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lunes, 3 de enero de 2022

DESMOND TUTU Y SU DISCURSO EN CALI : "MI HUMANIDAD ESTA CONTENIDA EN LA DEL OTRO" (tratando de entender 124)





Desmond Tutu y su discurso en Cali: “Mi humanidad está contenida en la del otro”

El recién fallecido Premio Nobel de Paz sudafricano estuvo en Colombia como invitado al Primer Simposio Internacional de Justicia Restaurativa en 2005. Este testimonio inédito mantiene plena vigencia en un país que no logra consolidar la paz ni caminar colectivamente hacia la reconciliación.

Tomado de ELESPECTADOR.COM  02 01 2022





Desmond Tutu captado en 2005 durante su visita a Cali, donde su conferencia llenó el auditorio de la Universidad Javeriana.
Foto: Archivo particular de María Eugenia Garcés-Campagna


¿Un milagro?

Si las palabras libre y democrática se hubiesen aplicado a la Sudáfrica anterior a 1994, se trataría de algo totalmente inapropiado y de una burla. Estas palabras no se hubieran podido utilizar. (Recomendamos: Así fueron las honras fúnebres a Desmond Tutu en Ciudad del Cabo).


Según cuentan, un día en la época del apartheid, Zambia, un país litoral, envió a Sudáfrica a uno de sus ministros y este se presentó como encargado de asuntos navales. No obstante, los sudafricanos comentaron: “Pero, ¿cómo pueden tener un ministro de asuntos navales cuando su país no tiene litoral y no tiene una salida al mar?” A esto el ministro de Zambia replicó: “¡Ah!, pero ustedes en Sudáfrica tienen un ministro de Justicia”. Sí, esos eran los tiempos cuando no se podía aplicar a Sudáfrica las palabras “libre” y “democrática”…

Queridos amigos, lo que parecía totalmente imposible, improbable, que Sudáfrica pudiera deshacerse del atroz flagelo del apartheid, finalmente sucedió. Así que estamos aquí para decirles: “¡Oigan!, aquí en Colombia se puede alcanzar la paz”.

Muchas personas mencionan los eventos de Sudáfrica, que culminaron en el establecimiento de un plan democrático, como nada menos que un milagro. Esta afirmación tiene su contenido de verdad porque reconoce que con esos antecedentes, con nuestra historia, esto no habría podido suceder o se habría presentado un mayor derramamiento de sangre del que se presentó en realidad.

Es importante que nos demos cuenta de que antes de 1994 la situación era atroz… Cada aspecto de la vida era separado. Todo se establecía de acuerdo con el color de la piel: el lugar de la vivienda, la escuela y la iglesia a las que se asistía y el lugar donde lo enterraban. Existía una pirámide social, política y económica. En la parte superior estaban los blancos, seguían los indios, luego las personas de color y, finalmente, la base, que eran los negros y que proporcionaban la mano de obra barata. Todo se hacía sin sutileza. La política consistía en mantener a la persona de raza negra en su lugar. Ustedes podrán imaginarse el profundo resentimiento, la rabia y la amargura que esto generaba. ¿Se imaginan qué se puede sentir cuando ni siquiera podemos ser ciudadanos de segunda clase en la tierra que nos vio nacer?


Nuestro pueblo resistió de forma no violenta, pero se le recibió con intransigencia y brutalidad. Un ejemplo de esto fue el asesinato en Sharpeville, en 1960, de los manifestantes desarmados que se oponían a la ley de circulación. La mayoría recibió tiros en la espalda cuando se alejaban corriendo de la zona. Por lo tanto, los movimientos de liberación adoptaron la lucha armada, y durante esta lucha ambos bandos cometieron atrocidades.

La mayoría de los blancos estaban determinados a aferrarse a una forma de vida que les brindaba un alto nivel y muchos estaban dispuestos a defenderla hasta derramar la última gota de sangre. Otros blancos apoyaban la lucha contra el apartheid.

Los negros decían que ellos también eran seres humanos con derechos inalienables y que no podían seguir inclinándose bajo el yugo de la opresión y de la injusticia racista. Durante la lucha por la liberación se violaron los derechos humanos y muchas personas fueron asesinadas, otras torturadas y muchas encarceladas. Cuando uno preguntaba a la mayoría de la gente cómo se resolvería el problema de Sudáfrica, casi todos concordaban en que el país se vería arrasado por una brutal matanza y un baño de sangre.



Amigos colombianos, quiero recordarles que cuando se iban a celebrar las primeras elecciones de 1994, la violencia ya se había convertido en un mal endémico. Parecía que iban a cumplirse las terribles predicciones del baño de sangre…

Pero más tarde, en lugar de la temida catástrofe, el mundo observó con alivio y sorpresa, e incluso temor, cuando las largas filas de sudafricanos de todas las razas se dirigían hacia las mesas de votación, en ese mágico día del 27 de abril de 1994, cuando votamos por primera vez en unas elecciones libres y democráticas. El milagro había ocurrido.

