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domingo, 19 de enero de 2020

DABEIBA (AJGF)


                                                       DABEIBA 
El Imaginario colectivo de los habitantes del occidente antioqueño está cundido de violencias dolorosamente enraizadas en sus mentes por años tras años de  guerras. Desde el genocidio contra sus primeros habitantes, los indígenas Emberas, cuyos pocos descendientes aun se resisten a desaparecer definitivamente, reducidos a algunos territorios dentro del vasto continente que poseían desde la prehistoria. De ahí en adelante, todas las guerras pasaron por allí. 
También  han pasado los dolorosos procesos de  las violencias políticas del siglo 20 y comienzos del 21  que se han reflejado sin compasión contra los habitantes de estas regiones, que aun se sienten y  que generan no solo unas memorias de incertidumbre y terror, que hacen a los habitantes mirar con desconfianza cargada con la pesadumbre del pasado, el futuro que les ofrece el indolente establecimiento Colombiano. 
Hace ya varias décadas, en Medellín, cuando era  pre adolescente y recién estrenando el cerebro con el afán de leer cualquier cosa que fuera leíble y estuviera a mi alcance,  revolviendo y desempolvando libros en la biblioteca familiar encontré lecturas que devoraba ávidamente, encontrando interés en casi cualquier tema. Así  leí por ejemplo, las mil y una noches; muchos apartes que me interesaron de un diccionario que ampliaba los significados con historias y gráficas relacionadas; los capítulos históricos de “el libro de las narraciones interesantes” que contenía  la enciclopedia, “el tesoro de la juventud”; “historia de roma y de los romanos”; “la isla del tesoro”; “ Robinson Crusoe” ; “ La guerra y la paz”; “ Los primitivos”; “Historia de colombia”; “Antioquia en las guerras de independencia” etc., Pasaba de una lectura a otra  hasta encontrar en alguno de esos días, un libro que hablaba de regiones que en principio no me decían nada, pero que hojeándolo vi unas fotos horrorizantes que me impactaron y me hicieron perseverar en la lectura mas angustiante que había tenido en mi corta vida. 
El libro se llama “lo que el cielo no perdona”, escrito por  un cura liberal que tuvo que huir despavorido iniciando la década de los 50, hacia Medellín dejando descubierta  la parroquia y la feligresía que le había asignado el obispo de Santa Fe de Antioquia. Con esa lectura comencé a recrear en la mente una imagen de las montañas y los personajes de Cañasgordas,  Peque, Urama, Uramita, Juntas de Uramita, Antasales, Dabeiba, y otra cantidad de lugares y personas que a través de la versión del cura imaginaba en blanco y negro, escenarios oscuros, personajes también oscuros en medio de un ambiente de frío  permanente siempre a punto de lluvia y una luz mortecina de un crepúsculo invernal que volvía el paisaje lleno de rincones atemorizantes; caminos sinuosos bordeando bosques donde posiblemente se toparía después de la próxima curva uno o varios cadáveres humanos con crueles signos de violencia  inhumana, expuestos grotescamente para intimidar quienes pasaran por allí o cruzando el siguiente río, una mortal emboscada de enemigos armados a quienes nunca conoció.  
En la realidad lo que entonces imaginaba es una vasta región de montañas encumbradas en todos los pisos términos, sobre la cara occidental de la cordillera de dicho nombre, continente de vastos territorios entre el páramo de Frontino, el nudo de Paramillo y ríos afluentes de la cuenca del río Atrato, hacia donde vierte la mayoría de sus aguas, recolectadas  en gran extensión por el Riosucio. 
Las escenas terribles que apenas vislumbraba mi imaginación, no se aproximaban un poco siquiera a lo que ocurrió durante muchos años, días y noches muchísimos niños, niñas, adolescentes, hombres, mujeres, ancianos y ancianas que vieron, vivieron, sufrieron,  huyeron y en muchos casos murieron por el odio que asoló en esa geografía.  
