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viernes, 28 de febrero de 2014

"UNA NOCHE EN CAZUCÀ" TRATANDO DE ENTENDER EL ¿POR QUE? DE ESTA GUERRA. (30)


Pasamos la noche en Cazucá y descubrimos cómo opera la limpieza social’

Altos de Cazucá es uno de los sectores más peligrosos y abandonados de Soacha, es límite fronterizo de este municipio con Bogotá.

ELESPECTADOR.COM  Febrero 28 de 2014
Por: Juan Camilo Maldonado. @donmaldo 
Vice Colombia


Tienes que pensarlo muy bien antes de comenzar a escribir.Te han amenazado tantas veces que el gesto violento ya te parece protocolo. Te han dicho: “Si nos boletea, la lleva; si nos chimbea, lo buscamos gonorreíta; ojo pues pirobo que es muy fácil averiguar por dónde vive; si nos mete en problemas, se gana su machetazo, mi perro, lo matamos, así de sencillo papi, lo MA-TA-MOS, o mejor: lo despedazamos”.
En diciembre de 2013 decidí internarme en la Comuna 4 de Soacha, también conocida como Altos de Cazucá, uno de los sectores más peligrosos y abandonados de Soacha, y límite fronterizo de este municipio con Bogotá. Dos meses atrás, tres estudiantes de periodismo habían llegado angustiadas a mi oficina; tenían la esperanza de que algún medio de comunicación publicara una serie de testimonios que habían recogido para su tesis de grado en los cuales se revelaba el tenebroso regreso de una vieja práctica a estas colinas: la periódica ejecución de asesinatos selectivos, antecedidos por panfletos amenazantes y listas con nombres y direcciones de muchachos del sector, que eran pegados en postes de la luz o rotados de mano en mano. Muchos de quienes aparecían allí listados eran menores de 24 años y no habían cometido otro pecado que fumarse un porro ocasional en alguna esquina del barrio.
Coincidencialmente, la Defensoría del Pueblo, que es la única entidad estatal que hace presencia permanente en esta comuna de barrios polvorientos, trochas de barro, casas de lata y cartón, perros, gatos, niños y adolescentes embarazadas, estaba por publicar la cuarta entrega de una serie de alertas que advertían el regreso de grupos paramilitares desmovilizados durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Según los informes de la entidad, con nombres reciclados como Bloque Capital de las Autodefensas Unidas de Colombia, Los Rastrojos, Águilas Negras o Los Urabeños, las bandas se reactivaron en 2010 y desde entonces reclutan jóvenes, amenazan con limpiezas, desplazan a antiguos moradores, extorsionan, asesinan líderes comunitarios y culturales e imponen toques de queda, sin que la Policía, ni la Fiscalía ni la Alcaldía del municipio ni absolutamente nadie lo admita y, por consiguiente, haga el menor esfuerzo por prevenirlo.
Para las autoridades, lo denunciado por la Defensoría es un problema de “delincuencia común”. Aseguran que no hay señas de que adentro operen bandas criminales ni mucho menos que haya regresado la limpieza social. Sin embargo, la coincidencia entre los testimonios recogidos por las universitarias y aquellos incluidos en los informes de la Defensoría me pareció alarmante. Así que le solicité al Comando del Distrito Especial de la Policía de Soacha un informe detallado de las muertes violentas ocurridas en el municipio entre enero de 2010 y diciembre de 2013.
La revisión de las cifras entregadas por la Policía no dice mucho sobre el oscuro trasfondo de lo que está ocurriendo en estos barrios; sin embargo, sí revelan una realidad aterradora: a Cazucá regresó el plomo y los asesinatos llegan a picos históricos. Entre 2010 y 2013, los homicidios en la Comuna 4 aumentaron 171,8%. Mientras que para diciembre de 2010, cuatro meses antes de que se emitiera la alerta, habían sido asesinadas 32 personas en todo el año, para diciembre de 2013 la cifra anual ascendió a 87. Pareciera que cuantas más advertencias emite la Defensoría y cuanto más lo niegan las autoridades, más son los muertos que caen en Cazucá.
La mayoría son hombres (92%).
Casi la mitad está en edad escolar o universitaria (45% entre los 14 y los 25 años).
Dos de cada tres son baleados en la noche (66%).
Porque todo, o casi todo lo que no se ve ni se dice ni se registra ni se investiga en las favelas de Soacha, pasa de noche.
A Cazucá llegué un viernes de diciembre, cuando ya atardecía. La busetica destartalada que agarramos en la Autopista Sur nos condujo por una trocha encumbrada, que se le puede llamar carretera de milagro, hasta el corazón del barrio La Isla, donde el camino se ensancha y forma un claro, alrededor del cual se concentran algunos bares, dos panaderías, un minimercado, un billar y una solitaria discotecta crossover a la que solo entran los “afro”. Días después, cuando este espacio dejó de resultar tan extraño para mí, me iría enterando de que estos locales son puntos esenciales en el mapa colectivo que dibuja la violencia de los últimos meses: la panadería en la que mataron a tiros al pelado de 16 años, la discotecta donde asesinaron a varios negros, la esquina en diagonal al billar donde le metieron tres plomazos a un jíbaro…
La Isla es uno de los barrios estratégicos de Cazucá. Por estar casi en la cima de la colina, permite el control de los barrios de abajo, y está además atravesada por la única avenida destapada que comunica a Soacha con Ciudad Bolívar, en Bogotá. No resulta sorprendente que este sea el lugar desde donde operan las pocas organizaciones no gubernamentales que aún quedan en la zona (incluyendo dos programas de Naciones Unidas: PNUD y ACNUR), así como las difusas estructuras criminales a las que la comunidad se refiere en términos genéricos como “los paras”.
Poco a poco comenzaría a comprender que a “los paras” uno nunca los ve. Muchos, en los más de 25 barrios que componen la Comuna 4 (las cifras oficiales de Soacha, que son todo menos precisas, calculan que aquí viven 70.000 personas, entre ellos 17.000 desplazados), aseguran que recientemente las armas utilizadas en los asesinatos han cambiado, la llegada de camionetas a altas horas de la noche se ha incrementado, y de vez en cuando los “duros” de La Isla mandan a llamar a los líderes de los barrios subsidiarios para tratar temas clave de la zona: quién maneja cada olla de expendio de bazuco, quién anda de sapo o a cuáles ladronzuelos hay que salir a limpiar.
Nada de lo anterior lo supe de buenas a primeras. Lo fui averiguando luego de largas conversaciones y tomatas de cerveza con duros de todas las estirpes —jíbaros, traficantes de armas y votos, controladores de ollas, galleros, paracos, exparacos, pandilleros, expandilleros, víctimas, estudiantes, obreros, empleadas del servicio y asesinos—, en pequeñas tiendas donde la carrilera y el vallenato estallan los parlantes de las rockolas, y las canciones de Jimmy Gutiérrez y Los Caciques del Despecho se convierten en himnos que los duros de la gallada cantan ebrios y sonrientes, a todo pulmón:
Pa’ chupar guaro soy buen gallo
Pa’ putiar soy un perrazo
Le tumbo la hembra al que sea
Me doy plomo con quien sea
Jarto whiskey o lo que sea
Y a ningún remalparido le pido para gastar.
Entonces por qué hijueputas
Una cuerda de mantecos chichipatos me critican
No se metan con mi vida
Puto, borracho, torcido
Lo que sea es problema mío
Vaya y báñensen el culo y déjenme la vida en paz.
