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viernes, 15 de noviembre de 2019

UN DIALOGO ENTRE ANTIGUOS ENEMIGOS. TRATANDO DE ENTENDER (105)


Un diálogo entre antiguos enemigos


Exmiembros del M-19, Epl, Farc, Eln, PRT y Auc se reunieron por primera vez para discutir, en compañía de la Comisión de la Verdad, sobre su participación en la guerra. Las fuentes de financiación, los motivos que los llevaron a elegir el camino de las armas y los procesos de paz fueron algunos de los temas abordados. Así fue el encuentro.


Exintegrantes de las Auc exponen su visión sobre las causas de la guerra. La comisionada Lucía González y Rodrigo Londoño (“Timochenko”) escuchan con atención. / ICTJ
Hablar de la verdad es un acto de valentía, y más cuando el horror hace parte de ella. Colombia lo sabe. Su historia, su verdad, su memoria, tan impregnadas de violencia y desaciertos, aún están en deuda de ser contadas, sobre todo, por quienes decidieron asumir el papel de victimarios. Por eso desde febrero de este año, junto con la Comisión de la Verdad, treinta excombatientes de diferentes grupos armados tomaron la decisión de reunirse una vez al mes para hilar las verdades que ellos consideran necesarias para esa paz que todos firmaron, pero que aún no llega a muchos territorios.
Por primera vez en cincuenta años de conflicto armado, exintegrantes del Ejército de Liberación Nacional (Eln), Ejército Popular de Liberación (Epl), Movimiento 19 de Abril (M-19), Corriente de Renovación Socialista (CRS), Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (Farc-Ep) y las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc) dialogaron en una mesa de trabajo, llamada Narrativas de Excombatientes, sobre su participación en la guerra, los motivos que los llevaron a elegir el camino de las armas y sus posiciones políticas frente a un país que, aseguran, en varios momentos vieron caer a pedazos.
Al principio creían que la idea era kamikaze, dice Lucía González, comisionada de la Verdad y quien lidera estos encuentros. Aunque su labor es contarle al país lo que sucedió en el conflicto, no era necesario sentar en la misma mesa a quienes fueron enemigos acérrimos durante la guerra. Pero pronto se dieron cuenta de que no tiene sentido que se repita una y otra vez un discurso de paz y reconciliación, si no hay acciones que lo respalden.
Por eso cuando Carlos Velandia, exmiembro del Eln y consultor en temas de paz, le propuso la idea de una gran conversación entre quienes fueron enemigos, le pareció una buena salida para elaborar el capítulo de los guerreros dentro informe que se debe entregar al país en tres años. Y más que buena, necesaria. En un comienzo, cuenta González, pensaron en llamar solo a las guerrillas desmovilizadas hace veinte años. Pero si hay una característica predominante del conflicto armado colombiano es la multiplicidad de autores. “Teníamos que llamar también a los paramilitares y las guerrillas activas recientemente. Así que no lo dudamos y arrancamos con la convocatoria”.
Los únicos requisitos para entrar a la mesa eran ser excombatiente y constructor de paz, y estar dispuesto a discutir con respeto. En eso no había negociación porque el espacio nunca pretendió ser un campo de batalla, sino un cultivo de ideas y futuros proyectos de reconciliación. Además de la Comisión, los encargados de armar los encuentros fueron el Centro Internacional de Justicia Transicional (ICTJ por sus siglas en inglés) y la  Asociación ABC PAZ, quienes han trabajado con varios de los excombatientes.
Muchos dijeron que sí de inmediato. A otros, principalmente los grupos de autodefensas, tuvieron que convencerlos en el camino. Hoy aceptan que tenían varios prejuicios frente a la Comisión de la Verdad por ser una entidad creada después del Acuerdo de Paz entre la extinta guerrilla de las Farc y el Gobierno Nacional. Además, aseguran que están agotados de contar la misma historia en escenarios judiciales y académicos. Sin embargo, por el miedo de que sus verdades se queden en anaqueles de tribunales de Justicia y Paz, aceptaron la invitación. Los únicos que no pudieron participar fueron exmiembros de la guerrilla Quintín Lame por quebrantos de salud.
La clave está en el saludo
Antes de entrar, Sandra Ramírez, senadora del partido Farc, se preguntó varias veces: “Dios, ¿yo qué hago aquí?”. Tenía miedo del encuentro. Y no solo por tener que contar su verdad frente a extraños, sino también porque los personajes que se sentarían a su lado fueron, durante décadas, enemigos que en su momento no hubieran dudado en matarla.
La mayoría confesó que tenía nervios. ¿Cómo saludarse: de un apretón de manos o de un gesto a distancia? ¿Cómo hablar en medio de ideas diversas y opuestas? Aunque algunos ya se conocían porque participaban en espacios de paz o incluso estuvieron en la misma cárcel, no existía cercanía. Hasta ese momento, estos guerreros solo habían alimentado su verdad con personas afines. Pero con el tiempo se dieron cuenta de que narrar lo que sucedió necesita relatos diversos y que ese “enemigo” es también espejo.
De las Farc participaron María Aureliana Buendía, Gabriel Ángel, Sandra Ramírez y Rodrigo Londoño Echeverri; del Epl asistieron Álvaro Villarraga Sarmiento, Francisco Caraballo, Raquel Vergara Álvarez e Ildefonso Henao Salazar; del M-19 fueron Luz Amparo Jiménez, Fabio Mariño Vargas, Álvaro Jiménez Millán, Vera Grabe y Gloria Quiceno; del Eln estuvieron Alonso Ojeda Awad, Carlos Arturo Velandia Jagua, Fernando Hernández y Medardo Correa; de las Auc, Nodier Giraldo, José Eleazar Moreno, Rodrigo Pérez Alzate, Óscar Leonardo Montealegre, Freddy Rendón Herrera, Iván Roberto Duque, Manuel de Jesús Pirabán, Edwar Cobos Téllez, Arlex Arango y Óscar José Ospino; de la CRS, Luis Eduardo Celi, y, finalmente, los integrantes del PRT fueron convocados José Matías Ortiz Sarmiento y Gabriel Barrios.
La metodología fue sencilla. Unas personas neutras que no participaron en el conflicto, miembros de ICTJ, Asociación ABC-PAZ y la Comisión de la Verdad, moderaron las intervenciones. Desde el comienzo de la sesión se enunciaba el tema que se iba a dialogar y luego se pedía que armaran los grupos. La distancia, propia de los prejuicios, hizo que en un comienzo los grupos afines permanecieran juntos. Los grupos insurgentes trabajan solo entre ellos. Y los contrainsurgentes dialogaban por su lado. Las fronteras empezaron a diluirse cuando las discusiones y las visiones de los otros afloraron. “Obviamente, al principio nos hacíamos los mismos, los que pensaban parecido. Uno pensaba: ¡imagínate al lado de aquellos!”, recuerda Óscar Montealegre, exmiembro del Bloque Central Bolívar de las Auc.
Los árbitros les entregaban unos cuestionarios para que fueran respondidos individual y colectivamente. Después, se les pedía que en una cartelera trazaran una línea de tiempo. Cada integrante del grupo, relata Montealegre, debía exponer sus respuestas sobre su participación y el de su grupo en este tema durante la guerra. Los demás escuchaban atentamente.
Álvaro Villarraga, exdirigente del Epl y vocero de la mesa de negociación de paz, explica que, si bien la metodología no estaba diseñada para la confrontación, las verdades eran tan poderosas y las miradas tan opuestas que orgánicamente se dieron espacios de réplica. Por supuesto, las discusiones derivaron en tensiones que escalaban al punto que más de uno quiso en algún momento ponerse de pie e irse. Pero los otros, con la calma después de la tormenta, lo invitaban a seguir: “Son cosas duras, graves. En medio de las narraciones, inevitablemente, se hacían pasajes duros, salían opiniones y discursos que muchas veces eran justificadores. Eso llevó a que hubiera momentos de tensiones, pero no fueron escaladas a algo negativo”.
Aunque en el comienzo dijeron que no se conocían, en esos debates aprovecharon para contar verdades que durante años se guardaron siendo enemigos. Así lo cuenta Óscar Montealegre: “Por ejemplo, cuando hablamos de financiamientos, a los del Eln se les pasó el hurto de combustible, entonces alguien lo recordaba y lo anotaba. Pasamos nosotros y de toda la lista olvidamos el secuestro, entonces un exguerrillero nos mencionaba un caso, así que debíamos anotarlo también”.
Pero, quizá, lo más difícil del ejercicio que repitieron diez veces en el año fue reconocer que ese otro que estaba en frente, que tanto se odió, tenía una historia parecida, una familia víctima, unos dolores indelebles. Que todos eran producto de esos males que aquejaban al país y que ellos decidieron combatir con las balas.
Los ejercicios no tenían la intención de ponerlos de acuerdo. Y en muchos casos, asegura Villarraga, no lo hicieron. Algunos exguerrilleros, por ejemplo, decían que las autodefensas eran sinónimo de grupos paramilitares. Para los grupos contrainsurgentes el término es una ofensa y deslegitima su mirada política de la guerra. Con el tiempo llegaron los matices y concluyeron que la degradación del conflicto había deteriorado también sus reivindicaciones iniciales.
En los encuentros lograron quitarse los prejuicios y a través de las narraciones entendieron los problemas de los otros después de la firma de los acuerdos de paz, pues cada caso estaba lleno de particularidades. Un reclamo de los grupos paramilitares fueron los incumplimientos de su tratado. Dicen que lo pactado nunca se firmó y mucho menos se cumplió, a pesar de haberle contribuido a la justicia. Esta verdad era desconocida, por ejemplo, por Gabriel Ángel, exguerrillero de las Farc, para quien durante años el pacto entre el Gobierno y las Auc había sido entre amigos.
Los grupos de autodefensas, por su parte, aceptaron que los asesinatos contra quienes pensaban diferentes eran injustificables. Y ahí el dolor se apropió de la mesa. Hubo lágrimas y voces que no aguantaron el peso de las palabras. “A mí me pareció complicado escuchar esas versiones muy fuertes de gente que murió inocente. Que no había una investigación de qué hacían, pero se desaparecían por ser guerrilleros. Son relatos muy dolorosos”, señala Sandra Ramírez.
Algunos de los participantes sintieron que las sesiones parecían también clases de historia. Y es que generacionalmente existían brechas enormes. Cuando las guerrillas de los años 90 se desmovilizaban, algunos integrantes de las autodefensas apenas era niños. Sin embargo, esas diferencias les permitieron hilar la historia y entender con más claridad las causas de las distintas olas de la violencia y de los nacimientos de actores armados. “Me impactó estar cerca y conocer de viva voz las reflexiones de los voceros de las exautodefensas. Para mí era nuevo todo”, agrega Vera Grabe, exmilitante del M-19. La imagen que se lleva es un diálogo amplio entre improbables que, insiste, “debió darse antes y siempre, no solo posteriormente”.
Reconocieron los errores, analizaron las causas del conflicto, estudiaron los procesos de paz de cada agrupación, se miraron a los ojos. Algunos pidieron perdón. Otros dejaron ver la vergüenza. También se juzgaron con severidad; pero eso llevó a que el saludo inicial de apretón de manos se cambiara por abrazos y mensajes para sus familias, que los almuerzos estuvieran acompañados de chistes y anécdotas y que los desplazamientos en taxi los pagaran entre todos.
Y con ese telón de fondo, todos, absolutamente todos, llegaron a dos conclusiones. La primera es que en el ejercicio deben participar los militares y los terceros civiles, como políticos y empresarios. Y la segunda es que las diferencias nunca debieron ser resueltas con violencia. Y si bien han repetido esa frase hasta el cansancio, hoy, después de verse tantas veces y dialogar con un afecto que apenas nace, pero es cada vez más fuerte, resaltan que el conflicto jamás debió suceder y ahora es su compromiso contribuir a la no repetición. Por eso hoy decidieron hacer públicos sus encuentros y firmar un nuevo pacto con el país en el que no sólo se comprometen a no volver a empuñar un arma sino también a generar juntos nuevos espacios de paz.

