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viernes, 23 de junio de 2017

"EN COLOMBIA ES MAS FACIL HACER LA GUERRA QUE LA PAZ" (entrevista a Pablo Catatumbo) Tratando de entender (75)



EN COLOMBIA ES MAS FÁCIL HACER LA GUERRA QUE LA PAZ


Una entrevista de la revista BOCAS con uno de los principales miembros del secretariado de las Farc.

Jorge Torres Victoria, alias Pablo Catatumbo, pasó cuarenta años en las Farc e hizo parte de la mesa de conversaciones en La Habana.


Por: JUAN CAMILO MALDONADO TOVAR 
23 de junio 2017 , 12:22 a.m.





El fusil es, para el guerrillero, un objeto preciado. Durante todos estos años de guerra, ya fuera en el páramo o en un morichal en la llanura, ningún combatiente se iba a dormir a su caleta sin desarmar el fusil, pasarle un trapo por sus partes y revisar el funcionamiento de sus mecanismos. Ver limpiar a un guerrillero su arma es un acto que raya en lo invasivo: es un acto íntimo entre el hombre y el objeto del que depende su vida. No en vano, perder el fusil, refundirlo, incluso desatenderlo, fue siempre castigado entre las filas de las Farc.


El día que me encontré con Pablo Catatumbo, no llevaba el fusil al hombro. Tampoco el camuflado. Camisa azul pegada al cuerpo por el calor y jeans holgados, la misma pinta corriente con la que asistió durante cuatro años a las rondas de negociación en el Palacio de Convenciones de La Habana. Catatumbo estaba desarmado. Descansaba en una casa campestre a las afueras de Cali, luego de una visita al médico por la que se había retirado de la Zona Veredal de Transición y Normalización de La Elvira, en Buenos Aires, Cauca, donde hoy pasa buena parte de su tiempo.

Ha de ser difícil para un guerrillero que, como él, lleva cuatro décadas empuñando un arma para garantizar su supervivencia en la guerra, saber que en pocas semanas estará entregando el fierro, destinado a ser fundido para convertirse en monumento, para luego someterse, como todo colombiano, a la seguridad que debe garantizar el Estado.


En eso pensaba cuando lo vi, sentado como cualquier hombre que, pasados los sesenta, comienza el lento tránsito a la vejez. Catatumbo me saludó con amabilidad, pero de entrada lo noté sobrio y sombrío. Dos días atrás, la Corte Constitucional había tumbado dos importantes disposiciones del Acto Legislativo para la Paz, que le permitían al Gobierno vetar las modificaciones que el Congreso le hiciera a las leyes que reglamentarán los acuerdos de La Habana. Al comienzo, el país político recibió con pánico la noticia, para luego entrar en modo optimista y asegurar que, así como con el triunfo del “NO”, la decisión de la Corte dotaría de mayor legitimidad al acuerdo, al permitir que otras fuerzas políticas intervinieran en su proceso de reglamentación. 

Pero para el Catatumbo desarmado que yo tenía al frente, la decisión de la Corte significaba, por encima de todo, un enorme peligro, pues, como en el resto de los puntos, sometía al vaivén político del Congreso las disposiciones de garantías de seguridad que se habían pactado en La Habana. “La paz es un acto político, no jurídico”, me dijo cuando, después de saludarlo, le pregunté por el tema. Y sin que hubiera tiempo para prender la grabadora comenzó a recitar la larga lista de nombres de líderes y guerrilleros, de Rafael Uribe Uribe a la Unión Patriótica, pasando por Guadalupe Salcedo y el estado mayor de las guerrillas, asesinados en Colombia tras la firma de acuerdos de paz. Para él, la Corte le había abierto un boquete de consecuencias imprevisibles a un pacto que había sido cuidadosamente negociado entre dos partes. 

Así comenzó una larga conversación con Jorge Torres Victoria, alias Pablo Catatumbo, quien perdió a su padre en un accidente de tránsito cuando tenía once años y siguió a su hermano a las filas de las Farc cuando apenas salía de la adolescencia. Formado políticamente en el Komsomol, la Escuela Internacional de la Juventud Comunista en Moscú, Catatumbo es, además de comandante, un lector voraz de historia y ficción y puede en una misma conversación hablar del asesinato de Antonio José de Sucre y de las novelas de espionaje de Frederick Forshyre, del que, dice, aprendió buena parte de lo que sabe sobre inteligencia militar.

Los guerrilleros rasos pensábamos que esto era algo muy breve. Teníamos la idea de que después de estar listos para el combate, el pueblo nos apoyaría y que se repetiría la experiencia cubana.


En la guerra, Catatumbo llegó a ser comandante del Bloque Occidental Comandante Alfonso Cano. Fue el responsable de convertir el cañón de Las Hermosas, en el sur del Tolima, en una fortificación militar de las Farc en los años noventa. Fue el que lideró la destrucción de infraestructuras eléctricas y petroleras, el que comandó repetidos ataques a estaciones de policía en municipios del sur de Colombia, el que planeó el secuestro de los diputados del Valle del Cauca y el que organizó innumerables emboscadas al Ejército a lo largo de tres décadas. En la paz tuvo un papel central, no solo como punto de contacto de las Farc con los gobiernos Uribe y Santos –como bien lo relata en detalle Henry Acosta en su libro El hombre clave (Editorial Aguilar, 2016)–, sino como uno de los miembros de la mesa de diálogos durante casi cuatro años en La Habana. 

¿Cómo vislumbraba usted el futuro cuando ingresó a las Farc? ¿Alguna vez se imaginó que se iba a pasar toda la vida en la selva?
Uno tenía una idea muy romántica de la revolución. En la experiencia de todos estaba muy presente Cuba. Los guerrilleros rasos pensábamos que esto era algo muy breve, tres años, como Fidel. Teníamos la idea de que después de estar fuertes, preparados y listos para el combate, el pueblo nos apoyaría y que se repetiría la experiencia cubana. En pocos años debía ser posible derribar el sistema. 

Evidentemente nada de eso ocurrió. ¿En qué momento cree usted que la guerrilla perdió la simpatía de la gente? 
Yo no creo que hayamos perdido la simpatía. Siempre tuvimos mucho apoyo de la población en las regiones donde nosotros actuábamos. De otra manera no habría sido posible que superviviéramos por más de 52 años. El problema fue que el adversario entendió que había que romper esa ligazón entre el pueblo y las guerrillas, y comenzó a golpear ahí a través de la guerra sucia. Fue una estrategia perversa basada, por ejemplo, en asesinar dirigentes populares y líderes que tenían cierta simpatía con la guerrilla. Yo creo que esa estrategia hizo que la guerra en Colombia comenzara a degradarse. 

Pero ustedes también emprendieron acciones que degradaron la guerra… 
La guerra siempre afecta a la población civil, pero hay unos que afectan con unas intenciones y otros con otras. La intención nuestra nunca fue la de hacer daño. Pero de hecho se hace daño en la guerra. Si usted va y ataca un cuartel de policía, pues obvio que le causa efectos a la población. Por eso le decíamos al Gobierno: hombre, si vamos a hacer una confrontación, si ustedes nos van a declarar una guerra como la que han declarado, saquemos los cuarteles de la policía del centro de los caseríos. Pero la estrategia del Estado siempre fue la contraria: construir cuarteles en el centro de las plazas, al lado de las escuelas, al lado de los hospitales, para que, cuando atacáramos, siempre resultara afectada la población civil. Eso fue una estrategia perversa, realmente.

La guerra también cambió sus dinámicas con la aparición del narcotráfico, ¿cuál es su primer recuerdo de la aparición del narcotráfico en el conflicto?
Yo conocí el narcotráfico desde que nació. Estando yo en el Frente 27, por ahí en el 86, llegué a una región que se llama Piñalito, en Vista Hermosa, Meta, y me sorprendió que estaba llena de marihuana. Con el tiempo me enteré de que a esa región había llegado un narcotraficante que se llama Caro Quintero, mexicano. Los campesinos me contaron que ese señor llegó allá con una avioneta cargada con bultos de dólares y bultos de semillas. El tipo se bajó de la avioneta, repartió dólares y semillas y les dijo: “Siembren eso que yo dentro de dos años vengo y les compro”. También les regaló uno o dos tractores. En esa época el peor insulto que le podían decir a uno es que era marihuanero. Nosotros comenzamos una labor de pedagogía con los campesinos y combatimos muy fuertemente eso. 