Esa noche me senté a chupar por primera vez con Toño. Robusto, frentero, con ese acento del sur del país que va escupiendo sílabas como si fueran coñazos, aceptó tomarse una cerveza (serían unas diez esa noche), luego de explicarle que había venido a Cazucá para comprobar si era cierto que las lomas habían sido tomadas por los paracos, y que en la noche la bala se encendía tan rutinariamente como la lluvia en abril.
Toño llegó a Cazucá hace más de quince años y a Bogotá hace tres décadas. Tuvo que salir de su pueblo y dejar la finca en la que trabajaba porque se batió a machete por una novia que tuvo en la adolescencia. Eran tres tipos contra él; los únicos tres con los que no se debía meter. A uno lo dejó tullido del brazo, a otro le rajó el estómago y al último lo dejó cojo. Al día siguiente tuvo que despedirse de ella y agarrar un bus, primero hacia Bogotá y luego a Cazucá, donde una persona como él tenía la vida garantizada, porque en la Comuna 4 sobrevive el más inteligente y el más fuerte y el menos sapo, y donde “el respeto, papi, no se exige, sino se merece”.
Durante más de una década, Toño se ha ganado el respeto de su cuadra. Con su gallada ha sabido defender el barrio cuando las pandillas, los rateros o algún combo de traficantes de droga han intentado meterse “a chimbiar”. Cada vez que esto pasa, basta con “alertar a los parceros de la gallada, sacar los fierros de debajo de la cama y salir a darles bala a esos pirobos por el cerro”.
Su hoja de vida es sorprendente: fue cotero en Corabastos, la mayor central distribuidora de alimentos de Bogotá, y mientras se curtía el lomo cargando kilos y kilos de fríjoles, aprendió de sus patrones el arte de traficar con armas y lavarles dólares a los narcos. Se hizo maestro de obra e invasor de terrenos, y con la misma agilidad dirige la construcción de un edificio en Bogotá y la invasión de un lote ajeno en Cazucá. A un par de cárceles, manda bazuco; a un par de honorables políticos de Soacha les ha recogido y cobrado votos. A sus amigos se lo da todo y a quienes lo traicionan, los destierra. Así, a punta de músculo y ley, la pura ley, la del barrio que castiga cuando prometes y no cumples, cuando te tuerces y sapeas, Toño se ha ganado su lugar en las pocas cuadras que componen su territorio. Tal es su liderazgo que alguna vez participó como candidato a un cargo de elección popular en el municipio y hoy quiere lanzarse como presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio.
Acabado el petaco de cerveza, le pedí a Toño que me llevara a caminar por las calles de Cazucá. Eran la dos de la mañana y el frío me iba a quebrar los huesos. El hombre no tuvo problema en quitarse su abrigo, quedarse en camisa de manga corta y ponérmela a mí, sobre mi chaqueta de cuero. “Tranquilo papi —me dijo—, estamos pa’ las que sea”.
Si hay algo que debe entender quien viene por primera vez a Cazucá, es que acá no mandan la Policía ni el Ejército ni el alcalde. Acá mandan las Fronteras. Sin un hospital, centro de salud, colegio público u oficina municipal; sin algún teatro o centro cultural, biblioteca o parque que facilite la cohesión entre los habitantes de un municipio donde el 70% es “extranjero”, la vida en la comuna se resuelve por retazos. Si eres de Ciudadela Sucre no pasas por La Isla; si eres de El Oasis no bajas a Rincón del Lago. Mucho menos si es de noche, mucho menos si eres mujer, muchísimo menos si en el barrio vecino no tienes un compadre o paisano que pueda abogar por ti cuando te detengan en una esquina y te agarren a preguntas y luego a taguazos por tener un rostro desconocido en comunidades que, a fuerza de estar solas, aprendieron a cuidarse como en la selva: unidas, en manada, en constante alerta por el predador externo.
Toño camina por las calles del barrio, su barrio, sonriente. A mí el miedo ya me quitó el frío. Muchos vecinos me advirtieron que me guardara, que no era hora para andar caminando por Cazucá de noche. Pero Toño insiste en que mientras esté con él, nadie nos toca, y mientras lo dice se saca su manguera y mea a chorros torrenciales sobre lo que, justamente, es el límite de su territorio. Más allá hay otro barrio. Y no. Así uno se lo pida, Toño sabe muy bien por dónde no hay que meterse. Más allá de ese enorme y vaporoso charco de orines, Cazucá es de otra gallada y de otro Toño.
Las calles están vacías y la luz de los postes parece cubrirlo todo con una película amarilla que se mezcla con la arena de los caminos. Más que silencio, a esta ahora hay ausencia de sonidos, como si la noche llegara a la comuna cargada de vacío. Lo único que deja ver que en este barrio todavía hay vivos son los perros callejeros que suben y bajan por las trochas, y uno que otro chirri. Para Toño, esa es la forma más digna de llamar a los bazuqueros. Ni ñeros ni indigentes ni desechables; chirris, pelados menores de 21 años que a la distancia parecen sacados de The Walking Dead y que pasan por nuestro lado tambaleándose torpemente, recogidos, con la mirada baja, no sin antes pedirnos una liguita para comprar una bicha (dosis de bazuco) de mil pesos.
Cazucá es una gran olla de expendio de bazuco. Y el bazuco, junto con la prostitución y la informalidad en la tenencia de la tierra, son las principales razones por las cuales la violencia se ha intensificado y normalizado en la comuna. En especial desde hace cerca de tres años, cuando Cazucá pasó de moda y buena parte de las organizaciones no gubernamentales se fueron del sector, cortando el chorro de asistencia que nunca fue planeado ni coordinado, y que en cambio acostumbró a las personas a vivir de la caridad. La retirada de las ONG dejó una estela de hambre que fue ocupada por la droga: los cazuqueños quedaron con dos opciones: o consumir bazuco o vendérselo a su vecino. Y gradualmente estos barrios se convirtieron en gigantescas ollas residenciales de expendio, cada vez más codiciadas por las bandas mafiosas que nadie ve, pero todos saben que existen.
El bazuco es de color amarillo pálido y cuando se carbura en las pipas hechizas que cargan los chirris, huele a llanta quemada. Su efecto psicotrópico no dura más de cinco minutos, pero la estela de pánico, paranoia y angustia que deja esta mezcla barata de sobrados de cocaína con gasolina y ácido sulfúrico se prolonga mucho tiempo más. Durante las jornadas de limpieza social, estos muchachos son los primeros que caen en las redadas, por lo cual no es difícil imaginar lo duro que debe ser deambular por estas calles mendigando y consumiendo a medianoche en medio del delirio, cuando cada cierto tiempo circulan listas con nombres y en el barrio aseguran que la cosa está más caliente que nunca.
Con Toño hacemos una parada frente a una casa con un andén corto y un poste de luz. Junto al poste de luz, una cámara instalada por la Policía es el único vínculo que estos muchachos tienen con el Estado. Si acá ver a un médico, a un profesor o a un entrenador deportivo es un milagro de Dios, el chispazo filantrópico de una fundación bogotana bienintencionada o una fachada oportunista y lucrativa de algún honorable concejal de Soacha, a las patrullas de Policía solo se les ve cuando vienen a proteger a algún visitante “de afuera” o a recoger a un muerto.