lunes, 11 de febrero de 2019

“EL ELN CON LA GUERRA A LAS ESPALDAS” Tratando de entender (94)


“El Eln, con la guerra a las espaldas”
 Verdad abierta entrevista al academico Carlos Medina Gallego
22 enero, 2019
Fuente: verdadabierta.com enero   22 2019


El estallido en Bogotá de un carro bomba en la Escuela de Cadetes General Santander de la Policía Nacional, cuya autoría fue reivindicada por esa organización subversiva, desató el rechazo nacional e internacional y se vislumbra el recrudecimiento de la confrontación armada. ¿Qué hay detrás de toda esta crisis?

“El Eln es coherente con su concepción de la guerra y eso los lleva a cometer errores”, dice Carlos Medina Gallego, docente e investigador de la Universidad Nacional de Colombia, quien ha estudiado ese grupo subversivo durante décadas. “Ellos siguen comportándose con una lógica que se sale un poco de los entendimientos de la comunidad internacional y de la comunidad nacional sobre la naturaleza de los conflictos”.

Y uno de esos “errores” de los que habla Medina Gallego es justamente el ataque con explosivos a la sede de la Escuela de Cadetes General Santander de la Policía Nacional, que dejó 21 muertos y 68 heridos, y generó una fuerte movilización social que ese expresó el pasado domingo cuando salieron a las calles miles de ciudadanos a arropar a los uniformados, a expresarle su apoyo y a rechazar el terrorismo. (Leer más en: Múltiples Colombias salieron a marchar)

En respuesta al ataque con 80 kilos de pentolita, camuflados en un vehículo que ingresó sin mayores controles a la escuela de formación policial, el presidente de la República, Iván Duque, ordenó el levantamiento de la suspensión de las órdenes de captura a los diez miembros del Eln que integran la delegación de negociadores asentada en Cuba y revocó la resolución que creaba las condiciones que permitían su permanencia en ese país como parte del proceso público de diálogo iniciado 17 meses atrás.(Leer más en: Se reanuda formalmente la guerra contra el Eln)

El ambiente que se respira en el país, sobre todo en las regiones donde opera este grupo subversivo, es de enorme tensión, pues se prevé un escalamiento de la confrontación que, sin duda, repercutirá en la población civil. ¿Por qué se llegó a este escenario tan complejo?

VerdadAbierta.com habló con Gallego al respecto, quien ha dedicado parte de su vida académica a estudiar la trayectoria del grupo subversivo, consignada en los libros “Eln: Una Historia Contada A Dos Voces” (Rodríguez Quito Editores, 1996) y “Ejército De Liberación Nacional. La Historia De Los Primeros Tiempos” (Rodríguez Quito Editores, 2001), así como en su tesis doctoral “FARC-EP Y ELN: Una historia política comparada (1958- 2006)” (Universidad Nacional de Colombia, 2010).
En contexto

VerdadAbierta (VA): ¿Por qué llega el Eln a detonar ese carro bomba en la Escuela de Cadetes General Santander de la Policía Nacional?

Carlos Medina Gallego (CMG): Lo primero que yo quiero señalar es que son coherentes con su concepción de la guerra y eso los lleva a cometer errores en términos de las transformaciones que se han producido en la percepción que se tiene de los conflictos armados y de los actos terroristas. Ellos siguen comportándose con una lógica que se sale un poco de los entendimientos de la comunidad internacional y de la comunidad nacional sobre la naturaleza de los conflictos.

