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viernes, 23 de junio de 2017

"EN COLOMBIA ES MAS FACIL HACER LA GUERRA QUE LA PAZ" (entrevista a Pablo Catatumbo) Tratando de entender (75)



EN COLOMBIA ES MAS FÁCIL HACER LA GUERRA QUE LA PAZ


Una entrevista de la revista BOCAS con uno de los principales miembros del secretariado de las Farc.

Jorge Torres Victoria, alias Pablo Catatumbo, pasó cuarenta años en las Farc e hizo parte de la mesa de conversaciones en La Habana.


Por: JUAN CAMILO MALDONADO TOVAR 
23 de junio 2017 , 12:22 a.m.





El fusil es, para el guerrillero, un objeto preciado. Durante todos estos años de guerra, ya fuera en el páramo o en un morichal en la llanura, ningún combatiente se iba a dormir a su caleta sin desarmar el fusil, pasarle un trapo por sus partes y revisar el funcionamiento de sus mecanismos. Ver limpiar a un guerrillero su arma es un acto que raya en lo invasivo: es un acto íntimo entre el hombre y el objeto del que depende su vida. No en vano, perder el fusil, refundirlo, incluso desatenderlo, fue siempre castigado entre las filas de las Farc.


El día que me encontré con Pablo Catatumbo, no llevaba el fusil al hombro. Tampoco el camuflado. Camisa azul pegada al cuerpo por el calor y jeans holgados, la misma pinta corriente con la que asistió durante cuatro años a las rondas de negociación en el Palacio de Convenciones de La Habana. Catatumbo estaba desarmado. Descansaba en una casa campestre a las afueras de Cali, luego de una visita al médico por la que se había retirado de la Zona Veredal de Transición y Normalización de La Elvira, en Buenos Aires, Cauca, donde hoy pasa buena parte de su tiempo.

Ha de ser difícil para un guerrillero que, como él, lleva cuatro décadas empuñando un arma para garantizar su supervivencia en la guerra, saber que en pocas semanas estará entregando el fierro, destinado a ser fundido para convertirse en monumento, para luego someterse, como todo colombiano, a la seguridad que debe garantizar el Estado.


En eso pensaba cuando lo vi, sentado como cualquier hombre que, pasados los sesenta, comienza el lento tránsito a la vejez. Catatumbo me saludó con amabilidad, pero de entrada lo noté sobrio y sombrío. Dos días atrás, la Corte Constitucional había tumbado dos importantes disposiciones del Acto Legislativo para la Paz, que le permitían al Gobierno vetar las modificaciones que el Congreso le hiciera a las leyes que reglamentarán los acuerdos de La Habana. Al comienzo, el país político recibió con pánico la noticia, para luego entrar en modo optimista y asegurar que, así como con el triunfo del “NO”, la decisión de la Corte dotaría de mayor legitimidad al acuerdo, al permitir que otras fuerzas políticas intervinieran en su proceso de reglamentación. 

Pero para el Catatumbo desarmado que yo tenía al frente, la decisión de la Corte significaba, por encima de todo, un enorme peligro, pues, como en el resto de los puntos, sometía al vaivén político del Congreso las disposiciones de garantías de seguridad que se habían pactado en La Habana. “La paz es un acto político, no jurídico”, me dijo cuando, después de saludarlo, le pregunté por el tema. Y sin que hubiera tiempo para prender la grabadora comenzó a recitar la larga lista de nombres de líderes y guerrilleros, de Rafael Uribe Uribe a la Unión Patriótica, pasando por Guadalupe Salcedo y el estado mayor de las guerrillas, asesinados en Colombia tras la firma de acuerdos de paz. Para él, la Corte le había abierto un boquete de consecuencias imprevisibles a un pacto que había sido cuidadosamente negociado entre dos partes. 

Así comenzó una larga conversación con Jorge Torres Victoria, alias Pablo Catatumbo, quien perdió a su padre en un accidente de tránsito cuando tenía once años y siguió a su hermano a las filas de las Farc cuando apenas salía de la adolescencia. Formado políticamente en el Komsomol, la Escuela Internacional de la Juventud Comunista en Moscú, Catatumbo es, además de comandante, un lector voraz de historia y ficción y puede en una misma conversación hablar del asesinato de Antonio José de Sucre y de las novelas de espionaje de Frederick Forshyre, del que, dice, aprendió buena parte de lo que sabe sobre inteligencia militar.

Los guerrilleros rasos pensábamos que esto era algo muy breve. Teníamos la idea de que después de estar listos para el combate, el pueblo nos apoyaría y que se repetiría la experiencia cubana.


En la guerra, Catatumbo llegó a ser comandante del Bloque Occidental Comandante Alfonso Cano. Fue el responsable de convertir el cañón de Las Hermosas, en el sur del Tolima, en una fortificación militar de las Farc en los años noventa. Fue el que lideró la destrucción de infraestructuras eléctricas y petroleras, el que comandó repetidos ataques a estaciones de policía en municipios del sur de Colombia, el que planeó el secuestro de los diputados del Valle del Cauca y el que organizó innumerables emboscadas al Ejército a lo largo de tres décadas. En la paz tuvo un papel central, no solo como punto de contacto de las Farc con los gobiernos Uribe y Santos –como bien lo relata en detalle Henry Acosta en su libro El hombre clave (Editorial Aguilar, 2016)–, sino como uno de los miembros de la mesa de diálogos durante casi cuatro años en La Habana. 

¿Cómo vislumbraba usted el futuro cuando ingresó a las Farc? ¿Alguna vez se imaginó que se iba a pasar toda la vida en la selva?
Uno tenía una idea muy romántica de la revolución. En la experiencia de todos estaba muy presente Cuba. Los guerrilleros rasos pensábamos que esto era algo muy breve, tres años, como Fidel. Teníamos la idea de que después de estar fuertes, preparados y listos para el combate, el pueblo nos apoyaría y que se repetiría la experiencia cubana. En pocos años debía ser posible derribar el sistema. 

Evidentemente nada de eso ocurrió. ¿En qué momento cree usted que la guerrilla perdió la simpatía de la gente? 
Yo no creo que hayamos perdido la simpatía. Siempre tuvimos mucho apoyo de la población en las regiones donde nosotros actuábamos. De otra manera no habría sido posible que superviviéramos por más de 52 años. El problema fue que el adversario entendió que había que romper esa ligazón entre el pueblo y las guerrillas, y comenzó a golpear ahí a través de la guerra sucia. Fue una estrategia perversa basada, por ejemplo, en asesinar dirigentes populares y líderes que tenían cierta simpatía con la guerrilla. Yo creo que esa estrategia hizo que la guerra en Colombia comenzara a degradarse. 

Pero ustedes también emprendieron acciones que degradaron la guerra… 
La guerra siempre afecta a la población civil, pero hay unos que afectan con unas intenciones y otros con otras. La intención nuestra nunca fue la de hacer daño. Pero de hecho se hace daño en la guerra. Si usted va y ataca un cuartel de policía, pues obvio que le causa efectos a la población. Por eso le decíamos al Gobierno: hombre, si vamos a hacer una confrontación, si ustedes nos van a declarar una guerra como la que han declarado, saquemos los cuarteles de la policía del centro de los caseríos. Pero la estrategia del Estado siempre fue la contraria: construir cuarteles en el centro de las plazas, al lado de las escuelas, al lado de los hospitales, para que, cuando atacáramos, siempre resultara afectada la población civil. Eso fue una estrategia perversa, realmente.

La guerra también cambió sus dinámicas con la aparición del narcotráfico, ¿cuál es su primer recuerdo de la aparición del narcotráfico en el conflicto?
Yo conocí el narcotráfico desde que nació. Estando yo en el Frente 27, por ahí en el 86, llegué a una región que se llama Piñalito, en Vista Hermosa, Meta, y me sorprendió que estaba llena de marihuana. Con el tiempo me enteré de que a esa región había llegado un narcotraficante que se llama Caro Quintero, mexicano. Los campesinos me contaron que ese señor llegó allá con una avioneta cargada con bultos de dólares y bultos de semillas. El tipo se bajó de la avioneta, repartió dólares y semillas y les dijo: “Siembren eso que yo dentro de dos años vengo y les compro”. También les regaló uno o dos tractores. En esa época el peor insulto que le podían decir a uno es que era marihuanero. Nosotros comenzamos una labor de pedagogía con los campesinos y combatimos muy fuertemente eso. 

¿Se castigaba con pena máxima a los campesinos? ¿Los fusilaban?
Sí, hasta con pena máxima se castigaba. Pero luego los campesinos nos convencieron: “¿Ustedes por qué nos persiguen, si esto nos da de comer a nosotros? ¿Qué más hacemos aquí si no hay carreteras, no hay posibilidad de mercado? En cambio este señor llega...”. El tipo volvió a los dos años con otro avión cargado de plata y ya no trajo semillas de marihuana, sino semillas de coca. Ahí nació la coca en esa zona y se extendió por el Caquetá, por los llanos del Yarí. Recuerdo que en aquella época, ese que llamaban el Mexicano, Gonzalo Rodríguez Gacha, era un arriero en Vista Hermosa, un tipo próspero, tenía como treinta mulas. Ahí fue donde se produjo ese empate entre ellos dos. Caro Quintero, cuando se fue, lo dejó a él como encargado y eso se plagó de narcotráfico.