De ahí que a las tres de la mañana de un viernes cualquiera los chirris no tengan otra opción que gravitar bajo esta cámara de video, instalada a siete metros de altura, y dejarse observar por su silencioso ojo electrónico. Fuera del radar de este poste de luz, a cualquiera de los más de veinte muchachos con los que nos cruzamos podría llegarle su última noche sin que quedara el menor rastro de lo ocurrido. Su cuerpo amanecería flotando en el Lago, un humedal que queda en las faldas de la montaña y que todos reconocen como el mayor botadero de muertos del sector (envueltos en bolsas, los cadáveres que son lanzados al Lago se conocen como “cocodrilos”).
De todos los chirris, el que más me simpatizó fue Bryan. Allí estaba aquella noche, y allí mismo me lo volvería a cruzar otras veces. No tiene más de 20 años y lleva tanto tiempo metiendo bazuco que sus ojos andan siempre a media asta, como si nunca durmiera. Todas las noches sale a merodear alrededor de la cámara de vigilancia, y solo se aleja del lugar si este gesto audaz le garantiza la liguita para comprar la bicha (dosis de bazuco) en la olla que queda en el Lago. Una vez conseguida la droga, Bryan regresa al mismo lugar y de allí no se mueve.
Así son las cosas en Cazucá: a los niños sus padres les prohíben salir de la casa después de las 7:00 p.m. y durante el día el permiso se amplía, pero solo alrededor de media cuadra; la vida de Bryan, entre tanto, se circunscribe a ese círculo de luz amarilla sobre la arena que genera la bombilla de la cual pende la cámara. En Cazucá casi todos viven encerrados entre muros, así estén al aire libre.
Cuando me le acerqué a hablarle la primera vez, Bryan me pidió que me alejara. Tan consciente de sí mismo como un licántropo, me explicó que el bazuco lo pone violento, que no es dueño de sí mismo. Toño se arrodilló, le pasó una mano por los hombros y le dio su liguita. Bryan es uno de sus chirris, le ayuda con algunos mandados, y en cierta medida pertenece a un grupo que resulta funcional para los combos del barrio. No solo son la principal clientela de las ollas, sino que por necesidad terminan haciendo todo tipo de favores. Todos.
Cuando regresó de comprarse su bicha, el muchacho estaba más tranquilo. Me contó que le gustaban las matemáticas y el inglés. Ambas materias las había estudiado en el centro de rehabilitación para habitantes de calle que el padre Javier de Nicoló fundó hace décadas cerca al Parque El Tuparro, en la Orinoquia. “Pero fue solo regresar al barrio pa’ comenzar otra vez a consumir, ¿si pilla?”. Sí pillo. Para un drogadicto, vivir en Cazucá es permanecer en un laberinto construido con ladrillos de bazuco.
Esta noche no se escucharon tiros en Cazucá. Tampoco salieron las camionetas de vidrios oscuros a recorrer las lomas. Toño hizo todo lo posible por sacarle el cuerpo al tema de las recientes jornadas de limpieza social, las denuncias sobre Los Urabeños o el asesinato de un estudiante de colegio de La Isla, que a mediados de agosto de 2013 se había resistido a ser reclutado por un grupo armado. “Puras mierdas de pandillas”, me dijo.
Tuve que visitar muchas veces más la Comuna 4 para que Toño me diera una lección de cómo funcionan realmente las cosas. Semanas en las que conocí y hablé con Cazucá entera, y cuyas historias fueron quedando consignadas en mi cuaderno de notas. El soldador que un día aprendió a hacer armas hechizas y comenzó a vendérselas a las pandillas. El joven obrero con sueños de arquitecto que vio cómo los encapuchados obligaban a dos de sus amigos a abrazarse para luego partirlos a tiros.
El mismo joven obrero que al conocerme en un bar, a la medianoche, me acusó de formar parte de un grupo de limpieza y me dijo que me cuidara porque otro con más agallas me encendía con el fierro sin siquiera preguntar. El jíbaro de 50 años que cuando llegaba la tomba a requisar la olla cavaba un hueco y se cubría con tierra. El mismo jíbaro que otra noche le pagó los favores sexuales a una bazuquerita de 22 años con cuarenta bichas malcontadas, pese a que la niña andaba tan encarramañada que parecía electrocutada, con los ojos abiertos, como si el pánico le hubiera borrado los párpados.
El viejo Pedro, fundador de un barrio, que sale a hacer vueltas con machete en mano porque “la cosa está caliente”. El pelado que solía jibarear y que tiene el cuerpo tatuado con tinta, bala y marcas de cuchillo, y sigue vivo, con 23 años, tres hijos, dos mujeres, la última de unos 16 años. El expandillero que quiso ingresar a la Universidad Distrital y le negaron el cupo por ser de la Comuna 4. Y don Jorge, que en una cartulina azul, doblada en cuatro partes, lleva la cuenta y los nombres de los jóvenes asesinados desde agosto del año pasado.
En algún punto, una tarde de diciembre, uno de ellos me mostró una foto en su celular. Salía vestido de camuflado, de cuerpo completo, sonriente. “Así me vestí la última vez que salimos a limpiar”, me dijo. El hombre, de unos 40 años, había sido miembro de las autodefensas de Ramón Isaza en el Magdalena Medio y ahora forma parte de los combos que controlan la vida en un sector de Cazucá.
Haber visto la foto me dio pie para, días después, volver a tocar el tema de la limpieza con Toño. Esta vez, bajó la voz y los hombros, y en su rostro se dibujó un dejo de picardía, como la de un niño cuando sabe que rompió la ventana del vecino con el balón.
“La cosa de la limpieza es así —me dijo—. Aquí de vez en cuando a alguien le roban algo. Póngale, un ladrón se mete y se le lleva a un compadre un televisor. Entonces nosotros llamamos a los vecinos y a la gallada, y nos ponemos a discutir. ‘Bueno pues hay que cazar a esa rata’. Nos ponemos de acuerdo en la hora y el día, siempre de noche, cuando no haya nadie, y entonces sacamos las capuchas, nos las ponemos y comenzamos a limpiar. A veces son los paracos los que nos llaman. Llegan con una lista y nos reunimos en el colegio con representantes de cada barrio a examinarla: ‘A fulanito sí se le puede matar, a este otro no’. Y luego salimos en combo. Uno de cada barrio, eso es muy importante”.
¿Hay Urabeños en Cazucá? ¿Hay Rastrojos, inteligencia de las Farc, narcos, proxenetas, prófugos, asesinos a sueldo? Están todos y ninguno, porque nadie acá entiende esta violencia que desborda lo cotidiano. Y nadie sabe, en una comuna de 17.000 desplazados, cuándo la víctima se convirtió en victimario. Entre 2012 y 2013, el volumen de desplazados en Soacha se duplicó, según registros de la Personería Municipal. Mientras que en 2012 llegaron al municipio 1.332 desplazados, la cifra ascendió a alrededor de 2.500 en 2013. Todos los días, este pueblito con cara de ciudad (es la octava en población) les tiene que hacer campo a tres familias que llegan escapando de las guerras de Colombia. Paradójicamente, el municipio autorizó la construcción de 140 mil viviendas para nuevas familias, lo que podría elevar a un millón el número de habitantes de un municipio que a duras penas les suministra agua a sus actuales habitantes.
Desde su casa, donde, pese a todo, se respira el aire puro, Toño observa todos los días esa mancha gris y ruidosa que es Soacha. Como su rancho está en zona de riesgo de derrumbe, su familia ha sido incluida en un programa de reubicación que próximamente lo trasladará a una de esas cajas de fósforos que hoy comienzan a poblar el paisaje de Soacha. Muchos acá aceptan aceptan estos apartamentos de cerca de 40m2, para regresar semanas después al barrio y dejar en arriendo la vivienda que les regaló el gobierno. Le pregunto a Toño qué va a hacer cuando le entreguen el suyo. “Pues mijo, volver al barrio”, me responde, “uno acá vive muy sabroso”.