¿Se castigaba con pena máxima a los campesinos? ¿Los fusilaban?
Sí, hasta con pena máxima se castigaba. Pero luego los campesinos nos convencieron: “¿Ustedes por qué nos persiguen, si esto nos da de comer a nosotros? ¿Qué más hacemos aquí si no hay carreteras, no hay posibilidad de mercado? En cambio este señor llega...”. El tipo volvió a los dos años con otro avión cargado de plata y ya no trajo semillas de marihuana, sino semillas de coca. Ahí nació la coca en esa zona y se extendió por el Caquetá, por los llanos del Yarí. Recuerdo que en aquella época, ese que llamaban el Mexicano, Gonzalo Rodríguez Gacha, era un arriero en Vista Hermosa, un tipo próspero, tenía como treinta mulas. Ahí fue donde se produjo ese empate entre ellos dos. Caro Quintero, cuando se fue, lo dejó a él como encargado y eso se plagó de narcotráfico.

¿A usted le alcanzó a tocar Tranquilandia, el famoso megacomplejo de cristalización de cocaína de Rodríguez Gacha?
A mí me tocó asaltar Tranquilandia. 

¿Cómo fue eso? 
Nosotros fuimos los primeros que asaltamos a los campamentos de narcotráfico en el Yarí. Esa zona fue, durante mucho tiempo, como el triángulo de las Bermudas. Todo el que pasaba por el Yarí desaparecía. De hecho, botaban a los pacientes en el río La Tunia, que está lleno de pirañas. Hasta que un día comenzamos en el Bloque Oriental a hacer inteligencia, descubrimos que ahí había una cosa bien extraña y decidimos asaltar ese sitio. A mí me tocó comandar el asalto: fue un combate muy intenso, con unos grupos que nosotros creíamos más débiles. Ahí descubrimos que había mercenarios ingleses custodiando eso. Hubo más de veinte muertos de parte nuestra y de parte de ellos por ahí unos veinticinco muertos. Una cosa fuerte. 

¿Lograron ingresar?
Sí, pero no logramos capturar la mercancía. Ellos defendieron eso. Lo que me sorprendió a mí es que eso solo tenía una entrada y el batallón Cazadores estaba a menos de una hora. Tranquilandia quedaba exactamente en esa zona de El Recreo, Los Pozos, donde se dieron los diálogos con Pastrana. Eso era un emporio de cuatro o cinco fincas –Canadá, Buga, El Recreo, La Polonia– donde tenían unos laboratorios sofisticados y producían toneladas de coca. Pero ahí estaba el Batallón Cazadores, donde solo hay una vía para entrar ahí. ¿Cómo hacía esa gente para sacar la coca a Neiva por San Vicente del Caguán? ¿Y los insumos?

La droga también salía por aire…
Sí. Ahí tenían una pista que es la misma pista de El Recreo, pista a la que le dio legalidad el doctor Álvaro Uribe Vélez. En esa pista, en ese laboratorio, fue donde encontraron el helicóptero del papá de Álvaro Uribe cuando el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla asaltó eso. Entonces uno dice: Hombre… ¿Cómo es posible que no haya una conexión? ¿Cómo se explica el narcotráfico en Colombia con esas realidades? A mí no me las contaron, yo las viví. En aquella época esa pista estaba en una parte de Colombia inhóspita. Para que alguien le dé legalidad a una pista de aterrizaje que tiene más de tres mil metros, usted tiene que tener una justificación, porque una pista de tres mil metros, que es casi como un aeropuerto internacional, que es una pista que tiene condiciones para que aterricen aviones comerciales ahí... ¿Cómo se explica que en el año 87 pueda una persona, un ganadero, una persona normal, decirle “concédame una pista allá” y usted no sospechar qué tiene allá y cuál es el interés, cuando allá no había necesidades de la población? ¡Además, era una pista privada! No nos digamos mentiras, una pista para el narcotráfico. Perfectamente se pudiera averiguar quién dio la autorización… En ese tiempo el que hacía de jefe de la Aerocivil era el doctor Álvaro Uribe, pero esos archivos están borrados. Si usted va ahora a encontrar quién firmó el acta, no aparece. Esas son las cosas que a uno le sorprenden. 

¿Y ustedes? ¿Cuándo comenzaron a cobrarles gramaje a los narcos? 
Cuando comenzamos a ver que el campesino no tenía la responsabilidad, pero que sí se movía mucho dinero en las narices de nosotros. Habría sido una ingenuidad o una torpeza ver que se estaba moviendo toda esa cantidad de dinero y decir: “No, yo no”. El Secretariado nunca ordenó involucrarse ni en el cultivo ni en el tráfico, pero sí cobrar un impuesto. Era un impuesto que cobraba todo el mundo: el Ejército, la Policía, el alcalde… Así fue como comenzó a legalizarse el narcotráfico en Colombia.

Hablando de narcotráfico, a usted también se le relaciona con el secuestro de Martha Nieves Ochoa, ese histórico rapto del M-19 que a comienzos de los ochenta terminó provocando la creación del MAS, Muerte a Secuestradores. 
Yo nunca participé en ese secuestro. Lo que pasa es que yo era muy amigo de Elvencio Ruiz quien, en ese entonces, era el jefe del M-19 en Medellín. Nos habíamos conocido en Cali, militamos juntos en la JUCO, y un día en 1982, de manera casual, me encontré con él en Medellín. Conversamos largamente y Elvencio me planteó que él estaba consiguiendo finanzas allá. Como comenzamos a vernos frecuentemente con él, un día nos capturaron. Yo realmente no participé en ese secuestro, pero sí me secuestró la mafia de Medellín.

¿Cómo ocurrió eso?
Nos capturó Pablo Escobar. Yo no había ni oído mencionar a Pablo Escobar. Pablo tenía el control de Medellín y se enteró de que unas estructuras estaban tratando de producir un secuestro. Al primero que cogieron fue a mí. Yo acababa de salir de la cárcel y para legalizar mis documentos le pedí a alguien de esos que trabajan en sacar cédulas y documentos falsos, y me confié de un tipo que me dijo que me los conseguía. Resulta que él era de Pablo Escobar. Lo cierto fue que él personalmente me capturó, en una moto. Cerró el carro y todo. Pablo. 

¿Pablo mismo lo agarró?
Pablo mismo, sí. Yo iba con mi esposa y una amiga mía. Me llevó a su oficina que quedaba en el barrio Castropol, creo. Yo me quedé impresionado porque eso era como un cuartel de la policía: una casa gigantesca, con unos 200 carros ahí parqueados, gente armada. Allá me dijo: “Yo soy Pablo Escobar –a mí el nombre no me decía nada–, yo sé que usted anda planeando un secuestro y necesito hablar con usted, no se meta conmigo, no joda”. Yo, inicialmente, le dije que no tenía que ver con eso y ya después me llamó al señor que me estaba consiguiendo los documentos falsos y me dijo: “Mire, ¿se acuerda de quién es él?”. Entonces yo ya me di cuenta de que la cosa estaba complicada, dijéramos. Y sí, hablamos con él. Yo le dije, hombre, sí, yo andaba consiguiendo esto, pero si hay algo, yo no soy. Entonces me dijo: “Pues dígale a su amigo, al que sea, que paren eso y que vengan y conversen conmigo. Yo soy el jefe de la mafia de Medellín”. Yo sin saber quién era él… Únicamente vi que tenía un aparato poderoso… 

¿Y logró encontrar a Elvencio?
Fue una odisea, yo sabía que me estaban vigilando y a mí me daba temor ir a llevarle la persecución a él. Después de muchas peripecias logré encontrarme con él y le dije lo que estaba pasando. Él se preocupó mucho y decidimos ir juntos a hablar con Pablo. Elvencio le explicó: “Este muchacho no es nuestro, ese negocio es de nosotros, pero pues vamos a frenar eso”. Esa fue la primera vez que vi a Pablo Escobar. 

¿La única vez? 
No. Después se produjo el secuestro de Martha Nieves. Yo no tenía nada que ver, pero yo ya estaba, como se dice, involucrado. Entonces por segunda vez me capturaron en Bogotá y esta vez me capturó fue el Ejército. Me llevaron a un batallón, al Binci [la Brigada de Institutos Militares, más conocida como la Brigada XX]. Ahí volví a ver a Pablo Escobar. 

¿Pablo Escobar en un batallón del Ejército? ¿Qué militares estaban ahí? 
No sé, el comandante de esa época, en el año 82. Y yo veía cómo Pablo Escobar llegaba ahí, en el helicóptero de él, Gacha llegó, nos interrogaron… Elvencio ya estaba capturado. Ahí conversamos y se hizo el arreglo de la liberación de Martha Nieves.

¿En qué consistió el arreglo?
No sé, porque yo no hacía parte de eso. Yo simplemente vi que Elvencio delante de mí les dijo: “Ese muchacho es de las Farc y esto es del M-19. Podemos negociar para soltarla”. Ellos dijeron: tenemos cuarenta familiares del M-19 secuestrados, y si no la sueltan, vamos a seguir secuestrando. Fue cuando entendí que Muerte a Secuestradores [MAS] nunca existió. Los del MAS eran realmente los guardaespaldas de la mafia y las fuerzas de seguridad del Estado. Algún día eso tocará establecerlo en la Comisión de la Verdad. Ahí yo decidí devolverme al monte, estaba complicado, me iban a matar. Elvencio Ruiz terminó en la cárcel. No sé como salió de la cárcel, pero luego me enteré de que estuvo en el Palacio de Justicia y murió allí.