Lo segundo es que me parece que haber reconocido el hecho hace parte de la naturaleza de la organización. Esa organización, cuando incurre en una acción de cualquier tipo, la reconoce, llegue a donde lleguen las consecuencias. Nunca han delegado la responsabilidad de un hecho en el que hayan sido responsables a otras personas y nunca han ignorado cuando se les ha sindicado de los hechos. (Ver comunicado)

Hay una situación que es muy complicada y que habría necesidad de entender: ellos consideran que se está negociando en medio del conflicto y que, pese a que han hecho unos gestos unilaterales y han recibido una acción contundente por parte de las Fuerzas Militares, eso les da autoridad moral para operar en relación con una contraofensiva.

(VA): ¿A qué acción se refiere en particular?

(CMG): El Eln recibió el pasado 25 de diciembre un golpe muy fuerte, ellos no reconocen la naturaleza del golpe en términos del cuerpo propio y señalan las afectaciones sobre una familia campesina como resultado el de los bombardeos a uno de sus campamentos. Pero la verdad sea dicha, el golpe que recibieron fue un golpe fuerte que los llenó de motivaciones para operar y desarrollar una acción de este tipo (la del carro bomba en la Escuela de Cadetes).

(VA): ¿La detonación que dejó 21 muertos y 68 heridos entonces es una reacción a ese ataque a sus campamentos?

(CMG): Es una reacción a la forma en que el Estado los viene confrontando y la presión que viene haciendo sobre sus territorios. Es decir, ellos sienten que hay una guerra contra ellos y que el Estado les pide que no operen en términos de acciones militares, que cesen todas sus hostilidades, pero el cuerpo del ejército de ellos, el cuerpo de su organización, está recibiendo golpes, capturas, bombardeos, entonces dicen ‘nosotros hacemos esto, pero lo que recibimos a cambio son bombardeos’. Está planteado en el comunicado, en la lógica que ellos manejan.

(VA): ¿Por qué le ha costado tanto al Eln ajustarse a los nuevos tiempos en materia de conflicto armado, de nuevas legislaciones? ¿Por qué son tan lentos en su modernización ideológica, si se pueda llamar así?

(CMG): Lo que pasa es que el Eln ha llevado una guerra consentida, es una guerra que el Estado ha consentido y es una organización que ha sido consentida por la prensa, por la sociedad, por la comunidad, por mucha gente.

(VA): ¿Qué quiere decir con “organización consentida”?

(CMG): Fue una organización con la cual no se confrontó nunca porque se consideraba que tenía unos fundamentos políticos más elaborados, que representaba sectores sociales, que tenía control de territorio, incluso se reconocían muchos de sus líderes, como Manuel Pérez Martínez. Es decir, es una organización que todavía, en mi concepto, no ha sentido los rigores de la guerra como lo sintió las Farc. Para decirlo en términos irresponsables: al Eln le faltan horas de guerra.

Lo que pasa es que esas horas de guerra que le faltan a esta organización, en esas nuevas dinámicas, tienen un costo muy alto en vidas, no sólo en vidas de sus combatientes sino en vidas de miembros de la Fuerza Pública y de civiles. Y eso es muy grave.

(VA): Complicado lo de las “horas de guerra” de las que habla usted, porque mire cómo reaccionan cuando se les ataca, en las ciudades, y no en áreas rurales.

(CMG): La modalidad de guerra ha cambiado y el Estado tampoco combate con ellos hombro a hombro, es combate con inteligencia y con ataques aéreos y con bombardeos. A las Farc la destruyeron durmiendo, la mayoría de las acciones que les puso muchos muertos como el caso del ‘Mono Jojoy’ y de ‘Raúl Reyes’, los destruyeron durmiendo, no en combates. Entonces, las acciones de guerra también han cambiado por parte del Ejército. Existe una gran capacidad operativa, de inteligencia humana y tecnológica, que se pone al servicio de la confrontación y se hace de esa manera.

(VA): Pero entonces, ¿cómo se debe dejar de “consentir” al Eln? ¿Atacarlos de manera frontal, como se presume actuará este gobierno?

(CMG): El Estado tiene la responsabilidad militar en materia de seguridad y defensa de combatir con toda la capacidad que tenga al Eln en el marco de lo consignado en el derecho internacional humanitario y la responsabilidad constitucional. Pero también es importante señalar que frente a esas acciones que emprenda el Estado no se encuentra con un cuerpo muerto ni inactivo, sino con una fuerza viva que hace las lecturas pertinentes del momento, que tiene una estrategia y una táctica para enfrentar esas acciones e incurren en prácticas y acciones que podemos repudiar como la de la ECSG, pero que hacen parte de su lógica de guerra.

(VA): Pero esa es la tarea del Estado…

(CMG): Así es, por eso es equivocado señalar que la guerra o la paz no las está haciendo el Estado sino el gobierno: si un gobierno funciona como “gobierno”, separado del cuerpo del Estado, que es el que le da la solidez, le permite tomar las decisiones, utilizar sus recursos, las fuerzas militares y la Fuerza Pública en general y la justicia, no son del gobierno son parte de la estructura y la institucionalidad del Estado. Operar bajo el manto protector de la constitución y de las leyes, es hacerlo desde el Estado, sobre los parámetros que mueven la institucionalidad estatal, si no es así, entonces es un gobierno que se ha privatizado, es un gobierno paraestatal.

Sería muy grave que como no firmaron el acuerdo con las Farc, entonces lo incumplieran. Es que este gobierno no retomó los diálogos, entonces ahora quiere desconocer todo e involucra a una gran cantidad de países, garantes y acompañantes, que están en el dilema de saber cómo comportarse diplomáticamente, pero además, cierra todas las puertas de un diálogo futuro en razón de que ninguna organización cometería la torpeza de sentarse con un gobierno que ante algún incidente que se presente, se levanta de la mesa y ordena su captura.

La capacidad de un Estado frente a ese tipo de incidentes es buscar la manera de superar todas las adversidades para ganar la confrontación en el terreno que es posible: el político.

El Eln puede soportar con tranquilidad, a punta de bajas y todo lo que quiera, tres años y medio del gobierno del presidente Duque y seguir existiendo porque con esa modalidad de guerra que ellos están haciendo, de resistencia, les permite mantenerse en la medida en que se vuelve una fuerza difusa y desarrolla un modelo de guerra flotante, que es la modalidad de guerra que están haciendo.

(VA): ¿Y para ello no necesitan un cuerpo militar muy grande?

(CMG): Nada. Pueden estar difuminados en la población, con redes y distintas conexiones. Les pueden capturar y matar los liderazgos que tengan y continúan operando. El problema más grande es que en la medida en que los liderazgos que tienen, con unas calidades intelectuales políticas, sea diezmado, la situación para poder avanzar en procesos con ellos es más complicado. Si ha sido complicado con este modelo de liderazgo que tienen, entonces cómo será con un liderazgo degradado.

(VA): A su juicio, ¿el Eln viene creciendo, está estable o se reduce?

(CMG): De acuerdo con su lectura, la guerra la van ganando. ¿Por qué razón? Porque están creciendo, se han ido hacia el Guaviare, al Guainía; están ocupando territorios sobre toda la frontera con Venezuela; se han metido en el Catatumbo; están en el Chocó; en el suroccidente del país. Están avanzando sobre el territorio y eso hace que ellos piensen, independiente de cómo los vean, que son una organización que está en crecimiento y que está avanzado.

Además, están actuando sobre economías legales e ilegales que les permite contar con los recursos económicos para desarrollar el tipo de guerra que están haciendo. No es un modelo de cuerpo a cuerpo. Es un modelo de guerra irregular, con otras características; es una guerra irregular de nueva generación, que yo la llamo guerra flotante, porque es una guerra que opera sobre objetivos políticos y militares específicos, utilizando dos armas esenciales: los explosivos y el tiro de alta precisión.

(VA): En ese sentido, ¿también están creciendo en las ciudades y consolidando sus redes?