Humanidad compartida

Las dos partes, el gobierno del apartheid y los movimientos de liberación, se dieron cuenta de que ninguna de las partes derrotaría al adversario. Sin embargo, aunque se entendía esta situación, no se llegaría automáticamente a un acuerdo. Ambas hubieran podido seguir la lucha hasta llegar a un punto muerto en una guerra de desgaste que ninguno podía ganar. La presencia de líderes valientes, de ambas partes, deseosos de correr el riesgo de tener una pizca de fe en la otra, permitió que una situación de estancamiento estéril se convirtiera en una oportunidad dorada para la libertad.



Estos valientes líderes decidieron que iban a sentarse y hablar, en vez de luchar y luchar. Se requería valor y tener la voluntad de correr riesgos. Hasta ese momento el “otro” era el enemigo, el terrorista, el violento, descrito en estereotipos, y que no se consideraba como un individuo.

Cuando se hace la guerra, en donde se mutila y mata a seres humanos, generalmente se suele pensar en el adversario como en el demonio, se le despoja de la humanidad y así uno se siente libre de hacer cualquier cosa con ese enemigo.

Tuvimos la fortuna de contar con dos líderes (Frederik de Klerk y Nelson Mandela) que tenían suficiente credibilidad y poder político para confiar en su electorado. No se trataba simplemente de un paseo dominical, pero cuando finalmente se sentaron a hablar se encontraron gratamente sorprendidos al descubrir que sus antiguos enemigos eran seres humanos, con las mismas aspiraciones y ansiedades. Asimismo, los blancos que habían recibido tanta propaganda negativa se mostraron sorprendidos al encontrar que sus compatriotas de raza negra eran brillantes. Habían acariciado la idea de aislarlos, pero finalmente se cambió la suerte.



Dos de los principales negociadores, un afrikáner (sudafricano de origen blanco) y el otro de raza negra, se dieron cuenta de que ambos disfrutaban la pesca y la cocina, así que muchos aspectos espinosos y difíciles se resolvieron mientras estaban en estas actividades. Se dieron cuenta de que se lograban mayores avances no a través de la intransigencia, sino de la disposición de llegar a un término medio y lograr ganancias para ambas partes. Ellos establecieron un número mínimo de asuntos no negociables y de condiciones previas. Y mientras tanto, nosotros orábamos.

Ubuntu

Aquellos que negociaron nuestra transición de la represión a la libertad decidieron, por misericordia, tratar con nuestro horrendo pasado. Sabían que la opción del tribunal de Nuremberg no era realmente por lo sucedido en Nuremberg, sino porque los aliados derrotaron a los nazis y podían imponer la justicia del vencedor. Si nuestros negociadores hubieran aceptado esta opción, es muy seguro que todo el proceso se habría derrumbado. Además, rechazaron la opción de la amnistía general, porque indicaba que los victimarios se perdonaban a sí mismos por lo que solo ellos sabían y esto victimizaba a las víctimas, por segunda vez.



Se escogió a cambio un camino alternativo, de amnistía individual, en contraprestación por la plena confesión de todos los hechos que se relacionaban con el acto cometido. Se optó entonces por la justicia restaurativa en lugar de la justicia que solo penaliza. El objetivo era curar y no tanto castigar. Esta se basó en un concepto africano (Ubuntu), según el cual una persona es una persona a través de otras personas. Cuando usted se deshumaniza, yo también me deshumanizo, porque mi humanidad está contenida en la suya.

Estábamos desconcertados por las revelaciones de la depravación de la que somos capaces como seres humanos, de los niveles tan bajos a los que podemos caer. Pero para nuestra sorpresa, nos alegramos de nuestra capacidad para la bondad, en muchos casos cuando las víctimas se mostraron magnánimas al perdonar a aquellos que las hicieron sufrir de una forma tan dolorosa. Así, nosotros escogimos el camino del perdón y de la reconciliación en lugar del camino del castigo y de la venganza.

* Edición de Diego Arias. Este simposio fue convocado por la Fundación Alvaralice, la Universidad Javeriana, la Fundación Paz y Bien y la Corporación Excelencia en la Justicia. Tuvo lugar en Cali entre el 10 y 13 de febrero de 2005.



lunes, 15 de mayo de 2017

LEONOR ESGUERRA, LA MONJA COMUNISTA. TRATANDO DE ENTENDER (70)


Leonor Esguerra, la monja comunista
Por María Jimena Duzán     
tomado de semana.com, mayo 13 2017

La directora del colegio MaryMount en Bogotá fue expulsada en 1969 por sus ideas revolucionarias, se enamoró del fundador del ELN y estuvo a punto de ser fusilada. Esta es su impresionante historia.

Conocí a Leonor Esguerra hace seis años, cuando decidió publicar su historia de vida en un revelador libro llamado La búsqueda. Ya me lo había devorado cuando llegué hasta su apartamento una tarde lluviosa de noviembre de 2011. Mi propósito era entrevistarla para la revista SEMANA.

Los 7 años transcurridos desde entonces no le han quitado su fuerza arrolladora. A sus 86, con la indignación a flor de piel y la misma convicción de rebelarse contra la injusticia y la desigualdad, sigue en la lucha. Hoy vive en Medellín, bajo el amparo de su comunidad religiosa y rodeada de amigos que la miman. Me confiesa que no ha vuelto a Bogotá porque ya está muy vieja.

