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domingo, 19 de enero de 2020

DABEIBA (AJGF)


                                                       DABEIBA 
El Imaginario colectivo de los habitantes del occidente antioqueño está cundido de violencias dolorosamente enraizadas en sus mentes por años tras años de  guerras. Desde el genocidio contra sus primeros habitantes, los indígenas Emberas, cuyos pocos descendientes aun se resisten a desaparecer definitivamente, reducidos a algunos territorios dentro del vasto continente que poseían desde la prehistoria. De ahí en adelante, todas las guerras pasaron por allí. 
También  han pasado los dolorosos procesos de  las violencias políticas del siglo 20 y comienzos del 21  que se han reflejado sin compasión contra los habitantes de estas regiones, que aun se sienten y  que generan no solo unas memorias de incertidumbre y terror, que hacen a los habitantes mirar con desconfianza cargada con la pesadumbre del pasado, el futuro que les ofrece el indolente establecimiento Colombiano. 
Hace ya varias décadas, en Medellín, cuando era  pre adolescente y recién estrenando el cerebro con el afán de leer cualquier cosa que fuera leíble y estuviera a mi alcance,  revolviendo y desempolvando libros en la biblioteca familiar encontré lecturas que devoraba ávidamente, encontrando interés en casi cualquier tema. Así  leí por ejemplo, las mil y una noches; muchos apartes que me interesaron de un diccionario que ampliaba los significados con historias y gráficas relacionadas; los capítulos históricos de “el libro de las narraciones interesantes” que contenía  la enciclopedia, “el tesoro de la juventud”; “historia de roma y de los romanos”; “la isla del tesoro”; “ Robinson Crusoe” ; “ La guerra y la paz”; “ Los primitivos”; “Historia de colombia”; “Antioquia en las guerras de independencia” etc., Pasaba de una lectura a otra  hasta encontrar en alguno de esos días, un libro que hablaba de regiones que en principio no me decían nada, pero que hojeándolo vi unas fotos horrorizantes que me impactaron y me hicieron perseverar en la lectura mas angustiante que había tenido en mi corta vida. 
El libro se llama “lo que el cielo no perdona”, escrito por  un cura liberal que tuvo que huir despavorido iniciando la década de los 50, hacia Medellín dejando descubierta  la parroquia y la feligresía que le había asignado el obispo de Santa Fe de Antioquia. Con esa lectura comencé a recrear en la mente una imagen de las montañas y los personajes de Cañasgordas,  Peque, Urama, Uramita, Juntas de Uramita, Antasales, Dabeiba, y otra cantidad de lugares y personas que a través de la versión del cura imaginaba en blanco y negro, escenarios oscuros, personajes también oscuros en medio de un ambiente de frío  permanente siempre a punto de lluvia y una luz mortecina de un crepúsculo invernal que volvía el paisaje lleno de rincones atemorizantes; caminos sinuosos bordeando bosques donde posiblemente se toparía después de la próxima curva uno o varios cadáveres humanos con crueles signos de violencia  inhumana, expuestos grotescamente para intimidar quienes pasaran por allí o cruzando el siguiente río, una mortal emboscada de enemigos armados a quienes nunca conoció.  
En la realidad lo que entonces imaginaba es una vasta región de montañas encumbradas en todos los pisos términos, sobre la cara occidental de la cordillera de dicho nombre, continente de vastos territorios entre el páramo de Frontino, el nudo de Paramillo y ríos afluentes de la cuenca del río Atrato, hacia donde vierte la mayoría de sus aguas, recolectadas  en gran extensión por el Riosucio. 
Las escenas terribles que apenas vislumbraba mi imaginación, no se aproximaban un poco siquiera a lo que ocurrió durante muchos años, días y noches muchísimos niños, niñas, adolescentes, hombres, mujeres, ancianos y ancianas que vieron, vivieron, sufrieron,  huyeron y en muchos casos murieron por el odio que asoló en esa geografía.  