(CMG): El Eln tiene influencia en sectores de la sociedad civil, eso es absolutamente claro. Lo que yo señalo es que hay un interés del Eln de poder operar en los lugares donde se cause mayor daño a la sociedad. Si van y matan tres, cuatro, cinco o más policías en Arauca, en Guaviare o en el Catatumbo, que se han producido ese tipo de muertes, no causan el mismo impacto que causó lo de la Escuela de Cadetes.

(VA): ¿Qué tan importante es para el Eln Venezuela en términos políticos y militares?

(CMG): El Eln, sobre todo el Frente Nororiental ha estado desde siempre en Venezuela a lo largo de la frontera. Allí ha construido bases sociales y economías de guerra, lo ha hecho incluso enfrentando la Guardia Nacional, pero también es claro que tienen afinidad con el proceso bolivariano y son solidarios con él. Esa es una razón adicional para mantener los diálogos. Es mejor un Eln sentado en una mesa de conversaciones aprendiendo de las discusiones y tomando decisiones, que operando y buscando aliados para desarrollar la guerra, donde le toque hacerla.

Error del gobierno nacional

(VA): Con respecto a la petición que le ha hecho el presidente Duque al gobierno cubano de detener y devolver a la comisión negociadora, ¿usted qué opina?

(CMG): Esa decisión generó un problema diplomático con un país que prestó sus buenos oficios a la construcción de un proceso de paz exitoso con las Farc, ofreció sus buenos oficios a un proceso de paz que se fue truncando en Quito (Ecuador) y llegó a La Habana, donde no pudo alcanzar acuerdos significativos. Pero cuando Quitó decidió no apoyar más el proceso, no entregó la comisión negociadora del Eln al gobierno nacional ni a la Fuerza Pública colombiana. Quito respondió a la oferta que hizo Cuba de recibirlos porque no había otro país dónde los recibieran. Entonces instalaron la mesa en Cuba y allá estaba funcionando.

La petición hecha a Cuba es un caso de no respeto a los protocolos que son suscritos por los países que estaban como garantes y acompañantes en el marco del derecho internacional humanitario. Si esos protocolos no hubiesen sido firmados por ellos, significaría que la organización estaba en un estado de terrorismo y ellos no iban a meterse en el campo del terrorismo.

Los países firmaron los protocolos porque estaban en el marco de un proceso de paz con un gobierno y con un Estado que ellos consideran en el marco de la comunidad internacional cumple con los acuerdos internacionales.

(VA): Pero Miguel Ceballos, Alto Comisionado para la Paz, dice que se puede porque alega que ellos, como gobierno, no suscribieron esos protocolos.

(CMG): Eso es absolutamente inviable, eso es desconocimiento de la comunidad internacional, eso no tiene presentación. ¿Ahora qué país se ofrece a servir de sede de unos diálogos cuando surjan los problemas y queden en medio de las dos partes? Entonces mañana también pueden decir que no cumplen los acuerdos con las Farc porque eso no lo hicieron en el gobierno de Duque. Eso es irresponsable con las víctimas, con todo el país, con la Paz, recordemos que hay un mandato constitucional que reconoce la paz como un derecho y una obligación de obligatorio cumplimiento.

(VA): Esta crisis tiene un telón de fondo difícil de asimilar: negociar en medio de la guerra. Así fue en San Vicente de Caguán durante los diálogos de las Farc con el presidente Andrés Pastrana (1998-2002) y así se inició durante el gobierno de Juan Manuel Santos (2010-2018). ¿Qué reflexión le suscita esa situación?

(CMG): El Eln, durante todo el tiempo que estuvo sentado en la mesa de conversaciones, insistió en el acuerdo bilateral, hizo cuatro acuerdos unilaterales de cese al fuego, entonces esa decisión de negociar en medio de la guerra no puede consistir en que yo les doy golpes y no pasa nada, pero si ellos me golpean a mí pongo el grito en el cielo. Esos lamentablemente son los costos de una política mal llevada.

(VA): Siendo así, habría que probar conceptos nuevos en una futura negociación: llegar con unos acuerdos mínimos bilaterales que superen el tema de negociar en medio de la guerra.

(CMG): De acuerdo. Hay que llegar a una mesa con las garantías suficientes para las partes y con el serio compromiso de sacar las conversaciones adelante y lograr un acuerdo de paz. Eso hay que hacerlo.

Pero hay algo que debe tenerse claro: gran parte de las decisiones que las Farc tomó en la mesa de conversaciones no estaban pensadas con anterioridad, fueron el resultado del proceso de conversaciones y de los aprendizajes que tuvieron, junto con el gobierno nacional, en esa mesa de conversaciones. Una mesa de conversación es una escuela de aprendizaje para acuerdos políticos. No es una mesa donde yo le doy esto, usted me da aquello. Que es el problema que tiene este diálogo con el Eln, que está siendo pensado como una mesa de negociación y no como una mesa de acuerdos políticos.

Ahora, con el retrovisor que tiene el Eln sobre el proceso con las Farc y el incumplimiento de los acuerdos, pues ellos quieren, de alguna manera, que acuerdo logrado, acuerdo cumplido. Eso es más complicado porque las conversaciones pueden durar eternidades.

(VA): ¿Su horizontalidad organizacional es un obstáculo en cualquier negociación?

(CMG): Desde la década de los ochenta, y como consecuencia de su propia historia interna, el Eln le da especial relevancia a las decisiones colectivas tomadas de manera democrática en sus congresos; sin embargo, la capacidad económica y de fuego de sus estructuras, le da a éstas, ciertos atributos de poder que definen en distintos momentos los rumbos de la organización. Como en toda organización al interior se expresan puntos de vista diversos, pero existe un gran esfuerzo por mantener en medio de las diferencias los criterios de unidad.

Soy del criterio de que ningún gobierno ha tomado al Eln en serio y siempre lo han considerado un actor marginal, a veces funcional para justificar su política de seguridad y defensa, la represión al movimiento social y el alto presupuesto que se invierte en seguridad. Lo que se perfila no es una guerra en lo que se conoce como tal, ni la dinámica de un conflicto armado degradado si se quiere, pero conflicto armado, al fin y al cabo, lo que se viene es un desangre de combatientes de ambas partes que, cuando les quiten el uniforme para enterrarlos, lo que se van a encontrar es con la tragedia de la pobreza. Pobres matando pobres a la sombra de discursos criminales, que se esconden tras de perversos intereses. Esa es nuestra tragedia. El poder lo tiene el que mayor capacidad tenga de matar.

(VA): Finalmente, ¿cómo quedó la sociedad civil en este proceso, sobre la que se pretendía tuviera protagonismo en la mesa con el Eln?

(CMG): La sociedad quedó en una posición muy difícil, porque la política y lo que producen los medios de comunicación es que cualquiera que caiga en la defensa de un proceso dialogado con el Eln es un aliado del terrorismo. Considero que la sociedad civil, los académicos, los medios alternativos, deben seguir insistiendo en que la salida política negociada es la ruta más eficiente en materia de construcción de paz en el país. Si no hay esa ruta, hay más guerra.

jueves, 21 de septiembre de 2017

NO HAY UN IDEAL QUE JUSTIFIQUE UN ASESINATO: ALONSO SALAZAR. TRATANDO DE ENTENDER (84)

No hay un ideal que justifique un asesinato: Alonso Salazar

La bibliografía periodística de Alonso Salazar constituye una interesante y juiciosa mirada sobre los dramas desatados por la violencia nacional y por las estructuras criminales.