No me interesó ni entendí la tendencia política del cura Blandón que evidentemente reflejaba el escrito. Seguramente me salté esos capítulos. No entendía el ataque e inculpación emergente en cada oportunidad a un sujeto de nombre Laureano Gomez y su gobierno a quien denominaba “el Basilisco”,  tampoco la denuncia esporádica a un tal “Monseñor Builes”, su eclesial jefe incendiario, ni la exaltación permanente que hacia el autor de un personaje llamado “teniente coronel Gustavo Rojas Pinilla” a quien hacia ver como el redentor de Colombia, poniendo al mismo nivel heroico de Colón y de Bolivar, así como a su loado “Ejercito Nacional”.
Lo que ocurrió en esos lares, relata en el libro, fue una guerra sin precedentes y sin justificación. Ocurrió y seguramente fue mucho peor por que muy poco da cuenta de lo que hacían los guerrilleros liberales que también se armaron para protegerse de la “chulavita” o policía política del régimen conservador y sus paramilitares, llamados “los pájaros” que eran los victimarios según el relato del cura.  Masacres, homicidios selectivos, torturas, violencia sexual, desplazamiento forzado, se hicieron los medios de expresión, eran el lenguaje mediante el cual se expresaba la inconformidad política, de unos y otros y en la mitad, como siempre el campesinado y los indígenas completamente inermes y desprotegidos.
Dicha violencia se aplacó durante algunos años  por las políticas de paz del gobierno que conllevó la concesión de amplias amnistías e indultos a los guerreros y la implantación de el llamado “Frente Nacional” que  tranquilizó las ansias burocráticas de liberales y conservadores pero exacerbó las de quienes quedaron excluidos de acceder al poder. 
Muchos años después, ya adulto, viajé por la carretera que de Medellín conduce a Urabá por primera vez y tuve oportunidad de conocer esa región y algunas de esas poblaciones, que inmediatamente me devolvieron a la mente el libro, sus escritos y sus  escabrosas fotografías.  
Posteriormente pasaría por allí varias veces, no solo con la sensación de miedo de la memoria del libro, sino con la de terror que se vivía en esos momentos y que aun se siente, por la nueva guerra que entonces llegó con mas fuerza  con nuevos actores políticos y armados, legales e ilegales con mejores armas, más tecnología, más odio y más violencia. Esta nueva guerra aparentemente se terminó por acuerdos de paz con los actores, en este caso las AUC y posteriormente las FARC. 
Hace poco regresé,  justo antes de conocerse la existencia de fosas comunes con múltiples víctimas de “falsos positivos” en el cementerio de Dabeiba. 
Conocí de primera mano la tragedia humanitaria que se vivió allí recientemente  y recordé el libro de el cura Blandón que da cuenta de la violencia de hace 60 años. Pensé en la amnistía que puso fin a la violencia de entonces que dejó, desplazados, despojados, excluidos, viudas, viudos, huérfanos y  cientos de miles de muertos en los campos y ciudades de colombia, (120.000 hasta mas de 300.000 según investigadores) y contrastó con las cifras del actual conflicto que se desactiva poco a poco mediante acuerdos de paz. Luego conocí y admiré  los esfuerzos que hacen las víctimas de esos grupos por sobreponerse a su tragedia, por ser resistentes y también resilientes, por reconstruir desde adentro, partiendo del perdón, el tejido social dañado por la guerra. 
Ahora  encuentro que en esa misma región, los mismos nombres y accidentes geográficos  que a través de un mecanismo de justicia transnacional se han encontrado decenas de fosas comunes con cuerpos de los llamados “falsos positivos” que en el fondo son desaparecidas por “Razones de Estado”, o sea el aterrador  “body Count” que no es mas que dar resultados a cualquier costo dentro de la tácita política gubernamental de “todo vale”. 
Releo el libro del cura Blandón y encuentro que nada cambió, que la violencia de hace 50 años sigue, escalada, terrible y cada vez mas escabrosa, que la violencia de hace 30 años sigue generando víctimas  día a día, se renueva con otros actores pero con el mismo absurdo transversal de “todo vale” y que los acuerdos de paz, destinados a finalizar esto, se diluyen en el sinsentido de las políticas de gobierno. 