Parece una venerable abuela, pero Leonor es todo menos una mujer convencional. Su historia daría para hacer una película. Criada y educada para ser una ‘señorita’, desde el principio se dio cuenta de que en su vida no iba a haber presentación en sociedad ni casamiento ni hijos. Sus padres la metieron interna al selecto colegio de monjas norteamericanas Marymount, donde estudiaba la crema y nata de la sociedad colombiana. No sabían que con el tiempo esa comunidad, influida por los vientos del Concilio Vaticano II, iba a abrirle a su hija un mundo que la Bogotá pacata y pueblerina de entonces no ofrecía –la noción de que existía un cristianismo comprometido con la justicia social, que se conectaba con lo que estaba pasando en el mundo–.

Corría 1948 y ya Leonor había presenciado el Bogotazo, en ese inolvidable 9 de abril. Como interna, desde el colegio vio al pueblo levantarse enardecido por la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. Esa indignación fue la señal que esperaba para decidirse a algo que venía cavilando: convertirse en novicia. Leonor quería ser como las monjas del Marymount, conectadas con las tristezas y las desigualdades del mundo.

Junto a su amiga, Margot Gómez, empacó maletas y se fue a hacer el noviciado a Tarrytown, Estados Unidos, en el colegio Marymount fundado en 1936 por las religiosas del Sagrado Corazón de María.

A los 2 años, en 1950, Leonor volvió a Bogotá como profesora en el mismo colegio donde se había educado y allí permaneció por casi 20 años, hasta el día en que las religiosas decidieron cerrarlo estrepitosamente, tras un escándalo que la involucraba a ella. En ese periodo estuvo en Barranquilla, en labores de docencia; luego partió a Medellín para dirigir el colegio Marymount de esa ciudad.

Allá su pensamiento y acción fueron rechazados, llevando a los escandalizados padres de familia a retirarla del cargo por los supuestos pecados que había cometido, entre los que contaban el tener una entrañable amiga que se había separado para casarse con el hermano de su mejor amiga y, como si esto fuera poco... ¡había dejado que una niña protestante coronara a la Virgen en la ceremonia de mayo!

Con el propósito de que bajara la temperatura del alboroto, la madre superiora la envió de vuelta a Tarrytown, cuando estallaba la lucha por los derechos civiles y se acrecentaban las protestas contra la guerra en Vietnam, que ya llenaban las calles de Estados Unidos.

“En esos años, hasta el setenta, casi se salva la humanidad”, me dice. Y agrega “Mayo del 68 en París, la Tlatelolco en México, la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos... fueron años maravillosos. Si el mundo hubiera tomado esa vía, hoy no estaríamos en manos de alguien como Trump”.

En 1965 volvió a Bogotá como profesora y dos años después como directora del Marymount. Posteriormente fue nombrada superiora regional de los colegios de esta comunidad en Colombia. Convencida de lo que hacía, se dedicó a educar a sus alumnas para que tuvieran conciencia social, como lo mandaba el Concilio Vaticano II, sin saber que el mojigato establecimiento bogotano ya la estaba poniendo bajo la lupa.

Esta monja emprendió un bachillerato para niñas de bajos recursos en el barrio Galán y, apoyada por la metodología de varios profesores de la Universidad Nacional, encabezados por Germán Zabala, un matemático y marxista que acababa de regresar de París, inició una serie de clases ad honorem de las que se beneficiaron sus estudiantes.. A los padres no le gustó que a la directora del colegio la apoyaran sectores marxistas. Y para colmo de males, Leonor también le había dado un vuelco a las clases de religión, lo que tampoco había caído bien. En lugar del catecismo, decidió que iba a enseñar cómo ser cristiano.

En una de esas clases de religión, la profesora trajo la revista Playboy para que las jóvenes la analizaran. Eso indignó a los padres. Pero la gota que rebosó la copa llegó cuando estos se dieron cuenta de que el tradicional concurso musical, que se hacía todos los años, era una protesta contra la sociedad y la Iglesia.

A las pocas semanas salió en El Tiempo un artículo de Arturo Abella, un recalcitrante periodista conservador, titulado ‘Infiltración marxista en el Marymount’. Decía que las monjas del colegio eran unas marxistas que querían lavarles el cerebro a las señoritas de Bogotá. “El artículo fue infame porque ninguna de nosotras era marxista, quien acepta que llegó al marxismo mucho después”. La publicación tuvo una resonancia inesperada, ya que el papa Pablo VI estaba en Bogotá. The New York Times y Corriere della Sera registraron el escándalo. La magnitud fue tal que el hecho opacó el discurso del papa.

Desde entonces, Leonor Esguerra no tiene visa para entrar a Estados Unidos y las monjas estadounidenses, ante la perspectiva de que ya ninguna religiosa quería enseñar en los Marymount de Colombia y convencidas de que la incidencia de los padres de familia no era la adecuada para el colegio, decidieron cerrarlo.

Después de ese episodio, Leonor se sintió injustamente condenada por los medios y la sociedad. La única periodista que le permitió dar su versión fue Gloria Valencia de Castaño, quien la entrevistó pues su hija Pilar estudiaba en el colegio. Esa amarga experiencia la fue convenciendo de que la vía para que ella pudiese incidir en que las cosas cambiaran era la lucha armada.