domingo, 24 de febrero de 2013

¿PAZ SIN RECONCILIACIÓN? II (AJGF)



N. del E.: Columna publicada en el portal arcoiris.com.co en febrero de 2013. 

¿PAZ SIN RECONCILIACIÓN? II 


Ya comienza a calar la idea de que habrá un acuerdo de paz con las FARC. Si es que eso se puede llamar paz. No habrá una solución al conflicto colombiano mientras no se dimensione realmente que significa el termino “paz” y si los colombianos somos capaces objetivamente de entenderla como una gran cruzada (en el buen sentido de la palabra) de reconciliación nacional y no como el desarme de grupos aislados. 



Los acuerdos de paz que ha celebrado el estado colombiano con diversos actores armados a lo largo de la historia han logrado desactivar temporalmente el conflicto en algunas regiones pero no han logrado generar la paz. El conflicto se ha reciclado, se ha reencauchado y se ha repotenciado, en la mayoría de los casos con parte de los actores que aparentemente desarmaron. Poco tuvieron esos acuerdos de reintegración a la vida civil de los desmovilizados y absolutamente nada de verdad, reparación, restitución, cero en justicia, temas de los que ni siquiera se mencionaban en las negociaciones. Se partía (y parece que aun se parte) del principio no escrito de que se requería la mas absoluta impunidad. Perdón y olvido; Borrón y cuenta nueva; Punto final. 



En ese orden de ideas, los acuerdos no produjeron paz por que nunca hubo un propósito de reconciliación. En cada acuerdo improvisado, el “postconflicto” ha llegado a ser peor que el mismo conflicto que se quiso terminar. 



El único proceso de paz de la historia colombiana donde se mencionó y se hizo evidente la necesidad de la reconciliación nacional, fue en el proceso de desmovilización de las AUC, a partir de la ley 975 de 2005, “de Justicia y Paz”. Ya los nuevos estándares internacionales evidenciaron la necesidad de la verdad y la reparación como prerrequisitos de la justicia necesaria en la sanción de cualquiera violación de los derechos humanos. Pero también evidenciaron la necesidad de reconstruir el tejido social de una forma sistemática y organizada que permitiera no solo la reintegración de los excombatientes a la sociedad, sino su acogimiento por parte de esta, generando una sana convivencia y que fuera sostenible en el tiempo. 



Las causas objetivas del conflicto no son “el discurso mamerto” como despectivamente se les califica para invisibilizarlas en una negociación. Son realidades evidentes y los acuerdos de paz nunca las han considerado. La pobreza absoluta, la desigualdad social, la exclusión social y política, la imposibilidad de acceder a la justicia, la no salud, la no educación, la negación de la vida en condiciones dignas para todos, no han sido parte de esos acuerdos en forma alguna, y seguramente no lo serán jamás. Son solo argumentos que les sirven a los violentólogos para justificar por que los Colombianos son tan violentos, sin ofrecer ninguna solución. 



Pero para alcanzar la paz, la reconciliación nacional y hacerla sostenible se requiere mucho mas que un acuerdo con las guerrillas. Ya el hecho de lograr su desmovilización y sometimiento al derecho es una labor titánica, la reintegración y el acogimiento de la sociedad a los excombatientes será otra inmensa labor, mas difícil aun que el logro del acuerdo. 



Se requiere generar una cultura de la reconciliación y esto implica abrir espacios conversacionales con todos los sectores y actores del conflicto colombiano. Los armados y los desarmados, los civiles y los militares, la comunidad internacional, las organizaciones sociales, la sociedad civil, dirigentes políticos y económicos y el mayor factor de violencia que subsistirá a todos los acuerdos de paz, que son la delincuencia común, organizada y no organizada y el narcotráfico. 



Ni la mesa de negociación con las FARC, ni con ningún otro grupo, va a solucionar en sus acuerdos el problema de violencia y delincuencia en los barrios, en las veredas, en las calles. No va a solucionar la extorsión, el asesinato, el matoneo, la violencia intrafamiliar, y todas las formas de violencia que hacen parte integral del conflicto colombiano. Un acuerdo con un factor generador de conflicto no tiene ninguna repercusión en el problema de violencia en las ciudades, excepto por que se aumente, como ocurrió con la desmovilización de los paramilitares, muchos de ellos hoy reciclados en las bandas ilegales y los combos urbanos. 



