIN RECONCILIACIÓN? II (AJGF)



N. del E.: Columna publicada en el portal arcoiris.com.co en febrero de 2013. 

¿PAZ SIN RECONCILIACIÓN? II 


Ya comienza a calar la idea de que habrá un acuerdo de paz con las FARC. Si es que eso se puede llamar paz. No habrá una solución al conflicto colombiano mientras no se dimensione realmente que significa el termino “paz” y si los colombianos somos capaces objetivamente de entenderla como una gran cruzada (en el buen sentido de la palabra) de reconciliación nacional y no como el desarme de grupos aislados. 



Los acuerdos de paz que ha celebrado el estado colombiano con diversos actores armados a lo largo de la historia han logrado desactivar temporalmente el conflicto en algunas regiones pero no han logrado generar la paz. El conflicto se ha reciclado, se ha reencauchado y se ha repotenciado, en la mayoría de los casos con parte de los actores que aparentemente desarmaron. Poco tuvieron esos acuerdos de reintegración a la vida civil de los desmovilizados y absolutamente nada de verdad, reparación, restitución, cero en justicia, temas de los que ni siquiera se mencionaban en las negociaciones. Se partía (y parece que aun se parte) del principio no escrito de que se requería la mas absoluta impunidad. Perdón y olvido; Borrón y cuenta nueva; Punto final. 



En ese orden de ideas, los acuerdos no produjeron paz por que nunca hubo un propósito de reconciliación. En cada acuerdo improvisado, el “postconflicto” ha llegado a ser peor que el mismo conflicto que se quiso terminar. 



El único proceso de paz de la historia colombiana donde se mencionó y se hizo evidente la necesidad de la reconciliación nacional, fue en el proceso de desmovilización de las AUC, a partir de la ley 975 de 2005, “de Justicia y Paz”. Ya los nuevos estándares internacionales evidenciaron la necesidad de la verdad y la reparación como prerrequisitos de la justicia necesaria en la sanción de cualquiera violación de los derechos humanos. Pero también evidenciaron la necesidad de reconstruir el tejido social de una forma sistemática y organizada que permitiera no solo la reintegración de los excombatientes a la sociedad, sino su acogimiento por parte de esta, generando una sana convivencia y que fuera sostenible en el tiempo. 



Las causas objetivas del conflicto no son “el discurso mamerto” como despectivamente se les califica para invisibilizarlas en una negociación. Son realidades evidentes y los acuerdos de paz nunca las han considerado. La pobreza absoluta, la desigualdad social, la exclusión social y política, la imposibilidad de acceder a la justicia, la no salud, la no educación, la negación de la vida en condiciones dignas para todos, no han sido parte de esos acuerdos en forma alguna, y seguramente no lo serán jamás. Son solo argumentos que les sirven a los violentólogos para justificar por que los Colombianos son tan violentos, sin ofrecer ninguna solución. 



Pero para alcanzar la paz, la reconciliación nacional y hacerla sostenible se requiere mucho mas que un acuerdo con las guerrillas. Ya el hecho de lograr su desmovilización y sometimiento al derecho es una labor titánica, la reintegración y el acogimiento de la sociedad a los excombatientes será otra inmensa labor, mas difícil aun que el logro del acuerdo. 



Se requiere generar una cultura de la reconciliación y esto implica abrir espacios conversacionales con todos los sectores y actores del conflicto colombiano. Los armados y los desarmados, los civiles y los militares, la comunidad internacional, las organizaciones sociales, la sociedad civil, dirigentes políticos y económicos y el mayor factor de violencia que subsistirá a todos los acuerdos de paz, que son la delincuencia común, organizada y no organizada y el narcotráfico. 