¿Cuál puede ser la diferencia?

¿Qué hizo falta para que el conflicto político liberal-conservador no se repitiera como se repitió, pues aterradoramente se recicló algunos años después en el conflicto político del establecimiento contra los “comunistas” que se escaló a formas impensables y ha dejado 8 millones de víctimas, mas de 200 mil víctimas de desaparición forzada mas de 300 mil muertos, mas de 5 millones de personas desplazadas y mas de 5 millones de hectáreas despojadas en los últimos 30 años en todo el país? Y entonces me pregunto: ¿que hay que hacer para que este proceso de paz actual tenga éxito, los procesos anteriores se afiancen y la violencia no se recicle nuevamente?
Me pregunto  también, ¿qué hizo Colombia tan mal, que la vida humana adquirió el valor de mercancía siempre mal remunerada?  ¿Por qué algunos colombianos han bajado o suprimido los limites morales para ser capaces de matar un ser humano para ganarse un premio o  simplemente cumplir la meta de muertos que se les impone?  
¿Cómo haremos los colombianos para  que esas memorias, necesarias para dar la debida connotación  que merecen las víctimas, que a pesar del perdón que conceden,  siempre llevarán la carga del dolor que se les causó, en vez de odio resalte la resiliencia, la des- victimización,  la restauración de la dignidad de la persona que deja de ser víctima y se sobrepone a la violencia recobrando su condición de persona  integra que mira el futuro sin ataduras de animadversión y resentimiento?. 
¿Como hacerlo en medio del conflicto, de la victimización que continúa ahora, como siempre, por la indolencia del estado colombiano?
Y entonces me llega a la mente la pregunta y me adhiero a la respuesta del poeta y filosofo Gonzalo Arango: 
“Yo pregunto sobre su tumba cavada en la montaña: ¿no habrá manera de que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir?
Gonzalo Arango
Si Colombia no puede responder a esta pregunta, entonces profetizo una desgracia: Desquite resucitará, y la tierra se volverá a regar de sangre, dolor y lágrimas.”
ANTONIO J. GARCÍA

jueves, 4 de mayo de 2017

LOS MILITARES TIENEN A SANTOS BAJO CHANTAJE: MYLES FRECHETTE tratando de entender (69)


Fuente: elespectador.com autor: Jorge Gómez Pinilla


Los militares tienen a Santos bajo chantaje: Myles Frechette


Exembajador de EE. UU. en Colombia en la época de Samper, dice que Acore es quien presiona para que a los militares no se les dé el mismo tratamiento que a la guerrilla en la JEP.

Fuente: elespectador.com autor: Jorge Gómez Pinilla


El embajador de Estados Unidos en Colombia durante el proceso 8.000, Myles Frechette —a quien Jaime Garzón llamaba “procónsul” y Horacio Serpa definió como “gringo maluco”— publicó en 2015 un libro-entrevista con el periodista Gerardo Reyes (Frechette se confiesa, Editorial Planeta), donde al ser preguntado sobre los posibles autores del asesinato de Álvaro Gómez Hurtado, habló de un grupo de militares retirados. Teniendo en cuenta que él era quizás la persona mejor informada sobre lo que ocurría en el país en ese entonces, y que en el libro confesó que “hay secretos de Estado que no los voy a contar”, viajé hasta Washington a entrevistarlo, en busca de que aportara nuevas luces que contribuyan a esclarecer ese crimen.