Me dolió mucho la muerte de los diputados. Me parece que fue un hecho de esos absurdos que me hizo reflexionar acerca de que la guerra no tiene sentido.

De todas maneras, usted tuvo sus propias confrontaciones con los narcos…
No fue con los narcos. Era una guerra contra los paramilitares que hacían parte de toda una estrategia contrainsurgente del Estado, para combatirnos a nosotros, pero a la vez apoderarse de territorios.

Y en esa guerra terminó siendo afectada su familia. El capo del Cartel de Cali, Chepe Santacruz, secuestró a una de sus hermanas…
No, pero eso sí fue una retaliación que yo no tuve nada que ver. Yo ni siquiera estaba por aquí. Yo estaba operando en esos tiempos en el Meta y el Guaviare. Tuvo que ver con que un frente de las Farc del Cauca había retenido a una hermana de Santacruz, y Santacruz en retaliación retuvo a unos familiares nuestros, entre esos a mi hermana. Posteriormente eso se resolvió, la soltaron.

Y luego Carlos Castaño secuestró a su hermana Janeth, un capítulo muy difícil para usted…
Obvio, de los más difíciles que me ha tocado pasar en la vida. Porque una cosa es que lo afecten a uno en lo personal, porque uno asumió unos riesgos y uno está en una confrontación armada. Pero muy distinto es que se metan con la familia. Nosotros durante toda la confrontación siempre tuvimos unos principios: nunca afectamos a la familia de nadie por razones del conflicto. Puede que se haya afectado un familiar en la confrontación, pero no de manera pensada: “Bueno, ahora voy a matarle la hermana o el papá o la hija”. No, eso no. 

Alrededor del secuestro y asesinato de su hermana ha habido siempre mucho ruido. En su momento se dijo que se había convertido en amante de Carlos Castaño… ¿Cuál es su versión de lo ocurrido? 
Mi hermana era una muchacha joven, que tenía su pareja. La secuestraron en Cali. La llevaron para Córdoba, donde estaba Carlos Castaño, y en el momento en que los fueron a soltar a todos, pues la soltaron también a ella. Lo que yo sé, lo que me ha contado mi familia, es que a ella le tocó exiliarse en Costa Rica, dejó roto su matrimonio, su hijo, su familia y su pequeña empresa. Tenía cierta estabilidad económica. Y entonces ella, desesperada, trató de volver a su país y los paramilitares la engañaron ofreciéndole que ella ya no tenía problema, que ya había pasado todo. Ella, confiada en que eso era así, intentó regresar a Colombia y cuando llegó a Panamá, la desaparecieron. Luego apareció muerta. Poco tiempo después en la revista Cromos salió un artículo diciendo que había un problema de romance con Carlos Castaño, lo cual me parece una infamia. 

¿No esgrimió pruebas el artículo?
No. Y eso se quedó así. Le hicieron un daño terrible a mi familia. El hijo de mi hermana, que era un niño de seis, siete años, sufrió consecuencias terribles. De hecho, hoy todavía no se repone de las consecuencias de eso. A mi familia la destruyó. Y luego, con el tiempo, nos entregaron los restos de mi hermana, picados a machete, en pedacitos, ni siquiera un cuerpo entero. Entonces, no solamente nos causaron el daño de matar a mi hermana, sino que la mataron dos veces, porque la mataron moralmente. La destruyeron. Y el daño para mi familia fue terrible. Para mí también fue un episodio muy doloroso, porque fue tal vez la única hermana que nunca tuvo vocación política, la más inocente de todas. No tenía nada que ver con eso. Y sí me pareció un crimen muy perverso, muy cobarde. Bueno, Carlos Castaño era un psicópata. No sé qué motivaciones tuvo distintas a vengarse de mí.


¿Usted nunca pensó en desertar? 
No, nunca. Porque a pesar de que hubo momentos muy difíciles, yo siempre tuve un compromiso muy grande con los muchachos, con los guerrilleros. Yo vi morir muchos guerrilleros, muchos comandantes, muchos muchachos jóvenes que al igual que yo creían en la revolución y me parecía que desertar de la guerrilla era traicionarlos. Nunca, nunca vacilé. Siempre, cuando tenía momentos de debilidad, que también los hubo, siempre pensé en ellos. Pensé en los muertos, en los que ya habían dado su vida, y fueron muchos, muchos. Hombres, mujeres, mucha gente que dio la vida por mí en momentos en que estuve en peligro, muchos muchachos de mi guardia se enfrentaron y los mataron, muchachos que uno dirigió y mandó al combate murieron, y eso genera unos lazos muy estrechos. Muy complicado. 

¿Y se le aparece alguna vez la guerra cuando duerme?
No, no tengo pesadillas. Yo soy muy consciente de lo que hice en la guerra. Para mí la guerra fue algo que no fue traumático. Yo soy muy sano mentalmente, mejor dicho. Cuando uno tiene todo racionalizado, no tiene por qué. Fue una guerra muy cruel, muy dura, sí, pero siempre cuando se hace con principios eso le da a uno mucha fortaleza. 

¿Cuál fue su mayor dilema como comandante? 
[Vacila…] Hay muchos, fueron muchos. En la guerra hay muchos días terribles en los que hay que tomar decisiones drásticas. O situaciones difíciles. Pero creo que de las más difíciles… No sé... Tal vez… [Vacila de nuevo, silencio largo]. Tal vez cuando uno ve morir la gente. Cuando no se puede hacer nada… También haber dejado a mi familia cuando me fui para la guerrilla, eso fue terrible. Mi madre quedó con hijas mujeres, todas menores de edad. Yo era el único que trabajaba en la familia. 

¿Y dilemas relacionados con la dinámica de la guerra? 
Pues hubo muchos. Incluso decisiones que no tomé. Una vez íbamos a tomarnos a Ginebra, Valle, teníamos todo preparado. Estábamos ya con las fuerzas listas, con todo listo para eso, y finalmente en una reunión que tuvimos dijimos: “No, una incursión militar en Ginebra, en el centro del Valle, implica mucha destrucción”. Era el lugar donde se hace el Festival del Bambuco, y desistimos. Dijimos “no”. Lo mismo pasó con Génova, Quindío. Tuvimos una ocasión en que estábamos a punto de tomarla, estábamos casi a dos horas del lugar, y dijimos “no”. Destruir ese cuartel, la población donde Manuel Marulanda nació, no… Hubo mucha discusión sobre eso. Mucha gente que no estuvo de acuerdo. 

¿Y alguna vez se equivocó? 
Pues yo creo que todo el mundo en la vida se ha equivocado, sí. 

¿Qué le pesa? 
Pues, hombre, dijéramos que me pese, que yo diga: “¿Por qué hice esto?”. No. Pero sí hay cosas que pienso que no debieron haber ocurrido. Por ejemplo, me dolió mucho la muerte de los diputados. Me parece que fue un hecho de esos absurdos, que me hizo reflexionar acerca de que la guerra no tiene sentido. 

Usted en el curso de esos años no tuvo un momento de detenerse a decir: ¿esto tiene que acabarse? El secuestro no puede existir…
Sí, por supuesto.

¿Cuándo ocurrió?
Eso era una preocupación que teníamos varios. Alfonso Cano fue uno de los primeros que empezó a plantearlo. Jacobo Arenas también. Esa situación de la retención de personas empezó a afectar no al sector contra el cual estaba dirigida esa política, que eran los grandes empresarios, sino que comenzó a desvirtuarse. ¿Cuál era la justificación? Bateman la dio muchas veces: la insurgencia tiene que financiarse de algo y los pobres no pueden financiar una guerra, la plata la tienen los ricos. Esa era la lógica bajo la que operábamos los guerrilleros. Pero cuando se prolonga en el tiempo, comienza a generar contradicciones. Yo creo que uno de los graves problemas de esta guerra es que se prolongó mucho. Una guerra no puede ser eterna. Una guerra que pasa de cincuenta años hace mucho daño. Por eso llegamos a decir: “¿Vale la pena seguir, o no?”, “¿esto tiene posibilidades de triunfar, o no?”. Y eso fue lo que hicimos.


Si no se perdió la vida en la guerra durante tantos años, no sería justo que uno viniera a morir a manos de un sicario.


Usted el año pasado se encontró con los familiares de los diputados en Cali y les pidió perdón. ¿Qué significó eso para usted? 
Fue muy doloroso. Muy duro… [Vacila] Escuchar de boca de ellos los relatos de todo el daño que sufrieron, que sintieron, a causa de la guerra y a causa de actos que habíamos producido las Farc… Por eso yo decidí asumir la responsabilidad. 