Como promover y consolidar una cultura de reconciliación a todo nivel en Colombia es la real labor que se requiere para alcanzar la paz duradera y sostenible. “Para lograr la paz hay que desactivar todas las formas de violencia” es la propuesta de Francisco Galán, un exguerrillero hoy dedicado a la búsqueda de la reconciliación. Tiene razón. Tanto influye en el conflicto el problema de las guerrillas, como el de las bandas narcotraficantes, pero también, las fronteras invisibles, la extorsión, el micro-narcotráfico o la violencia intrafamiliar y doméstica, todas las formas de discriminación y la violencia de genero. Todo es una gran sumatoria de violencias, todas las cuales hay que terminarlas. 



Esta es la labor que corresponde a la comunidad internacional, la sociedad civil, a los gremios, a los medios de comunicación, a la clase dirigente económica y política, tanto en el nivel nacional, como departamental y local. 



Generar una cultura de la reconciliación nos corresponde a todos los que queremos aportar un grano de arena para la construcción del tejido social y el logro de la paz real y duradera con una solución integral. Y hay que comenzar ya. 



Estas son las frases clave siempre partiendo de un no rotundo a todas las formas de violencia: reconstruir el tejido social, promover la reconciliación nacional, todos y ya. Pero hay que tener siempre presente que sin acuerdos serios que lleven a desactivar las causas objetivas del conflicto, no se podrán desactivar las formas de violencia y nunca podremos alcanzar una verdadera paz.

Por: Antonio José García Fernández

domingo, 8 de abril de 2012

¿CASOS EMBLEMÁTICOS O LEGALIZAR LA IMPUNIDAD? (AJGF)



Nota del editor: A continuación transcribimos columna de nuestra autoria publicada por la revista Arcoiris.com.co, de reciente aparición en internet. Damos las gracias a los directores y editores de dicho medio, por prestarnos su espacio para difundir nuestra opinión, que siempre será un aporte humilde pero sentido a la búsqueda de la reconciliación entre los colombianos. 
Nota: de acuerdo con lo recientemente revelado por  un ex-comandante desmovilizado a la Revista Semana, donde expone el manejo que desde la misma Fiscalía  General de la Nación se le ha venido dando a la información entregada por los desmovilizados a Justicia y Paz sobre quienes fueron los beneficiarios directos,  determinadores y financiadores del paramilitarismo en Colombia, cambiaríamos el titulo de este artículo, dejando la interrogación por una contundente afirmación:  "CASOS EMBLEMATICOS PARA LEGALIZAR LA IMPUNIDAD".


01.04.2012 11:04pm
¿Casos emblemáticos o legalizar la impunidad?
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La impunidad es el mayor problema de la justicia en el mundo. Por ello se constituyen instrumentos internacionales dedicados exclusivamente a combatirla, pero no solamente por su intrínseco problema de “no justicia”, o de injusticia, sino porque es el factor que más incide en la repetición de los delitos. Muchos delitos se cometen porque se tiene la oportunidad de cometerlos, y porque no hay factores disuasivos que los eviten, lo que conlleva a que la impunidad sea entonces el mayor determinante en la repetición de conductas criminales. Para encontrar esto no se requiere de grandes estudios e investigaciones, sino que es una conclusión a la que se puede llegar por simple sentido común.
Y claro que a esto no escapa ninguna modalidad delictual, puesto que en los delitos de cualquier índole, así se prevengan por los métodos tradicionales que emplean los Estados, la oportunidad de la impunidad es algo que supera las barreras morales y desde luego permite la repetición de la comisión de nuevos delitos, desde los de menor reproche social hasta los de lesa humanidad, que a su vez vienen aparejados con nueva impunidad. De ahí el gran interés de la humanidad por combatirla. Es combatiendo la impunidad, como se rompe el círculo vicioso y maléfico del crimen.
Incluso en los casos de crímenes que ofenden la humanidad no es necesario establecer grandes penas, no es necesario establecer la cadena perpetua, pues es posible llegar a unos sistemas punitivos bien concebidos, orientados a la prevención que permitan una verdadera y rápida resocialización del delincuente, incluso llegando en algunos casos a sustituir las medidas privativas de la libertad por otro tipo de sanciones, pero esos sistemas deben ser omnicomprensivos, deben contener y comprender todas las estructuras, no solamente a quienes las cometieron materialmente, sino a todos aquellos que las promovieron, las financiaron y a quienes directamente se beneficiaron de dichos crímenes.
Se debe entonces romper la ecuación actual de (EN ALGUNOS CASOS) delito = cárcel, por la ecuación: (EN TODOS LOS CASOS) delito = verdad + reparación + restricción de la libertad + garantías de no repetición.
Es necesario entonces llevar a los sistemas jurídicos no solamente a que se reprima el delito, sino también a que se prevenga la comisión de nuevos delitos y se garantice la no repetición en el caso de las graves violaciones de los derechos humanos. Si en algo avanzado la humanidad es en la concepción holística del ser humano, como centro y fin del sistema universal de derechos y deberes orientados al logro de una cada vez más perfecta convivencia. Entonces no es posible pasar por alto las situaciones que han constituido graves violaciones de los derechos humanos, cometidas en muchos casos para favorecer intereses de quienes se conocen en la teoría del derecho penal como “hombres de atrás” que en muchos casos permanecen en la sombra de la impunidad y desde luego, no han aprendido la lección.
De ahí el peligro de la propuesta actualmente en trámite legislativo, de pasar de un proceso de Justicia y Paz que tiene para la justicia colombiana la obligación de investigar y documentar todas las violaciones de los derechos humanos que ocurrieron en Colombia, con ocasión del conflicto armado que ha desangrado nuestro país, a un proceso en el que se documentan investigan y resuelven los “casos emblemáticos”, lo que dejaría por fuera automáticamente  un universo de casos que llevan aparejado necesariamente un gran universo de víctimas, a las que la justicia colombiana tiene la obligación de darles una respuesta, independientemente de si su caso es emblemático o no. La selectividad casos conlleva a la impunidad en los casos no seleccionados.
No se le puede olvidar al legislador, y menos a la justicia colombiana, que cada caso es “emblemático” para sus víctimas, y tampoco que permitir de cualquier manera la impunidad genera responsabilidad de carácter penal internacional frente a los instrumentos internacionales que la reprimen y la previenen. Y tampoco se le puede olvidar al legislador, ni a la justicia, que todo el proceso de justicia transicional en Colombia tiene un objetivo muy claro y es lograr que las graves violaciones de derechos humanos que han venido ocurriendo en Colombia jamás se vuelvan a repetir.
 / Antonio José García Fernández
*Abogado de la Universidad de Antioquia, ha realizado estudios de posgrado en  materias sociales y jurídicas,  fundador y editor del desaparecido periódico “URABA HOY”; ha sido asesor jurídico en procesos de Justicia transicional en Colombia.

lunes, 12 de diciembre de 2011

LAS FALSAS DESMOVILIZACIONES A LA LUZ DE LA LEY 1424 de 2010 (AJGF)

        
Algunos interrogantes


Es evidente que no todo  fue transparente en las desmovilizaciones de grupos de autodefensa, y que estas en algunos casos no solo fueron  desmovilizaciones de autodefensas o paramilitares, sino también que quienes se desmovilizaron en algunas ceremonias fueron narcotraficantes, delincuentes comunes, simples pandilleros y hasta desempleados que fueron inducidos a posar de combatientes con la promesa de obtener algunos beneficios económicos, pero a su vez para mostrar  por parte de los que los propiciaron,  una cifra inflada,  engañando a la opinión publica y a la comunidad internacional, (que no al Estado)  con una masa superior a la real.  