El resultado fue una conversación de cuatro horas sin pausa en la terraza interior del hotel Bethesda Hyatt, durante las cuales, a sus 81 años a punto de cumplir, no mostró la menor señal de cansancio y solo bebió un café americano acompañado de un vaso de agua. Allí hizo importantes revelaciones para una publicación que saldrá en próximos días, pero aquí he extractado sus puntos de vista sobre algunos temas de actualidad que tocó, como el “chantaje” que le estarían haciendo al presidente Juan Manuel Santos los militares agrupados en ACORE. A su vez, se refirió al expresidente Álvaro Uribe en duros términos; según Frechette, el desarme de los grupos paramilitares ocurrido durante su gobierno fue algo “completamente chimbo”.

En su libro, al referirse al golpe de Estado contra Ernesto Samper que se estaba fraguando y al que se le ve relacionado con el asesinato de Álvaro Gómez, usted dijo: “yo creo que ellos, los militares jubilados, le pidieron a él que encabezara ese gobierno”. Todo indica que se refiere a la Asociación de Oficiales Retirados de las Fuerzas Militares (ACORE), y queda entonces la impresión de que usted sabe más sobre el papel que pudo haber desempeñado esa asociación en torno a ese crimen…

Bueno, mire: ACORE es una organización poderosísima en Colombia. Ya ve usted el chantaje que le están haciendo al presidente Santos para que no les den el mismo tratamiento a los militares que a la guerrilla por crímenes de lesa humanidad. Llega un momento en que ellos dicen “¡Ni puel carajo!”. Santos los oye y toma asiento con ellos, pero no están totalmente contentos y siguen presionando. Y van a seguir así, porque si yo fuera uno de ellos pensaría igual en cuanto a que es posible que yo haya hecho cosas brutales, pero lo hice por el bien de la patria.

¿Quién cree que saldrá ganador en ese pulso entre los militares y Santos?

Santos es una persona que tomó un rumbo diferente a su antecesor. Él tiene una visión internacional de Colombia. Comenzó con un acuerdo mutuo de no agresión con Chávez, porque eso estaba medio candela, ¿no? Y decidió hacer el acuerdo de paz con las Farc, hizo muchos acuerdos de libre comercio, y comenzó a abrir espacios y horizontes participando más y más en organizaciones internacionales. Muchas de las cosas que ha hecho Santos son cosas que le han hecho mucho bien a Colombia. Ahora, en lo de ACORE, es obvio que, si Santos no hace algo para eximirlos, ellos seguirán presionando.

Llama la atención cuando usted dice que ha habido militares que hicieron cosas brutales, pero lo hicieron por el bien de la patria. En el caso del crimen de Álvaro Gómez, ¿ve alguna posibilidad de que lo hubieran hecho también por el bien de la patria?

No. Lo hicieron simplemente porque querían borrar su rastro, borrar la conexión entre ellos y Álvaro Gómez. Cuando él les dijo que no, ellos pensaron “caracho, de pronto el tipo suelta la letra o se le sale algo”.

¿O sea, lo inmolaron?

Lo inmolaron, sí. El autor material pudo ser cualquier persona. Pero los autores intelectuales están ahí todavía, ahora. No sé a dónde, pero están en Colombia. No han sido apresados, no han sido detenidos, nada.

Esto encaja con la teoría de Claus Roxin sobre los aparatos organizados de poder: en los crímenes de autoría mediata, la voluntad conductora de la acción corresponde al autor mediato y no al ejecutor material. En el caso del asesinato de Álvaro Gómez todo indica que fue obra de un aparato organizado de poder desde el estamento militar, pero del que solo fue encontrado culpable un autor material, Héctor Paul Flórez, quien por cierto acaba de salir libre por pena cumplida. ¿Es ese aparato organizado de poder el que sigue impune?

No le puedo contestar, pero me llama la atención que el grupo de ACORE sigue presionando públicamente al presidente Santos para que les dé una escapadita. Yo no soy el único que piensa eso, también Human Rights Watch (HRW) y toda la gente que se ocupa de Derechos Humanos, todos ellos creen que es así. La presión de ACORE ha hecho retroceder varias veces al presidente Santos, y eso indica que tienen mucha influencia. No sé si él contempla que ellos pudieran tomarse el poder, lo dudo. Pero podrían arruinarle todo el esquema. Santos sigue bajo presión, y creo que los de ACORE están tratando de salvar su pellejo.