Para entonces, esta religiosa ya frecuentaba las reuniones del grupo de curas rebeldes Golconda, donde Domingo Laín, Manuel ‘el Cura’ Pérez, René García, influenciados por el ejemplo de Camilo Torres, muerto en combate en las filas del Ejército de Liberación Nacional (ELN) el 15 de febrero de 1966, eran pioneros –hacia adentro y hacia afuera de la Iglesia católica– de lo que después se llamó la teología de la liberación.

Estos sacerdotes fueron objeto de una intensa persecución de los organismos de seguridad del Estado, lo que motivó que muchos de ellos se radicalizaran y entraran a engrosar las filas guerrilleras, principalmente las del ELN. A pesar de eso, el trabajo intelectual no cesó y la teología de la liberación se hizo pública como corriente de pensamiento en los años setenta.

Lo que les sucedía a sus amigos en Colombia no fue lo único que influyó en su decisión de irse a la guerrilla. Por su parte, ella se había reunido en Francia con los curas que lucharon al lado de los palestinos en la guerra de los Seis Días y esa experiencia la había impactado. Sintió que abrazar la lucha armada desde el cristianismo era lo que tenía que hacer.


Es así como esta mujer de baja estatura, pero de contextura firme, entra al ELN a finales de los sesenta. Allá descubrió que la rígida disciplina de la guerrilla se asemeja a la de las comunidades religiosas. Su nombre de guerra era Maira. Y aunque esta monja fue un ‘cuadro’ juicioso, nunca encajó totalmente en la guerrilla.

Cuando llevaba tres años en el ELN, un armamento y varios milicianos cayeron en poder del Ejército, en operaciones de las que ella era responsable. Le notificaron que tenía que pagar con su vida ese error. Ella, dispuesta a morir por la causa, no se fue para ningún lado. La enviaron acuartelada a Medellín, con otra guerrillera, a una casa situada en un cerro, a la espera de que dieran la orden para su ejecución.

Mientras estaba en capilla supo que su gran amor, el comandante en jefe Fabio Vásquez Castaño, uno de los fundadores de esta guerrilla, finalmente había tomado la decisión. Se resignó a su suerte y se sentó a esperar la parca, como suele decirse. Sin embargo, al cabo de unos días, uno de sus compañeros le abrió la puerta y la dejó ir. Leonor no lo podía creer.

Luego conoció la razón de su increíble suerte: tras la Operación Anorí, una de las más fuertes desarrolladas por el Ejército contra esta guerrilla, que prácticamente acabó con la estructura militar del ELN en 1973, Vásquez había sido relevado del mando y todas las ejecuciones ordenadas por él fueron desactivadas.

Allá, en el monte y en la clandestinidad, Leonor se enamoró de Vázquez Castaño, a sabiendas de que no iba a ser la compañera de su vida, pues se notaba a leguas que era un mujeriego. En su libro, Leonor confiesa que aunque al principio fue muy duro ver cómo este la abandonaba por otra guerrillera, acaso más joven, sentía que los sentimientos que la invadían eran indignos de una revolucionaria. ¿Cómo era posible que ella estuviera odiando a otra mujer porque Fabio la había preferido?

Entonces Leonor se propuso trabajar en sus sentimientos, hasta que se volvió amiga de su rival. Gestos como estos empezaron a hacerla diferente. También se caracterizó por animar ideas que hasta ese momento no tenían cabida en el mundo revolucionario, y por abanderar el tema de género en una guerrilla machista y patriarcal. Sin pelos en la lengua, Leonor tiene el mérito de haber sido la primera en atreverse a quitar el velo que cubre las relaciones de pareja en la guerrilla y de exponer en su libro, sin ambages, lo poco revolucionarios que eran los guerrilleros a la hora de enfrentarse con el poder y el sexo.


En la guerrilla Leonor se dio cuenta de que el tema de la igualdad con las mujeres se despachaba de esta manera: se les decía que cuando triunfara el socialismo todos iban a ser iguales y que las mujeres no tendrían que pelear más. Con ademán de que no traga entero, me dice: “¡Mira: mangos!”. Leonor viaja a Nicaragua en momentos en que la revolución sandinista había llegado al poder y cuando el ELN queda prácticamente desmantelado, tras la Operación Anorí. Desde Centroamérica envió libros para una guerrilla que se recuperaba del golpe y que se reactiva en los ochenta. Sus compañeros recibían esos libros en la selva y sabían que se los enviaba Maira, la icónica monja guerrillera.

Luego, cuando se conforma la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, se crea un equipo de trabajo internacional en el que ella quedó como representante del ELN en México, donde permaneció hasta 1994, cuando decidió comunicarles a los jefes de esta estructura que, luego de siete años, había llegado a la conclusión de que a pesar de proclamar que luchaba por el pueblo colombiano los resultados del trabajo le demostraban que esto no era tan así, y quizás hasta ella misma se estaba engañando.

Por ende, decidió regresar a Colombia, como una mujer común, vivir de su trabajo y continuar su quehacer. Así como conoció el feminismo, cuando ya había abandonado las filas del ELN, en el trabajo directo con la comunidad. En 1996 se radicó en Medellín y, tras un año de laborar en la burocracia, decide entrar a una organización no gubernamental que abordaba el tema de la mujer.