Alonso Salazar, autor de La parábola de Pablo, y quien acaba de publicar No hubo fiesta. Cortesía
No nacimos pa´ semilla y La parábola de Pablo son títulos necesarios a la hora de reconstruir la historia de las agitadas décadas del 80 al 90 del siglo pasado. No hubo fiesta, su más reciente libro, hace un balance de la actividad de la militancia revolucionaria de los universitarios de los años setenta al tiempo que relata el origen de los movimientos guerrilleros.
El primer capítulo de No hubo fiesta da una mirada panorámica de la vida estudiantil y militante de la Medellín de su juventud. A la hora de hacer los balances, ¿qué cosas buenas y qué malas le dejó al país esa efervescencia política?
Se formó gente con sensibilidad social y capacidad crítica del “orden imperante”,  algunos de ellos han tenido roles sociales significativos. Los que fueron a la insurgencia privilegiaron el medio -la lucha  armada-  y fueron perdiendo de vista los objetivos  y  valoraron más la persistencia que los resultados.
Usted menciona que hubo campanazos de alerta: el libro de Jaime Arenas y Crítica a las armas, de Debray. ¿Qué hizo que buena parte de los estudiantes, a pesar de estos avisos, siguieran el camino de las armas?
Las guerrillas colombianas se fortalecieron cuando en toda América Latina se habían desmovilizado o  habían sido derrotadas en el cono sur. Influyó  la entrada en escena del M-19 que despertó una simpatía de la que se alimentaron todos los grupos armados. Desde luego,  el uso sistemático de  prácticas de la “guerra sucia”,  desde el gobierno Turbay,  alimentó  la hoguera.
Luego, a lo largo del libro, aparecen personajes importantes en su vida y en la del país: gente que asumió la vía armada. Hablemos,  para iniciar de Jairo Restrepo –El mono Candelo- y del M19.
El Mono Candelo, claro, se sacrificó por lo que consideraba noble. Él fue el primero de los conocidos de ese tiempo que murió en un enfrentamiento contra el grupo paramilitar Mas, después del secuestro de Marta Nieves Ochoa que motivó el ingreso de los narcotraficantes en el conflicto armado.  Los que militaron en organizaciones más urbanas -lo del M-19 y el Epl- se desmovilizaron en los años 90.  Los que se plegaron a las organizaciones  lideradas por campesinos -como el Eln y las Farc- no alcanzaron a ver la evolución del mundo, perdieron el sentido  de sus orígenes, afianzaron prácticas dañinas  que afectaron  incluso a la población que quería redimir. 
En el capítulo sobre las Farc habla usted de Arturo Alape. Esto me lleva a preguntarle sobre el papel que jugó la intelectualidad y el arte en el conflicto armado.
Algunos intelectuales de izquierda como Jorge Orlando Melo, Estanislao Zuleta y Álvaro Tirado, se opusieron a la lucha armada pero  un gran número de ellos  y  teatreros, compositores y escritores  la promovieron.  Alape estuvo en la guerrilla,  sus libros sobre Manuel Marulanda contribuyeron a  su  mitificación.  Solo hasta los años noventa los intelectuales  fueron explícitos  en su rechazo a la  "lucha armada". Alape le dijo a Tirofijo en el Caguán que “la muerte mesiánica” ya no tenía sentido en Colombia, pero el líder guerrillero persistió hasta su muerte.
Dedica usted un capítulo a hablar, entre otras cosas, de las contradicciones internas del Eln: su cristianismo –encarnado en la figura de Camilo Torres- y su militarismo –en la de Fabio Vázquez Castaño-. Desde su óptica, ¿cuál es el camino para llevar a buen puerto los diálogos con esa guerrilla que lleva a cabo el gobierno?
El Eln podrá avanzar en el dialogo y vinculación a la vida democrática si abandona el mesianismo que ha heredado de un tipo de cristianismo  presente desde su fundación  y entra en el campo de la política y entiende que la guerrilla no tiene perspectiva, que está por fuera de la historia, que sus acciones no dañan tanto a la "oligarquía" sino, sobre todo, al pueblo y al medio ambiente. La negociación les permitiría exponer sus  ideales en la vida democrática.
¿Cuáles antídotos debe tomar la sociedad colombiana para superar la terquedad armada? ¿Para que los dilemas políticos no se resuelvan a plomo?
Entender que la política no es "la continuidad de la política por otros medios"  sino su negación. Que el uso de la violencia no solucionó nada sino que creó un drama humanitario que tardará un tiempo en ser superado.  Ya es hora de tener un Estado con el  monopolio de las armas y actuando con respeto a los derechos humanos. Que no hay ideal que justifique el asesinato. Mandamiento que, desde luego,  debe ser un mandamiento para izquierdas y derechas.

lunes, 15 de mayo de 2017

SIGO SIENDO MARXISTA (ENTREVISTA A LEONOR ESGUERRA) TRATANDO DE ENTENDER (71)

"Sigo siendo marxista"

Leonor Esguerra, quien pasó de monja directora del Marymount a guerrillera y narró su experiencia en un libro recién lanzado, habla de su sorprendente vida.
María Jimena Duzán: Su libro impacta por la franqueza con que cuenta su vida: se vuelve monja, a pesar de que las detestaba, hace su transición al marxismo siendo profesora del colegio Marymount, un colegio para señoritas de estrato alto de Bogotá; termina en el ELN y se enamora perdidamente de Fabio Vázquez, quien posteriormente la manda a fusilar, orden que milagrosamente no se cumple. ¿Por qué ahora, y no antes, se decidió a contar su azarosa vida?

Leonor Esguerra Rojas: Tú tienes que ubicarte en cómo fui criada y educada. Las monjas no podemos ser orgullosas ni estar apareciendo en los medios. Y en la guerrilla, igual: yo era una 'compañera' más y no me podía dar ínfulas de ser especial, ni la más deslumbrante. ¿Qué por qué terminé contándola? Pues porque en las reuniones yo contaba mi historia y la gente que la oía decía que tenía que escribirla. Jamás me senté a hacerlo, porque yo creo que tampoco soy escritora. Y si no es por mi amiga Inés Claux, monja peruana, que vivió aquí un tiempo en Colombia, este libro no sale. Ella me sentó y me sacó todo lo que está escrito en el libro. 

M.J.D.: En el libro usted le dedica varias páginas a explicar su versión sobre el escándalo que protagonizó en el año 68, cuando 'El Tiempo', en un artículo escrito por Arturo Abella, tituló en su primera página: 'Infiltración marxista en el Marymount'. 

L.E.R.: Eso fue un proceso tenaz. Mire, nosotras, las monjas del Marymount, abrimos un colegio en el barrio Galán para las niñas de bajos recursos, cosa que en esa época era una decisión audaz. Yo integro a ese colegio a un grupo de profesores marxistas, asombrada por la metodología que tenían para enseñar. Eso produce una dinámica insospechada en el colegio, no solo dentro de las profesoras sino dentro de las alumnas, y los padres de familia se empiezan a inquietar. Pero le digo una cosa, yo todavía no he encontrado un mejor método de análisis histórico que el de Marx, así es que en ese sentido soy marxista. 

M.J.D.: Sin embargo, ese experimento que usted arma salta en mil pedazos: la alta sociedad bogotana la condena: cierran el colegio, a usted le quitan la visa americana y la retiran como directora. Eso sucedió además en el momento en que todos los reflectores estaban sobre Colombia en razón de que el papa Pablo VI acababa de estar en Colombia. Corría el año 1968. 

L.E.R.: Yo traté de explicar mi posición en una entrevista que me hizo por la televisión Gloria Valencia de Castaño, quien tenía a su hija Pilar en el colegio, y que fue una de los pocos en entenderme. 

M.J.D.: Desde ese escándalo, usted condenó a los medios a la hoguera: no cree en ellos porque solo dicen mentiras. Esas son sus palabras.

L.E.R.: ¡Sí, porque nos pusieron en boca de nosotras palabras que nunca dijimos! Ahí me empecé a dar cuenta de que los medios también estaban al servicio de unos intereses particulares y específicos. Y no lo digo solo por la forma como El Tiempo registró lo sucedido en el Marymount, sino porque lo mismo hicieron The New York Times y el Corriere della Sera. El escándalo llegó a tales dimensiones que resultó opacando el discurso de Pablo VI en Bogotá. ¿Cuál era entonces la imagen que se estaba dando de la Iglesia en Colombia con estas monjas locas?