¿Ese “salvar su pellejo” incluye medidas desestabilizadoras?

No, yo creo que no. Ellos siempre han dicho, y usted lo ha leído: “Nosotros somos sirvientes del Estado. Si hicimos alguna cosa en forma errada, fue al servicio de la patria”. Tiene una cierta lógica, pero la cosa es que el Derecho Internacional Humanitario (DIH) establece que hay todo tipo de militares que cometen crímenes de lesa humanidad. Yo recuerdo haber leído un artículo que hablaba de unos militares que llegaron a un lugar y encontraron a ciertos hombres con uniforme de guerrilla, y no se les veía ningún balazo. Pero al quitarles la chaqueta, habían sido acribillados.

¿Deberían estar los autores de esos delitos, conocidos como falsos positivos, cobijados por el tribunal de la Justicia Especial de Paz (JEP)?

¡Claro que no! Y HRW y otras organizaciones están de acuerdo en que no debe ser así, y leí un informe de hace menos de una semana donde la HRW se opone, pero no solo en Colombia sino al nivel de la Corte Penal Internacional (CPI). Todos los esfuerzos de ACORE hoy están empeñados en torcerle el brazo al presidente Santos. Cuando yo llegué a Colombia recuerdo haber leído un informe sobre la mendacidad de las Fuerzas Armadas. En un lugar, creo que era Antioquia, había una base militar y a medio kilómetro de ahí había una base de los paramilitares. Y los militares, con una cara de yo no fui, decían ante la evidencia: “No es verdad”. Eso indica que en Colombia el poder de los militares es enorme.

¿Pueden las organizaciones de Derechos Humanos presionar por su lado para que esos crímenes de lesa humanidad no queden impunes?

Yo conozco gente de HRW y son personas decentes, muy creíbles, y están empujando. Si no fuera por la presión de ellos, al presidente Santos le habría quedado más fácil resolver el tema con ACORE. Pero en este momento está en una situación bien difícil. ¿Por qué? Porque Trump no sopla hacia Colombia con buena gana, y nadie sabe lo que pueda pasar. Los colombianos se metieron al proceso de paz creyéndole a Sergio Jaramillo, en cuanto a que la implementación de los acuerdos tomaría diez años y que habría mucha plata. Y Cárdenas puso la reforma tributaria, y mucha gente quedó descontenta con eso. Ciertos elementos del acuerdo de paz están cuestionados por personas serias. Seguir adelante como si no pasara nada, no es suficiente. Hay dudas en Colombia, hay un tufo de corrupción poderosísimo, y eso le está haciendo mucho daño a Santos. En su discurso de posesión de 2014, sacó una declaración donde dijo: “Una de las cosas que no me gusta hacer es ir a Washington a limosnear”. Y cuando un laboratorio de Colombia le dijo que el glifosato sí hacía daño, inmediatamente paró la aspersión aérea. Y ahora se está dando cuenta de que esa decisión fue errada, demasiado apresurada. Y esto lo deja a él en una situación dificilísima.

¿Se refiere al aumento de los cultivos de coca en el país?

Santos es una persona a la que nunca le gustó la aspersión aérea sobre los cultivos de coca, no obstante que en Colombia se usa el glifosato en productos agrícolas que se consumen en la mesa. Después de más de cien pruebas hechas por científicos, nunca se llegó a concluir que estaba causando daño a la salud a personas que vivían cerca. Y súmele a esto que las Farc son muy inteligentes. Vieron que el Gobierno estaba diciendo que “en regiones donde hay coca vamos a poner plata para hacer cambio de cultivos”, y salieron ellos a amenazar con rifle a los tipos que estaban en las regiones de coca, a que plantaran más coca para traer más plata del Gobierno. Es decir: las Farc pueden ser brutales, pero no son pendejos.