¿Algún testimonio particular lo impactó? 
Todos. En especial el de los niños menores de edad, en ese momento. Pero también el de las madres, el de las esposas, los hermanos, todos. Por eso nuestro pedido de perdón fue muy sincero. También me alegró escuchar que, con grandeza, muchos de ellos dijeron que estaban dispuestos a perdonarnos. 

No todos… 
Sí, pero bueno, al fin y al cabo es una opción personal, individual. Y lo importante es que nuestro pedido de perdón fue realmente sincero y de corazón. Yo les dije que era algo de lo cual no puede enorgullecerse un revolucionario. Ese es tal vez el episodio más terrible que yo viví en la guerra. Pero también quisiera uno que esa reflexión la hicieran otros… Esa autocrítica hay que hacerla colectivamente. La sociedad colombiana no puede creer que solamente las Farc tenemos responsabilidad en esta guerra cruel. 

Hablando de quienes se han opuesto a los acuerdos, ¿qué estaba haciendo usted, qué sintió, qué fue lo primero que dijo el 2 de octubre del año pasado, cuando triunfó el “NO”? 
Pensé con mucha tristeza que en Colombia es más fácil hacer la guerra que hacer la paz, que en Colombia los enemigos de la paz tienen mucho poder y que la gente no tiene conciencia de los beneficios que puede tener la paz para este país. 

¿No se ha preguntado qué pasa por la cabeza de todas esas personas? 
Pues mentiras, es gente engañada. Cuando nos reunimos con algunos sectores religiosos en La Habana, por ejemplo, nos dimos cuenta de que lo que había era unas confusiones terribles. Por ejemplo, muchos creían que era cierto que en las Farc había cinco mil menores de edad o que los comandantes tenemos esclavas sexuales. Mire, las listas oficiales dicen que somos siete mil guerrilleros. ¿Cómo va usted a creer que con cinco mil menores usted va a sostener una guerra contra el ejército más poderoso de América Latina? ¿O cómo va a creer usted que en las Farc se puede estar violando a todas las mujeres, cuando el 40 % de las fuerzas nuestras son mujeres y esas mujeres están armadas? Muchos de esos líderes religiosos dijeron “no, hombre”. Incluso algunos nos pidieron perdón. En Colombia el engaño siempre ha sido un arma terrible. Un pueblo ignorante, decía Bolívar, es esclavo de su propia esclavitud. 

¿Usted le tiene miedo a la muerte?
Yo creo que todos los seres humanos tienen cierto temor a la muerte. Pero cuando se ha estado tanto tiempo en la lucha guerrillera, uno la asume. La asume cuando piensa que muchos otros compañeros durante tantos años perdieron la vida en esta lucha. No se trata de posar de valeroso, pero sí de realista: la muerte es una realidad, estuvo presente durante muchos años y casi a diario nos tocó jugarnos la vida. Yo tuve muchos episodios. Puedo contar diez, doce episodios donde estuve a punto de morir, y me salvé por milagro o por intuiciones de último minuto. A uno lo que a veces le da como preocupación –y rabia, también– es que después de tanto esfuerzo y tanta lucha, vayamos a perder la vida pendejamente. Eso sí no me gustaría. Porque si no se perdió la vida en la guerra durante tantos años, no sería justo que uno viniera a morir a manos de un sicario, por falta de protección, por falta de asumir medidas que hubieran podido evitarlo.

JUAN CAMILO MALDONADO TOVAR
REVISTA BOCAS PUBLICADO EN EL TIEMPO.COM
EDICIÓN 64 - JUNIO 2017​

sábado, 1 de marzo de 2014

"LAS TRAICIONES DE SEGOVIA" TRATANDO DE ENTENDER EL ¿POR QUE? DE ESTA GUERRA. (31)


Nota del Editor: transcribimos este articulo de la periodista colombiana Juanita León, fiel reflejo de dos momentos trágicos de la convulsionada historia del nordeste Antioqueño, entre otras cosas por que retrata  el instante exacto en el que se inauguró  con sangre el periodo de la "seguridad democrática" en Colombia, con el mayor "falso positivo" de la historia.

Las traiciones de Segovia

POR: Juanita León

Como Barranca, como Urabá, como el Magdalena Medio, el municipio de Segovia ha pasado del rojo intenso al azul paramilitar en medio de convulsiones y contubernios políticos, sociales y militares que nadie hubiera previsto apenas diez años atrás.

revista El Malpensante N° 57 Colombia.

Septiembre - Octubre de 2004
Cuando el jefe paramilitar del Bloque Metro, Rodrigo Franco, alias “Doble Cero”, denunció públicamente en agosto de 2002 a sus amigos militares de Segovia, Antioquia, por haberlo traicionado, muchos colombianos renuentes a creer en la existencia de alianzas entre las auto-defensas y miembros del ejército finalmente creyeron.
Que la denuncia fuera hecha precisamente por Doble Cero le otorgaba mayor credibilidad, porque Rodrigo Franco era el paramilitar de mostrar, el “comandante de las causas perdidas”, como lo bautizó el corresponsal estadouniden­se Scott Wilson en un artículo publicadoenThe Wash­ington Post. Doble Cero no estaba involucrado en el narco­trá­fico, era un hombre educado y no hacía alarde de la vio­len­cia aunque la ejercía sin piedad. Parecía un hombre sensato. Nacido en Medellín en 1965, se educó en el tradicional colegio jesuita de San Ignacio. Fue teniente del ejército en la década de los ochenta y sirvió en el Magdalena Medio, donde se hizo conocer por sus tácticas contrainsur­gentes poco convencionales e ilegales. Éstas empañaron su carrera militar hasta que en 1989 se retiró de las Fuerzas Armadas y —como otros cientos de oficiales— se fue a trabajar con Fidel Castaño, en un principio como escolta. Gracias a su entrenamiento militar, Doble Cero ascendió en la organización, convirtiéndose en una pieza clave para la consolidación de las Autodefensas Unidas de Córdoba y Urabá y en amigo personal de Carlos Castaño.

Muchas cosas lo unieron al jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) hasta cuando ambos fueron asesinados por sus ex compañeros con pocos días de diferencia. Castaño, el 16 de abril de 2004; Doble Cero, el 28 de mayo. Pero una cosa los separaba: el narcotráfico. Castaño consideraba que éste era un mal necesario para financiar la guerra contra la guerrilla, mientras que Doble Cero estaba convencido de que el negocio de las drogas perjudicaba la cruzada contra las Farc, corrompía el movimiento, lo traquetizaba. Su opinión era minoritaria dentro de las AUC, y también incómoda, lo cual obligó a Doble Cero a retirar a sus 1.500 com­ba­tientes del Bloque Metro de la confederación para­mi­litar en septiembre de 2002.

Antes de llegar a esa decisión ocurrieron sucesos importantes. Cuando faltaba un mes para su retiro de la confederación paramilitar, Doble Cero reveló en un comunicado de mediados de agosto de 2002 que una patrulla del ejército al mando del subteniente Jairo Velandia Espitia había asesinado el 9 de agosto a veinticuatro combatientes suyos en es­tado de indefensión en las afueras del casco urbano de Se­govia, tras citarlos para coordinar un ataque conjunto contra una columna de las Farc. Su denuncia —ignorada por los medios, que en ese momento estaban concentrados en los aten­tados terroristas cometidos por las Farc durante la posesión del presidente Álvaro Uribe en Bogotá el 7 de agosto— ponía en entredicho al general Martín Orlando Carre­ño. El hoy comandante del ejército dirigía en ese entonces la Segunda División y era considerado un oficial tropero y aguerrido con una importante carrera militar por delante. El 10 de agosto había aparecido en una rueda de prensa presentando el operativo de Segovia como una victoria histórica del ejército contra los paramilitares, resultado de “varios meses de una ardua labor de inteligencia”.

Los medios colombianos dejaron pasar el incidente y la denuncia de Doble Cero hasta que Scott Wilson, corresponsal estadounidense delWashington Post, publicó el 18 de septiembre la versión de que los paramilitares habían sido engañados y emboscados en Segovia. En su nota, Wilson seña­ló la coincidencia y conveniencia de este aparente triunfo militar con la certificación anual en derechos humanos realizada en esas fechas por el gobierno de Estados Unidos. LaOperación Tormenta, como la bautizó el general Carreño, era muy útil para despejar cualquier duda sobre el compromiso —tantas veces cuestionado— del ejército en su lucha contra los paramilitares y para asegurar la asistencia militar por 1.300 millones de dólares, objetoen ese momento de debate en el Congreso estadounidense.