M.J.D.: ¿Esa experiencia es la que la impulsa a cambiar las cosas por la vía de la lucha armada? 

L.E.R.: ¡Pero claro! Para entonces ya conocía a Domingo Laín, a Manuel Pérez (el cura Pérez) y a René García, los sacerdotes que integraban el grupo de Golconda. Todos ellos abrazaban ya la lucha armada desde el cristianismo. También fue decisiva una reunión que tuve en Francia, después del escándalo, en la que conocí a los curas que habían luchado al lado de los palestinos en la Guerra de los Seis Días. Allí entendí la necesidad de buscar la lucha armada desde el punto de vista cristiano. Porque te voy a decir, yo nunca dije ni he dicho que soy atea. Tampoco he sido miembro de ningún partido comunista. 

M.J.D.: ¿Qué opina ahora de la guerrilla hoy? Una guerrilla que secuestra, que asesina a campesinos y que está metida en el negocio de la coca…¿La sigue viendo con ese mismo romanticismo con que usted describe en su libro al ELN de Fabio Vázquez y de Domingo Laín? 

L.E.R.: Mira, la guerra degrada todo. Han sido tantos años de espanto que todos se han degradado. No hay buenos ni malos. Es una guerra inicua, inhumana. Por lo menos en mi tiempo, en el ELN era prohibido secuestrar.

M.J.D.: Pero esa guerrilla que usted tanto defiende la mandó fusilar por haber cometido unos "errores". Y quien da la orden no es cualquier persona, sino Fabio Vázquez, con quien usted tenía una relación pasional. ¿No salió defraudada de esa experiencia? 

L.E.R.: Pero es que en ese momento yo estaba convencida de que si uno cometía un error había que pagarlo con la vida. Ese era el lema del ELN. Y yo estaba dispuesta a pagarlo. Yo no me fui para ningún lado. Yo me quedé. 

M.J.D.: ¿Y por qué no la fusilaron?

L.E.R.: Creo que no me fusilaron porque ya en la guerrilla estaban de fusilamientos hasta la coronilla. Sin embargo, yo duré varios meses en capilla. 

M.J.D.: ¿Y tanta tensión no la destrozó? ¿No la hizo odiar a la guerrilla?

L.E.R.: Mira, con todo lo que me ha pasado yo me he acostumbrado a vivir día a día. En ese entonces, yo estaba con otra compañera que estaba conmigo en capilla. Nos tenían acuarteladas en Medellín, en un cerro, en una casa helada, y los compañeros nos llevaban comida a la espera de que nos dieran la orden de subir a ver a los comandantes. Sin embargo, un día nos dijeron: "Se pueden ir". "¿Y a dónde nos vamos?", les dije yo. Después supe que a Fabio le habían quitado el mando del ELN. Es decir, ¡me salvé por los escapularios, muchacha! 

M.J.D.: Usted define a Fabio Vázquez como un machista feroz, mujeriego. No lo deja muy bien parado. 

L.E.R.: Sí, él era espantosamente machista. En la guerrilla, el tema de la igualdad con las mujeres se despachaba de esta manera: nos decían que no nos afanáramos, porque cuando triunfara el socialismo todo el mundo iba a ser igual y nosotras no íbamos a tener que pelear más. Mira: ¡mangos! 

M.J.D.: ¿Fue difícil enamorarse de un hombre así?

L.E.R.: Yo me enamoré de Fabio a sabiendas de que no iba a ser la compañera de la vida de él, porque, entre otras cosas, él era un mujeriego a morir. De eso me di cuenta después, claro está. Le confieso que eso al principio me molestó y sobre todo cuando después él adopta como compañera a una de las mujeres que estaban en la guerrilla con él: ¡huy, eso me dio muy duro! Entonces mi gran trauma era cómo yo, toda una revolucionaria, podía odiar a esta otra niña porque Fabio la había preferido. Me tocó trabajar mis sentimientos hasta que me volví íntima de la niña. 

M.J.D.: El voto de castidad fue para usted un tema de intenso conflicto. ¿Cuántas veces se enamoró siendo monja? 

L.E.R.: Pues la primera vez que me enamoré fue de un joven arquitecto. La enamorada era yo, desde luego. Eso me hizo pensar mucho: yo, sintiendo todas esas cosas por dentro y, del otro lado, el voto de castidad, esposa de Cristo. Me sentí infiel…fue horrible. Hasta que por fin llegué a la conclusión de que no importaba lo que sintiera porque mi opción seguía siendo Cristo y se me quitó mi angustia existencial, aunque también la verdad es que pasó el enamoramiento. Después me enamoré de un misionero belga, pero él no de mí. Digamos que fui de malas en el amor. Y como nunca jugué…¡no sé si soy de buenas en el juego! 

M.J.D.: Después de todas estas peripecias se fuga de Colombia, en donde es buscada por el DAS, y llega a Nicaragua a participar de la naciente revolución sandinista. Ahí sufre otro golpe: consigue empleo, pero de carcelera. 

L.E.R.: Yo, en medio de mi romanticismo, nunca pensé que las revoluciones tuvieran cárceles…Eso no estaba en mi imaginación. Y fíjese: ¡yo, que venía huyendo de la cárcel y acabar de carcelera! Sin embargo ese año que estuve en la cárcel aprendí mucho de la condición humana. 

M.J.D.: Y qué opina de que esa revolución sandinista haya terminado absorbida por un gobierno tan poco revolucionario como el de Daniel Ortega? 

L.E.R.: Me da tristeza. Eso me parece horrible. 

M.J.D.: ¿Sigue manteniendo su distancia con el Vaticano?

L.E.R.: Sí, claro. A mí lo que el Papa diga me tiene sin cuidado. Ya esa Iglesia no me interesa para nada. Me es absolutamente indiferente, y eso es peor que el odio. 

M.J.D.: Oyéndola, entiendo mejor la razón por la que decidió sacar el libro ahora y no antes. Hace unos años, un libro así habría sido considerado una apología a la guerrilla… 

L.E.R.: Sí, desde luego, aunque aún hoy sigue existiendo gente que cree que yo soy culpable por el cierre del colegio Marymount, y que soy una monja espantosa…Terrorista no creo que me digan, aunque de pronto también me lo dicen. ¿Pero sabes qué? Lo que digan de mí ya como que me resbala. 

M.J.D.: ¿Para una monja marxista como usted, qué significó la caída del Muro de Berlín?

L.E.R.: El día que cayó dejé el ELN. Yo me dije: ¿qué estoy haciendo aquí, esperando a que me fusilen? Volví a Colombia después de seis meses de haber estado en México. Y cuando regresé me tocó volver a ser una ciudadana común y silvestre. Conseguí un puesto en el Bienestar Social de Medellín, porque la directora era Gloria Quiceno, a quien yo conocía. Es decir, mi primer puesto lo tuve a la edad de 52 años y por influencias, como suele ocurrir en este país. Las vueltas que da la vida. 

M.J.D.: ¿Ha votado alguna vez?

L.E.R.: Sí, voté por Antanas. Era verde, imagínate lo terrible.

M.J.D.: Y del gobierno de Juan Manuel Santos, ¿qué opina?

L.E.R.: Pues que cualquier cosa es mejor que don Uribe. Santos me parece un gran burgués. Lo digo sin odio, porque la burguesía también tiene sus cualidades y sus formas para hacer las cosas menos reprochables que las que hizo don Uribe. 

M.J.D.: ¿Cómo es eso que nadie quiso publicar su libro? 

L.E.R.: Tengo entendido que a ninguna editorial le interesó. Y por eso el libro lo sacaron adelante unos amigos en Medellín. Yo les agradezco a ellos porque a mí sí me interesa que, para bien o para mal, se conozca esta historia. 