¿A usted le alcanzó a tocar Tranquilandia, el famoso megacomplejo de cristalización de cocaína de Rodríguez Gacha?
A mí me tocó asaltar Tranquilandia. 

¿Cómo fue eso? 
Nosotros fuimos los primeros que asaltamos a los campamentos de narcotráfico en el Yarí. Esa zona fue, durante mucho tiempo, como el triángulo de las Bermudas. Todo el que pasaba por el Yarí desaparecía. De hecho, botaban a los pacientes en el río La Tunia, que está lleno de pirañas. Hasta que un día comenzamos en el Bloque Oriental a hacer inteligencia, descubrimos que ahí había una cosa bien extraña y decidimos asaltar ese sitio. A mí me tocó comandar el asalto: fue un combate muy intenso, con unos grupos que nosotros creíamos más débiles. Ahí descubrimos que había mercenarios ingleses custodiando eso. Hubo más de veinte muertos de parte nuestra y de parte de ellos por ahí unos veinticinco muertos. Una cosa fuerte. 

¿Lograron ingresar?
Sí, pero no logramos capturar la mercancía. Ellos defendieron eso. Lo que me sorprendió a mí es que eso solo tenía una entrada y el batallón Cazadores estaba a menos de una hora. Tranquilandia quedaba exactamente en esa zona de El Recreo, Los Pozos, donde se dieron los diálogos con Pastrana. Eso era un emporio de cuatro o cinco fincas –Canadá, Buga, El Recreo, La Polonia– donde tenían unos laboratorios sofisticados y producían toneladas de coca. Pero ahí estaba el Batallón Cazadores, donde solo hay una vía para entrar ahí. ¿Cómo hacía esa gente para sacar la coca a Neiva por San Vicente del Caguán? ¿Y los insumos?

La droga también salía por aire…
Sí. Ahí tenían una pista que es la misma pista de El Recreo, pista a la que le dio legalidad el doctor Álvaro Uribe Vélez. En esa pista, en ese laboratorio, fue donde encontraron el helicóptero del papá de Álvaro Uribe cuando el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla asaltó eso. Entonces uno dice: Hombre… ¿Cómo es posible que no haya una conexión? ¿Cómo se explica el narcotráfico en Colombia con esas realidades? A mí no me las contaron, yo las viví. En aquella época esa pista estaba en una parte de Colombia inhóspita. Para que alguien le dé legalidad a una pista de aterrizaje que tiene más de tres mil metros, usted tiene que tener una justificación, porque una pista de tres mil metros, que es casi como un aeropuerto internacional, que es una pista que tiene condiciones para que aterricen aviones comerciales ahí... ¿Cómo se explica que en el año 87 pueda una persona, un ganadero, una persona normal, decirle “concédame una pista allá” y usted no sospechar qué tiene allá y cuál es el interés, cuando allá no había necesidades de la población? ¡Además, era una pista privada! No nos digamos mentiras, una pista para el narcotráfico. Perfectamente se pudiera averiguar quién dio la autorización… En ese tiempo el que hacía de jefe de la Aerocivil era el doctor Álvaro Uribe, pero esos archivos están borrados. Si usted va ahora a encontrar quién firmó el acta, no aparece. Esas son las cosas que a uno le sorprenden. 

¿Y ustedes? ¿Cuándo comenzaron a cobrarles gramaje a los narcos? 
Cuando comenzamos a ver que el campesino no tenía la responsabilidad, pero que sí se movía mucho dinero en las narices de nosotros. Habría sido una ingenuidad o una torpeza ver que se estaba moviendo toda esa cantidad de dinero y decir: “No, yo no”. El Secretariado nunca ordenó involucrarse ni en el cultivo ni en el tráfico, pero sí cobrar un impuesto. Era un impuesto que cobraba todo el mundo: el Ejército, la Policía, el alcalde… Así fue como comenzó a legalizarse el narcotráfico en Colombia.

Hablando de narcotráfico, a usted también se le relaciona con el secuestro de Martha Nieves Ochoa, ese histórico rapto del M-19 que a comienzos de los ochenta terminó provocando la creación del MAS, Muerte a Secuestradores. 
Yo nunca participé en ese secuestro. Lo que pasa es que yo era muy amigo de Elvencio Ruiz quien, en ese entonces, era el jefe del M-19 en Medellín. Nos habíamos conocido en Cali, militamos juntos en la JUCO, y un día en 1982, de manera casual, me encontré con él en Medellín. Conversamos largamente y Elvencio me planteó que él estaba consiguiendo finanzas allá. Como comenzamos a vernos frecuentemente con él, un día nos capturaron. Yo realmente no participé en ese secuestro, pero sí me secuestró la mafia de Medellín.

¿Cómo ocurrió eso?
Nos capturó Pablo Escobar. Yo no había ni oído mencionar a Pablo Escobar. Pablo tenía el control de Medellín y se enteró de que unas estructuras estaban tratando de producir un secuestro. Al primero que cogieron fue a mí. Yo acababa de salir de la cárcel y para legalizar mis documentos le pedí a alguien de esos que trabajan en sacar cédulas y documentos falsos, y me confié de un tipo que me dijo que me los conseguía. Resulta que él era de Pablo Escobar. Lo cierto fue que él personalmente me capturó, en una moto. Cerró el carro y todo. Pablo. 

¿Pablo mismo lo agarró?
Pablo mismo, sí. Yo iba con mi esposa y una amiga mía. Me llevó a su oficina que quedaba en el barrio Castropol, creo. Yo me quedé impresionado porque eso era como un cuartel de la policía: una casa gigantesca, con unos 200 carros ahí parqueados, gente armada. Allá me dijo: “Yo soy Pablo Escobar –a mí el nombre no me decía nada–, yo sé que usted anda planeando un secuestro y necesito hablar con usted, no se meta conmigo, no joda”. Yo, inicialmente, le dije que no tenía que ver con eso y ya después me llamó al señor que me estaba consiguiendo los documentos falsos y me dijo: “Mire, ¿se acuerda de quién es él?”. Entonces yo ya me di cuenta de que la cosa estaba complicada, dijéramos. Y sí, hablamos con él. Yo le dije, hombre, sí, yo andaba consiguiendo esto, pero si hay algo, yo no soy. Entonces me dijo: “Pues dígale a su amigo, al que sea, que paren eso y que vengan y conversen conmigo. Yo soy el jefe de la mafia de Medellín”. Yo sin saber quién era él… Únicamente vi que tenía un aparato poderoso… 

¿Y logró encontrar a Elvencio?
Fue una odisea, yo sabía que me estaban vigilando y a mí me daba temor ir a llevarle la persecución a él. Después de muchas peripecias logré encontrarme con él y le dije lo que estaba pasando. Él se preocupó mucho y decidimos ir juntos a hablar con Pablo. Elvencio le explicó: “Este muchacho no es nuestro, ese negocio es de nosotros, pero pues vamos a frenar eso”. Esa fue la primera vez que vi a Pablo Escobar. 

¿La única vez? 
No. Después se produjo el secuestro de Martha Nieves. Yo no tenía nada que ver, pero yo ya estaba, como se dice, involucrado. Entonces por segunda vez me capturaron en Bogotá y esta vez me capturó fue el Ejército. Me llevaron a un batallón, al Binci [la Brigada de Institutos Militares, más conocida como la Brigada XX]. Ahí volví a ver a Pablo Escobar. 

¿Pablo Escobar en un batallón del Ejército? ¿Qué militares estaban ahí? 
No sé, el comandante de esa época, en el año 82. Y yo veía cómo Pablo Escobar llegaba ahí, en el helicóptero de él, Gacha llegó, nos interrogaron… Elvencio ya estaba capturado. Ahí conversamos y se hizo el arreglo de la liberación de Martha Nieves.

¿En qué consistió el arreglo?
No sé, porque yo no hacía parte de eso. Yo simplemente vi que Elvencio delante de mí les dijo: “Ese muchacho es de las Farc y esto es del M-19. Podemos negociar para soltarla”. Ellos dijeron: tenemos cuarenta familiares del M-19 secuestrados, y si no la sueltan, vamos a seguir secuestrando. Fue cuando entendí que Muerte a Secuestradores [MAS] nunca existió. Los del MAS eran realmente los guardaespaldas de la mafia y las fuerzas de seguridad del Estado. Algún día eso tocará establecerlo en la Comisión de la Verdad. Ahí yo decidí devolverme al monte, estaba complicado, me iban a matar. Elvencio Ruiz terminó en la cárcel. No sé como salió de la cárcel, pero luego me enteré de que estuvo en el Palacio de Justicia y murió allí.


Me dolió mucho la muerte de los diputados. Me parece que fue un hecho de esos absurdos que me hizo reflexionar acerca de que la guerra no tiene sentido.