Aquí encuentra el trabajo en el feminismo y logra meterse de lleno en él sin tener que dar explicaciones: “En la guerrilla, me notifican, ese tema era considerado un asunto de la burguesía”, dice. “Como no he vivido malas experiencias que me hayan hecho querer colgar a los hombres de los faroles, no soy de esas feministas que odian a los hombres”, me aclara.

Le pregunto por qué duró tantos años para decidir contar al mundo su tan azarosa vida y ella me responde con ese humor bogotano que la caracteriza: “¿Sabes qué le pasa a las mujeres que se atreven a confesar que son marxistas y que fueron guerrilleras?, que las llevan al cadalso”. Y es que a Leonor Esguerra le costó 25 años armar su libro y publicarlo. El primer obstáculo fue encontrar una escritora. Pese a que ella había sido de todo, no era escritora. Un día, de tanto oírle sus historias, su amiga del alma Inés Claux, una popular arquitecta peruana que Leonor había conocido tiempo atrás porque era compañera de René García en el grupo Golconda, le propuso escribirlo.

Comenzaron a trabajar cuando estaban en Nicaragua, de manera intermitente pues Inés tenía que ir a sitios alejados a construir casas para la revolución sandinista. Las sesiones eran intensas, Leonor grababa e Inés desgrababa y reescribía el texto. A lo largo de los años se encontraron en México y hasta en Cali. Cuando Leonor llegó a vivir a Medellín, el libro estaba casi terminado.

Vino entonces el segundo obstáculo: no había interés de ninguna editorial. En 2010 consiguió publicarlo en una edición privada de 1.000 ejemplares, gracias a la generosidad de sus amigos. Uno de los textos llegó a manos de Marianne Ponsford, en ese momento directora de Arcadia. Ella lo leyó y le gustó tanto que le dio la portada de la revista. A los dos días, Leonor tenía cinco propuestas editoriales.

Desde su casa en Medellín ha visto con esperanza el inicio de las negociaciones con el ELN. Sabe que no van a ser fáciles porque, a diferencia de las Farc, la guerrilla de la que hizo parte es una federación. Esguerra está convencida de que todos ellos miran con mucho interés el farragoso proceso de implementación de lo pactado con las Farc-EP.

Leonor nunca pidió que la exoneraran de sus votos, por lo que frente a la ley canónica sigue siendo una monja. Sin embargo, confiesa que ya dejó de serlo y que su religiosidad se le fue “cayendo como la piel de la culebra”. Se declara entonces una mujer espiritual, que cree en la vida y en la vida después de la muerte. Lo que sí sigue siendo es una intelectual marxista. Según ella, lo que está sucediendo en Estados Unidos con el arribo de Trump a la Presidencia no es producto de una crisis del sistema democrático, sino de un “cambio de modo de producción que ha sido ocasionado por la tecnología de punta”. Nada sirve ahora, me insiste: ni los partidos ni los presidentes.


Con esa risa de niña traviesa que la acompaña a sus 86 años, pronuncia su sentencia: “Tenemos que organizarnos en otra forma y tengo la convicción de que a este mundo tan atrofiado solo lo pueden salvar las mujeres”. No me despedí de Leonor Esguerra porque espero encontrármela en la otra vida, después de la muerte. Y casi me atrevería a vaticinar que hasta allá, en esa otra vida, ella va a ser una mujer muy avanzada para su tiempo.

Texto tomado del libro ‘Mujeres que reconcilian’ de Reconciliación Colombia.





sábado, 16 de agosto de 2014

SUPLICA POR LOS VICTIMARIOS (AJGF)

N. DEL EDITOR: "SUPLICA POR LOS VICTIMARIOS" Fue el titulo escogido por el autor de esta ponencia presentada ante el WACOM III o tercer congreso mundial de la Misericordia, regentado por un patronato de cardenales a nivel mundial y presidido por S E: el Papa Francisco.


TESTIMONIO DE ANTONIO JOSE GARCIA FERNANDEZ, ABOGADO   
DIRECTOR DE LA FUNDACIÓN PRO RESILIENCIA
WACOM III TERCER CONGRESO MUNDIAL DE LA MISERICORDIA BOGOTA
PRESENTADO EL 16 DE AGOSTO DE 2014 

               
    
  