M.J.D.: ¿No se arrepiente de nada de lo que vivió? ¿De las decisiones que tomó?

L.E.R.: No. No me arrepiento de nada. Incluso lo que hoy veo como errores, en ese momento no eran tales: yo estaba tan convencida de lo que estaba haciendo que no cargo ninguna culpa. Mira, la Bogotá de los sesenta era una sociedad pacata, así de grande, donde se conocían los unos a los otros. En eso hemos cambiado y afortunadamente ya en Bogotá no quedan bogotanos. Yo siempre digo: soy bogotana, pero no tengo la culpa.

LEONOR ESGUERRA, LA MONJA COMUNISTA. TRATANDO DE ENTENDER (70)


Leonor Esguerra, la monja comunista
Por María Jimena Duzán     
tomado de semana.com, mayo 13 2017

La directora del colegio MaryMount en Bogotá fue expulsada en 1969 por sus ideas revolucionarias, se enamoró del fundador del ELN y estuvo a punto de ser fusilada. Esta es su impresionante historia.

Conocí a Leonor Esguerra hace seis años, cuando decidió publicar su historia de vida en un revelador libro llamado La búsqueda. Ya me lo había devorado cuando llegué hasta su apartamento una tarde lluviosa de noviembre de 2011. Mi propósito era entrevistarla para la revista SEMANA.

Los 7 años transcurridos desde entonces no le han quitado su fuerza arrolladora. A sus 86, con la indignación a flor de piel y la misma convicción de rebelarse contra la injusticia y la desigualdad, sigue en la lucha. Hoy vive en Medellín, bajo el amparo de su comunidad religiosa y rodeada de amigos que la miman. Me confiesa que no ha vuelto a Bogotá porque ya está muy vieja.

Parece una venerable abuela, pero Leonor es todo menos una mujer convencional. Su historia daría para hacer una película. Criada y educada para ser una ‘señorita’, desde el principio se dio cuenta de que en su vida no iba a haber presentación en sociedad ni casamiento ni hijos. Sus padres la metieron interna al selecto colegio de monjas norteamericanas Marymount, donde estudiaba la crema y nata de la sociedad colombiana. No sabían que con el tiempo esa comunidad, influida por los vientos del Concilio Vaticano II, iba a abrirle a su hija un mundo que la Bogotá pacata y pueblerina de entonces no ofrecía –la noción de que existía un cristianismo comprometido con la justicia social, que se conectaba con lo que estaba pasando en el mundo–.

Corría 1948 y ya Leonor había presenciado el Bogotazo, en ese inolvidable 9 de abril. Como interna, desde el colegio vio al pueblo levantarse enardecido por la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. Esa indignación fue la señal que esperaba para decidirse a algo que venía cavilando: convertirse en novicia. Leonor quería ser como las monjas del Marymount, conectadas con las tristezas y las desigualdades del mundo.

Junto a su amiga, Margot Gómez, empacó maletas y se fue a hacer el noviciado a Tarrytown, Estados Unidos, en el colegio Marymount fundado en 1936 por las religiosas del Sagrado Corazón de María.

A los 2 años, en 1950, Leonor volvió a Bogotá como profesora en el mismo colegio donde se había educado y allí permaneció por casi 20 años, hasta el día en que las religiosas decidieron cerrarlo estrepitosamente, tras un escándalo que la involucraba a ella. En ese periodo estuvo en Barranquilla, en labores de docencia; luego partió a Medellín para dirigir el colegio Marymount de esa ciudad.

Allá su pensamiento y acción fueron rechazados, llevando a los escandalizados padres de familia a retirarla del cargo por los supuestos pecados que había cometido, entre los que contaban el tener una entrañable amiga que se había separado para casarse con el hermano de su mejor amiga y, como si esto fuera poco... ¡había dejado que una niña protestante coronara a la Virgen en la ceremonia de mayo!

Con el propósito de que bajara la temperatura del alboroto, la madre superiora la envió de vuelta a Tarrytown, cuando estallaba la lucha por los derechos civiles y se acrecentaban las protestas contra la guerra en Vietnam, que ya llenaban las calles de Estados Unidos.

“En esos años, hasta el setenta, casi se salva la humanidad”, me dice. Y agrega “Mayo del 68 en París, la Tlatelolco en México, la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos... fueron años maravillosos. Si el mundo hubiera tomado esa vía, hoy no estaríamos en manos de alguien como Trump”.

En 1965 volvió a Bogotá como profesora y dos años después como directora del Marymount. Posteriormente fue nombrada superiora regional de los colegios de esta comunidad en Colombia. Convencida de lo que hacía, se dedicó a educar a sus alumnas para que tuvieran conciencia social, como lo mandaba el Concilio Vaticano II, sin saber que el mojigato establecimiento bogotano ya la estaba poniendo bajo la lupa.

Esta monja emprendió un bachillerato para niñas de bajos recursos en el barrio Galán y, apoyada por la metodología de varios profesores de la Universidad Nacional, encabezados por Germán Zabala, un matemático y marxista que acababa de regresar de París, inició una serie de clases ad honorem de las que se beneficiaron sus estudiantes.. A los padres no le gustó que a la directora del colegio la apoyaran sectores marxistas. Y para colmo de males, Leonor también le había dado un vuelco a las clases de religión, lo que tampoco había caído bien. En lugar del catecismo, decidió que iba a enseñar cómo ser cristiano.

En una de esas clases de religión, la profesora trajo la revista Playboy para que las jóvenes la analizaran. Eso indignó a los padres. Pero la gota que rebosó la copa llegó cuando estos se dieron cuenta de que el tradicional concurso musical, que se hacía todos los años, era una protesta contra la sociedad y la Iglesia.

A las pocas semanas salió en El Tiempo un artículo de Arturo Abella, un recalcitrante periodista conservador, titulado ‘Infiltración marxista en el Marymount’. Decía que las monjas del colegio eran unas marxistas que querían lavarles el cerebro a las señoritas de Bogotá. “El artículo fue infame porque ninguna de nosotras era marxista, quien acepta que llegó al marxismo mucho después”. La publicación tuvo una resonancia inesperada, ya que el papa Pablo VI estaba en Bogotá. The New York Times y Corriere della Sera registraron el escándalo. La magnitud fue tal que el hecho opacó el discurso del papa.

Desde entonces, Leonor Esguerra no tiene visa para entrar a Estados Unidos y las monjas estadounidenses, ante la perspectiva de que ya ninguna religiosa quería enseñar en los Marymount de Colombia y convencidas de que la incidencia de los padres de familia no era la adecuada para el colegio, decidieron cerrarlo.

Después de ese episodio, Leonor se sintió injustamente condenada por los medios y la sociedad. La única periodista que le permitió dar su versión fue Gloria Valencia de Castaño, quien la entrevistó pues su hija Pilar estudiaba en el colegio. Esa amarga experiencia la fue convenciendo de que la vía para que ella pudiese incidir en que las cosas cambiaran era la lucha armada.

Para entonces, esta religiosa ya frecuentaba las reuniones del grupo de curas rebeldes Golconda, donde Domingo Laín, Manuel ‘el Cura’ Pérez, René García, influenciados por el ejemplo de Camilo Torres, muerto en combate en las filas del Ejército de Liberación Nacional (ELN) el 15 de febrero de 1966, eran pioneros –hacia adentro y hacia afuera de la Iglesia católica– de lo que después se llamó la teología de la liberación.

Estos sacerdotes fueron objeto de una intensa persecución de los organismos de seguridad del Estado, lo que motivó que muchos de ellos se radicalizaran y entraran a engrosar las filas guerrilleras, principalmente las del ELN. A pesar de eso, el trabajo intelectual no cesó y la teología de la liberación se hizo pública como corriente de pensamiento en los años setenta.