No me interesó ni entendí la tendencia política del cura Blandón que evidentemente reflejaba el escrito. Seguramente me salté esos capítulos. No entendía el ataque e inculpación emergente en cada oportunidad a un sujeto de nombre Laureano Gomez y su gobierno a quien denominaba “el Basilisco”,  tampoco la denuncia esporádica a un tal “Monseñor Builes”, su eclesial jefe incendiario, ni la exaltación permanente que hacia el autor de un personaje llamado “teniente coronel Gustavo Rojas Pinilla” a quien hacia ver como el redentor de Colombia, poniendo al mismo nivel heroico de Colón y de Bolivar, así como a su loado “Ejercito Nacional”.
Lo que ocurrió en esos lares, relata en el libro, fue una guerra sin precedentes y sin justificación. Ocurrió y seguramente fue mucho peor por que muy poco da cuenta de lo que hacían los guerrilleros liberales que también se armaron para protegerse de la “chulavita” o policía política del régimen conservador y sus paramilitares, llamados “los pájaros” que eran los victimarios según el relato del cura.  Masacres, homicidios selectivos, torturas, violencia sexual, desplazamiento forzado, se hicieron los medios de expresión, eran el lenguaje mediante el cual se expresaba la inconformidad política, de unos y otros y en la mitad, como siempre el campesinado y los indígenas completamente inermes y desprotegidos.
Dicha violencia se aplacó durante algunos años  por las políticas de paz del gobierno que conllevó la concesión de amplias amnistías e indultos a los guerreros y la implantación de el llamado “Frente Nacional” que  tranquilizó las ansias burocráticas de liberales y conservadores pero exacerbó las de quienes quedaron excluidos de acceder al poder. 
Muchos años después, ya adulto, viajé por la carretera que de Medellín conduce a Urabá por primera vez y tuve oportunidad de conocer esa región y algunas de esas poblaciones, que inmediatamente me devolvieron a la mente el libro, sus escritos y sus  escabrosas fotografías.  
Posteriormente pasaría por allí varias veces, no solo con la sensación de miedo de la memoria del libro, sino con la de terror que se vivía en esos momentos y que aun se siente, por la nueva guerra que entonces llegó con mas fuerza  con nuevos actores políticos y armados, legales e ilegales con mejores armas, más tecnología, más odio y más violencia. Esta nueva guerra aparentemente se terminó por acuerdos de paz con los actores, en este caso las AUC y posteriormente las FARC. 
Hace poco regresé,  justo antes de conocerse la existencia de fosas comunes con múltiples víctimas de “falsos positivos” en el cementerio de Dabeiba. 
Conocí de primera mano la tragedia humanitaria que se vivió allí recientemente  y recordé el libro de el cura Blandón que da cuenta de la violencia de hace 60 años. Pensé en la amnistía que puso fin a la violencia de entonces que dejó, desplazados, despojados, excluidos, viudas, viudos, huérfanos y  cientos de miles de muertos en los campos y ciudades de colombia, (120.000 hasta mas de 300.000 según investigadores) y contrastó con las cifras del actual conflicto que se desactiva poco a poco mediante acuerdos de paz. Luego conocí y admiré  los esfuerzos que hacen las víctimas de esos grupos por sobreponerse a su tragedia, por ser resistentes y también resilientes, por reconstruir desde adentro, partiendo del perdón, el tejido social dañado por la guerra. 
Ahora  encuentro que en esa misma región, los mismos nombres y accidentes geográficos  que a través de un mecanismo de justicia transnacional se han encontrado decenas de fosas comunes con cuerpos de los llamados “falsos positivos” que en el fondo son desaparecidas por “Razones de Estado”, o sea el aterrador  “body Count” que no es mas que dar resultados a cualquier costo dentro de la tácita política gubernamental de “todo vale”. 
Releo el libro del cura Blandón y encuentro que nada cambió, que la violencia de hace 50 años sigue, escalada, terrible y cada vez mas escabrosa, que la violencia de hace 30 años sigue generando víctimas  día a día, se renueva con otros actores pero con el mismo absurdo transversal de “todo vale” y que los acuerdos de paz, destinados a finalizar esto, se diluyen en el sinsentido de las políticas de gobierno. 