Por ejemplo, tan poco transparente fue todo, que poco se sabe de los acuerdos a los que se llegaron en las mesas de negociación de Ralito, entre los miembros del paramilitarismo  y El Gobierno Nacional, representado directamente por un delegado directo del Presidente de la Republica de ese entonces, que permanecen en el mas completo misterio. Solo se sabe que cualquier acuerdo al que hubieran llegado, fue incumplido.

Hoy se sabe de desmovilizaciones ficticias a tal punto,  que como en el caso de un supuesto grupo guerrillero,  ven próximos a salir a sus llamados “dirigentes” de Justicia y Paz, y a  sus miembros “desmovilizados” excluidos de recibir los beneficios administrativos que se confieren a los desmovilizados en virtud de los acuerdos de paz.  En resumen,  la justicia va llegado a la conclusión de que ocurrió un  apabullante Falso Positivo.  A alguien se le desbarató el plan, algo no funcionó. Y hoy va apareciendo poco a poco la realidad de lo que aconteció efectivamente.

Esto no es lo grave.  Lo que si es verdaderamente preocupante es que va a pasar con aquellas personas que se desmovilizaron como combatientes sin serlo,  que asumieron una pose impuesta a las carreras por personas que, al parecer de común acuerdo con algunos funcionarios, o por su propia voluntad los indujeron a aparentar lo que no eran.

Hoy estos falsos desmovilizados pagan las consecuencias, pues quedaron con su antecedente criminal que por mas que no quieran, funciona como un estigma imborrable, que siempre los acompañará pues la sociedad colombiana es indolente e intolerante.  

Que tristeza que tantos colombianos acaben fungiendo de violadores de los derechos humanos, sin serlo realmente.

Pero entonces a raíz de estos hechos surgen varios interrogantes y es prudente, cuanto antes,  ambientar una discusión o debate al respecto: ¿Que podrán decir estas personas frente a los mecanismos de verdad  no judiciales (llamémoslos “no judiciales” aunque el termino para nada es claro ) que se ven venir con la aplicación de la ley 1424 de 2010?

¿Cómo podrán los falsos desmovilizados aportar a la construcción de la verdad histórica y a la reparación de algo en lo que no participaron, que no conocieron y que en algunos casos seguramente también son victimas?

No les queda sino dos caminos.  O contar su triste realidad y aceptar que nunca fueron parte del grupo armado lo cual es lo lógico, lo debido, lo que se esperaría de ellos; o montar su película, inventar una historia, decir mentiras, falseando la verdad histórica que se pretende construir con los mecanismos de búsqueda de la verdad judiciales de la ley de Justicia y Paz y los de búsqueda de la verdad “no judiciales” de la ley que pretende darles salidas a los que incurrieron únicamente en los delitos que inicialmente se iban a amnistiar de acuerdo con la ley antes de los fallos de la Corte Constitucional , o sea para el concierto para delinquir, el porte de uniformes y armas de uso privativo de las Fuerzas Militares y de radios o medios de comunicación restringidos.  

¿Que podrán decir estas personas que nunca fueron parte del grupo armado en el que se desmovilizaron,  distinto a que solo fueron parte del concierto para delinquir  momentos antes de la desmovilización y que nunca portaron uniformes o armas o radios de comunicación?  ¿qué su único delito como parte del grupo fue prestarse para engañar al estado y a la sociedad posando como combatiente al momento de una desmovilización?  Y ¿que pasará con los beneficios que les ha otorgado el estado?   Se los seguirá otorgando a sabiendas de que no fueron combatientes?  ¿Los tendrán que devolver, o por el contrario, los tendrán que restituir los que tramaron la farsa y los arrastraron a ellos a estos problemas que ni así se podrán solucionar? 

La respuesta mas lógica a estos interrogantes pareciera ser que los falsos desmovilizados deberían contar la verdad, desde luego diciendo que fueron reclutados para el momento de la desmovilización,  y no deberían  recibir  mas los beneficios que otorga la ley por ello y además también debieran devolver los beneficios que indebidamente recibieron del Estado.    

Pero, en honor a la verdad, esta situación no es culpa de ellos.  La única salida posible es contar la verdad y afrontar las consecuencias.  Alguien debe  responder por tal  engaño, por tal adefesio.   Quien lo permitió? Quien lo prohijó?   La responsabilidad es evidentemente, ya no del Estado, sino de los funcionarios que estaban al frente de  estas desmovilizaciones, por omisión en los necesarios controles que se debieron tener, puesto que implicaba el manejo  y la disposición de dineros públicos  en grandes cantidades y además que era completamente previsible que estas situaciones pudieran pasar. 

Y por el bien del Estado Colombiano,  que ya no admite mas cuestionamientos en estos aspectos, ojala no tengan que responder por acción, por que sería absolutamente deplorable que se hubiera montado una empresa criminal, independientemente de cualquier finalidad benéfica, para mostrar resultados inflados ante la nación y la comunidad internacional.





sábado, 2 de julio de 2011

EL MINIMO COMUN DENOMINADOR (AJGF)

POR QUE TODOS SOMOS, COMO MINIMO, SERES HUMANOS.

Recientemente, los asistentes a un evento convocado por organizaciones que representan a víctimas del conflicto armado colombiano, tuvimos oportunidad de escuchar muchas experiencias y conceptos, todas muy importantes en relación con la situación vivida tanto por los representantes de las víctimas como por los representantes legales de algunas de las personas  desmovilizadas y postuladas al proceso justicia y paz que fueron extraditadas, o mejor “desaparecidas forzosamente” el 13 mayo del 2008 con fundamento en una muy arbitraria, cuestionada y sospechosa decisión del gobierno colombiano, desconociendo la importancia que estas personas tenían para la reconstrucción de lo acontecido en el marco de las graves violaciones de derechos humanos ocurridas en Colombia y que fueron cometidas por  los llamados grupos de autodefensa y paramilitares.  