Lo que les sucedía a sus amigos en Colombia no fue lo único que influyó en su decisión de irse a la guerrilla. Por su parte, ella se había reunido en Francia con los curas que lucharon al lado de los palestinos en la guerra de los Seis Días y esa experiencia la había impactado. Sintió que abrazar la lucha armada desde el cristianismo era lo que tenía que hacer.


Es así como esta mujer de baja estatura, pero de contextura firme, entra al ELN a finales de los sesenta. Allá descubrió que la rígida disciplina de la guerrilla se asemeja a la de las comunidades religiosas. Su nombre de guerra era Maira. Y aunque esta monja fue un ‘cuadro’ juicioso, nunca encajó totalmente en la guerrilla.

Cuando llevaba tres años en el ELN, un armamento y varios milicianos cayeron en poder del Ejército, en operaciones de las que ella era responsable. Le notificaron que tenía que pagar con su vida ese error. Ella, dispuesta a morir por la causa, no se fue para ningún lado. La enviaron acuartelada a Medellín, con otra guerrillera, a una casa situada en un cerro, a la espera de que dieran la orden para su ejecución.

Mientras estaba en capilla supo que su gran amor, el comandante en jefe Fabio Vásquez Castaño, uno de los fundadores de esta guerrilla, finalmente había tomado la decisión. Se resignó a su suerte y se sentó a esperar la parca, como suele decirse. Sin embargo, al cabo de unos días, uno de sus compañeros le abrió la puerta y la dejó ir. Leonor no lo podía creer.

Luego conoció la razón de su increíble suerte: tras la Operación Anorí, una de las más fuertes desarrolladas por el Ejército contra esta guerrilla, que prácticamente acabó con la estructura militar del ELN en 1973, Vásquez había sido relevado del mando y todas las ejecuciones ordenadas por él fueron desactivadas.

Allá, en el monte y en la clandestinidad, Leonor se enamoró de Vázquez Castaño, a sabiendas de que no iba a ser la compañera de su vida, pues se notaba a leguas que era un mujeriego. En su libro, Leonor confiesa que aunque al principio fue muy duro ver cómo este la abandonaba por otra guerrillera, acaso más joven, sentía que los sentimientos que la invadían eran indignos de una revolucionaria. ¿Cómo era posible que ella estuviera odiando a otra mujer porque Fabio la había preferido?

Entonces Leonor se propuso trabajar en sus sentimientos, hasta que se volvió amiga de su rival. Gestos como estos empezaron a hacerla diferente. También se caracterizó por animar ideas que hasta ese momento no tenían cabida en el mundo revolucionario, y por abanderar el tema de género en una guerrilla machista y patriarcal. Sin pelos en la lengua, Leonor tiene el mérito de haber sido la primera en atreverse a quitar el velo que cubre las relaciones de pareja en la guerrilla y de exponer en su libro, sin ambages, lo poco revolucionarios que eran los guerrilleros a la hora de enfrentarse con el poder y el sexo.


En la guerrilla Leonor se dio cuenta de que el tema de la igualdad con las mujeres se despachaba de esta manera: se les decía que cuando triunfara el socialismo todos iban a ser iguales y que las mujeres no tendrían que pelear más. Con ademán de que no traga entero, me dice: “¡Mira: mangos!”. Leonor viaja a Nicaragua en momentos en que la revolución sandinista había llegado al poder y cuando el ELN queda prácticamente desmantelado, tras la Operación Anorí. Desde Centroamérica envió libros para una guerrilla que se recuperaba del golpe y que se reactiva en los ochenta. Sus compañeros recibían esos libros en la selva y sabían que se los enviaba Maira, la icónica monja guerrillera.

Luego, cuando se conforma la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, se crea un equipo de trabajo internacional en el que ella quedó como representante del ELN en México, donde permaneció hasta 1994, cuando decidió comunicarles a los jefes de esta estructura que, luego de siete años, había llegado a la conclusión de que a pesar de proclamar que luchaba por el pueblo colombiano los resultados del trabajo le demostraban que esto no era tan así, y quizás hasta ella misma se estaba engañando.

Por ende, decidió regresar a Colombia, como una mujer común, vivir de su trabajo y continuar su quehacer. Así como conoció el feminismo, cuando ya había abandonado las filas del ELN, en el trabajo directo con la comunidad. En 1996 se radicó en Medellín y, tras un año de laborar en la burocracia, decide entrar a una organización no gubernamental que abordaba el tema de la mujer.

Aquí encuentra el trabajo en el feminismo y logra meterse de lleno en él sin tener que dar explicaciones: “En la guerrilla, me notifican, ese tema era considerado un asunto de la burguesía”, dice. “Como no he vivido malas experiencias que me hayan hecho querer colgar a los hombres de los faroles, no soy de esas feministas que odian a los hombres”, me aclara.

Le pregunto por qué duró tantos años para decidir contar al mundo su tan azarosa vida y ella me responde con ese humor bogotano que la caracteriza: “¿Sabes qué le pasa a las mujeres que se atreven a confesar que son marxistas y que fueron guerrilleras?, que las llevan al cadalso”. Y es que a Leonor Esguerra le costó 25 años armar su libro y publicarlo. El primer obstáculo fue encontrar una escritora. Pese a que ella había sido de todo, no era escritora. Un día, de tanto oírle sus historias, su amiga del alma Inés Claux, una popular arquitecta peruana que Leonor había conocido tiempo atrás porque era compañera de René García en el grupo Golconda, le propuso escribirlo.

Comenzaron a trabajar cuando estaban en Nicaragua, de manera intermitente pues Inés tenía que ir a sitios alejados a construir casas para la revolución sandinista. Las sesiones eran intensas, Leonor grababa e Inés desgrababa y reescribía el texto. A lo largo de los años se encontraron en México y hasta en Cali. Cuando Leonor llegó a vivir a Medellín, el libro estaba casi terminado.

Vino entonces el segundo obstáculo: no había interés de ninguna editorial. En 2010 consiguió publicarlo en una edición privada de 1.000 ejemplares, gracias a la generosidad de sus amigos. Uno de los textos llegó a manos de Marianne Ponsford, en ese momento directora de Arcadia. Ella lo leyó y le gustó tanto que le dio la portada de la revista. A los dos días, Leonor tenía cinco propuestas editoriales.

Desde su casa en Medellín ha visto con esperanza el inicio de las negociaciones con el ELN. Sabe que no van a ser fáciles porque, a diferencia de las Farc, la guerrilla de la que hizo parte es una federación. Esguerra está convencida de que todos ellos miran con mucho interés el farragoso proceso de implementación de lo pactado con las Farc-EP.

Leonor nunca pidió que la exoneraran de sus votos, por lo que frente a la ley canónica sigue siendo una monja. Sin embargo, confiesa que ya dejó de serlo y que su religiosidad se le fue “cayendo como la piel de la culebra”. Se declara entonces una mujer espiritual, que cree en la vida y en la vida después de la muerte. Lo que sí sigue siendo es una intelectual marxista. Según ella, lo que está sucediendo en Estados Unidos con el arribo de Trump a la Presidencia no es producto de una crisis del sistema democrático, sino de un “cambio de modo de producción que ha sido ocasionado por la tecnología de punta”. Nada sirve ahora, me insiste: ni los partidos ni los presidentes.


Con esa risa de niña traviesa que la acompaña a sus 86 años, pronuncia su sentencia: “Tenemos que organizarnos en otra forma y tengo la convicción de que a este mundo tan atrofiado solo lo pueden salvar las mujeres”. No me despedí de Leonor Esguerra porque espero encontrármela en la otra vida, después de la muerte. Y casi me atrevería a vaticinar que hasta allá, en esa otra vida, ella va a ser una mujer muy avanzada para su tiempo.

Texto tomado del libro ‘Mujeres que reconcilian’ de Reconciliación Colombia.





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