¿Cuál puede ser la diferencia?

¿Qué hizo falta para que el conflicto político liberal-conservador no se repitiera como se repitió, pues aterradoramente se recicló algunos años después en el conflicto político del establecimiento contra los “comunistas” que se escaló a formas impensables y ha dejado 8 millones de víctimas, mas de 200 mil víctimas de desaparición forzada mas de 300 mil muertos, mas de 5 millones de personas desplazadas y mas de 5 millones de hectáreas despojadas en los últimos 30 años en todo el país? Y entonces me pregunto: ¿que hay que hacer para que este proceso de paz actual tenga éxito, los procesos anteriores se afiancen y la violencia no se recicle nuevamente?
Me pregunto  también, ¿qué hizo Colombia tan mal, que la vida humana adquirió el valor de mercancía siempre mal remunerada?  ¿Por qué algunos colombianos han bajado o suprimido los limites morales para ser capaces de matar un ser humano para ganarse un premio o  simplemente cumplir la meta de muertos que se les impone?  
¿Cómo haremos los colombianos para  que esas memorias, necesarias para dar la debida connotación  que merecen las víctimas, que a pesar del perdón que conceden,  siempre llevarán la carga del dolor que se les causó, en vez de odio resalte la resiliencia, la des- victimización,  la restauración de la dignidad de la persona que deja de ser víctima y se sobrepone a la violencia recobrando su condición de persona  integra que mira el futuro sin ataduras de animadversión y resentimiento?. 
¿Como hacerlo en medio del conflicto, de la victimización que continúa ahora, como siempre, por la indolencia del estado colombiano?
Y entonces me llega a la mente la pregunta y me adhiero a la respuesta del poeta y filosofo Gonzalo Arango: 
“Yo pregunto sobre su tumba cavada en la montaña: ¿no habrá manera de que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir?
Gonzalo Arango
Si Colombia no puede responder a esta pregunta, entonces profetizo una desgracia: Desquite resucitará, y la tierra se volverá a regar de sangre, dolor y lágrimas.”
ANTONIO J. GARCÍA

miércoles, 10 de abril de 2019

EL CAPITAN DESQUITE. TRATANDO DE ENTENDER (96)


William Ángel Aranguren, el Capitán Desquite


El Capitán Desquite



José William Ángel Aranguren nació el 5 de mayo de 1936 en el municipio de Rovira en un hogar campesino; en 1950 su padre y hermano mayor fueron asesinados en esta población por el alcalde, asociado con algunas autoridades y no le quedó otra opción que huir con su mamá y hermanas. De este modo conoció la llamada “violencia política”, cuando apenas tenía 14 años. Algún tiempo después regresó para sacar adelante la finquita que perteneció a sus padres, pero las condiciones propias de la región lo obligaron a desplazarse de nuevo; sobre esta etapa de su vida dijo: “Empuñé las armas a causa del asesinato de mis padres, el despojo de los bienes y la persecución que contra toda la familia Aranguren se desató en todo el municipio de Rovira”. Terminó de prestar servicio militar en 1956 y organizó una pequeña cuadrilla; con el ánimo de conseguir armas y uniformes, asaltaron al pagador de la Compañía Colombiana de Tabaco en El Guamo, pero fue detenido y condenado a 23 años de prisión. En mayo de 1957, se fugó de la Penitenciaría Central de la Picota; en su desespero recorrió algunos pueblos azotados por la nueva etapa de persecución política que se desató durante el gobierno militar y que se prolongó hasta los primeros años del Frente Nacional, conversó con exguerrilleros amnistiados y desilusionados, y empezó a organizar una cuadrilla.



Su grupo se inició con un pequeño destacamento de hombres y mujeres estimulados por las ideas de la Revolución Cubana, por la influencia de los viejos guerrilleros del sur del Tolima y de los Llanos Orientales. En 1960 pudo conversar con el veterano guerrillero Roberto González Prieto, más conocido como Pedro Brincos, quien había padecido la violencia en su pueblo, Líbano, y regiones vecinas. Éste era un curtido combatiente, muy culto, estudioso del proceso de la guerrilla de los Llanos Orientales y admirador de la Revolución Cubana; en pocos días lo preparó sobre la estructura guerrillera y sobre tácticas de guerra. Para conformar, estructurar y preparar la cuadrilla utilizó su propio manual, posiblemente obsequiado por Pedro Brincos, donde se planteaba lo siguiente:



“Sobre reglamento disciplinario. Respetar la vida, bienes y honra de las personas, mientras éstas no se hayan declarado enemigas o se les haya comprobado cualquier acto contra la guerrilla […]. Sobre los deberes. A ser ascendido por su valor, abnegación y capacidad. A recibir instrucción militar, política e intelectual. A que se le escuchen sus opiniones. A criticar en forma constructiva y fraternal a sus compañeros y superiores […]. Las sanciones. Llamada al orden, desarme temporal, expulsión y fusilamiento”.