Ni la mesa de negociación con las FARC, ni con ningún otro grupo, va a solucionar en sus acuerdos el problema de violencia y delincuencia en los barrios, en las veredas, en las calles. No va a solucionar la extorsión, el asesinato, el matoneo, la violencia intrafamiliar, y todas las formas de violencia que hacen parte integral del conflicto colombiano. Un acuerdo con un factor generador de conflicto no tiene ninguna repercusión en el problema de violencia en las ciudades, excepto por que se aumente, como ocurrió con la desmovilización de los paramilitares, muchos de ellos hoy reciclados en las bandas ilegales y los combos urbanos. 



Como promover y consolidar una cultura de reconciliación a todo nivel en Colombia es la real labor que se requiere para alcanzar la paz duradera y sostenible. “Para lograr la paz hay que desactivar todas las formas de violencia” es la propuesta de Francisco Galán, un exguerrillero hoy dedicado a la búsqueda de la reconciliación. Tiene razón. Tanto influye en el conflicto el problema de las guerrillas, como el de las bandas narcotraficantes, pero también, las fronteras invisibles, la extorsión, el micro-narcotráfico o la violencia intrafamiliar y doméstica, todas las formas de discriminación y la violencia de genero. Todo es una gran sumatoria de violencias, todas las cuales hay que terminarlas. 



Esta es la labor que corresponde a la comunidad internacional, la sociedad civil, a los gremios, a los medios de comunicación, a la clase dirigente económica y política, tanto en el nivel nacional, como departamental y local. 



Generar una cultura de la reconciliación nos corresponde a todos los que queremos aportar un grano de arena para la construcción del tejido social y el logro de la paz real y duradera con una solución integral. Y hay que comenzar ya. 



Estas son las frases clave siempre partiendo de un no rotundo a todas las formas de violencia: reconstruir el tejido social, promover la reconciliación nacional, todos y ya. Pero hay que tener siempre presente que sin acuerdos serios que lleven a desactivar las causas objetivas del conflicto, no se podrán desactivar las formas de violencia y nunca podremos alcanzar una verdadera paz.

Por: Antonio José García Fernández

sábado, 26 de enero de 2013

"PROGRAMA AGRARIO DE LOS GUERRILLEROS" TRATANDO DE ENTENDER (15) por qué esta guerra.

Tratando de entender  (15)

PROGRAMA AGRARIO DE LOS GUERRILLEROS. 

Nota del editor: TRATANDO DE ENTENDER, es una serie que busca recopilar y difundir documentos históricos que reflejan realidades del conflicto armado colombiano y puntos de vista de actores trascendentales en esta problemática   no se identifica con alguna ideología y no editorializa ni comenta sobre los contenidos de los documentos recopilados y expuestos en este blog. Por lo tanto los contenidos de la serie no reflejan el pensamiento y la posición política de este editor.



Primer comunicado en el cual la guerrilla (FARC) lanza su programa agrario  el 20 de julio de 1964 desde Marquetalia. Este documento es parte del mito fundacional de dicho grupo armado.


Compañeros, campesinos, obreros, estudiantes, artesanos, intelectuales revolucionarios, hombres y mujeres de Colombia:

VICTIMAS DE CUATRO GUERRAS.

Nosotros somos el nervio de un movimiento revolucionario que viene desde 1948. Contra nosotros, campesinos revolucionarios del sur del Tolima, Huila, Cauca y Valle sobre el nudo de la cordillera central, desde 1948 se ha lanzado la fuerza del gran latifundio, de los grandes ganaderos, del gran comercio, de los gamonales de la política oficial y de los comerciantes de la violencia. Nosotros hemos sido víctimas de la política y de "sangre y fuego" preconizada y llevada a la práctica por la oligarquía que detenta el poder.

Contra nosotros se ha desencadenado en el curso de quince años cuatro guerras. Una a partir de 1948, otra a partir de 1954, otra de 1962 y esta que estamos padeciendo a partir del 18 de mayo de 1964, cuando los mandos militares declararon oficialmente que ese día había comenzado la "operación Marquetalia".