De todas maneras, usted tuvo sus propias confrontaciones con los narcos…
No fue con los narcos. Era una guerra contra los paramilitares que hacían parte de toda una estrategia contrainsurgente del Estado, para combatirnos a nosotros, pero a la vez apoderarse de territorios.

Y en esa guerra terminó siendo afectada su familia. El capo del Cartel de Cali, Chepe Santacruz, secuestró a una de sus hermanas…
No, pero eso sí fue una retaliación que yo no tuve nada que ver. Yo ni siquiera estaba por aquí. Yo estaba operando en esos tiempos en el Meta y el Guaviare. Tuvo que ver con que un frente de las Farc del Cauca había retenido a una hermana de Santacruz, y Santacruz en retaliación retuvo a unos familiares nuestros, entre esos a mi hermana. Posteriormente eso se resolvió, la soltaron.

Y luego Carlos Castaño secuestró a su hermana Janeth, un capítulo muy difícil para usted…
Obvio, de los más difíciles que me ha tocado pasar en la vida. Porque una cosa es que lo afecten a uno en lo personal, porque uno asumió unos riesgos y uno está en una confrontación armada. Pero muy distinto es que se metan con la familia. Nosotros durante toda la confrontación siempre tuvimos unos principios: nunca afectamos a la familia de nadie por razones del conflicto. Puede que se haya afectado un familiar en la confrontación, pero no de manera pensada: “Bueno, ahora voy a matarle la hermana o el papá o la hija”. No, eso no. 

Alrededor del secuestro y asesinato de su hermana ha habido siempre mucho ruido. En su momento se dijo que se había convertido en amante de Carlos Castaño… ¿Cuál es su versión de lo ocurrido? 
Mi hermana era una muchacha joven, que tenía su pareja. La secuestraron en Cali. La llevaron para Córdoba, donde estaba Carlos Castaño, y en el momento en que los fueron a soltar a todos, pues la soltaron también a ella. Lo que yo sé, lo que me ha contado mi familia, es que a ella le tocó exiliarse en Costa Rica, dejó roto su matrimonio, su hijo, su familia y su pequeña empresa. Tenía cierta estabilidad económica. Y entonces ella, desesperada, trató de volver a su país y los paramilitares la engañaron ofreciéndole que ella ya no tenía problema, que ya había pasado todo. Ella, confiada en que eso era así, intentó regresar a Colombia y cuando llegó a Panamá, la desaparecieron. Luego apareció muerta. Poco tiempo después en la revista Cromos salió un artículo diciendo que había un problema de romance con Carlos Castaño, lo cual me parece una infamia. 

¿No esgrimió pruebas el artículo?
No. Y eso se quedó así. Le hicieron un daño terrible a mi familia. El hijo de mi hermana, que era un niño de seis, siete años, sufrió consecuencias terribles. De hecho, hoy todavía no se repone de las consecuencias de eso. A mi familia la destruyó. Y luego, con el tiempo, nos entregaron los restos de mi hermana, picados a machete, en pedacitos, ni siquiera un cuerpo entero. Entonces, no solamente nos causaron el daño de matar a mi hermana, sino que la mataron dos veces, porque la mataron moralmente. La destruyeron. Y el daño para mi familia fue terrible. Para mí también fue un episodio muy doloroso, porque fue tal vez la única hermana que nunca tuvo vocación política, la más inocente de todas. No tenía nada que ver con eso. Y sí me pareció un crimen muy perverso, muy cobarde. Bueno, Carlos Castaño era un psicópata. No sé qué motivaciones tuvo distintas a vengarse de mí.


¿Usted nunca pensó en desertar? 
No, nunca. Porque a pesar de que hubo momentos muy difíciles, yo siempre tuve un compromiso muy grande con los muchachos, con los guerrilleros. Yo vi morir muchos guerrilleros, muchos comandantes, muchos muchachos jóvenes que al igual que yo creían en la revolución y me parecía que desertar de la guerrilla era traicionarlos. Nunca, nunca vacilé. Siempre, cuando tenía momentos de debilidad, que también los hubo, siempre pensé en ellos. Pensé en los muertos, en los que ya habían dado su vida, y fueron muchos, muchos. Hombres, mujeres, mucha gente que dio la vida por mí en momentos en que estuve en peligro, muchos muchachos de mi guardia se enfrentaron y los mataron, muchachos que uno dirigió y mandó al combate murieron, y eso genera unos lazos muy estrechos. Muy complicado. 

¿Y se le aparece alguna vez la guerra cuando duerme?
No, no tengo pesadillas. Yo soy muy consciente de lo que hice en la guerra. Para mí la guerra fue algo que no fue traumático. Yo soy muy sano mentalmente, mejor dicho. Cuando uno tiene todo racionalizado, no tiene por qué. Fue una guerra muy cruel, muy dura, sí, pero siempre cuando se hace con principios eso le da a uno mucha fortaleza. 

¿Cuál fue su mayor dilema como comandante? 
[Vacila…] Hay muchos, fueron muchos. En la guerra hay muchos días terribles en los que hay que tomar decisiones drásticas. O situaciones difíciles. Pero creo que de las más difíciles… No sé... Tal vez… [Vacila de nuevo, silencio largo]. Tal vez cuando uno ve morir la gente. Cuando no se puede hacer nada… También haber dejado a mi familia cuando me fui para la guerrilla, eso fue terrible. Mi madre quedó con hijas mujeres, todas menores de edad. Yo era el único que trabajaba en la familia. 

¿Y dilemas relacionados con la dinámica de la guerra? 
Pues hubo muchos. Incluso decisiones que no tomé. Una vez íbamos a tomarnos a Ginebra, Valle, teníamos todo preparado. Estábamos ya con las fuerzas listas, con todo listo para eso, y finalmente en una reunión que tuvimos dijimos: “No, una incursión militar en Ginebra, en el centro del Valle, implica mucha destrucción”. Era el lugar donde se hace el Festival del Bambuco, y desistimos. Dijimos “no”. Lo mismo pasó con Génova, Quindío. Tuvimos una ocasión en que estábamos a punto de tomarla, estábamos casi a dos horas del lugar, y dijimos “no”. Destruir ese cuartel, la población donde Manuel Marulanda nació, no… Hubo mucha discusión sobre eso. Mucha gente que no estuvo de acuerdo. 

¿Y alguna vez se equivocó? 
Pues yo creo que todo el mundo en la vida se ha equivocado, sí. 

¿Qué le pesa? 
Pues, hombre, dijéramos que me pese, que yo diga: “¿Por qué hice esto?”. No. Pero sí hay cosas que pienso que no debieron haber ocurrido. Por ejemplo, me dolió mucho la muerte de los diputados. Me parece que fue un hecho de esos absurdos, que me hizo reflexionar acerca de que la guerra no tiene sentido. 

Usted en el curso de esos años no tuvo un momento de detenerse a decir: ¿esto tiene que acabarse? El secuestro no puede existir…
Sí, por supuesto.

¿Cuándo ocurrió?
Eso era una preocupación que teníamos varios. Alfonso Cano fue uno de los primeros que empezó a plantearlo. Jacobo Arenas también. Esa situación de la retención de personas empezó a afectar no al sector contra el cual estaba dirigida esa política, que eran los grandes empresarios, sino que comenzó a desvirtuarse. ¿Cuál era la justificación? Bateman la dio muchas veces: la insurgencia tiene que financiarse de algo y los pobres no pueden financiar una guerra, la plata la tienen los ricos. Esa era la lógica bajo la que operábamos los guerrilleros. Pero cuando se prolonga en el tiempo, comienza a generar contradicciones. Yo creo que uno de los graves problemas de esta guerra es que se prolongó mucho. Una guerra no puede ser eterna. Una guerra que pasa de cincuenta años hace mucho daño. Por eso llegamos a decir: “¿Vale la pena seguir, o no?”, “¿esto tiene posibilidades de triunfar, o no?”. Y eso fue lo que hicimos.


Si no se perdió la vida en la guerra durante tantos años, no sería justo que uno viniera a morir a manos de un sicario.


Usted el año pasado se encontró con los familiares de los diputados en Cali y les pidió perdón. ¿Qué significó eso para usted? 
Fue muy doloroso. Muy duro… [Vacila] Escuchar de boca de ellos los relatos de todo el daño que sufrieron, que sintieron, a causa de la guerra y a causa de actos que habíamos producido las Farc… Por eso yo decidí asumir la responsabilidad. 

¿Algún testimonio particular lo impactó? 
Todos. En especial el de los niños menores de edad, en ese momento. Pero también el de las madres, el de las esposas, los hermanos, todos. Por eso nuestro pedido de perdón fue muy sincero. También me alegró escuchar que, con grandeza, muchos de ellos dijeron que estaban dispuestos a perdonarnos. 

No todos… 
Sí, pero bueno, al fin y al cabo es una opción personal, individual. Y lo importante es que nuestro pedido de perdón fue realmente sincero y de corazón. Yo les dije que era algo de lo cual no puede enorgullecerse un revolucionario. Ese es tal vez el episodio más terrible que yo viví en la guerra. Pero también quisiera uno que esa reflexión la hicieran otros… Esa autocrítica hay que hacerla colectivamente. La sociedad colombiana no puede creer que solamente las Farc tenemos responsabilidad en esta guerra cruel. 