Las anteriores son las principales reglas que se observaban por el grupo guerrillero, que tuvo su fase de consolidación entre 1961 y 1962. En esta etapa inició su militancia la curtida combatiente Rosalba Velásquez, amante del Capitán Desquite, inmortalizada por Alirio Vélez Machado, en su novela histórica “Sargento Matacho. La vida de Rosalba Velásquez de Ruiz, exguerrillera libanense”. Sus compañeros la recuerdan porque enfrentaba las fuerzas del gobierno con un fusil en las manos y un bebé de nueve meses terciado en la espalda.



Las guerrillas del norte del Tolima



Hacia 1960 había vacío de poder en los municipios de Líbano, Armero, Herveo y Fresno; las autoridades civiles y de Policía estaban desacreditadas porque introdujeron la “chusma” y los “pájaros”, grupos de bandoleros que asaltaban las fincas y creaban un clima de zozobra para que los campesinos se asustaran y vendieran el café, ganado o propiedades, a bajo costo. Los beneficiados eran los gamonales, esa mezcla de campesino rico con político local.



Para enfrentar el negocio de la violencia y llenar el vacío de poder, llegaron los guerrilleros. En 1962 había tres grupos operando en la región: Jacinto Cruz Usma, más conocido como Sangrenegra, quien tenía 72 combatientes; el Capitán Desquite, con 65 y Pedro Brincos, con una pequeña cuadrilla que no superaba los 30 guerrilleros. Todos estaban bien armados, pues tenían subametralladoras, carabinas, granadas y revólveres, además de escopetas y peinillas. Hasta este año los tres grupos realizaban operaciones conjuntas y sus jefes y cuadrillas tenían reconocimiento social, entraban a los pueblos de influencia como Pedro por su casa y hacían reuniones con jefes políticos y hacendados. Por ejemplo, el 7 de abril asestaron un duro golpe a tropas del Ejército, en una acción con fuerzas combinadas: con más de 120 hombres bajo el mando de Desquite asaltaron un convoy militar en el sitio El Taburete, dieron muerte a 12 soldados y dos civiles y les quitaron las armas.



Como Pedro Brincos era curtido en el combate y tenía proyección política trató de unir los tres grupos bajo la misma ideología de izquierda; en esta dirección se reunió con Desquite el 23 de octubre de 1962, pero no hubo acuerdo porque este comandante estaba militando en el Movimiento Revolucionario Liberal que lideraba Alfonso López Michelsen (Gonzalo Sánchez y Donny Meertens. Bandoleros, gamonales y campesinos. El caso de la violencia en Colombia. Bogotá, 2006).



La masacre de La Italia



El Capitán Desquite era el más influyente jefe rebelde del norte del Tolima, se le reconocía como guerrillero y manejaba los contactos con hacendados y políticos; pero estaba cansado de la guerra. Así, el 20 de agosto de 1962 se firmó un acta entre Desquite y personas prestantes del Líbano por medio de la cual el jefe rebelde se comprometía a entrar en conversaciones con el Comando del Ejército para alcanzar la amnistía y trabajar honradamente. Para mayor seguridad se le notificó al Presidente de la República. Pero el Gobierno y el Ejército no querían la entrega del insurgente sino su muerte, para sentar un fuerte precedente y acabar definitivamente con el bandolerismo, aunque la guerra se prolongara. Buscando alcanzar el objetivo le dieron plenos poderes al coronel José Joaquín Matallana, para que realizara la “pacificación”; éste se rodeó de oficiales de confianza, controlaron a los finqueros ricos y a los políticos que apoyaban a los guerrilleros y castigaron a los campesinos que les colaboraban. De este modo el Capitán Desquite y sus hombres fueron cercados por hambre y tuvieron que moverse hacia otras regiones, donde no tenían auxiliadores.



