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domingo, 24 de febrero de 2013

¿PAZ SIN RECONCILIACIÓN? II (AJGF)



N. del E.: Columna publicada en el portal arcoiris.com.co en febrero de 2013. 

¿PAZ SIN RECONCILIACIÓN? II 


Ya comienza a calar la idea de que habrá un acuerdo de paz con las FARC. Si es que eso se puede llamar paz. No habrá una solución al conflicto colombiano mientras no se dimensione realmente que significa el termino “paz” y si los colombianos somos capaces objetivamente de entenderla como una gran cruzada (en el buen sentido de la palabra) de reconciliación nacional y no como el desarme de grupos aislados. 



Los acuerdos de paz que ha celebrado el estado colombiano con diversos actores armados a lo largo de la historia han logrado desactivar temporalmente el conflicto en algunas regiones pero no han logrado generar la paz. El conflicto se ha reciclado, se ha reencauchado y se ha repotenciado, en la mayoría de los casos con parte de los actores que aparentemente desarmaron. Poco tuvieron esos acuerdos de reintegración a la vida civil de los desmovilizados y absolutamente nada de verdad, reparación, restitución, cero en justicia, temas de los que ni siquiera se mencionaban en las negociaciones. Se partía (y parece que aun se parte) del principio no escrito de que se requería la mas absoluta impunidad. Perdón y olvido; Borrón y cuenta nueva; Punto final. 



En ese orden de ideas, los acuerdos no produjeron paz por que nunca hubo un propósito de reconciliación. En cada acuerdo improvisado, el “postconflicto” ha llegado a ser peor que el mismo conflicto que se quiso terminar. 



El único proceso de paz de la historia colombiana donde se mencionó y se hizo evidente la necesidad de la reconciliación nacional, fue en el proceso de desmovilización de las AUC, a partir de la ley 975 de 2005, “de Justicia y Paz”. Ya los nuevos estándares internacionales evidenciaron la necesidad de la verdad y la reparación como prerrequisitos de la justicia necesaria en la sanción de cualquiera violación de los derechos humanos. Pero también evidenciaron la necesidad de reconstruir el tejido social de una forma sistemática y organizada que permitiera no solo la reintegración de los excombatientes a la sociedad, sino su acogimiento por parte de esta, generando una sana convivencia y que fuera sostenible en el tiempo. 



Las causas objetivas del conflicto no son “el discurso mamerto” como despectivamente se les califica para invisibilizarlas en una negociación. Son realidades evidentes y los acuerdos de paz nunca las han considerado. La pobreza absoluta, la desigualdad social, la exclusión social y política, la imposibilidad de acceder a la justicia, la no salud, la no educación, la negación de la vida en condiciones dignas para todos, no han sido parte de esos acuerdos en forma alguna, y seguramente no lo serán jamás. Son solo argumentos que les sirven a los violentólogos para justificar por que los Colombianos son tan violentos, sin ofrecer ninguna solución. 



Pero para alcanzar la paz, la reconciliación nacional y hacerla sostenible se requiere mucho mas que un acuerdo con las guerrillas. Ya el hecho de lograr su desmovilización y sometimiento al derecho es una labor titánica, la reintegración y el acogimiento de la sociedad a los excombatientes será otra inmensa labor, mas difícil aun que el logro del acuerdo. 



Se requiere generar una cultura de la reconciliación y esto implica abrir espacios conversacionales con todos los sectores y actores del conflicto colombiano. Los armados y los desarmados, los civiles y los militares, la comunidad internacional, las organizaciones sociales, la sociedad civil, dirigentes políticos y económicos y el mayor factor de violencia que subsistirá a todos los acuerdos de paz, que son la delincuencia común, organizada y no organizada y el narcotráfico. 



Ni la mesa de negociación con las FARC, ni con ningún otro grupo, va a solucionar en sus acuerdos el problema de violencia y delincuencia en los barrios, en las veredas, en las calles. No va a solucionar la extorsión, el asesinato, el matoneo, la violencia intrafamiliar, y todas las formas de violencia que hacen parte integral del conflicto colombiano. Un acuerdo con un factor generador de conflicto no tiene ninguna repercusión en el problema de violencia en las ciudades, excepto por que se aumente, como ocurrió con la desmovilización de los paramilitares, muchos de ellos hoy reciclados en las bandas ilegales y los combos urbanos. 



Como promover y consolidar una cultura de reconciliación a todo nivel en Colombia es la real labor que se requiere para alcanzar la paz duradera y sostenible. “Para lograr la paz hay que desactivar todas las formas de violencia” es la propuesta de Francisco Galán, un exguerrillero hoy dedicado a la búsqueda de la reconciliación. Tiene razón. Tanto influye en el conflicto el problema de las guerrillas, como el de las bandas narcotraficantes, pero también, las fronteras invisibles, la extorsión, el micro-narcotráfico o la violencia intrafamiliar y doméstica, todas las formas de discriminación y la violencia de genero. Todo es una gran sumatoria de violencias, todas las cuales hay que terminarlas. 



Esta es la labor que corresponde a la comunidad internacional, la sociedad civil, a los gremios, a los medios de comunicación, a la clase dirigente económica y política, tanto en el nivel nacional, como departamental y local. 