Hemos sido las primeras víctimas de las furias latifundistas porque aquí en esta parte de Colombia predominan los intereses de los grandes señores de la tierra, los intereses más retardatarios del clericalismo, los intereses en cadena de la reacción más oscurantista del país. Por eso nos ha tocado sufrir en la carne y en el espíritu todas las bestialidades de un régimen podrido que se asienta sobre el monopolio latifundista de la tierra, la monoproducción y la monoexportación bajo el imperio de los Estados Unidos.

UNA VIA CERRADA.

Es por eso que en esta guerra participan contra nosotros tropas, aviones, altos militares y especialistas norteamericanos. Es por esto que se lanzan contra nosotros 16.000 hombres provistos de las armas más modernas y destructoras. Es por eso que contra nosotros se emplea la táctica del bloqueo económico, del cerco de exterminio, de las acometidas por aire y tierra y por último, de la guerra bacteriológica. Es por esto que el gobierno y el imperialismo Yanqui emplea cientos y miles de millones de pesos y dólares en armas, pertrecho, pago de espías y delatores. Es por eso que el gobierno soborna y corrompe las conciencias, mata, persigue y encarcela a la gente colombiana que se levanta a la lucha solitaria con nosotros, y víctimas de una cruel e inhumana guerra de exterminio.

Nosotros hemos llegado a todas las partes donde había puertas para golpear en procura de auxilio para evitar que una cruzada anticomunista, que es una cruza antipatriótica contra nuestro pueblo, nos llevará, y con nosotros a todo nuestro pueblo a una lucha larga y sangrienta. Nosotros somos revolucionarios que luchamos por un cambio de régimen. Pero queríamos y luchábamos por ese cambio usando la vía menos dolorosa para nuestro pueblo: la vía pacífica, la vía de la lucha democrática de las masas, las vías legales que la Constitución de Colombia señalan. Esa vía nos fue cerrada violentamente y como somos revolucionarios que de una u otra manera jugamos el papel histórico que nos corresponde, obligados por las circunstancias arriba anotadas, nos tocó buscar la otra vía: la vía revolucionaria armada para la lucha del poder.

Desde hoy 20 de julio de 1964, somos un movimiento guerrillero que lucha por el siguiente Programa:

PRIMERO - A la reforma agraria de mentiras de la Burguesía oponemos una efectiva Reforma Agraria Revolucionaria que cambie de raiz la estructura social del campo colombiano, entregando en forma completamente gratuita la tierra a los campesinos que la trabajan o quisieran trabajarla, sobre la base de la confiscación de la propiedad latifundista en beneficio de todo el pueblo trabajador.

La Reforma Agraria Revolucionaria entregará a los campesinos las herramientas, animales de labor, equipos y construcciones para su debida explotación económica. La reforma agraria es la condición indispensable para elevar verticalmente el nivel de vida material y cultural de todo el campesinado, librarlo del desempleo, del hambre y del analfabetismo; para liquidar las trabas del latifundismo y para impulsar el desarrollo de la producción agropecuaria e industrial del país. La Reforma Agraria confiscará las tierras ocupadas por los imperialistas yanquis a cualquier título y cualquiera que sea la actividad a la cual están dedicadas.

SEGUNDO - Los colonos, ocupantes, arrendatarios, aparceros, terrazgueros, agregados, etc., de tierras de los latifundistas o de la nación, recibirán los títulos correspondientes de propiedad sobre los terrenos que exploten. Se liquidará todo tipo de explotación atrasada de la tierra, los sistemas de aparcería, el arriendo en especie o pagado en dinero por los pequeños campesinos. Se creará la unidad económica en el campo de acuerdo con la fertilidad y ubicación de los terrenos con un mínimo para la mejor tierra de treinta hectáreas cuando se trate de tierras ubicadas en áreas planas y aledañas, en las otras tierras de acuerdo con su fertilidad y red de comunicación. Se anularán todas las deudas contraídas por los campesinos con usureros, especuladores, instituciones oficiales y semi - oficiales de crédito.

DERECHO DE PROPIEDAD Y SERVICIO.