Así se explica por qué Desquite se fue a buscar recursos económicos a una zona de tradición política conservadora y escogió a Marquetalia, en el departamento de Caldas, una población reconocida por el sectarismo donde hubo intensa persecución contra los liberales. Con antelación preparó el asalto, esperó que llegaran los carros con trabajadores de Obras Públicas del Departamento que iban a Victoria y La Dorada, así como comerciantes que se dirigían a Honda para consignar el dinero del día anterior y fue asesinando a las personas pertenecientes al Partido Conservador, de una manera brutal: un garrotazo en la cabeza y luego con una peinilla le cortaban el cuello. La cuadrilla recogió una cuantiosa suma de dinero, entre 50 mil y 70 mil pesos, que sirvió para sobrevivir durante algún tiempo. De este modo el Capitán Desquite enviaba un mensaje al Gobierno nacional que no le permitió incorporarse a la vida civil.



El cerco militar en Neira



Después de esta masacre Desquite y su cuadrilla se refugiaron en el cerro de Lumbí pero el Ejército los bombardeó durante más de ocho días; usaron lanzallamas y el tenebroso Napalm. Sin embargo no pudieron exterminarlos porque recibieron el apoyo de los campesinos, quienes estaban cansados por la presión y acoso de los militares. El Ejército se dedicó a desprestigiarlos y los relacionó con los chusmeros y bandoleros, desató una intensa campaña cívica entre los campesinos con el fin de quitarles base social y extremó las medidas para aislarlos: estricto control sobre los víveres que salían de los pueblos y el uso de salvoconductos para transitar por el campo.

El siguiente paso fue la despiadada cacería en el norte del Tolima contra todos los llamados bandoleros. En la Granja Experimental de Armero se había instalado el Batallón Colombia, bajo la dirección del coronel José Joaquín Matallana, quien se había preparado en Estados Unidos. De esta base militar salió la estrategia de tierra arrasada en dos direcciones: contra todos los grupos guerrilleros en primer lugar y “contra los campesinos acusados de colaborar con el enemigo, ofreciéndole refugio y comida”. La intensa campaña de detención preventiva estaba orientada a colaboradores y auxiliadores. La prensa se sumó a esta acción sicológica del ejército señalando a los bandoleros de colaboradores del movimiento comunista.


En este complicado clima el Capitán Desquite dividió su cuadrilla en pequeños grupos para pasar inadvertido, y se movió con relativa rapidez siguiendo la ruta Líbano, Villahermosa, Casabianca y Herveo, pero le hirieron en una refriega, aunque no de gravedad, y ante el acoso no le quedó otra salida que cruzar el Páramo del Ruiz, para caer sobre Neira y Manizales y buscar un médico. Sin embargo fuerzas combinadas de Ejército y Policía, apoyadas con helicópteros, lo estaban esperando; para ello ejercieron control sobre las haciendas ganaderas de la zona (Mangabonita, La Siria, Los Sauces, Los Ángeles, La Rocallosa, Guacaica, Rioblanco y Hoyofrío) y establecieron una especie de centro de operaciones en la hacienda San Narciso.



Los campesinos trasladaron a Desquite por el camino que sigue la ruta Hoyofrío, El Descanso, Alto del Guamo y Manizales; aquí lo llevaron a la casa del patrón, quien buscó un médico de la ciudad para que se encargara del herido. A los pocos días los mismos campesinos llevaron a Desquite por otra vía hacia los planes del municipio de Neira, de este punto partieron por entre el monte buscando el río Guacaica y la fonda de Maracas; siguieron por la región boscosa y fría de Neira, hasta El Zancudo, para dejar a Desquite en manos de su cuadrilla, y así continuar el periplo hacia el Páramo del Ruiz y el Tolima.



¿Cómo fue posible romper el cerco de la Fuerza Pública en dos ocasiones? Al respecto un agente de policía le explicó a un cronista de la prensa local que “a principios de la semana, cuando ‘Desquite’ logró evadir el cerco que le tendimos en los planes de Neira, se dirigió hacia la región de la Guacaica, zona de Maracas. Allí entre soldados y policías habíamos 900 almas acosándolo. No dejamos un abierto mayor de cien metros. Y suéñese usted que por allí se nos escapó ¡Claro que tiene que estar ayudado por el Diablo! (La Patria, febrero 9 de 1964).