La ministra de Defensa, Marta Lucía Ramírez, y el vice­pre­sidente, Francisco Santos, salieron de inmediato a desca­lificar públicamente el artículo del Post. Pero ya era demasia­do tarde. El Tiempo publicó al día siguiente el escalofriante testimonio de uno de los paramilitares emboscados, quien supuestamente había entablado la relación con el subte­niente Velandia, y Doble Cero concedió sendas entrevistas a medios nacionales e internacionales en las cuales describió en de­talle la alianza de los paramilitares con los militares en Se­govia. El incidente se convirtió en una auténtica pesadilla para el gobierno, porque aunque la larga connivencia entre autodefensas y militares o policías es evidente desde hace varios años en algunas regiones, la élite en Bogotá ya no pudo seguir negando la alianza, una vez lo escuchó directamente de boca del paramilitar. La confesión de un criminal es irrebatible.


La increíble metamorfosis de Segovia

Segovia es un municipio minero de 32.000 habitantes situado 200 kilómetros al nororiente de Medellín. Su metamorfosis es un ejemplo de las rápidas mutaciones que han venido sufriendo ciertas regiones de Colombia, donde más agudo ha sido el conflicto. Mientras en los años ochenta el municipio fue víctima de cruentas represalias de paramilitares por ser uno de los más antiguos bastiones de la izquierda en el occidente del país, ahora el pueblo en masa enterraba a sus antiguos victimarios como si fueran mártires de la patria.

Catorce años antes, el 11 de noviembre de 1988, tuvo lugar en Segovia una masacre que será siempre recordada como una de las más sanguinarias que se hayan cometido en el país. A las siete de la noche de ese viernes, hombres armados y vestidos de policías llegaron en camperos a la plaza principal del pueblo. Como a eso iban, apenas se bajaron empezaron a disparar indiscriminadamente y arrojaron granadas durante más de media hora contra los incautos que se encontraban en las tiendas del parque. Luego se desplazaron a la Calle de la Reina y a la Calle de las Madres, arranca­ron las puertas de las casas y asesinaron a presuntos militan­tes del ELN y a simpatizantes de la Unión Patriótica, contra quienes se querían vengar también por un reciente decomiso de ganado sin marcar de Fidel Castaño, ordenado por Rita Ivonne Tobón, la alcaldesa de ese partido. Al filo de la medianoche, 43 personas yacían muertas, entre ellas tres niños, y más de 50 estaban heridas de gravedad.

Casualmente —según les explicaron a los fiscales después—, los policías y soldados del Batallón Bomboná habían retirado esa misma tarde sus puestos de control usual­men­te instalados a la entrada del pueblo. La carnicería, atribuida inicialmente por los militares a la guerrilla, ocurrió en sus narices. ¿Pero ellos? Ellos no vieron ni oyeron nada.


Sólo a los militares los tomó por sorpresa la matanza, porque los demás habitantes de Segovia estaban advertidos. En las noches de zozobra que precedieron, por debajo de las puertas aparecieron panfletos del grupo paramilitar Muerte a Revolucionarios del Nordeste, llamado también “Los Realistas”, acusando de comunistas y guerrilleros a los segovienses por haber votado mayoritariamente en favor de los candidatos de la Unión Patriótica en las recientes elecciones de marzo de 1988. En los comicios, este partido político de izquierda, creado por las Farc en 1985 tras la ruptura de las negociaciones de paz con el gobierno de Belisario Betancur, quebró la hegemonía del Partido Liberal, pues obtuvo la Alcaldía de Segovia y siete de diez concejales.
Un gobierno local de izquierda constituía un obstáculo muy grande para los políticos tradicionales de Segovia, pero tenía un enemigo todavía peor: la familia Castaño. Para la época, Fidel Castaño era dueño de tierras, bares, billares, gallos de pelea y prostíbulos en el pueblo y hacía sus pinitos como narcotraficante. El secuestro del finquero paisa Jesús Antonio Castaño González, su papá, por parte de las Farc a principios de los años ochenta y su posterior asesinato en cautiverio convirtieron a Fidel, además, en un vengador implacable. En menos de un año él y sus hermanos mataron a todos los secuestradores de su padre menos a uno, pero aún así no saciaron su sed de venganza. “Cuando ya habíamos ejecutado a la mayoría de asesinos de mi padre, comenzamos a ser justicieros”, le confesó Carlos Castaño en su libro Mi confesión (2001) al periodista Mauricio Aranguren, quien le sirvió de escribano. En adelante, Fidel Castaño emprendería una campaña contrainsurgente en el nordeste antioqueño junto con su hermano Carlos.

Al comienzo los Castaño fueron informantes del ejército. “Como guías del ejército, les empezamos a mostrar quiénes apoyaban a las Farc, dónde guardaban la munición, en qué lugar dormían los guerrilleros. En esa época posaban de civiles y guardaban el fusil en las casas... Con nuestros datos los capturaban y algunos lograron ser procesados”, explicó Carlos Castaño en su libro. A los que no lograban hacer procesar, estos pistoleros vengadores simplemente los abaleaban. Los medios de la época registraron que apenas entre 1982 y 1983 fueron asesinadas o desaparecidas más de 35 personas en los municipios vecinos de Remedios, Segovia y Amalfi, el pueblo natal de los Castaño, como producto de esta alianza entre “un tal Fidel Castaño” y el capitán Val­buena, comandante de contraguerrilla del Batallón Bom­boná, relación que se prolongó por varias décadas y que fue comprobada judicialmente. La justicia, entre otras cosas, le atribuyó a Fidel la masacre de Segovia.

Segovia interesaba a los distintos bandos por su valor estratégico: era un corredor hacia el Magdalena Medio y el Bajo Cauca y una fuente de riqueza por las minas de oro y plata y por el oleoducto que atraviesa la región. Pero este municipio, cuna del Partido Comunista en Antioquia, contaba por tradición con un sólido movimiento social, campesino y sindical en medio del cual el trabajo político de la Unión Patriótica floreció, y nada, ni los asesinatos selectivos de los líderes ni las masacres brutales cometidas durante los años ochenta y principios de los noventa, había sido suficiente para arrebatarle Segovia a la izquierda. Sin embargo, las guerrillas, fortalecidas durante esas dos décadas, comenzaron a perder popularidad desde mediados de los noventa por los abusos cometidos contra la población. Como estaban paranoicos por la avanzada de los paramilitares, veían infiltrados en cada cara desconocida. El ELN mató a cuanto inspector de policía llegó al nordeste antioqueño por esa época; también mataron a decenas de evangélicos, prostitutas y comerciantes que llegaron a Segovia atraídos por la bonanza minera.

Sin embargo, la tragedia de Machuca, ocurrida el 18 de octubre de 1998, fue la estocada final que les dio a los para­militares el control definitivo de la región. A la medianoche de ese domingo, los guerrilleros del ELN dinamitaron un tramo del Oleoducto Central en jurisdicción de Segovia, dentro de su campaña contra la infraestructura petrolera de las multinacionales. En seis minutos el petróleo y el gas derramados bajaron por una ladera, avanzaron por el río Pocuné y llegaron al caserío minero de Machuca en la otra orilla, donde la mayoría de los campesinos dormía. El lugar no contaba con luz eléctrica y seguramente alguno tenía prendida una hoguera para iluminarse o cocinar. Los gases del combustible entraron en contacto con el fuego y desataron una conflagración que envolvió las 64 casas del co­rregimiento, provocando una de las peores tragedias del país. Murieron carbonizadas 84 personas, 36 de ellas menores de edad. Otras 30 quedaron gravemente heridas.

En un principio, el Comando Central del ELN culpó al ejército de haberle prendido fuego al derrame de petróleo, pero ante la reacción indignada de la población, varias semanas después se vio forzado a reconocer su error a rega­ñadientes. En una entrevista de prensa, Nicolás Bautista, alias “Gabino”, dijo que el ELN había sancionado a los responsables aunque no explicó cómo. En cualquier caso, el castigo no fue ejemplar pues el grupo siguió plantando explosivos en oleoductos cercanos a poblaciones civiles, y el otro líder eleno, “Antonio García”, reconoció luego que la pena impuesta a los culpables había sido una amonestación para que tuvieran más cuidado la próxima vez.

Ni él ni Gabino anticiparon lo caro que pagarían su soberbia. El cinismo de los líderes frente al trágico error de Machuca, donde murieron incluso familiares de los guerrilleros culpables del ataque, empeoró la ya frágil situación en la que se encontraba el ELN en el nordeste antio­queño tras las masacres cometidas por los paramilitares contra su base social. Segovia jamás los perdonó, y los apoyos con los que aún contaban les voltearon la espalda. Para finales del 2000 el pueblo había cambiado definitivamente de manos.


Dos años después
Un video del sepelio de las autodefensas del Bloque Metro asesinadas por los militares bajo el mando del teniente Ve­lan­dia en agosto de 2002, enviado por Doble Cero a los medios de comunicación, era la prueba más contundente de las nuevas lealtades de los segovienses.