Cambio de tercio: usted habla en su libro de personas que le decían “no le tenga mucha confianza a Uribe, es un tipo ligado con los narcos, que apoya a los paramilitares”. Hoy, después de tantos años, ¿cree usted que Uribe apoyaba a los paramilitares… y viceversa?

Cuando yo fui a Antioquia a visitarlo siendo gobernador, él tenía una gran reputación como buen gobernador y gran político. Yo tenía varias preguntas que hacerle, y una de ellas era por qué le había dado el control de expedir licencias para avionetas a César Villegas, un tipo que estaba dándoles esos permisos a naves ligadas al narcotráfico. Era algo que él sabía perfectamente. Y bueno, me dijo que se puso a buscar en Colombia a ver si había alguien que sabía de aviación civil, y no había… Y me dijo que Villegas se había graduado para hacer eso en una universidad de Toronto, y que por eso le ofreció el puesto. Y le dije sí, entiendo lo primero. Pero lo que no entiendo es por qué no lo sacó. Y no pudo darme una respuesta creíble. Habló mucho, ‘cantinfló’.

¿Sabía usted además lo de las Convivir de Uribe, que nacieron precisamente en Antioquia?

Claro. Yo le dije: “mire, eso de las Convivir no nos convence”. Él me dijo “es que no van a cargar armas. Serán personas de la región que estarán vigilando los bosques e informarán por radio que hay personas desconocidas en esos lugares”. No niego que me comí el cuento. Y con el pasar del tiempo me di cuenta de que era un señor extremamente hábil, pero muy creyente en lo de los paramilitares.

¿Usted cree que Uribe tuvo algo que ver con el auge del paramilitarismo en Colombia?

Por supuesto. Las Convivir fueron la raíz de lo que después se convirtió en un enorme problema. Cuando Uribe como presidente se dio cuenta de que ya los gringos estaban oliéndose todo, entonces decidió hacer el desarme de los paramilitares. Un desarme completamente chimbo, como usted sabe. Había unidades completas que nunca habían sido Convivir ni nada de esas cosas. Y Washington se quedó dormido.

¿Cómo así, usted cree que Washington fue alcahueta de Uribe en el tema de los paramilitares?

Sí.

¿Y eso por qué…?

Porque al acabarse esas acciones de Uribe y los paramilitares, se reduciría la violencia. Washington quería reducir la violencia en Colombia, y le comió el cuento. Es más, no le voy a decir ante quién, pero yo hablé con personas de muy alto nivel del Departamento de Estado a decirles “este señor Uribe les está vendiendo una historia falsa”. Yo nunca me olvido del pilón de armas que dejaron los paramilitares: muchas de ellas eran nuevas cuando Napoleón fue Emperador de Francia. Es decir, a otro perro con ese hueso. Pero Uribe tenía apoyo en el Congreso y EE UU quería reducir la violencia. Esas son razones de Estado con las cuales yo no concuerdo.

¿O sea que usted cree que quedaron estructuras paramilitares intactas después de esa supuesta negociación?

Es que se fueron a otros lugares. En lugar de seguir operando en los lugares donde habían estado, se fueron al sur y al este del país, a continuar sus fechorías. Ellos son los que ahora se dedican a la minería ilegal, a minería de piedras preciosas. Y mientras tanto el ELN muy feliz haciendo volar el oleoducto…

Teniendo en cuenta la inconformidad que usted siempre tuvo por igual hacia Ernesto Samper y Álvaro Uribe, ¿si le pusieran en una balanza a escoger entre ambos, con quién se quedaría?

Eso es un falso dilema. Samper solo tuvo un período de gobierno, mientras que Uribe consiguió que se cambiara la Constitución para que le permitieran un segundo período, y no contento ¡pidió un tercer período…! Pero el Congreso no le aguantó el sablazo.

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