https://www.youtube.com/watch?v=iJ7K1RbOZHA


SUPLICA POR LOS VICTIMARIOS
 Buenos días,  mi nombre es Antonio José García Fernández, director de la fundación Pro Resiliencia, una muy pequeña organización no gubernamental que sueña con crear espacios resilientes y de Reconciliación dentro de nuestra sociedad. Presento mi más respetuoso saludo a los integrantes de la mesa directiva del tercer Congreso mundial de la misericordia, así como a todos los asistentes.
Es un honor para mí estar ante ustedes y poder expresar este pequeño pero muy sentido testimonio que espero sirva a los objetivos que se ha trazado el Congreso, y desde luego sirva de alguna manera a los grandes esfuerzos que se realizan para lograr la Reconciliación en Colombia.
como tocaré temas que pueden ser sensibles a algunas personas, les pido el favor de entender mis palabras dentro del animo de búsqueda de la reconciliación y perdón con el que las quiero expresar ante ustedes.
Quiero comenzar pidiéndoles a toda esta audiencia maravillosa que hoy nos acompaña y que canaliza toda su energía a la realización de la misericordia de Dios Nuestro Señor  que hagamos todos un ejercicio de memoria, de algunos años atrás y tratar de visualizar internamente cada persona donde se encontraba el día 11 de septiembre del año 2001. Ese día cambió el mundo, a todo nos dejó marcados. Yo por ejemplo puedo recordar con mucha exactitud porque además me impactó demasiado, que concurría a una audiencia laboral como abogado, y antes de ingresar pude ver en medio de un tumulto agolpado alrededor de un televisor en vivo y en directo, como se estrellaba el segundo avión contra la torre y desde luego el pánico que sentí, al concluir simultáneamente con casi todo el mundo, que presenciamos un ataque sin precedentes y cuyas consecuencias no podíamos ni siquiera imaginar.
Ahora les quiero pedir otro pequeño ejercicio de memoria, y recordemos donde pudiéramos estar el día 2 de mayo del año 2002. Era un jueves, seguramente un jueves común y corriente en el devenir laboral y familiar de cada uno de nosotros. Yo con dificultad puede imaginar que me encontraba cómodamente sentado en mi oficina dentro de una empresa en la que laboraba por esa época. Seguramente disfrutaba un tinto, probablemente  y atendía los problemas cotidianos de un departamento legal y de recursos humanos de una  empresa en medellin.
 Ese jueves tan normal para la mayoría de nosotros, porque asumo que muy difícilmente alguna persona del respetable público pudo vislumbrar siquiera exactamente donde se encontraba, era un jueves distinto a todos, aterrador, imborrable, seguramente el jueves más angustioso y terrible de la vida de los habitantes de un pueblito del chocó llamado Buenavista o Bojayá.
Se preguntarán porque traigo a colación este terrible día. Porque ese día, dos ejércitos de niños, porque  casi todos ingresaron siendo menores de edad a las autodefensas o a la guerrilla se enfrentaban a muerte por razones que la gran mayoría de ellos o no sabían o no las podían tener claras. Eran niños armados matando niños, matándose entre ellos y en la mitad, en medio del fuego cruzado, estaban los civiles, niños, niñas, jóvenes adolescentes, mujeres, hombres, adultos mayores que convivían en medio de la pobreza más aterradora y del mayor abandono estatal que pudiera tener un ciudadano colombiano, quienes además de esta gran tragedia del máximo abandono estatal, sufrían la gran tragedia de la guerra en la que no tenía ni la menor idea, ni ellas ni los combatientes de porque se peleaba realmente.
La mayoría de los colombianos poco nos dimos cuenta de que esta tragedia ocurrió, que una bomba arrojada por una de las partes cayó en medio de la Iglesia donde se refugiaban la mayor parte de los habitantes del pueblo, dejando un tendal de muertos, casi un centenar, la gran mayoría de ellos niños y niñas, y una incontable cantidad de heridos que o murieron posteriormente, o aún cargan la huella imborrable en las cicatrices que les produjo la explosión. 
El país supo sólo cuatro días después de esta gran masacre de civiles, y sólo después de ese tiempo se ordenó la atención necesaria para socorrer a todas las víctimas que dejó este siniestro hecho. Sólo nos da una idea del grado de abandono estatal que pudiera entonces tener esta población perdida entre los cientos de meandros del río Atrato, único medio de comunicación del que disponen en la región.
 Buena parte de todos esos niños que hicieron la guerra sin saber por qué ni para qué, ni para quien fueron reclutados, sistemáticamente reclutados por personas que pertenecían a las autodefensas campesinas de Córdoba y Urabá, lideradas por Carlos castaño y también debo reconocerlo,  por mi hermano menor.
Yo ya sabía que mi hermano hacía parte de las autodefensas, pero no sabía qué rango tenía ni hasta dónde llegaba su gestión de guerra; que límites traspasaba, o mejor dicho que traspasaba todos los límites. 



Entretanto me hacía el de la vista corta con mi hermano, no tomaba partido en las conversaciones, pudiendo hacerlo, no contradecía, no cumplía con el papel del hermano mayor, y más bien prefería no saber, ignorar, evadir la durísima realidad que tenía mi lado.  
Luego fue asesinado por personas que seguramente ingresaron siendo menores a la autodefensa, y que seguramente fueron reclutadas por personas a las cuales el entrenó para la guerra.
Hoy no puedo hacer nada más que esta reflexión dolorosa, que no he compartido con mi otro hermano y hermana, aunque sé que en el fondo ellos me entienden y me acompañan, se que ellos sienten igual dolor,impotencia y se recriminan igualmente el no haber hecho nada en el momento en que pudimos hacerlo, el no haber dicho nada en el momento en que pudimos decirlo. Ellos también son miembros de la fundación Pro Resiliencia, a través de la cual nos hemos empeñado en hacer algo, en decir algo, muy tarde para nuestro hermano, pero esperamos que no para todas aquellas personas a las que hemos acompañado a lo largo de casi una década de trabajo silencioso, al lado de víctimas y de victimarios, a través del trabajo individual de cada uno, posteriormente a través de la fundación de apoyo para la democracia en Colombia,  después acompañando la cooperativa Construpaz que pretende integrar en proyectos productivos desmovilizados de cualquier orden, así como poblaciones vulnerables y que aún subsiste con muchas dificultades en Urabá.