Hablando de quienes se han opuesto a los acuerdos, ¿qué estaba haciendo usted, qué sintió, qué fue lo primero que dijo el 2 de octubre del año pasado, cuando triunfó el “NO”? 
Pensé con mucha tristeza que en Colombia es más fácil hacer la guerra que hacer la paz, que en Colombia los enemigos de la paz tienen mucho poder y que la gente no tiene conciencia de los beneficios que puede tener la paz para este país. 

¿No se ha preguntado qué pasa por la cabeza de todas esas personas? 
Pues mentiras, es gente engañada. Cuando nos reunimos con algunos sectores religiosos en La Habana, por ejemplo, nos dimos cuenta de que lo que había era unas confusiones terribles. Por ejemplo, muchos creían que era cierto que en las Farc había cinco mil menores de edad o que los comandantes tenemos esclavas sexuales. Mire, las listas oficiales dicen que somos siete mil guerrilleros. ¿Cómo va usted a creer que con cinco mil menores usted va a sostener una guerra contra el ejército más poderoso de América Latina? ¿O cómo va a creer usted que en las Farc se puede estar violando a todas las mujeres, cuando el 40 % de las fuerzas nuestras son mujeres y esas mujeres están armadas? Muchos de esos líderes religiosos dijeron “no, hombre”. Incluso algunos nos pidieron perdón. En Colombia el engaño siempre ha sido un arma terrible. Un pueblo ignorante, decía Bolívar, es esclavo de su propia esclavitud. 

¿Usted le tiene miedo a la muerte?
Yo creo que todos los seres humanos tienen cierto temor a la muerte. Pero cuando se ha estado tanto tiempo en la lucha guerrillera, uno la asume. La asume cuando piensa que muchos otros compañeros durante tantos años perdieron la vida en esta lucha. No se trata de posar de valeroso, pero sí de realista: la muerte es una realidad, estuvo presente durante muchos años y casi a diario nos tocó jugarnos la vida. Yo tuve muchos episodios. Puedo contar diez, doce episodios donde estuve a punto de morir, y me salvé por milagro o por intuiciones de último minuto. A uno lo que a veces le da como preocupación –y rabia, también– es que después de tanto esfuerzo y tanta lucha, vayamos a perder la vida pendejamente. Eso sí no me gustaría. Porque si no se perdió la vida en la guerra durante tantos años, no sería justo que uno viniera a morir a manos de un sicario, por falta de protección, por falta de asumir medidas que hubieran podido evitarlo.

JUAN CAMILO MALDONADO TOVAR
REVISTA BOCAS PUBLICADO EN EL TIEMPO.COM
EDICIÓN 64 - JUNIO 2017​

viernes, 28 de febrero de 2014

"UNA NOCHE EN CAZUCÀ" TRATANDO DE ENTENDER EL ¿POR QUE? DE ESTA GUERRA. (30)


‘Pasamos la noche en Cazucá y descubrimos cómo opera la limpieza social’

Altos de Cazucá es uno de los sectores más peligrosos y abandonados de Soacha, es límite fronterizo de este municipio con Bogotá.

ELESPECTADOR.COM  Febrero 28 de 2014
Por: Juan Camilo Maldonado. @donmaldo 
Vice Colombia