Desquite sabía que ya no tenía futuro ni como guerrillero, ni como bandolero y, por lo tanto, disolvió su cuadrilla; entendía que el campesino también estaba agobiado por el hostigamiento del Ejército y de la Policía. Finalmente, fue delatado por un civil y asesinado en una finca del municipio de Venadillo, el 17 de marzo de 1964. Su cadáver fue trasladado en helicóptero a los municipios de Armero, Venadillo y Líbano, donde se había convertido en un mito, y fue exhibido para que el pueblo entendiera “como se derrumbaba el imperio de los bandoleros”.



¡Y los campesinos acudieron en masa a observar al Capitán Desquite, unos por curiosidad y otros para rendirle tributo de admiración!



tomado de WWW.EJE21.COM.CO AUTOR: ALBEIRO VALENCIA LLANO




lunes, 18 de junio de 2018

EL SERMÓN ATÓMICO. GONZALO ARANGO TRATANDO DE ENTENDER (89)

El sermón atómico

Un poeta nadaísta, ni amargo ni alegre, sin fe pero sin desesperación, definió el mundo con una frase feliz. Dijo que: “El mundo es verde, y sin embargo no hay esperanzas”. Y es verdad. ¿Qué necesidad hay de esperanzas si estamos vivos? Vivir es en sí el acto más esperanzado del mundo. Sólo en la muerte no existe la esperanza.
El Nadaísmoes la apoteosis del milagro de vivir. Es una liberación y al mismo tiempo una afiliación a la Vida, partiendo de la muerte del viejo Ser del hombre hacia un nuevo Ser del hombre, todo esto realizado en una Revolución Reconstructiva en sí mismo, y en sus relaciones con el mundo.
Crecer bajo el sol

bendecir este mundo
vivir en la plenitud de la conciencia
colmar los apetitos del deseo
realizar los impulsos vitales de nuestro ser
rebelarnos contra los dogmas opresores de la razón
negar la moral ascética que predica la resignación
romper las cadenas que nos esclavizan a la tiranía del maquinismo
renunciar a los falsos dioses del Paraíso para salvar nuestra vida
salvarla afirmando nuestra rebelión, reivindicando en la protesta los prestigios de la Gloriosa Aventura Humana.
Por eso somos profetas y religiosos, depositarios de un nuevo fervor cósmico, portadores de fulgurantes verdades para dar el salto a la salvación. La pasión de nuestro pensamiento gira en una órbita de santidad.
La revolución que predicamos es humilde y orgullosa: no pretendemos conquistar el mundo, sino conquistarnos a nosotros mismos mediante un alto sentido espiritual, un sentido que unifique nuestro ser terreno y eterno.
Predicamos la conquista absoluta de la vida. Predicamos la conquista absoluta del pan sin excluir el paraíso. Predicamos una Revolución espiritual en la que el valor más sagrado del hombre lo constituya la dignidad de su cuerpo. Sólo así, bajo el peso de la soledad de la cruz, se podrá marchar a la redención del hombre y del mundo.

Practica como verdad universal la verdad de tu vida.

No sigas banderas de partidos idiotas
no rijas tu vida por credos que te fabrican unos canallas que no creen en nada
no te rindas a las leyes de hierro de una moral que sólo quiere encadenar tus impulsos
no ingreses al orden de esta sociedad fabricada por fariseos y mercenarios
no ofrezcas tu cuerpo sagrado para que te entierren en las bóvedas confortables del
conformismo y la resignación.
¡Sublévate!
¡Estalla la bomba de tu ternura aterradora !
¡Sacude tu humanidad humillada, pues hay un dios oprimido dentro de ti. Libera a tu dios. Despierta a tu dios para que sueñe. Préstale tu voz para que cante. Tus poderes son infinitos.
Libera tu energía y conquista la Tierra.
No reconozcas el poder de los poderosos. Ellos sólo cuentan con las armas. Pero hay en ti un poder indestructible. Te pueden acribillar a balazos, aprisionar, degradar, pero serás invencible si no te rindes a su mentira.
No te humilles. No te dejes abofetear por segunda vez. Escupe la cara del verdugo. Muérete de risa antes de que esta Civilización criminal te decapite. Que tu última palabra en la horca no sea para pedir perdón, sino para cantar o maldecir.
No creas en la dulce mansedumbre del Cristo. Los verdugos son insaciables y crueles. Por eso abusan de nuestra paciencia y nuestra fe.