TERCERO - Se respetará la propiedad de los campesinos ricos que trabajen personalmente en sus tierras. Se presentarán las formas industriales de trabajo en el campo. Las grandes explotaciones agropecuarias, que por razones de orden social y económico deban conservarse, se destinarán al desarrollo planificado de la producción nacional en beneficio de todo el pueblo.

CUARTO - El gobierno revolucionario establecerá un amplio sistema de crédito con las más amplias facilidades de pago, el suministro de semillas, asistencia técnica, herramientas, animales, aperos, maquinaria, etc., tanto para los campesinos individuales como para las cooperativas de producción que surjan en el proceso de la Reforma. Se creará un sistema planificado de irrigación y una red de centros oficiales de experimentación agrotécnica. Se organizarán servicios suficientes de sanidad para la atención completa de los problemas de la salud pública en los campos. Se atenderá el problema de la educación campesina, la erradicación total del analfabetismo y un sistema de becas para el estudio técnico y superior de los trabajadores de la tierra. Se cumplirá un basto plan de vivienda campesina y la construcción de vías de comunicación a los centros rurales productivos.

QUINTO - Se garantizarán precios básicos remunerativos a los productos agropecuarios.

COMUNIDADES INDIGENAS.

SEXTO - Se protegerán las comunidades indígenas, otorgándoles tierras suficientes para su desarrollo, devolviéndoles las que le han usurpado los latifundistas y modernizando sus sistemas de cultivo.

Las comunidades indígenas gozarám de todos los beneficios de la Reforma Agraria Revolucionaria. Al mismo tiempo se estabilizará la organización autónoma de las comunidades respetando sus cabildos, su vida, su cultura, su lengua propia y su organización interna.

FRENTE UNICO DEL PUEBLO. 


SEPTIMO - La realización de este Programa Agrario Revolucionario dependerá de la alianza obrero campesina y del frente único de todos los colombianos en la lucha por el cambio de régimen, única garantía para la destrucción de la vieja estructura latifundista de Colombia. La realización de esta Reforma Agraria Revolucionaria se apoyará en las más amplias masas campesinas, las cuales contribuirán decididamente a la destrucción de latifundio. Por eso, este programa se plantea como necesidad vital, la lucha por la forjación del más amplio frente único de todas las fuerzas democráticas, progresistas y revolucionarias del país, para un combate permanente hasta dar en tierra con este gobierno de los imperialistas yanquis que impiden la realización de los anhelos del pueblo colombiano.

Por eso invitamos a todos los campesinos, a todos los obreros, a todos los empleados, a todos los estudiantes, a todos los artesanos, a todos los pequeños industriales, a la burguesía nacional que esté dispuesta a combatir contra el imperialismo, a los intelectuales demócratas y revolucionarios, a todos los partidos políticos de izquierda o de centro que quieran un cambio en el sentido del progreso, a la gran lucha revolucionaria y patriótica por una Colombia para los colombianos, por el triunfo de la revolución, por un gobierno democrático de liberación nacional.

Marquetalia, julio 20 de 1964.


Manuel Marulanda Vélez - Isauro Yosa - Darío Lozano - Isaías Pardo - Tarciso Guaraca - Parménides Cuenca - Roberto López - Jesús Medina - Luis Pardo - Rigoberto Lozano - Miryam Narváez - Judith Grizales - Jesús Ortiz - Rogelio Díaz - Miguel Aldana - (siguen más de mil firmas de campesinos).

miércoles, 30 de mayo de 2012

¿POR QUE NO TE CALLAS? (AJGF)


Nota del Editor. Columna de opinión publicada en el Portal arcoiris.com.co, medio a cuyos directivos  agradecemos la oportunidad  que nos brindan de expresar nuestra humilde opinión de colombiano y poder dar otro paso, pequeño pero significativo para nuestra búsqueda de la reconciliación. 
Si bien es un titulo fuerte, el tema denuncia y expresa el sentimiento sobre las inútiles posiciones que asumen algunos, buscando perpetuar la guerra, o sea la mayor expresión de TODOS PIERDEN. 