Hoy me surgen algunos interrogantes que quiero compartir con ustedes:
¿cual es el papel que debemos cumplir los que no hicimos nada pudiendo hacerlo?
¿debo pedir perdón a las víctimas por no haber hecho nada pudiendo hacerlo? ¿que responsabilidad moral me corresponde?
¿me hace esto victimario también?
¿somos todos responsables en mayor o menor medida de este terrible daño?
Siempre he tenido la percepción de que en el conflicto colombiano nadie está libre de pecado; aunque hay algunos que se atreven a tirar piedras….
A Bojayá lo dejamos abandonado nuevamente los colombianos con su dolor que aún continúa, poco nos acordamos ya de ellos. Falla la misericordia con nuestros hermanos. La gigantesca distancia y dificultades de transporte se mantienen y ello hace que sigan siendo víctimas de la guerra y re-victimizadas por el Estado colombiano en su ya proverbialmente conocida indolencia.
El estar realizando este trabajo con las fundación Fundapoyo, así como con la cooperativa ConstruPaz, me llevó a involucrarme directamente como abogado en el acompañamiento jurídico de los postulados del bloque Elmer Cárdenas ya extinto gracias a Dios, y me ha permitido ser un testigo de primer orden  del laboratorio de Justicia útil para las víctimas y desde luego para quienes fueron los victimarios, todos ellos parte de este proceso que como ya dije no tiene ningún precedente en el mundo.
He podido observar el proceso de la construcción de la verdad de lo que yo llamo la fase de autodefensa y la fase paramilitar del conflicto armado colombiano. La expectativa frente a la verdad es muy alta y puedo dar fe frente a las personas que he acompañado este proceso, que han hecho su mejor esfuerzo, arriesgando incluso sus vidas y las de su familia  por contar la verdad que a ellos concierne. 
Han contado la verdad que les corresponde, la que conocen, porque los determinadores y los maquiladores de la gran estrategia violenta  han sabido mantenerse fuera del radar; actuaron inteligentemente, continúan con sus cuellos blancos impecables y le dejaron el trabajo sucio y toda la responsabilidad los hoy desmovilizados. Posteriormente recogieron su botín de guerra y ya  hoy vemos las grandes dificultades que enfrenta el Estado colombiano para lograr su restitución. 