En la primera toma aparecen los Galil y las balas incautados a las autodefensas perfectamente alineados en un plástico verde. A su lado, los cadáveres de los muchachos muertos se amontonan unos sobre otros en la greda de la carretera. Algunos están con los ojos abiertos, asustados. Otros tienen las caras y los cuerpos destrozados por las granadas. Las moscas se deleitan.

En la segunda imagen aparecen los féretros sostenidos sobre sillas en una sala comunal; están abiertos. Los niños recorren el salón, mirando la cara de los muertos.

Tercera toma: el alcalde Alberth José Rodríguez lee un emotivo discurso. Desde un atril, les habla a las familias de los deudos y a los periodistas que llegaron en un vuelo chárter fletado por la Alcaldía de Segovia desde Medellín para que “le cuenten al mundo cómo a estos jóvenes los asesinaron dentro de un camión y no en combate”. Repite varias veces: “El ejército que tanto queremos se equivocó”.

En la cuarta toma suena la canción de Roberto Carlos: “Tú eres mi hermano del alma realmente el amigo/ que en todo camino y jornada está siempre conmigo/ aunque eres un hombre aún tienes alma de niño/ aquel que me da su amistad, su respeto y cariño”. Con la música de fondo, desfilan los veinte ataúdes envueltos en la bandera tricolor a lo largo de una calle de honor formada por mujeres elegantemente vestidas con minifalda negra y blusa blanca. Dos carros mortuorios tocan la sirena y una multitud ondea banderitas blancas de papel y pancartas; exigen un castigo para el teniente responsable de la masacre. La banda toca una marcha fúnebre y todos caminan hacia la iglesia.

La quinta toma es en la parroquia: el cura del pueblo y su monaguillo rocían los féretros con agua bendita y esparcen abundante incienso. “Dios es el único que puede dar la vida y el único que la puede quitar”, predica el padre desde su púlpito. Los jóvenes paramilitares escuchan el sermón en la primera fila, con los brazos cruzados, y bajan piadosos los ojos.

Sexta toma: desde los balcones una gente fisgonea, otros se agolpan en las tiendas y otros más participan en la marcha fúnebre. Cuando suena por un altoparlante un narco­corrido en honor de los muertos, todos guardan silencio: “Estoy metido en la mafia./ Prefiero un cementerio aquí en Colombia/ y no una cárcel en Estados Unidos”, dice la canción, y nadie parece sorprenderse con la letra. La fila de féretros se extiende varios metros y avanza hacia el cementerio detrás de la banda municipal. Los músicos repican sus tambores y los triángulos por la larga Calle de la Reina, precisamente la misma calle donde catorce años atrás las auto-defensas acribillaron a decenas de personas en noviembre de 1988.

En la penúltima toma se ve el cementerio. El alcalde repite su discurso con la ayuda de un megáfono e invita a la gente a gritar tres veces que no asciendan al subteniente que mató a “estos jóvenes que, cansados de la atrocidad, decidieron autodefenderse y defender a la comunidad de Segovia”. La gente grita: “no lo asciendan, no lo asciendan, no lo asciendan”. Los jóvenes son enterrados en medio del llanto de algunas mujeres, seguramente mamás, hermanas y esposas.

Toma final:Luis Eduardo Uribe, director ejecutivo de la Aso­ciación de Concejos del Nordeste (Asocona), pide a la gente devolver las banderas.


Octubre de 2002

Llegué a Segovia en la primera semana de oc-tubre de 2002. Arcesio, el taxista que me re-cogió en el aeropuerto de Otú, entre Segovia y Remedios, había asistido al sepelio y confirmó que había sido apoteósico. “Se lo merecían”, me dijo este joven alegre y despierto de 24 años, quien hablaba con orgullo sobre cómo las autodefensas “hacían valer la ley” en Segovia. Para darme un ejemplo, me contó que hacía dos días los paramilitares habían matado a los ladrones responsables del robo de unos electrodomésticos en un almacén del parque principal. Las pesquisas habían tardado un día hasta dar con uno de los culpables, el cual, sometido a torturas, reveló el nombre y el paradero de sus cómplices. “En menos de cuatro horas ya estaban muertos los tres delincuentes”, me dijo Arcesio, descrestado con la efectividad de los justicieros locales.

Le pregunté si no le parecía un poco extremo aplicar la pena de muerte por un delito considerado excarcelable en el Código Penal. “¿Usted es como comunista, o qué?”, me escrutó por el espejo retrovisor. “Aquí el que no vive para servir, no sirve para vivir”, agregó Arcesio, repitiendo el lema favorito de las autodefensas. Lo escriben en cartulinas de colores y lo pegan en los troncos de los árboles de los pueblos dominados por ellos. A Arcesio —como a la mayoría de segovienses con quienes hablé después— le parecía que gracias a las acciones contundentes de las autodefensas las tiendas permanecían abiertas hasta altas horas de la noche sin temor a un robo, la gente pagaba las deudas cumplidamente y los muchachos no metían vicio. “Aquí no hay vagos”, dijo. Era verdad. En Segovia los vagos pagaban su haraganería con la vida. O se volvían paramilitares.

Aunque de la bonanza de oro de los años ochenta, cuando Segovia producía más de la mitad del oro del país, ya no que­daba sino el recuerdo, pues para encontrar el oro que que­da se necesitaría de maquinaria pesada y de grandes y riesgosas inversiones que por ahora nadie parece dispuesto a hacer, el pueblo aún palpitaba a un ritmo frenético: los hombres con el carriel terciado, la corrosca y la toalla al hombro exhibían sus refulgentes cadenas doradas mientras hablaban de negocios en corrillos. Decenas de lustrabotas, chanceros y vendedores de tinto, quizás aventureros que llegaron en otra época a Segovia con la ilusión de encontrar el cada vez más esquivo castellano de oro, deambulaban por el casco urbano con sus talonarios y termos bajo el sobaco. La música estridente de las cantinas competía con el ruido ensordecedor de las motocicletas. Parecía como si cada se­goviense tuviera por lo menos una. Sin embargo, el caos era sólo aparente. Debajo subyacía el orden paramilitar.

Me alojé en un hotel cerca de la Alcaldía para reducir el riesgo de morir atropellada por las motocicletas que circulaban a toda velocidad. El alcalde me esperaba en el palacio municipal, un edificio construido en mármol gris, que lo convertía al parecer en el único lugar fresco en Segovia. En su pequeña y oscura oficina, rodeado de imágenes de la Virgen, el alcalde me contó básicamente lo que ya había visto en el video. Era un político experimentado de unos 32 años, fornido, moreno, con bigote negro y manos anchas. Cuidaba sus palabras al hablar. Sólo añadió que el coronel del batallón era muy derecho, a diferencia del teniente Velandia, “un torcido”. Le pregunté si tendría una mejor opinión del militar si hubiera emboscado a la guerrilla y no a las autode­fensas. Se tomó su tiempo para responder, intentando calibrar de qué lado estaba yo. “El ejército no respetó el límite de la guerra. Estos jóvenes no tenían por qué morir”, me respondió, dando por terminada nuestra reunión.
Cuando estábamos a punto de despedirnos, me informó, como si eso se esperara de un buen alcalde, que su secretario de Gobierno me llevaría en su moto a hablar con el jefe paramilitar. “La entrevista ya está arreglada”, me dijo, orgulloso de su diligencia. Se lo agradecí pero le dije que los buscaría por mi cuenta para no involucrarlo. Él insistió, y en menos de cinco minutos ya estaba abrazada de la protuberante barriga del secretario de Gobierno, esquivando las motocicletas que arremetían como dementes contra nosotros.

La sede urbana de los paras quedaba encima de un granero, a unas cuantas cuadras de la Alcaldía. El secretario de Gobierno me presentó a “Óscar”, el vocero del grupo, y me dijo que se quedaría tomando tinto con los muchachos mientras yo lo entrevistaba. Las caras me eran conocidas. Eran los mismos jóvenes que en el video aparecían en la primera fila del funeral. Vestidos de civil, con anteojos oscuros y sin armas a la vista, ahora vigilaban la calle recostados en sus lujosas camionetas. Entendí por qué Arcesio los admiraba tanto: parecían más felices, habían coronado. No necesitaban ni siquiera exhibir sus armas; la gente sabía que las usarían ante la más leve infracción de su ley.