Generar una cultura de la reconciliación nos corresponde a todos los que queremos aportar un grano de arena para la construcción del tejido social y el logro de la paz real y duradera con una solución integral. Y hay que comenzar ya. 



Estas son las frases clave siempre partiendo de un no rotundo a todas las formas de violencia: reconstruir el tejido social, promover la reconciliación nacional, todos y ya. Pero hay que tener siempre presente que sin acuerdos serios que lleven a desactivar las causas objetivas del conflicto, no se podrán desactivar las formas de violencia y nunca podremos alcanzar una verdadera paz.

Por: Antonio José García Fernández

domingo, 4 de diciembre de 2011

SAN CARLOS Y LA RESILIENCIA (AJGF)

    (Una apreciación personal)

Con timidez he regresado en algunas oportunidades a mi pueblo, San Carlos, un municipio del oriente antioqueño. Nací en Medellín, pero por muchas razones me atan vínculos a esa hermosa región del oriente del departamento,  que guarda  afinidad no solo con el oriente sino también al magdalena medio antioqueño,  donde transcurrieron los mejores días de mi vida, de niño, adolescente y buena parte de mi vida de adulto.

Mis hijos tienen un vinculo también inconfundible con esa región y con ese municipio y con la tierra que nos legó el abuelo materno,  donde construyó su fortuna a base de trabajo y tesón como comerciante y ganadero. Allí nació, hace siglos ya,  mi bisabuela y también mi  bisabuelo, nacieron  mi abuela y mi madre así como la mayoría de mis tíos y tías. Los que no nacimos allí, y los que llegaron a la familia por cualquier vinculo, quedaban inmediatamente atrapados en ese sentimiento que produce el pueblo, que le hace sentir a uno que siempre ha estado ahí.  Es una sensación de familiaridad constante, que se hace sentir en San Carlos,  y en todos los pueblos del oriente antioqueño.  

Todos los miembros de esta familia a la que pertenezco,  que aun los actuales habitantes califican como “tradicional”, sin exclusión, vivimos en este pueblo muy buena parte de nuestras vidas y  allí dejamos a muchos seres queridos con quienes nos gustaría reencontramos de vez en cuando; claro está: hoy podemos hacerlo con unos pocos;   los que quedan vivos y los que escaparon a la violencia. 


Soy familiar muy cercano de  uno de los victimarios, conocí a algunos de ellos  y  también fui amigo de algunas de las victimas de la guerra que destrozó el pueblo; seguramente conocí a muchas otras víctimas. Claro que tambien soy  familiar o amigo  de algunos de los supervivientes habitantes de San Carlos.

He tenido la oportunidad de estar cerca de alguno de los actos de la semana por la paz de noviembre de 2011 y de apreciar de cerca el trabajo que se ha hecho en el pueblo, por parte de los supervivientes. 


Asistí a la presentación del informe de Memoria Histórica de la CNRR, en la Universidad Nacional de Bogotá, donde se presentaron testimonios del desplazamiento y de la resistencia;   a la presentación de la obra de teatro de el grupo “la Gotera” y ver como mediante el arte ha puesto en escena una tragedia que yo no fui capaz de resistir durante toda la presentación, y finalmente me conmovió ver reconocido todo ese esfuerzo de superación con el Premio Nacional de Paz, máximo reconocimiento a ese loable esfuerzo que se realiza desde los mismos sobrevivientes y de una forma prácticamente empírica, sin tiempo para recapacitar sino únicamente para sacar adelante su  indeclinable voluntad de paz.

Me alegró y de que manera, como colombiano, que estas gentes, de quienes un día fui próximo y espero seguirlo siendo, se esfuercen con toda su capacidad para sobreponerse a la violencia, para superar su condición de victimas y construir un futuro mejor, con sus propias manos y con su propio esfuerzo.  Se les ve cansados, apesadumbrados todavía y con dolor en los rostros, lo que seguramente nunca cambiará. Todavía dejan ver lágrimas de dolor y quizás de rabia, pero se sobreponen a ello, y desafían la inercia que produce la inmensa pena tanto individual como colectiva en la que transcurren sus vidas.  Nunca olvidarán.  Es imposible olvidar cuando quedan huellas tan marcadas en el alma.

Me alegró mas ver como de  las bocas de estos rostros cansados y apesadumbrados salen expresiones  en las que se pone en evidencia la voluntad de reconciliación.  Como trabajan juntos todos,  como no excluyen ni rechazan a quienes fueron sus victimarios,  como reviven todos juntos de las cenizas que dejó  la violencia, tratando de mejorar cada día mas la convivencia.  Impresionante, un ejemplo digno de ser replicado en todos los rincones de Colombia.

Por esto, no puedo dejar de reseñarlo en este blog, que llevamos sobre  la reconciliación  y resiliencia, con el animo de aportar un grano de arena al logro de la Paz para Colombia, donde hoy tengo la fortuna de ver con mis propios ojos como con humildad y perseverancia  las gentes sencillas de Colombia sacan adelante sus proyectos de reencuentro y cambio cultural que requiere este país.


A todos los habitantes de San Carlos, del oriente antioqueño, gracias por permitirle a nuestro país la oportunidad de entender, con realizaciones y hechos concretos, (Reconciliación, Justicia, Desminado y Retorno) que el logro de la paz y la reconciliación si es posible. 

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