Tienes que pensarlo muy bien antes de comenzar a escribir.Te han amenazado tantas veces que el gesto violento ya te parece protocolo. Te han dicho: “Si nos boletea, la lleva; si nos chimbea, lo buscamos gonorreíta; ojo pues pirobo que es muy fácil averiguar por dónde vive; si nos mete en problemas, se gana su machetazo, mi perro, lo matamos, así de sencillo papi, lo MA-TA-MOS, o mejor: lo despedazamos”.
En diciembre de 2013 decidí internarme en la Comuna 4 de Soacha, también conocida como Altos de Cazucá, uno de los sectores más peligrosos y abandonados de Soacha, y límite fronterizo de este municipio con Bogotá. Dos meses atrás, tres estudiantes de periodismo habían llegado angustiadas a mi oficina; tenían la esperanza de que algún medio de comunicación publicara una serie de testimonios que habían recogido para su tesis de grado en los cuales se revelaba el tenebroso regreso de una vieja práctica a estas colinas: la periódica ejecución de asesinatos selectivos, antecedidos por panfletos amenazantes y listas con nombres y direcciones de muchachos del sector, que eran pegados en postes de la luz o rotados de mano en mano. Muchos de quienes aparecían allí listados eran menores de 24 años y no habían cometido otro pecado que fumarse un porro ocasional en alguna esquina del barrio.
Coincidencialmente, la Defensoría del Pueblo, que es la única entidad estatal que hace presencia permanente en esta comuna de barrios polvorientos, trochas de barro, casas de lata y cartón, perros, gatos, niños y adolescentes embarazadas, estaba por publicar la cuarta entrega de una serie de alertas que advertían el regreso de grupos paramilitares desmovilizados durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Según los informes de la entidad, con nombres reciclados como Bloque Capital de las Autodefensas Unidas de Colombia, Los Rastrojos, Águilas Negras o Los Urabeños, las bandas se reactivaron en 2010 y desde entonces reclutan jóvenes, amenazan con limpiezas, desplazan a antiguos moradores, extorsionan, asesinan líderes comunitarios y culturales e imponen toques de queda, sin que la Policía, ni la Fiscalía ni la Alcaldía del municipio ni absolutamente nadie lo admita y, por consiguiente, haga el menor esfuerzo por prevenirlo.
Para las autoridades, lo denunciado por la Defensoría es un problema de “delincuencia común”. Aseguran que no hay señas de que adentro operen bandas criminales ni mucho menos que haya regresado la limpieza social. Sin embargo, la coincidencia entre los testimonios recogidos por las universitarias y aquellos incluidos en los informes de la Defensoría me pareció alarmante. Así que le solicité al Comando del Distrito Especial de la Policía de Soacha un informe detallado de las muertes violentas ocurridas en el municipio entre enero de 2010 y diciembre de 2013.
La revisión de las cifras entregadas por la Policía no dice mucho sobre el oscuro trasfondo de lo que está ocurriendo en estos barrios; sin embargo, sí revelan una realidad aterradora: a Cazucá regresó el plomo y los asesinatos llegan a picos históricos. Entre 2010 y 2013, los homicidios en la Comuna 4 aumentaron 171,8%. Mientras que para diciembre de 2010, cuatro meses antes de que se emitiera la alerta, habían sido asesinadas 32 personas en todo el año, para diciembre de 2013 la cifra anual ascendió a 87. Pareciera que cuantas más advertencias emite la Defensoría y cuanto más lo niegan las autoridades, más son los muertos que caen en Cazucá.
La mayoría son hombres (92%).
Casi la mitad está en edad escolar o universitaria (45% entre los 14 y los 25 años).
Dos de cada tres son baleados en la noche (66%).
Porque todo, o casi todo lo que no se ve ni se dice ni se registra ni se investiga en las favelas de Soacha, pasa de noche.
A Cazucá llegué un viernes de diciembre, cuando ya atardecía. La busetica destartalada que agarramos en la Autopista Sur nos condujo por una trocha encumbrada, que se le puede llamar carretera de milagro, hasta el corazón del barrio La Isla, donde el camino se ensancha y forma un claro, alrededor del cual se concentran algunos bares, dos panaderías, un minimercado, un billar y una solitaria discotecta crossover a la que solo entran los “afro”. Días después, cuando este espacio dejó de resultar tan extraño para mí, me iría enterando de que estos locales son puntos esenciales en el mapa colectivo que dibuja la violencia de los últimos meses: la panadería en la que mataron a tiros al pelado de 16 años, la discotecta donde asesinaron a varios negros, la esquina en diagonal al billar donde le metieron tres plomazos a un jíbaro…
La Isla es uno de los barrios estratégicos de Cazucá. Por estar casi en la cima de la colina, permite el control de los barrios de abajo, y está además atravesada por la única avenida destapada que comunica a Soacha con Ciudad Bolívar, en Bogotá. No resulta sorprendente que este sea el lugar desde donde operan las pocas organizaciones no gubernamentales que aún quedan en la zona (incluyendo dos programas de Naciones Unidas: PNUD y ACNUR), así como las difusas estructuras criminales a las que la comunidad se refiere en términos genéricos como “los paras”.
Poco a poco comenzaría a comprender que a “los paras” uno nunca los ve. Muchos, en los más de 25 barrios que componen la Comuna 4 (las cifras oficiales de Soacha, que son todo menos precisas, calculan que aquí viven 70.000 personas, entre ellos 17.000 desplazados), aseguran que recientemente las armas utilizadas en los asesinatos han cambiado, la llegada de camionetas a altas horas de la noche se ha incrementado, y de vez en cuando los “duros” de La Isla mandan a llamar a los líderes de los barrios subsidiarios para tratar temas clave de la zona: quién maneja cada olla de expendio de bazuco, quién anda de sapo o a cuáles ladronzuelos hay que salir a limpiar.
Nada de lo anterior lo supe de buenas a primeras. Lo fui averiguando luego de largas conversaciones y tomatas de cerveza con duros de todas las estirpes —jíbaros, traficantes de armas y votos, controladores de ollas, galleros, paracos, exparacos, pandilleros, expandilleros, víctimas, estudiantes, obreros, empleadas del servicio y asesinos—, en pequeñas tiendas donde la carrilera y el vallenato estallan los parlantes de las rockolas, y las canciones de Jimmy Gutiérrez y Los Caciques del Despecho se convierten en himnos que los duros de la gallada cantan ebrios y sonrientes, a todo pulmón:
Pa’ chupar guaro soy buen gallo
Pa’ putiar soy un perrazo
Le tumbo la hembra al que sea
Me doy plomo con quien sea
Jarto whiskey o lo que sea
Y a ningún remalparido le pido para gastar.
Entonces por qué hijueputas
Una cuerda de mantecos chichipatos me critican
No se metan con mi vida
Puto, borracho, torcido
Lo que sea es problema mío
Vaya y báñensen el culo y déjenme la vida en paz.
Esa noche me senté a chupar por primera vez con Toño. Robusto, frentero, con ese acento del sur del país que va escupiendo sílabas como si fueran coñazos, aceptó tomarse una cerveza (serían unas diez esa noche), luego de explicarle que había venido a Cazucá para comprobar si era cierto que las lomas habían sido tomadas por los paracos, y que en la noche la bala se encendía tan rutinariamente como la lluvia en abril.
Toño llegó a Cazucá hace más de quince años y a Bogotá hace tres décadas. Tuvo que salir de su pueblo y dejar la finca en la que trabajaba porque se batió a machete por una novia que tuvo en la adolescencia. Eran tres tipos contra él; los únicos tres con los que no se debía meter. A uno lo dejó tullido del brazo, a otro le rajó el estómago y al último lo dejó cojo. Al día siguiente tuvo que despedirse de ella y agarrar un bus, primero hacia Bogotá y luego a Cazucá, donde una persona como él tenía la vida garantizada, porque en la Comuna 4 sobrevive el más inteligente y el más fuerte y el menos sapo, y donde “el respeto, papi, no se exige, sino se merece”.
Durante más de una década, Toño se ha ganado el respeto de su cuadra. Con su gallada ha sabido defender el barrio cuando las pandillas, los rateros o algún combo de traficantes de droga han intentado meterse “a chimbiar”. Cada vez que esto pasa, basta con “alertar a los parceros de la gallada, sacar los fierros de debajo de la cama y salir a darles bala a esos pirobos por el cerro”.
Su hoja de vida es sorprendente: fue cotero en Corabastos, la mayor central distribuidora de alimentos de Bogotá, y mientras se curtía el lomo cargando kilos y kilos de fríjoles, aprendió de sus patrones el arte de traficar con armas y lavarles dólares a los narcos. Se hizo maestro de obra e invasor de terrenos, y con la misma agilidad dirige la construcción de un edificio en Bogotá y la invasión de un lote ajeno en Cazucá. A un par de cárceles, manda bazuco; a un par de honorables políticos de Soacha les ha recogido y cobrado votos. A sus amigos se lo da todo y a quienes lo traicionan, los destierra. Así, a punta de músculo y ley, la pura ley, la del barrio que castiga cuando prometes y no cumples, cuando te tuerces y sapeas, Toño se ha ganado su lugar en las pocas cuadras que componen su territorio. Tal es su liderazgo que alguna vez participó como candidato a un cargo de elección popular en el municipio y hoy quiere lanzarse como presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio.
Acabado el petaco de cerveza, le pedí a Toño que me llevara a caminar por las calles de Cazucá. Eran la dos de la mañana y el frío me iba a quebrar los huesos. El hombre no tuvo problema en quitarse su abrigo, quedarse en camisa de manga corta y ponérmela a mí, sobre mi chaqueta de cuero. “Tranquilo papi —me dijo—, estamos pa’ las que sea”.
Si hay algo que debe entender quien viene por primera vez a Cazucá, es que acá no mandan la Policía ni el Ejército ni el alcalde. Acá mandan las Fronteras. Sin un hospital, centro de salud, colegio público u oficina municipal; sin algún teatro o centro cultural, biblioteca o parque que facilite la cohesión entre los habitantes de un municipio donde el 70% es “extranjero”, la vida en la comuna se resuelve por retazos. Si eres de Ciudadela Sucre no pasas por La Isla; si eres de El Oasis no bajas a Rincón del Lago. Mucho menos si es de noche, mucho menos si eres mujer, muchísimo menos si en el barrio vecino no tienes un compadre o paisano que pueda abogar por ti cuando te detengan en una esquina y te agarren a preguntas y luego a taguazos por tener un rostro desconocido en comunidades que, a fuerza de estar solas, aprendieron a cuidarse como en la selva: unidas, en manada, en constante alerta por el predador externo.
Toño camina por las calles del barrio, su barrio, sonriente. A mí el miedo ya me quitó el frío. Muchos vecinos me advirtieron que me guardara, que no era hora para andar caminando por Cazucá de noche. Pero Toño insiste en que mientras esté con él, nadie nos toca, y mientras lo dice se saca su manguera y mea a chorros torrenciales sobre lo que, justamente, es el límite de su territorio. Más allá hay otro barrio. Y no. Así uno se lo pida, Toño sabe muy bien por dónde no hay que meterse. Más allá de ese enorme y vaporoso charco de orines, Cazucá es de otra gallada y de otro Toño.
Las calles están vacías y la luz de los postes parece cubrirlo todo con una película amarilla que se mezcla con la arena de los caminos. Más que silencio, a esta ahora hay ausencia de sonidos, como si la noche llegara a la comuna cargada de vacío. Lo único que deja ver que en este barrio todavía hay vivos son los perros callejeros que suben y bajan por las trochas, y uno que otro chirri. Para Toño, esa es la forma más digna de llamar a los bazuqueros. Ni ñeros ni indigentes ni desechables; chirris, pelados menores de 21 años que a la distancia parecen sacados de The Walking Dead y que pasan por nuestro lado tambaleándose torpemente, recogidos, con la mirada baja, no sin antes pedirnos una liguita para comprar una bicha (dosis de bazuco) de mil pesos.
Cazucá es una gran olla de expendio de bazuco. Y el bazuco, junto con la prostitución y la informalidad en la tenencia de la tierra, son las principales razones por las cuales la violencia se ha intensificado y normalizado en la comuna. En especial desde hace cerca de tres años, cuando Cazucá pasó de moda y buena parte de las organizaciones no gubernamentales se fueron del sector, cortando el chorro de asistencia que nunca fue planeado ni coordinado, y que en cambio acostumbró a las personas a vivir de la caridad. La retirada de las ONG dejó una estela de hambre que fue ocupada por la droga: los cazuqueños quedaron con dos opciones: o consumir bazuco o vendérselo a su vecino. Y gradualmente estos barrios se convirtieron en gigantescas ollas residenciales de expendio, cada vez más codiciadas por las bandas mafiosas que nadie ve, pero todos saben que existen.
El bazuco es de color amarillo pálido y cuando se carbura en las pipas hechizas que cargan los chirris, huele a llanta quemada. Su efecto psicotrópico no dura más de cinco minutos, pero la estela de pánico, paranoia y angustia que deja esta mezcla barata de sobrados de cocaína con gasolina y ácido sulfúrico se prolonga mucho tiempo más. Durante las jornadas de limpieza social, estos muchachos son los primeros que caen en las redadas, por lo cual no es difícil imaginar lo duro que debe ser deambular por estas calles mendigando y consumiendo a medianoche en medio del delirio, cuando cada cierto tiempo circulan listas con nombres y en el barrio aseguran que la cosa está más caliente que nunca.
Con Toño hacemos una parada frente a una casa con un andén corto y un poste de luz. Junto al poste de luz, una cámara instalada por la Policía es el único vínculo que estos muchachos tienen con el Estado. Si acá ver a un médico, a un profesor o a un entrenador deportivo es un milagro de Dios, el chispazo filantrópico de una fundación bogotana bienintencionada o una fachada oportunista y lucrativa de algún honorable concejal de Soacha, a las patrullas de Policía solo se les ve cuando vienen a proteger a algún visitante “de afuera” o a recoger a un muerto.
De ahí que a las tres de la mañana de un viernes cualquiera los chirris no tengan otra opción que gravitar bajo esta cámara de video, instalada a siete metros de altura, y dejarse observar por su silencioso ojo electrónico. Fuera del radar de este poste de luz, a cualquiera de los más de veinte muchachos con los que nos cruzamos podría llegarle su última noche sin que quedara el menor rastro de lo ocurrido. Su cuerpo amanecería flotando en el Lago, un humedal que queda en las faldas de la montaña y que todos reconocen como el mayor botadero de muertos del sector (envueltos en bolsas, los cadáveres que son lanzados al Lago se conocen como “cocodrilos”).
De todos los chirris, el que más me simpatizó fue Bryan. Allí estaba aquella noche, y allí mismo me lo volvería a cruzar otras veces. No tiene más de 20 años y lleva tanto tiempo metiendo bazuco que sus ojos andan siempre a media asta, como si nunca durmiera. Todas las noches sale a merodear alrededor de la cámara de vigilancia, y solo se aleja del lugar si este gesto audaz le garantiza la liguita para comprar la bicha (dosis de bazuco) en la olla que queda en el Lago. Una vez conseguida la droga, Bryan regresa al mismo lugar y de allí no se mueve.
Así son las cosas en Cazucá: a los niños sus padres les prohíben salir de la casa después de las 7:00 p.m. y durante el día el permiso se amplía, pero solo alrededor de media cuadra; la vida de Bryan, entre tanto, se circunscribe a ese círculo de luz amarilla sobre la arena que genera la bombilla de la cual pende la cámara. En Cazucá casi todos viven encerrados entre muros, así estén al aire libre.
Cuando me le acerqué a hablarle la primera vez, Bryan me pidió que me alejara. Tan consciente de sí mismo como un licántropo, me explicó que el bazuco lo pone violento, que no es dueño de sí mismo. Toño se arrodilló, le pasó una mano por los hombros y le dio su liguita. Bryan es uno de sus chirris, le ayuda con algunos mandados, y en cierta medida pertenece a un grupo que resulta funcional para los combos del barrio. No solo son la principal clientela de las ollas, sino que por necesidad terminan haciendo todo tipo de favores. Todos.
Cuando regresó de comprarse su bicha, el muchacho estaba más tranquilo. Me contó que le gustaban las matemáticas y el inglés. Ambas materias las había estudiado en el centro de rehabilitación para habitantes de calle que el padre Javier de Nicoló fundó hace décadas cerca al Parque El Tuparro, en la Orinoquia. “Pero fue solo regresar al barrio pa’ comenzar otra vez a consumir, ¿si pilla?”. Sí pillo. Para un drogadicto, vivir en Cazucá es permanecer en un laberinto construido con ladrillos de bazuco.
Esta noche no se escucharon tiros en Cazucá. Tampoco salieron las camionetas de vidrios oscuros a recorrer las lomas. Toño hizo todo lo posible por sacarle el cuerpo al tema de las recientes jornadas de limpieza social, las denuncias sobre Los Urabeños o el asesinato de un estudiante de colegio de La Isla, que a mediados de agosto de 2013 se había resistido a ser reclutado por un grupo armado. “Puras mierdas de pandillas”, me dijo.
Tuve que visitar muchas veces más la Comuna 4 para que Toño me diera una lección de cómo funcionan realmente las cosas. Semanas en las que conocí y hablé con Cazucá entera, y cuyas historias fueron quedando consignadas en mi cuaderno de notas. El soldador que un día aprendió a hacer armas hechizas y comenzó a vendérselas a las pandillas. El joven obrero con sueños de arquitecto que vio cómo los encapuchados obligaban a dos de sus amigos a abrazarse para luego partirlos a tiros.
El mismo joven obrero que al conocerme en un bar, a la medianoche, me acusó de formar parte de un grupo de limpieza y me dijo que me cuidara porque otro con más agallas me encendía con el fierro sin siquiera preguntar. El jíbaro de 50 años que cuando llegaba la tomba a requisar la olla cavaba un hueco y se cubría con tierra. El mismo jíbaro que otra noche le pagó los favores sexuales a una bazuquerita de 22 años con cuarenta bichas malcontadas, pese a que la niña andaba tan encarramañada que parecía electrocutada, con los ojos abiertos, como si el pánico le hubiera borrado los párpados.
El viejo Pedro, fundador de un barrio, que sale a hacer vueltas con machete en mano porque “la cosa está caliente”. El pelado que solía jibarear y que tiene el cuerpo tatuado con tinta, bala y marcas de cuchillo, y sigue vivo, con 23 años, tres hijos, dos mujeres, la última de unos 16 años. El expandillero que quiso ingresar a la Universidad Distrital y le negaron el cupo por ser de la Comuna 4. Y don Jorge, que en una cartulina azul, doblada en cuatro partes, lleva la cuenta y los nombres de los jóvenes asesinados desde agosto del año pasado.
En algún punto, una tarde de diciembre, uno de ellos me mostró una foto en su celular. Salía vestido de camuflado, de cuerpo completo, sonriente. “Así me vestí la última vez que salimos a limpiar”, me dijo. El hombre, de unos 40 años, había sido miembro de las autodefensas de Ramón Isaza en el Magdalena Medio y ahora forma parte de los combos que controlan la vida en un sector de Cazucá.
Haber visto la foto me dio pie para, días después, volver a tocar el tema de la limpieza con Toño. Esta vez, bajó la voz y los hombros, y en su rostro se dibujó un dejo de picardía, como la de un niño cuando sabe que rompió la ventana del vecino con el balón.
“La cosa de la limpieza es así —me dijo—. Aquí de vez en cuando a alguien le roban algo. Póngale, un ladrón se mete y se le lleva a un compadre un televisor. Entonces nosotros llamamos a los vecinos y a la gallada, y nos ponemos a discutir. ‘Bueno pues hay que cazar a esa rata’. Nos ponemos de acuerdo en la hora y el día, siempre de noche, cuando no haya nadie, y entonces sacamos las capuchas, nos las ponemos y comenzamos a limpiar. A veces son los paracos los que nos llaman. Llegan con una lista y nos reunimos en el colegio con representantes de cada barrio a examinarla: ‘A fulanito sí se le puede matar, a este otro no’. Y luego salimos en combo. Uno de cada barrio, eso es muy importante”.
¿Hay Urabeños en Cazucá? ¿Hay Rastrojos, inteligencia de las Farc, narcos, proxenetas, prófugos, asesinos a sueldo? Están todos y ninguno, porque nadie acá entiende esta violencia que desborda lo cotidiano. Y nadie sabe, en una comuna de 17.000 desplazados, cuándo la víctima se convirtió en victimario. Entre 2012 y 2013, el volumen de desplazados en Soacha se duplicó, según registros de la Personería Municipal. Mientras que en 2012 llegaron al municipio 1.332 desplazados, la cifra ascendió a alrededor de 2.500 en 2013. Todos los días, este pueblito con cara de ciudad (es la octava en población) les tiene que hacer campo a tres familias que llegan escapando de las guerras de Colombia. Paradójicamente, el municipio autorizó la construcción de 140 mil viviendas para nuevas familias, lo que podría elevar a un millón el número de habitantes de un municipio que a duras penas les suministra agua a sus actuales habitantes.
Desde su casa, donde, pese a todo, se respira el aire puro, Toño observa todos los días esa mancha gris y ruidosa que es Soacha. Como su rancho está en zona de riesgo de derrumbe, su familia ha sido incluida en un programa de reubicación que próximamente lo trasladará a una de esas cajas de fósforos que hoy comienzan a poblar el paisaje de Soacha. Muchos acá aceptan aceptan estos apartamentos de cerca de 40m2, para regresar semanas después al barrio y dejar en arriendo la vivienda que les regaló el gobierno. Le pregunto a Toño qué va a hacer cuando le entreguen el suyo. “Pues mijo, volver al barrio”, me responde, “uno acá vive muy sabroso”.