Óscar, con tan sólo 24 años, llevaba casi la mitad de la vida en la guerra. Nacido en Segovia, a los 13 años se volvió guerrillero del ELN, organización en la que militó durante siete años. Era el destino más probable para un muchacho del nordeste antioqueño, pobre como él. Un grupo del ELN comandado por el cura español Manuel Pérez, que sobrevivió a la derrota de la Operación Anorí en los años setenta, se quedó en el nordeste antioqueño tratando de levantar a esta guerrilla de orientación castrista desde sus cenizas. Su compenetración con el movimiento social de Segovia les dio gran poder, hasta cuando irrumpieron las autodefensas a finales de los años ochenta. En vez de combatir a los frentes armados del ELN, los paramilitares de los Castaño se dedicaron a asesinar a los líderes políticos y sociales cercanos a la guerrilla, con lo cual ésta se fue quedando sin apoyos urbanos y también sin combatientes, pues muchos como Óscar cambiaron de bando sin ningún problema. “Eran más duros”, me dijo con pragmatismo este joven flacuchento y bajito, con corte chúler, estilo militar y ojos rojos afectados por pterigio.

Sentados en sendas sillas de plástico Rimax en un cuarto vacío en el segundo piso del granero, Óscar me dijo que había conocido al teniente Velandia en julio durante una requisa en la Calle Real, una de las principales de Segovia, cuando el teniente lo detuvo y le decomisó su pistola nueve milímetros. Óscar le protestó al teniente hasta que Velandia prometió devolverle el arma al día siguiente. Cuando lo buscó temprano en la mañana en el batallón, el militar supuestamente aprovechó para hacerle la propuesta indecente: trabajar juntos para desterrar definitivamente a la guerrilla de Segovia.

Óscar consultó la propuesta con “Pantera”, el jefe para­militar de Segovia, y al día siguiente visitaron juntos al teniente Velandia para acordar los términos de la alianza. Pantera, un antioqueño acuerpado de 30 años, de 1,85 metros de estatura y también con un pasado guerrillero en las filas del ELN, le entregó al teniente un radio y la frecuencia a través de la cual él los mantendría informados sobre los movimientos del ejército. También acordaron supuestamente su primera acción conjunta.

“En esos días el ejército capturó a Vicente y a tres civiles, pero tuvieron que soltarlos por vencimiento de términos. El teniente nos pidió que lo ayudáramos”, contó Óscar, explicándome que Vicente era un bandido que extorsionaba a los madereros de Cañaveral, una vereda de Segovia. “Montamos observatorio en el parque y les hicimos seguimiento desde que los soltaron. Los capturamos a las cuatro cuadras del batallón. Ese hombre (Vicente) no tenía espíritu de nada, no hablaba con ideas claras. Entonces decidimos ajusticiarlo. Lo llevamos al Aporriao y cuando ya habíamos ajusticiado al hombre, le hicimos señas al teniente en el retén, que sin novedad”.

La cooperación con el teniente, según Óscar, se volvió habitual. Unos días después del asesinato de Vicente, Velandia supuestamente les pidió el favor de allanar una casa en el barrio Veinte de Julio donde al parecer unos guerrilleros escondían pipetas de gas. El teniente no podía hacerlo con sus hombres, pues los militares necesitaban una orden judicial para registrar domicilios, interceptar comunicaciones, levantar cadáveres o detener a un sospechoso. Solicitar el permiso al fiscal de Segovia les tomaría unos cuantos minutos, pero con frecuencia los militares sospechan de los fiscales de los pueblos bajo influencia guerrillera. Temen que estén infiltrados y alerten a los guerrilleros. Los paramilitares, en cambio, son expeditos. Por ejemplo, según Óscar, tan pronto Pantera recibió el mensaje de Velan­dia, esa misma noche delegó en sus hombres el trabajo sucio del teniente: en la madrugada las autodefensas irrum­pieron en la casa señalada y asesinaron al señor que dormía solo en la vivienda. No encontraron las pipetas, pero sí un revólver por todo botín de la incursión. “Comenzamos a crear confianza, ya el teniente nos saludaba en la calle”, me contó Óscar.

Con frecuencia las alianzas entre paramilitares y oficiales del ejército se forjan en el terreno: un teniente o un capitán quiere mostrar resultados a sus superiores sin arriesgar la vida de sus hombres y sin empapelarse con investigaciones de la Procuraduría. Un jefe paramilitar ofrece sus servicios a cambio de inteligencia militar y armas para sus hombres. El enemigo, al fin y al cabo, es el mismo. Ambos ganan en el corto plazo: las violaciones de derechos humanos por parte de las fuerzas armadas bajan casi en la misma proporción en que suben las de las autodefensas, como ha venido sucediendo en los últimos años. En el largo plazo, la relación se vuelve más complicada, pues los paramilitares terminan acumulando tanto poder que un día es el jefe de las autodefensas quien pone a su servicio al teniente del ba­tallón.


Una operación conjunta
El viernes 9 de agosto a las dos de la tarde, Óscar, “Risitas” y el comandante Pantera se reunieron de nuevo con Velan­dia. El teniente su-puestamente les informó que se había entera-do del alistamiento de una columna de las Farc en el Alto del Bagre para atacar la base militar o el cam­pamento paramilitar a unos minutos de la cabecera de Se­govia. Necesitaba nuevamente de su colaboración. “Cuadramos, entonces, la operación en conjunto. Él nos quitaría el retén del Alto de los Patios. Nosotros bajábamos en camión hasta la vereda Aporriao y caminábamos hasta Juan Brand, donde nos encontraríamos con él para atacar a la guerrilla”, contó el joven del incipiente pterigio. “En el retén yo le hacía cambio de luces y pitaba dos veces. Así la tropa no pensaba que había nada raro”.

Óscar dice que esa noche a las ocho y diez cruzó en la moto e hizo el santo y seña. Detrás pasó el camión con sus 36 compañeros rumbo a la vereda Cañaveral en dirección al municipio de El Bagre. A los pocos minutos oyó los disparos y se devolvió para averiguar si se habían topado con la guerrilla. “Fue cuando me encontré con los soldados. Me dijeron: ‘¿Adónde va? No ve que mi teniente se les torció por buscar un ascenso o la ida al Sinaí’ ”. Esos mismos soldados supuestamente le contaron cómo el subteniente los había amenazado con negarle la libreta militar a quien no disparara.

“No le auguro un buen futuro a ese teniente”, afirmó Óscar, sin cambiar la entonación. Se me puso la piel de gallina. Era una sentencia de muerte.

La versión de muchos segovienses con quienes hablé coincidía con la de Óscar. Era palpable el desprecio hacia los soldados, a quienes consideraban unos cobardes. Busqué entonces a la fiscal de Segovia, pensando que quizás ella me ayudaría a armar el rompecabezas. Sólo me recibió después de insistirle varias veces.

Era una antioqueña de unos 45 años, con cintura de avispa. Su vestido convencional y muy femenino, de flores hasta debajo de la rodilla, ocultaba un carácter fuerte y un coraje desbordado. De entrada me aclaró que respetando la reserva del sumario era como había sobrevivido en Segovia en su peligroso cargo judicial, y por eso prefería no hablar del caso. Cuando insistí se limitó a criticar la obsesión mediática de los militares, quienes ese día se esmeraron en arreglar para los periodistas las armas y el material de guerra incautado, mientras al lado los cuerpos arrumados de los paramilitares se descomponían sobre la sangre ya seca. “El hedor de los ca­dáveres era insoportable”, me dijo indignada. Pero los soldados no permitían a los funcionarios judiciales iniciar el levantamiento porque los medios aún no habían grabado las poderosas imágenes que respaldan los partes victoriosos de los generales. El subteniente Velandia también se negó a hablar con los medios, así como los soldados del batallón.

Para reconstruir los hechos me tocó entonces recurrir al expediente judicial donde estaban consignadas todas las versiones bajo la gravedad del juramento. Como era de esperarse, no coincidían. Aunque el general Martín Orlando Carreño, entonces comandante de la Segunda División del ejército, había dicho a los medios que “las tropas dieron de baja a las autodefensas en combate” y que “laOperación Tormenta fue el resultado de varios meses de ardua labor de inteligencia”, su subalterno y responsable directo de los hechos, el subteniente Jairo Fidel Velandia, de 26 años, comandante de contraguerrilla Francia 2 del Batallón Especial Energético y Vial n° 8 de Segovia, juró al fiscal todo lo con­trario. Según su declaración, “laOperación Tormenta se planeó veinte o quince minutos antes del momento del fuego cruzado con base en información suministrada por unos mineros”.

Esta versión fue a su vez desmentida por Jorge Mario Benjumea, uno de los paramilitares sobrevivientes. Desde su cama de convaleciente en el Hospital General de Medellín declaró: “Ese día por la tarde el comandante Pantera habló con el teniente Velandia sobre la operación que se iba a hacer en la noche. Nosotros íbamos a pasar a enfrentarnos con una guerrilla que estaba entre el Aporriao y el río. Las autodefensas iban y combatían con la guerrilla y lo que recuperaran lo partían con el ejército. Eso ya estaba coordinado como en muchas ocasiones que se operó con el ejército. Nosotros dábamos las bajas y el ejército las recuperaba para darse crédito”.