¡Contesta con bofetadas a las bofetadas!

¡A la muerte con la muerte!
¡No pagues con tu vida sino la inmortalidad! 
Convierte el terror, si es necesario, en una ética de salvación.
No conquistes tu Reino con oraciones, sino con la violencia. Pues con la violencia los Césares nos han subyugado. Y Césares son hoy todos los que dominan el mundo con Razones Atómicas, con Razones imperiales. Sus tronos están levantados sobre tumbas, tanques, oro, brutalidad, y un poder infinito de destrucción. Y también sobre el miedo y la miseria de los pueblos.
Ellos son poderosos porque nos han robado nuestra fuerza. Con nuestra fuerza los hemos empujado al trono. Pero nos han traicionado. Nos han capado la dignidad y el coraje.
No te hagas trampas, ni juegues más a la inocencia. Cada pelo de tu ser es responsable del destino del mundo. Tus actos son soberanos y tienen el poder infinito de elegir el mundo que sueñas, en el que anhelas vivir. Sólo de ti depende vivir en una tumba o en un templo, digno o envilecido. En tus manos está elegir tu destino y el de tu patria.
No seas canalla eligiendo para tu patria a los canallas. No te entierres eligiendo para ti un mundo donde sobrevivir significa renunciar a vivir. Tu libertad puede ser sagrada o maldita si ella exalta la vida o la deshonra.
No olvides que la vida es un milagro, que tu vida es lo único nuevo y absoluto que existe bajo el sol, y que sólo eres inmortal en la medida en que estás vivo. Y que sólo estás vivo si eres consciente, si eres libre, si das a la tierra que te legaron un sentido maravilloso, y a tus actos un valor sagrado: honrar al hombre como si fuera un dios.
Porque tú eres el Mundo, y debes estar orgulloso de que cada acto tuyo sea responsable de la tierra y el cielo. Tú no tienes jefes. Tú no tienes más jefe que tu conciencia, que tu responsabilidad absoluta. Acepta por jefe, nada más, aquel que encarne la revolución espiritual de que te hablo. A ese síguelo como a ti mismo, pues hablará con tu voz, decidirá con tu voluntad, elegirá con tu libertad. Ese tomará el poder para ser la conciencia de la vida, identificar tu Ser con el del Universo, y dar una oportunidad a las posibilidades infinitas del hombre.
No te dejes urbanizar la conciencia. No olvides que eres un Milagro con pantalones. Mas nunca es tarde, ni todo será consumado si comprendes una cosa: que posees el secreto de la Naturaleza, que estás vivo, y eres el hijo predilecto de las estrellas.
Tu vida es bella, tu vida es santa, y la salvación está en este mundo. Yo te amo desde el fondo de mi desesperación, pero también sería capaz de odiarte si eres la amenaza y la negación de la vida. Por eso te recuerdo la única verdad que merece ser recordada, y es esta: hoy o mañana vas a morir, solo y sin esperanzas como se mueren los vivos. Pero sé de una cosa que derrota a la muerte, y esa cosa es tu propia vida.
Entonces, no te queda sino un camino, y es este: entrégate a vivir mortalmente, en cuerpo y alma. Sólo eso te salvará. A esa pasión de vivir y de morir yo la llamo inmortalidad.
Ya sabes cuál es el destino de tu ser divino: serás un dios cuando seas verdaderamente un hombre. Cuando resucites del foso pútrido de resignaciones y cobardías que es tu vida, en la que ese hombre posible que eres, yace cautivo.
En ese instante la revolución del hombre dejará de ser histórica para volverse historia sagrada. ¡No lo olvides, y asciende! ¡Nosotros somos hijos del sol!
Gonzalo Arango

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