Durante el trasegar de estos casi ocho años de proceso de Justicia y Paz, tenemos que comenzar a hacer los balances, lo que  nos corresponde a todos los involucrados directamente, a los postulados, a las víctimas, a la sociedad y al Estado colombiano y desde luego a quienes hemos sido los facilitadores jurídicos.
Con todas sus vicisitudes, el proceso de Justicia y Paz era la culminación de un proceso político de Paz que debería terminar, como deben terminar todos los procesos de Paz, en unos juicios y penas impuestas bajo el régimen que se de Justicia Transicional, siguiendo los parámetros universales de verdad Justicia y reparación, ineludibles por mandato de la humanidad.
Pero ha sido un aprendizaje realmente útil, en cuanto a que se ha fijado a partir de nuestro proceso de justicia transicional un estándar real para definir la situación jurídica de quienes fueron actores armados, en el conflicto colombiano.
 Pudiéramos decir que la más importante lección que todos los involucrados hemos recibido en este proceso, es la de la necesidad imperiosa de la Reconciliación nacional.    
 Si no hay Reconciliación jamás habrá Paz.   La conclusión final de este proceso será la aplicación de la Justicia en cuanto a que partiendo de la verdad y de la reparación, y desde luego por la aplicación de las penas impuestas de acuerdo con la ley, finalizando de esta manera el paso de los postulados por los tribunales. Pero éste será sólo el inicio de una nueva etapa, en la que se deberá materializar todo lo que se ha venido trabajando durante todos estos años a través del proceso de Paz, y por la aplicación de la Justicia Transicional.
La Reconciliación es el primer paso de La Paz.  Es sanar las heridas, sin herir. Es aprender a convivir con el otro, sin dañarlo, sin agredir, sin violentar, sin discriminar.
Hoy tenemos todos los colombianos el convencimiento de que hay que desterrar cualquier forma de violencia, no sólo la violencia armada del conflicto, si no cualquier otra forma de agresión de  afecte nuestras vidas, de nuestras familias, de nuestros hogares, de nuestra sociedad.
La propuesta hoy es dar a quienes fueron victimarios la oportunidad  de reconstruir la confianza de las comunidades. La sociedad debe ofrecerles la oportunidad de participar en la construcción de un nuevo tejido social dentro de las comunidades en nuestro país.
No quieren ser más desmovilizados. Ese estigma doloroso quieren borrarlo con el bien, actuando bien, pensando bien, aportando constructivamente a los procesos sociales en nuestro entorno, la gran mayoría aspiran a ser nuevamente ciudadanos colombianos en pleno ejercicio de sus derechos, pero más aún, en pleno y permanente cumplimiento de sus deberes y obligaciones legales, morales y éticas.
Quieren estar al lado de todos nuestros hermanas y hermanos colombianos y poder mirarlos sin pena, porque con su esfuerzo obtendrán la posibilidad a su lado nuevamente construyendo el mejor futuro que definitivamente se merece Colombia.
Todo esto será posible cuando la sociedad los acoja nuevamente, en un proceso que si bien no será fácil, permitirá lentamente y restañando las heridas de ese doloroso pasado e ir asumiendo el futuro con entusiasmo.
Todos debemos tener en cuenta que toda esta experiencia se repetirá próximamente, con los grupos guerrilleros, ojalá más temprano que tarde y ojalá se aproveche para corregir los errores y poder acelerar el proceso de Reconciliación.
Es nuestra invitación a la Resiliencia. Todos, quienes en el pasado fuimos victimarios o víctimas, debemos hacia el futuro asumir una actitud resiliente. Sin declinar en ningún momento los derechos que se puedan tener, sin olvido, sin perdón si se quiere, pero mirando el futuro con una actitud positiva que permita construir la Reconciliación y la Paz. Esto necesariamente implica un esfuerzo constante, permanente, y perpetuo. Para siempre.
La Reconciliación en un conflicto que ha sido trans - generacional, no puede ser instantánea, será también trans - generacional. Tomará varias generaciones restañar las heridas pero a todos los que hoy estamos de una u otra manera viviendo la situación actual y la posibilidad de Reconciliación nacional y el logro de la Paz, nos corresponde dar el primer paso, iniciar ese arduo proceso de acercamiento, de dejar de ser parte de un conflicto y pasar a ser actores de la Reconciliación.
 Nos corresponde a todos los que hoy estamos sobre este hermoso territorio patrio, dar el primer paso para que las futuras generaciones no tengan que vivir todas las situaciones por las que han trasegado varias generaciones de colombianos, incluyendo la nuestra que ojalá sea la última generación de la guerra y la primera generación de La Paz. 
 Pero quiero también dar testimonio del aprendizaje que ha significado para buena parte de las personas que fueron postuladas por el gobierno al proceso de Justicia y Paz. No ha sido fácil, entender el verdadero sentido de un proceso de Justicia Transicional; no es muy razonable frente a las expectativas que existen en el de verdad, Justicia y reparación y desde luego las garantías de no repetición. Quiero compartir con ustedes mi apreciación, respecto a la forma como se ha llegado a concluir la necesidad de Reconciliación con las víctimas y con la humanidad.
Inicialmente cuando comenzó el proceso, se comenzó en la mayoría de los casos con una actitud difícil frente a las víctimas, casi desprecio en algunos casos y de rechazo en otros.
Posteriormente comenzó una fase desconcierto. Todos comenzaron a entender cuál era la real dimensión de la ley, y de los avances jurisprudenciales dispuestos tanto por la corte constitucional como por la Corte Suprema de Justicia.
Difícil, doloroso pero se comenzó a dimensionar a la víctima como tal, se comenzó a entender la real dimensión del daño, y comenzaron a entender también la triste realidad de la utilización como marionetas de guerra en un conflicto entre hermanos, injustificable y con unos titiriteros poderosos y ocultos.
 Esto facilitó entrar en una fase de dolor y arrepentimiento. Entender el daño es parte fundamental de la reparación simbólica y de la VERDAD. Si no se conoce el dolor, si no se entiende lo que se hizo vivir a la víctima así sean una mínima parte, se dificulta la reparación, no es real. Entender la dimensión del daño es también la parte fundamental para plantearse el arrepentimiento, y desde luego con este llegan la decisión de no repetición.
Posterior a este momento se encuentra entonces la necesidad de pedir perdón de corazón. Hasta ahora he visto varias peticiones de perdón de comandantes, que sé que van acompañadas con el entendimiento del daño que se generó, del dolor que se causó, de la forma como se afectó para siempre la vida o el proyecto de vida de las víctimas.
Creo que las víctimas han sentido en muchos casos esto, que hay un entendimiento y reconocimiento del daño, que hay arrepentimiento de haberlo causado, que hay expresa voluntad de no volver a incurrir en esas conductas y desde luego, una sincera petición de perdón. Y sé también que el perdón se ha otorgado de corazón y con sinceridad en muchos casos y que la unión de todos los casos nos llevará a la Reconciliación y esta a la vez nos llevará la Paz que tanto anhelamos.   
Pero esto ocurrirá finalmente después de que logremos con toda esa experiencia acumulada integrar a los grupos guerrilleros a la sociedad y además desactivar todas las formas de violencia que la afectan, de los cuales la violencia generada en el conflicto armado no deja de ser una parte significativa, pero sólo una parte.
Nos queda mucho trabajo por hacer, una vez se inicie el llamado “pos-conflicto”. Al cesar el conflicto rural, se iniciará seguramente la tan anhelada reestructuración del campo colombiano, pero tanto en las mentalidades campesinas como en las mentalidades urbanas hay que desactivar las otras formas de violencia. La cultura de la Reconciliación generará en el largo plazo la cultura de la Paz. 



La gran suma de todos las pequeñas soluciones imperfectas que se nos irán ocurriendo a todos los colombianos, por la voluntad de Reconciliación que nos mueve darán al traste con el conflicto armado y apaciguarán las mentalidades violentas.
Esto será por la misericordia divina el gran milagro que todos los colombianos estamos esperando; y los milagros son los más grandes dones de Dios... por que son perfectos.

Muchas gracias.



             

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