!!! ¿Por qué no te callas?¡¡¡¡


Si quisiéramos hacer un balance sobre los últimos presidentes de Colombia, al menos los de los cuatrienios correspondientes a partir del denominado Frente Nacional, cada persona tendría su propuesta, según cómo percibe la realidad y aprecie la historia, con la mirada ideologizada y sesgada por su propio interés. Pero tratando de ser menos subjetivos, pudiéramos decir que no se puede determinar quién ha sido mejor presidente porque no tenemos un punto de referencia o comparación. ¿Con quién lo podríamos comparar?Si quisiéramos tener una referencia de quien ha sido el peor presidente, claro que tendríamos un buen punto de partida inmediatamente, porque cada gobierno parece peor que el anterior. Al menos para los adeptos al gobierno precedente.Ahora a un sector muy importante de la opinión pública les parece que Santos es muy mal presidente por que no le está cuidando los huevos a su predecesor, Uribe: “la seguridad, la confianza inversionista y la política social”. Metáfora que el país nunca entendió muy bien, porque los dos primeros “huevitos” si quedaron claramente plasmados en las acciones de su gobierno, sobre todo la confianza de los inversionistas a quienes privilegió en todas formas. Lo de la seguridad, otro huevito que todavía está por verse, y lo de la política social también.Lo que sí es claro que Uribe podrá no ser el mejor presidente de la historia, pero si ha sido el más coherente consigo mismo. Su opción por la guerra se ha puesto siempre en evidencia desde que hace vida pública y sigue siéndolo. Su motivación pareciera de venganza, la misma motivación para la mayoría de las expresiones del terror que han azotado a nuestra patria. Ha sufrido en carne propia la violencia, pero se aprovecha de su papel de alguna vez haber sido víctima, para fundamentar y para apoyar su proyecto de guerra e insistir en él aun hoy, dos años después de entregar la presidencia.Sus propuestas sociales de campaña no enamoraron a los votantes tanto como su propuesta de seguridad, su empeño de ganar la guerra.La revolución educativa; la promoción de la seguridad social con mayor cobertura; el impulso a la economía solidaria; el manejo social de los servicios públicos; el impulso del campo; la mejoría de la calidad de vida urbana y el país de propietarios fueron las llamadas “siete herramientas de equidad”, que eran el complemento perfecto para los tres pilares (los huevitos) y se complementaban con un ambiente económico estabilizado por la política de seguridad democrática.Esa nobilísima propuesta de un país más equitativo, no la guerra, fueron las promesas que motivaron a muchos de los votantes a optar por él. La seguridad era parte del sustrato que le permitiría cumplir esos sueños al pueblo.Los objetivos sociales se incumplieron y terminaron minimizados entre una realidad social desbordada y un ambiente de corrupción que aniquiló la credibilidad y el respeto a su gobierno. El deterioro de los derechos humanos llegó a niveles nunca vistos, quedando convertido en objeto de cuestionamientos que aun hoy persisten.Respecto a la seguridad, se conjugaron varios factores que les permitieron a los colombianos “volver a viajar por carreteras y regresar a las fincas”, frase en la que se agotaron las bondades de la primera política gubernamental. Estos factores entre otros, fueron:1) La potenciación y modernización de las fuerzas militares por el apoyo del Plan Colombia, política del gobierno Norteamericano establecida e implementada durante el cuatrienio presidencial de Andrés pastrana.2) El apoyo de la comunidad internacional a los esfuerzos de paz con actores armados en Colombia.3) El repliegue estratégico de las FARC, que se vieron abocadas a volver a reducirse al nivel de guerrilla, después de haber intentado pasar a la fase de ser un ejército en guerra de movimientos, que los llevó en su momento a masificar el reclutamiento para potenciar su pie de fuerza. Tenían como apoyo los recursos del narcotráfico para mejorar la correlación