martes, 12 de noviembre de 2013

"LOS PRIMEROS PASOS DE UN GENOCIDIO" TRATANDO DE ENTENDER (24) ¿Por que esta guerra?.


25 años después de la masacre (Elespectador.com)

LOS PRIMEROS PASOS DE UN GENOCIDIO

Masacre de Segovia, la huella de una guerra política 

La noche del viernes 11 de noviembre de 1988 , 46 personas murieron como revancha por el triunfo político de la Unión Patriótica en la zona, luego de obtener la alcaldía y siete curules de las 10 del concejo municipal.
Por: Catalina González Navarro


A tan solo 200 kilómetros de Medellín se encuentra el municipio de Segovia. Sus habitantes cuentan que era un lugar relativamente tranquilo a pesar de la violencia que se gestaba en la zona por cuenta de los grupos paramilitares y guerrilla. La mayoría de sus habitantes vivían de la minería y es que para la época era la región del país en la que más se producía oro. (Vea: Relato de un sobreviviente de la Masacre de Segovia)


Para 1984 se realizaron los procesos de paz del gobierno de Belisario Betancur con las Farc, en otras regiones como en la Uribe, Meta. Se pactó un anuncio del cese al fuego, el establecimiento de una tregua y la consolidación de la paz mediante negociación política nació la Unión Patriótica. (Vea: Galería de imágenes)
En ese momento, la UP se logró posicionar como la tercera fuerza política del país, pero de inmediato fue tildada de ser el brazo político de las Farc. Poco a poco fueron asesinándolos. Según la Comisión Andina de Juristas, entre marzo de 1986 y octubre de 1988, en los municipios de Segovia y Remedios asesinaron selectivamente a 16 líderes comunitarios, que eran militantes de la UP. Fue así como en la década de los 80 Antioquia fue una de las regiones del país que padeció la violencia por la guerra entre narcotraficantes, el surgimiento de grupos paramilitares era evidente en su día a día.



En 1978 llegó Fidel Castaño Gil a Segovia, compró el bar "El Minero" ahí creció su fortuna, acompañado de negocios alternos como los billares y los gallos de pelea.