Una dama, representante de una importante organización de mujeres víctimas de delitos en el marco del conflicto colombiano, expresó su experiencia en una reunión de acercamiento que se realizó con varios de los miembros representantes desmovilizados de dichos grupos, en la cárcel de Itagüí, en las postrimerías del año 2010, a la que asistieron varios representantes de organizaciones defensoras de los derechos humanos y representantes de víctimas del conflicto armado colombiano.

Manifestaba esta dama, el gran dilema que se le había suscitado ante la posibilidad de estar frente a frente en una reunión, completamente distinta del escenario jurídico de justicia y paz, con las personas a quienes ella considera victimarios, y particularmente la angustiaba perder la capacidad de conmiseración frente a estas personas en razón de las causas que ella representa frente a los hechos que muchas de estas personas pudieron haber realizado.   Dilema que revela el humanismo que mueve a esta persona que es capaz de preguntarse cuál sería su posición, su sensación frente a ese encuentro, seguramente temido, que podría desencadenar una reacción que no esperaba o no quería.

Simon Wiesenthal, quien después de haber sufrido durante años el horripilante peso de los campos de concentración en Europa, se convirtió en el implacable cazador de nazis, quien personalmente dedicó su vida a perseguir los responsables del genocidio del pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial, revela en un libro que todos quienes estamos de una u otra manera interesados en la reconciliación deberíamos leer alguna vez, que se llama “Los límites del perdón”, que una vez en el pavoroso campo de concentración donde se hallaba esperando "la solución final" que había decretado el nazismo a los judíos,  fue llamado por un  perverso oficial nazi  que había caído gravemente enfermo y en su lecho de muerte había requerido a Wiesenthal para que le otorgara el perdón por todos los atropellos de los cuales los había hecho víctimas.   El autor finalmente manifiesta que no fue capaz de otorgar el perdón y  con su profundo silencio así se lo manifestó al moribundo.   Y finalmente se pregunta "¿mi silencio junto al lecho del nazi moribundo fue correcto o incorrecto? Existe una profunda cuestión moral que provoca una disyuntiva en la conciencia del lector de esta historia, tal como una vez la provocó en el interior de mi corazón y de mi mente. Habrá algunos que puedan comprender mi dilema y aprueben mi actitud y habrá otros que me condenaran por haberme negado a confortar los últimos momentos de un asesino arrepentido. El punto más importante es por supuesto, la cuestión del perdón. Perdonar es algo que sólo el tiempo puede conceder, pero también el perdón es un acto de voluntad y sólo la víctima tiene autoridad para tomar la decisión."

 Y como parte del libro le realiza a varias personas,  de notorio peso intelectual, contemporáneos y la mayoría de ellos actores de una u otra manera, muchas como víctimas y algunas incluso como victimarios,  la necesaria pregunta que surge en este caso: ¿usted qué hubiera hecho?

Y vale la pena resaltar el testimonio en dicho libro de Albert Speer, alto funcionario del  III Reich, convicto y confeso  participante del holocausto nazi, quien a la pregunta de Wiesenthal responde en una forma realmente conmovedora: "¿deberías perdonar tú, Simon Wiesenthal, aunque yo no pueda perdonarme a mí mismo? Mánes Sperber opina que si ese soldado de las SS hubiera logrado sobrevivir y conservara la convicción de su arrepentimiento no lo condenarías: pues bien, el 20 mayo 1975, nos sentamos uno frente a otro durante más de tres horas en tu Centro de Documentación de Viena, un encuentro precedido de un semestre correspondencia. De hecho, fue los límites del perdón lo que me condujo hasta ti: "hiciste bien", te respondí entonces, "nadie está autorizado para perdonar. Pero demostraste empatía al emprender aquel penoso viaje hasta Stuggart, en 1946. Demostraste sentir compasión cuando no contaste a la madre los crímenes de su hijo. Esa bondad una humanitaria también se refleja en la carta que me diriges y te estoy muy agradecido por ello" También demostraste clemencia, humanidad y bondad cuando nos sentamos uno frente al otro ese 20 mayo. No hurgaste en mis heridas sino que, con sumo cuidado trataste de ayudarme. No me reprochaste nada o te enfrentaste a mí preso de la ira. Te mire a los ojos, unos ojos donde se reflejaban todas las víctimas que murieron asesinadas, ojos que han sido testigos de miserias, degradación, fatalismo y agonía de nuestros compañeros seres humanos. Y sin embargo tus ojos no reflejaban odio. Seguían siendo cálidos, tolerantes y llenos de compasión por el sufrimiento de los demás. Cuando partimos, escribiste una dedicatoria en mi copia de tu libro manifestando que yo no trate de negar aquellos dramáticos sucesos, sino que habría reconocido mi responsabilidad en su auténtica dimensión. Mi conciencia me llevó hasta ti. Tú me prestaste mucha ayuda, igual que hiciste con el soldado de las SS cuando no retiraste su mano o cuando no le reprochaste sus crímenes. Todo ser humano tiene que soportar una carga. Nadie puede cedérsela a otro. Pero para mí, desde aquel día se ha hecho mucho más ligera. La gracia de Dios me ha tocado a través de ti."

El perdón tiene límites y así lo manifiesta Simon Wiesenthal, pero el hecho de tener el valor moral y la capacidad humanista de realizarse la pregunta de si perdonar o no perdonar,  al igual que de plantearse a si mismo el dilema que se le presentaba a esta mujer representante de la organización de víctimas a que hacíamos referencia al inicio, si bien no es el perdón que pudiera esperar el victimario, es el principio de la reconciliación. Un paso firme hacia ella.  Cuando se está en capacidad de hacer estas preguntas, de reconocerse en un dilema ético de esta naturaleza, se está avanzando irreversiblemente hacia la reconciliación.

Pero el desenlace del dilema que planteaba esta dama, fue aún más conmovedor: me atrevería hacer un ejercicio de memoria y quizás me equivoque en algunas palabras pero no en el sentido de su expresión. "Cuando llegué allí, me encontré no con los victimarios sino con los seres humanos" .

En la reducción de la operación matemática, cuando hablamos de fracciones diversas, que no coinciden,  nos llevan obligadamente a encontrar el mínimo común denominador.  Ya encontramos nuestro mínimo común denominador. Todos somos seres humanos, y reconocernos como tales, independientemente del papel que nos tocó jugar en la realidad, será lo que nos permita encontrar la salida que todos estamos buscando.