de fuerzas y sostener su proyecto de negociación en el Caguán.4) Y, como todo hay que decirlo, ya la autodefensa había derivado en el paramilitarismo y había cumplido su papel fundamental en la “guerra sucia” que precedió a la seguridad democrática borrando del mapa a la Unión Patriótica y a los miembros y dirigentes de otras expresiones políticas y sociales. Había servido de avanzada, para allanar el camino, a la política de seguridad que luego con bombos y platillos impondría con toda la legalidad el gobierno.5) Como consecuencia de lo anterior, el paramilitarismo ya no se requería y por tanto había que desmontarlo, con un proceso de negociación política, lo que fue aprovechado por narcotraficantes para penetrarlo y camuflarse como actores armados con visos políticos, lo que desorientó el proceso y derivó en una carrera hacia un sometimiento incondicional a la justicia. Esto también conllevó un desvío de la atención de la opinión pública y un aumento de la percepción de “seguridad”.En conclusión, lastimosamente hay que decirlo, el “éxito” de la política de seguridad democrática se fundamentó, entre otras cosas, en graves violaciones de los derechos humanos por parte del Estado.Con esa percepción pública de “seguridad” se inventó la teoría del “estado de opinión” con la que se quiso justificar de todo, y finalmente dejó la Constitución Nacional pringada con un “articulito”, conseguido a punta de corrupción clientelista, que permitió su reelección. Y casi se corona con el tercer período presidencial, hasta el punto que sólo lo tranquilizó un poco entregarle el poder a su escudero, Juan Manuel Santos, fiel promotor de la estrategia de seguridad; el mismo del que hoy el ex presidente y la gran mayoría de la clase dirigente y política se duelen por su traición.El ex presidente Uribe sigue todavía en la presidencia del “estado de opinión” y hoy lanza rayos y centellas por cualquier medio de comunicación en contra del gobierno actual y enrarece el ambiente. No se puede desconocer el arraigo que su caudillismo tiene en un sector muy importante de la opinión pública que sigue todavía esperando la “solución final” del conflicto colombiano a través de la guerra. Desde otros sectores de la opinión pública, más mesurados y conciliadores, se le recuerda constante e inútilmente que ya no es el presidente y que debe darle la oportunidad al actual presidente de ejercer su gobierno.Ya está llegando la hora en que el Presidente Santos le recuerde al ex presidente Uribe esa frase que alguna vez alguien utilizó para tratar de aplacar al menos momentáneamente a otra figura presidencial, igual de gamín e impertinente y un poco menos pulido pero igual de guerrerista: ¿!!!Por qué no te callas¡¡¡¡?POST SCRIPTUM: El presidente Santos quiere pasar a la historia como el presidente que logró la paz en Colombia. Loable propósito, en el que lo debemos acompañar todos los colombianos. Ojala le alcance el tiempo para hacerlo o deje planteadas las bases para avanzar en este tema, pero por dignidad de colombiano debería promover una reforma a la Constitución para abolir la reelección presidencial y desistir de hacerse reelegir con fundamento en esa facultad, cuando menos inmoralmente impuesta.Este gesto de dignidad haría figurar al actual presidente en un sitial de honor en la historia de Colombia. Ampliar el período presidencial, por reforma constitucional, es válido frente a la idea que se tiene que cuatro años es muy poco tiempo para desarrollar un programa de gobierno. Y todavía tiene tiempo, si confía en el poder de la maquinaria política que encabeza. Pero continuar usando una facultad que fue impuesta indebidamente y en consideración a una persona, rompe la cadena democrática y lo haría indigno de tan alto reconocimiento./ Antonio J. García Fernández

PASTORA MIRA: DÈCADAS DE CONVERTIR EL DOLOR DE SAN CARLOS EN MEMORIA Y PERDÒN.

Pastora Mira: décadas de convertir el dolor de San Carlos en memoria y perdón  Este pueblo del oriente antioqueño fue el primero en tener un...