Diez años después, en marzo de 1988, asesinaron en Medellín el Alcalde del municipio de Remedios. Luego comenzaron a circular panfletos firmados por el grupo Muerte a Revolucionarios del Nordeste que advertían que eran respaldados por las autoridades. En la segunda misiva se decía: “Como lo habíamos anunciado en anteriores mensajes, hoy damos un parte de victoria con nuestra tarea de limpieza, la cual hemos iniciado con Elkin de Jesús Martínez, alcalde electo de la UP para Remedios. Sus vínculos con las Farc y demás grupos guerrilleros que han mantenido en zozobra al pueblo del nordeste antioqueño, han provocado de nuestro movimiento un accionar concreto y decidido en aras de poner fin a los planes expansionistas del comunismo encabezado por las Farc- UP en esta rica y próspera región del país”.

Fue por estos mismos días cuando el comandante de la policía comenzó a extorsionar a las prostitutas del pueblo y Rita Ivonne Tobón, la primera personera de ala izquierda de la zona, decidió trabajar para que no les violaran sus derechos. Allí nació el primer sindicato de prostitutas del país, su primer logro fue tener acceso al servicio de salud.


Dos años después, en 1986, durante las elecciones a la Presidencia de la República Jaime Pardo Leal, el candidato de la Unión Patriótica, consiguió el 4,54 % de los votos. Dos años después, en las elecciones regionales en Antioquia, el partido logró ganar las alcaldías de Apartadó, Mutatá, Remedios, Segovia y Yondó. 
Así fue como aquella mujer que defendió los derechos de las prostitutas, Rita Ivonne Tobón fue elegida como máxima autoridad en Segovia. 1.223 personas depositaron su confianza en la que sería la tercera fuerza política del país, su contendor Yesid Cano (el candidato del congresista César Pérez del partido Convergencia Liberal quien tenía toda ) un brazo de izquierda del partido Liberal al que abandonó después de haber ganado las elecciones al Congreso, obtuvo 875 sufragios.



En ese momento Segovia era tildado como un pueblo de ‘comunistas’ y ‘guerrilleros’. Mensajes con amenazas comenzaron a aparecer en las calles del municipio. Aparecieron panfletos firmados por el grupo ‘Muerte a Revolucionarios del Nordeste Antioqueño’ en los que expresaban su intención de acabar con todas las personas que no pensaran igual a ellos. En el informe ‘Silenciar la Democracia’, del Centro Nacional de Memoria Histórica, se recopilaron varios documentos. Uno de ellos es la Carta Abierta No. 2 al pueblo del Nordeste habla el M.R.N: “Nos respondió el Partido Comunista la primera carta que le escribimos al pueblo. Dicen que somos un grupo paramilitar, tiene razón. Pero el pueblo no debe temer, ya que contamos con la policía y el Ejército, que son sus amigos y además están constitucionalmente reconocidos por el Gobierno. Dicen los comunistas que tienen autodefensa para defender el pueblo y sus conquistas. Queremos recordar que así como nuestros compañeros del -M.A.S.- limpiando a Puerto Berrio de tanto títere comunista, nosotros los del M.R.N. barreremos del nordeste tanta escoria marxista. Exterminaremos al pro- castrista E.L.N., aniquilaremos a la subversiva Unión Patriótica y acabaremos con la popular tregua de las Farc. De nuevo le decimos a nuestros hermanos del Nordeste que reconquistaremos la región así sea a "Sangre y fuego". Para ello contamos con el apoyo militar de la policía, del Ejército Colombiano, del M.A.S. y de ilustrísimos hijos de la región que hoy ocupan altísimas posiciones en el gobierno”.

Al mismo tiempo en las paredes del pueblo comenzaron a aparecer mensajes alusivos a la guerra, en los que amenazaban a la población civil. De esta manera Segovia se convirtió en el centro de operaciones del grupo paramilitar que encontraba en la izquierda naciente de la época a uno de sus principales enemigos.




Noviembre 11 de 1988

Ese viernes cambió la historia de Segovia, según cuentan los testigos, fue un día nublado. Al caer la tarde los habitantes de Segovia llenaron la plaza y las calles, como cualquier tarde de viernes y más de un puente festivo, en esos días elegirían a la nueva soberana de la belleza.


Hay quienes dicen que a las siete en punto. Otros aseguran que fue a las seis y cuarenta. Lo único concreto es que con la noche llegaron los paramilitares a Segovia.

“El número de la matrícula era 5084. Todo me pareció muy raro. En esos días había mucha alarma en el pueblo, porque había mucha amenaza, se hablaba de una masacre y uno andaba como pendiente. El carro subió y luego reversó, vuelven y pasan, iban en contravía, se acercan, me miran y siguen. Iban con ponchos. Lo que me llamó la atención es que el carro tenía un sonido muy raro, era como si estuviera muy pesado, era un jeep blanco con crema, y dentro del carro iban en la parte de atrás cuatro hombres, no estaban sentados sino acuclillados. Dentro del carro había cosas tapadas con ponchos. Más adelante paran en el bar Johny Kay.


Todos se bajaron del carro al mismo tiempo, uno de los que iba atrás, se tiró del carro con un arma muy grande, no sé cómo se llama ese aparato, pero son de esas que se paran en patas; el tipo se cayó con el aparato, los otros lo ayudaron a pararse, y al primero que matan es al primo de un chancero que estaba ahí”, afirmó uno de los testigos del hecho a la Corporación para la defensa y promoción de los Derechos Humanos.
Hoy, 25 años después, los sobrevivientes cuentan que la masacre comenzó en el parque principal. No se sabe cuántos eran, se cree que por lo menos 30 hombres armados llegaron en tres camperos. Lanzaron granadas y a quienes corrieron para defenderse les dispararon por la espalda. Los testigos cuentan que otros dos paramilitares se dirigieron a las calles la Madre y la Reina (las más conocidas del pueblo). Cada uno de ellos tenía claro su propósito: dispararle a todo lo que se moviera. Otro, buscar a los simpatizantes de la UP en sus casas y acabar con ellos.

Hora y media. Ese fue el tiempo que estuvieron los paramilitares en la zona acabando con la vida de hombres, mujeres y niños. Las balas estaban en todos los rincones, andenes, calles y casas.

Y tal como lo habían advertido en su segundo panfleto esa noche la fuerza pública no se apareció. Nadie detuvo a los hombres que dispararon contra el pueblo. Y solo dos horas después del ataque aparecieron los primeros policías en la plaza de Segovia. Lo que concuerda con el dictamen del informe de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación que: “Miembros activos del Batallón de Infantería N° 42 “Batalla de Bomboná” y del XII Distrito de Policía de Segovia llevaron a cabo varias de las acciones terroristas previas a la masacre y participaron de su planeación. Además, omitieron su deber de proteger a la población durante la realización de los ataques”.

Rita Ivonne Tobón, la alcaldesa de la Unión Patriótica vive en el exilio, pero desde su nuevo hogar habló con el portal Kien & ke en 2011 y en su entrevista recordó que aquel viernes necesitaba ir a otras instalaciones del municipio. “Eran las 8:00 de la mañana del 11 de noviembre de 1988. Me extrañó que no hubiera presencia de los militares. Pregunté que si había militares y nadie los vio. Me sobrecogí. Era parte del modus operandi de cada masacre contra la gente de la Unión Patriótica. Pasé por un lado del comando de Policía y quedé petrificada: estaban sentados los policías en pantalón, despeinados, desarreglados, con botellas de aguardiente a esa hora. Eso lo vio toda la gente”.

El saldo de la masacre fueron 46 muertos y 60 heridos, los servicios médicos del pueblo no daban abasto y por eso los tuvieron que trasladar a municipios vecinos como Remedios, Zaragoza o Amalfi.

domingo, 24 de febrero de 2013

¿PAZ SIN RECONCILIACIÓN? II (AJGF)



N. del E.: Columna publicada en el portal arcoiris.com.co en febrero de 2013. 

¿PAZ SIN RECONCILIACIÓN? II 


Ya comienza a calar la idea de que habrá un acuerdo de paz con las FARC. Si es que eso se puede llamar paz. No habrá una solución al conflicto colombiano mientras no se dimensione realmente que significa el termino “paz” y si los colombianos somos capaces objetivamente de entenderla como una gran cruzada (en el buen sentido de la palabra) de reconciliación nacional y no como el desarme de grupos aislados. 



Los acuerdos de paz que ha celebrado el estado colombiano con diversos actores armados a lo largo de la historia han logrado desactivar temporalmente el conflicto en algunas regiones pero no han logrado generar la paz. El conflicto se ha reciclado, se ha reencauchado y se ha repotenciado, en la mayoría de los casos con parte de los actores que aparentemente desarmaron. Poco tuvieron esos acuerdos de reintegración a la vida civil de los desmovilizados y absolutamente nada de verdad, reparación, restitución, cero en justicia, temas de los que ni siquiera se mencionaban en las negociaciones. Se partía (y parece que aun se parte) del principio no escrito de que se requería la mas absoluta impunidad. Perdón y olvido; Borrón y cuenta nueva; Punto final. 