Esto será realmente lo que nos lleve finalmente a una reconciliación que necesitamos como un paso fundamental hacia el logro de la paz, que no podríamos entender nunca si no en el sentido que planteaba el maestro Estanislao Zulueta: "para mí, una sociedad mejor es una sociedad capaz de tener mejores conflictos. De reconocerlos y de contenerlos. De vivir no a pesar de ellos si no productiva e inteligentemente en ellos. Que sólo un pueblo escéptico sobre la fiesta de la guerra, maduro para el conflicto, es un pueblo maduro para la paz."

viernes, 8 de abril de 2011

MANIFIESTO POR LA RECONCILIACIÓN EN COLOMBIA






(Un testamento para desarrollar en vida)




En Colombia existe un conflicto armado interno. Este conflicto debe terminar, por la vía de la negociación y los acuerdos de paz.

El reconocimiento del conflicto armado interno colombiano, el reconocimiento de sus víctimas, y la disposición activa para la búsqueda de soluciones coherentes, efectivas y sostenibles en el tiempo, así como los principios rectores que fundamenten la reconciliación nacional, deben ser de orden constitucional.

La reconciliación es coexistir aprendiendo a sanar las heridas y la paz será vivir sin generar heridas. La paz y la reconciliación no son sinónimas.

Los acuerdos de paz a los que lleguen los actores del conflicto armado colombiano, deben contener además de el reconocimiento de la voluntad de los actores armados de cesar definitivamente la agresión, la disposición clara y efectiva de todas las partes involucradas en el conflicto, activos o pasivos, de implementar a la mayor brevedad posible las políticas de Estado claras destinadas a atenuar las inequidades que dieron origen al conflicto y a comprometerse en forma clara y decidida a desarrollarlas.

El conflicto armado colombiano ha sido un conflicto transgeneracional y por tanto la reconciliación también será transgeneracional. Para ello se deben sentar las bases sólidas, claras y definitivas para el proyecto de la reconciliación nacional.

Cualquier solución que se adopte para el conflicto armado interno colombiano, debe fundamentarse en los principios universales de verdad integral; justicia en los términos de no impunidad para perpetradores, para autores intelectuales, para facilitadores, para financiadores, para apologistas; reparación integral a las víctimas tanto material como simbólica, (partiendo de la base de que la verdad es la mayor reparación); y debe complementarse con garantías de no repetición, que debe ofrecer el Estado colombiano a la Humanidad, implementando las políticas que impidan que el conflicto armado se recicle, o que los conflictos se escalen, y que permitan la búsqueda de la verdadera reconciliación nacional.

La justicia y la pena no deben convertirse en una venganza social y la pena debe tener plena función resocializadora.

La solución del conflicto dentro de cada colombiano pasa por aprender a reconocer al otro como un ser diferente, autónomo y legitimo, con iguales valores a los que se reconoce a sí mismo; para desarmar el espíritu, desaprender la violencia, aprender a construir, aprender a convivir y diseñar y desarrollar un proyecto de vida acorde con los valores universales y sus posibilidades reales y potencialidades.

La solución del conflicto por el estado colombiano pasa por reconocerlo, generar escenarios restaurativos, generar confianza, minimizar las inequidades, garantizar bienestar e igualdad de oportunidades y un cabal ejercicio democrático.

Cuando comience todo esto, habrá llegado el día en que Colombia ya no matará a sus hijos y los hará dignos de vivir.

jueves, 27 de enero de 2011

Bienvenido el juez Garzón.

Seguramente los motivos que han llevado a la justicia española para suspender en sus funciones al juez Baltazar Garzón, están siendo debatidos, analizados, sopesados, y seguramente se va a encontrar una respuesta acorde a la realidad en relación con los mencionados problemas que la llevaron a tomar esa determinación temporal en su contra.
No deja de ser notorio el señor Garzón en su país, pues como jurista ha sido polémico siempre, y encargado de afrontar con severidad procesos judiciales en los cuales se han visto afectadas personas y entidades muy importantes no sólo de España sino también de todo el mundo.
Tener en sus manos la justicia, sirviendo al interés de los derechos humanos, poder valerse de el poder estatal para hacerlos prevalecer en contra de intereses de personas, entidades, o estados inclusive, muchas veces más poderosos que el país a que se resguarda, debe dejar de hecho a este o a cualquier otro funcionario que detente dicho poder, un tendal de enemigos.
Y no cualquier enemigo, enemigos poderosos, con muchísimo dinero, con muchísimo poder. No puede hacérsenos a los colombianos extraño entonces, que una persona con dichas características tan peculiares, después de haber pisado tantos cayos de poderosos, resulte siendo finalmente perseguido y castigado, por sus acciones, así éstas hayan sido defendiendo la justicia. Tampoco debe extrañarnos que su estado lo deje sólo, que lo quiera “extraditar” a otro país lejano, para no sentirlo tan incómodo y cercano. Está por verse si lo que realmente ocurre en Europa frente al juez Garzón es una persecución, o realmente existen fundamentos para sancionarlo por algunas acciones, a las que daría mérito en caso de ser establecida su responsabilidad. De todas maneras, al igual que a cualquier ser humano hay que garantizarle el debido proceso y la presunción de inocencia.
Mientras tanto, a sabiendas que tenemos jueces, fiscales, magistrados de preclaras condiciones, estudiosos y honorables, no nos puede desagradar en forma alguna, que llegue una mente jurídica tan avezada en el tema de la defensa de los derechos humanos, a complementar la concepción que se tiene desde las altas cortes, así como desde los tribunales internacionales de justicia, sobre la realidad de los derechos humanos en Colombia.

Hay que preguntarse mejor, ¿ por que tanto debate, tanta polémica, tanto nerviosismo?


De todas maneras será también una retroalimentación para la sociedad y las cortes europeas así como también para las agencias de derechos humanos internacionales, que quizás no tienen suficientemente claro el tema de los derechos humanos en Colombia, y por tanto la presencia activa de tan preclaro personaje será además una oportunidad para que realmente la realidad de Colombia y se puedan orientar mejor los esfuerzos de apoyo de la cooperación internacional hacia la justicia colombiana, y particularmente fortalecer nuestro proceso de Justicia y Paz, dándole el alcance que se merece, proporcionándole los recursos que necesita, y desarrollando nuestro proceso de justicia transicional, en tal forma que pueda ser ejemplo para el mundo, y el paradigma para nuestra urgida necesidad de resolver definitivamente nuestro conflicto armado y potencializar una paz duradera con justicia social.
Siendo así, bienvenido señor Garzón a Colombia, con humildad expresamos nuestra voz de aliento tal vez mínima pero con la esperanza de que su presencia va a ser una puerta que se abre para la solución de nuestros problemas y necesidades de justicia.

PASTORA MIRA: DÈCADAS DE CONVERTIR EL DOLOR DE SAN CARLOS EN MEMORIA Y PERDÒN.

Pastora Mira: décadas de convertir el dolor de San Carlos en memoria y perdón  Este pueblo del oriente antioqueño fue el primero en tener un...