Igual de contradictorias fueron las versiones sobre la emboscada. Según el teniente Velandia, él tomó la decisión de esperar que el vehículo se acercara un poco más para lanzar la proclama: “Alto, somos tropas del ejército, detengan el vehículo”. “Estas personas hicieron caso omiso a mi orden y fui recibido con fuego por parte de las personas que se encontraban dentro del camión. De igual manera, mi contra­guerrilla Francia 2 procedió a abrir fuego contra el personal que se encontraba en el camión y que estaba desembarcando y disparando hacia la tropa”.

Julio Alexander Zapata, otro paramilitar sobreviviente, recuerda algo muy diferente. “El camión se detuvo y nos demoramos un momentico ahí y cuando empezamos a bajar decían: ‘pase p’acá, hágase contra el barranco’ ”. Cuando iban a empezar a bajar, “ahí mismito se oyeron unas ráfagas de fusil y cuando me iba a tirar empezaron a tirar granadas... Empezaron a decir: ‘mátenlos a todos’ ”, contó el atlético trigueño de 19 años, tatuado con una cruz en el hombro y unas iniciales en la mano. Llevaba un mes de militancia en las AUC cuando fue herido en la espalda y en las nalgas.

¿Quién mentía? Probablemente todos.

Fui hasta el deshuesadero donde estaba el camión para verificar las versiones. “Quedó como un queso”, me susurró Arcesio al descubrir el Dodge rojo: la carpa estaba completamente perforada por los cuatro costados y por el techo. Viendo el camión agujereado por todos los costados, era fácil darse cuenta de que el teniente Velandia faltaba a la verdad cuando decía que “la carpa del camión, en sus partes laterales, iba descolgada y en su parte frontal iba corrida como si se tratase de una cortina y se encontraba personal asomando y sacando los fusiles por la parte delantera”. Pero también había mentido Óscar, cuando contó a los medios cómo las autodefensas habían muerto con las manos en la cabeza y de un tiro de gracia dado en la carretera. Según el acta de levantamiento de los cadáveres, en el camión había pedazos de hueso de cráneo y chorreaba sangre. En la carre­tera, en cambio, había muy poca. La fiscal concluyó que, salvo los primeros siete que alcanzaron a bajarse del vehícu­lo, los demás hombres murieron acribillados dentro del camión y a oscuras.

El testimonio de Luis Eduardo Uribe, quien sale en la toma final del video del sepelio, confirmaba esta hipótesis. Uribe es el director ejecutivo de la Asociación de Concejos del Nordeste (Asocona), organización sin ánimo de lucro que asumió el pago de los féretros de los paramilitares, repartió las banderas a los segovienses y coordinó la organización del apoteósico funeral. Se trata de un hombre mayor, educado, moreno y con labios gruesos. En su discurso durante el funeral fue enfático en hacer recaer la culpa enteramente sobre el teniente Velandia y no en el ejército. Prueba de ello, dijo, fueron las excusas del coronel del batallón, quien lamentó lo sucedido. Cuando lo entrevisté sobre su pro­tagonismo durante el funeral, Uribe negó pertenecer a las autodefensas aunque reconoció que con su incursión en Segovia el pueblo había recuperado la tranquilidad. Le parecía normal haber sufragado los gastos del entierro. “Eran muchachos de Segovia y merecían ser enterrados como seres humanos”, me explicó.
Uribe fue el primero en llegar esa noche al Alto de los Patios. Arribó en un taxi minutos después de haber cesado la balacera y encontró el lugar desolado. El silencio era absoluto, y no había ninguna señal del ejército. Alumbrando con una linterna prestada por un campesino, se acercó al camión donde yacían todos los muchachos, salvo los ocho que se habían tirado a la carretera. “La gente empezó a pedir auxilio, a pedir agua, que no los dejáramos morir, que les quitáramos las botas, que les sacaran las billeteras”. En la parte de atrás del camión, Uribe encontró a un joven vivo a punto de asfixiarse debajo de varios compañeros muertos. “Para poderlo sacar movimos todos los cadáveres”, lo cual explica por qué estaban todos arrumados. En ese instante llegaron las ambulancias del municipio a evacuar a los heridos. Sólo 45 minutos después llegó el ejército. El director de Asocona juró ante la Fiscalía que al abandonar los cadáveres bajo custodia de los soldados, éstos tenían dinero en sus billeteras porque el día anterior les habían pagado. Cuando la fiscal y la procuradora hicieron el levantamiento a la mañana siguiente, las carteras de los difuntos estaban vacías.


Por un ascenso

Entre la gente de Segovia corrían varios rumo-res sobre las posibles motivaciones del sub- teniente para actuar de la forma en que actuó. La hipótesis más fuerte era que quería un ascenso. “Espero una felicitación por el esfuerzo del trabajo realizado por mí y mis hombres en el folio de vida y que, de pronto, años después me tengan en cuenta para comandar algún batallón”, respondió el propio Velandia a la justicia militar cuando el fiscal le preguntó qué recompensa esperaba por la Operación Tormenta.

Algunos paramilitares del Bloque Metro, en cambio, consideraban a Velandia un mero idiota útil de jefes de las AUC interesados en castigar a Doble Cero por su disidencia y su rechazo a entrar de lleno en el narcotráfico. Para ellos la emboscada era una pequeña muestra de lo que le podría suceder en el futuro a Rodrigo Franco (de hecho, le sucedió: su bloque fue exterminado por las AUC y él fue asesinado el 28 de mayo de 2004, unas semanas después de denunciar la desaparición de Carlos Castaño y su probable asesinato) si no revaluaba su decisión de marginarse de la recientemente anunciada mesa de negociación con el gobierno.

La verdad del episodio quizás nunca se sabrá. En cambio no hay duda de la rapidez con que la alianza entre militares del batallón y las autodefensas se recompuso. Uno de los soldados que se encontraba en la base cuando fui a buscar la versión del batallón me llamó por teléfono al hotel esa noche. Con gran confidencialidad me contó cómo al día siguiente de la emboscada sus superiores lo mandaron a él y a otros soldados regulares a devolverles a los paramilitares sobrevivientes las armas incautadas. “Andan muy subiditos esos manes. Estamos asustados”, me dijo el soldado, un toli­mense de 18 años quien conservaba ya muy pocas ilusiones respecto al ejército.

En el vuelo en avioneta desde Segovia hacia Medellín me fui meditando sobre las historias de los paramilitares sobrevivientes en este episodio. Dicen mucho sobre la precariedad de esta guerra. Franklin Alexander Muñoz, un moreno musculoso, motilado al estilo soldado y de nariz grande aguileña, estudió hasta tercero de primaria y abandonó a su familia de nueve hermanos en el corregimiento de Sofía (An­tioquia) para ir a probar suerte en las minas de oro de Sego­via. A pocas horas de llegar al pueblo, las autodefensas lo detuvieron durante tres días para investigar su procedencia, como suelen detener a cualquier extraño en la zona. Como nadie había oído mencionar su nombre, sospecharon de él. “Me lavaron el cerebro para que me quedara allá. Entonces, para no devolverme para la casa porque de pronto me mataba la guerrilla, me quedé en las autodefensas”, le explicó a la fiscal que lo mandó a la cárcel de Bellavista, en Medellín, una vez se recuperó de sus heridas.

Benjumea, alias “Loro”, había sido sacado a la fuerza de la vereda Campo Alegre en julio y llevado al campamento de las autodefensas a unos veinte minutos del casco urbano de Segovia. Pantera lo amarró a un árbol como castigo por consumir marihuana. “Estaban esperando una orden para ver si me mataban o qué hacían conmigo”, declaró Ben­jumea. A él sólo lo desamarraba Pantera para hacerlo cargar los morrales con los medicamentos y la comida.

La historia de Fabián Jaramillo era similar a la de Ben­jumea. Este antioqueño de 22 años, hijo de mineros de Remedios, también estudió sólo hasta tercero de primaria. Trabajaba en un taller de carrocerías para camiones cuando las autodefensas lo sacaron amarrado a principios de año porque era adicto a la marihuana. “Me sacaron los paracos y me llevaron hasta un punto que le dicen La Brava y allá me dejaron amaneciendo. Al otro día llegó un cucho a hablar conmigo y me dijo que o trabajaba con ellos o me mataban ahí. Para que no me mataran, me quedé trabajando con ellos. Me dijeron que iba a ganar 200.000 pesos pero a mí nunca me dieron sueldo”, dijo este muchacho de bozo incipiente y cejas pobladas, cuyo alias en las autodefensas era “Pinocho”.

Es la ironía del conflicto: Los Pinocho, los Loro y los Pantera pelean obligados o por un sueldo miserable o por una cadena interminable de venganzas —rara vez por un gran ideal— contra un Mono, un Manguera o un Puma. Si tienen suerte, son enterrados como mártires, envueltos en la bandera de Colombia y perfumados con incienso en un pomposo funeral coreografiado para los medios.





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