En ese orden de ideas, los acuerdos no produjeron paz por que nunca hubo un propósito de reconciliación. En cada acuerdo improvisado, el “postconflicto” ha llegado a ser peor que el mismo conflicto que se quiso terminar. 



El único proceso de paz de la historia colombiana donde se mencionó y se hizo evidente la necesidad de la reconciliación nacional, fue en el proceso de desmovilización de las AUC, a partir de la ley 975 de 2005, “de Justicia y Paz”. Ya los nuevos estándares internacionales evidenciaron la necesidad de la verdad y la reparación como prerrequisitos de la justicia necesaria en la sanción de cualquiera violación de los derechos humanos. Pero también evidenciaron la necesidad de reconstruir el tejido social de una forma sistemática y organizada que permitiera no solo la reintegración de los excombatientes a la sociedad, sino su acogimiento por parte de esta, generando una sana convivencia y que fuera sostenible en el tiempo. 



Las causas objetivas del conflicto no son “el discurso mamerto” como despectivamente se les califica para invisibilizarlas en una negociación. Son realidades evidentes y los acuerdos de paz nunca las han considerado. La pobreza absoluta, la desigualdad social, la exclusión social y política, la imposibilidad de acceder a la justicia, la no salud, la no educación, la negación de la vida en condiciones dignas para todos, no han sido parte de esos acuerdos en forma alguna, y seguramente no lo serán jamás. Son solo argumentos que les sirven a los violentólogos para justificar por que los Colombianos son tan violentos, sin ofrecer ninguna solución. 



Pero para alcanzar la paz, la reconciliación nacional y hacerla sostenible se requiere mucho mas que un acuerdo con las guerrillas. Ya el hecho de lograr su desmovilización y sometimiento al derecho es una labor titánica, la reintegración y el acogimiento de la sociedad a los excombatientes será otra inmensa labor, mas difícil aun que el logro del acuerdo. 



Se requiere generar una cultura de la reconciliación y esto implica abrir espacios conversacionales con todos los sectores y actores del conflicto colombiano. Los armados y los desarmados, los civiles y los militares, la comunidad internacional, las organizaciones sociales, la sociedad civil, dirigentes políticos y económicos y el mayor factor de violencia que subsistirá a todos los acuerdos de paz, que son la delincuencia común, organizada y no organizada y el narcotráfico. 



Ni la mesa de negociación con las FARC, ni con ningún otro grupo, va a solucionar en sus acuerdos el problema de violencia y delincuencia en los barrios, en las veredas, en las calles. No va a solucionar la extorsión, el asesinato, el matoneo, la violencia intrafamiliar, y todas las formas de violencia que hacen parte integral del conflicto colombiano. Un acuerdo con un factor generador de conflicto no tiene ninguna repercusión en el problema de violencia en las ciudades, excepto por que se aumente, como ocurrió con la desmovilización de los paramilitares, muchos de ellos hoy reciclados en las bandas ilegales y los combos urbanos. 



Como promover y consolidar una cultura de reconciliación a todo nivel en Colombia es la real labor que se requiere para alcanzar la paz duradera y sostenible. “Para lograr la paz hay que desactivar todas las formas de violencia” es la propuesta de Francisco Galán, un exguerrillero hoy dedicado a la búsqueda de la reconciliación. Tiene razón. Tanto influye en el conflicto el problema de las guerrillas, como el de las bandas narcotraficantes, pero también, las fronteras invisibles, la extorsión, el micro-narcotráfico o la violencia intrafamiliar y doméstica, todas las formas de discriminación y la violencia de genero. Todo es una gran sumatoria de violencias, todas las cuales hay que terminarlas. 



Esta es la labor que corresponde a la comunidad internacional, la sociedad civil, a los gremios, a los medios de comunicación, a la clase dirigente económica y política, tanto en el nivel nacional, como departamental y local. 



Generar una cultura de la reconciliación nos corresponde a todos los que queremos aportar un grano de arena para la construcción del tejido social y el logro de la paz real y duradera con una solución integral. Y hay que comenzar ya. 



Estas son las frases clave siempre partiendo de un no rotundo a todas las formas de violencia: reconstruir el tejido social, promover la reconciliación nacional, todos y ya. Pero hay que tener siempre presente que sin acuerdos serios que lleven a desactivar las causas objetivas del conflicto, no se podrán desactivar las formas de violencia y nunca podremos alcanzar una verdadera paz.

Por: Antonio José García Fernández

domingo, 4 de diciembre de 2011

SAN CARLOS Y LA RESILIENCIA (AJGF)

    (Una apreciación personal)

Con timidez he regresado en algunas oportunidades a mi pueblo, San Carlos, un municipio del oriente antioqueño. Nací en Medellín, pero por muchas razones me atan vínculos a esa hermosa región del oriente del departamento,  que guarda  afinidad no solo con el oriente sino también al magdalena medio antioqueño,  donde transcurrieron los mejores días de mi vida, de niño, adolescente y buena parte de mi vida de adulto.

Mis hijos tienen un vinculo también inconfundible con esa región y con ese municipio y con la tierra que nos legó el abuelo materno,  donde construyó su fortuna a base de trabajo y tesón como comerciante y ganadero. Allí nació, hace siglos ya,  mi bisabuela y también mi  bisabuelo, nacieron  mi abuela y mi madre así como la mayoría de mis tíos y tías. Los que no nacimos allí, y los que llegaron a la familia por cualquier vinculo, quedaban inmediatamente atrapados en ese sentimiento que produce el pueblo, que le hace sentir a uno que siempre ha estado ahí.  Es una sensación de familiaridad constante, que se hace sentir en San Carlos,  y en todos los pueblos del oriente antioqueño.  

Todos los miembros de esta familia a la que pertenezco,  que aun los actuales habitantes califican como “tradicional”, sin exclusión, vivimos en este pueblo muy buena parte de nuestras vidas y  allí dejamos a muchos seres queridos con quienes nos gustaría reencontramos de vez en cuando; claro está: hoy podemos hacerlo con unos pocos;   los que quedan vivos y los que escaparon a la violencia. 


Soy familiar muy cercano de  uno de los victimarios, conocí a algunos de ellos  y  también fui amigo de algunas de las victimas de la guerra que destrozó el pueblo; seguramente conocí a muchas otras víctimas. Claro que tambien soy  familiar o amigo  de algunos de los supervivientes habitantes de San Carlos.

He tenido la oportunidad de estar cerca de alguno de los actos de la semana por la paz de noviembre de 2011 y de apreciar de cerca el trabajo que se ha hecho en el pueblo, por parte de los supervivientes. 


Asistí a la presentación del informe de Memoria Histórica de la CNRR, en la Universidad Nacional de Bogotá, donde se presentaron testimonios del desplazamiento y de la resistencia;   a la presentación de la obra de teatro de el grupo “la Gotera” y ver como mediante el arte ha puesto en escena una tragedia que yo no fui capaz de resistir durante toda la presentación, y finalmente me conmovió ver reconocido todo ese esfuerzo de superación con el Premio Nacional de Paz, máximo reconocimiento a ese loable esfuerzo que se realiza desde los mismos sobrevivientes y de una forma prácticamente empírica, sin tiempo para recapacitar sino únicamente para sacar adelante su  indeclinable voluntad de paz.

Me alegró y de que manera, como colombiano, que estas gentes, de quienes un día fui próximo y espero seguirlo siendo, se esfuercen con toda su capacidad para sobreponerse a la violencia, para superar su condición de victimas y construir un futuro mejor, con sus propias manos y con su propio esfuerzo.  Se les ve cansados, apesadumbrados todavía y con dolor en los rostros, lo que seguramente nunca cambiará. Todavía dejan ver lágrimas de dolor y quizás de rabia, pero se sobreponen a ello, y desafían la inercia que produce la inmensa pena tanto individual como colectiva en la que transcurren sus vidas.  Nunca olvidarán.  Es imposible olvidar cuando quedan huellas tan marcadas en el alma.

Me alegró mas ver como de  las bocas de estos rostros cansados y apesadumbrados salen expresiones  en las que se pone en evidencia la voluntad de reconciliación.  Como trabajan juntos todos,  como no excluyen ni rechazan a quienes fueron sus victimarios,  como reviven todos juntos de las cenizas que dejó  la violencia, tratando de mejorar cada día mas la convivencia.  Impresionante, un ejemplo digno de ser replicado en todos los rincones de Colombia.

Por esto, no puedo dejar de reseñarlo en este blog, que llevamos sobre  la reconciliación  y resiliencia, con el animo de aportar un grano de arena al logro de la Paz para Colombia, donde hoy tengo la fortuna de ver con mis propios ojos como con humildad y perseverancia  las gentes sencillas de Colombia sacan adelante sus proyectos de reencuentro y cambio cultural que requiere este país.


A todos los habitantes de San Carlos, del oriente antioqueño, gracias por permitirle a nuestro país la oportunidad de entender, con realizaciones y hechos concretos, (Reconciliación, Justicia, Desminado y Retorno) que el logro de la paz y la reconciliación si es posible. 

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