N del Editor: ¿serà que requerimos recurrir a la brujerìa para encontrar la paz?
Simon Gonzalez lo intentò y por poco lo logra....
Fuente: Oscar Dominguez, pagina en Instagram.
“Brujería, la feria popular” en Medellin:
Cuando hace cincuenta años, en 1975, Simón González inventó el Congreso Mundial de Brujería como camino para llegar a Dios, en Incolda, donde trabajaba, solo le pararon bolas los canarios con los que compartía oficina. Los pájaros traducían el aura humana y le informaban cuándo un visitante que llegaba traía mala energía.
Para librarlo de la excomunión, su paisano el arzobispo de Bogotá, Aníbal Muñoz Duque, asistido por el Espíritu Santo, le pidió que le cambiara de “nombre a eso” y que hablara de congreso sobre “poderes extrasensoriales”, como dicen en Harvard. Inspirado por su propio espíritu, González le dijo no al prelado y realizó el Congreso para hacernos perder el miedo a lo desconocido. Nos hizo brujos a la brava. Nos invitó a dejar salir el pájaro mágico que todos llevamos dentro. “Abran las puertas mágicas de la jaula interior”, fue su mensaje.
Desde ayer viernes 17 y hoy sábado 18 de octubre, se está repitiendo en el claustro Comfama de san Ignacio, en pleno centro de Medellín, una réplica de ese congres con el nombre de “Brujería, la feria popular”. Damas no pagan, nadie paga, buses a todos los barrio para que no se lo pierdan.
El congreso que organizó Simón González en 1975 tenía esta consigna ideada por el poeta Gonzalo Arango, discípulo aventajado del Fernando González, el Brujo de Otraparte, padre de Simón: “A la sombra de lo difererente con amor y asombro”.
Vivir fue su verbo, la vida, su sustantivo. Nada fue adjetivo en el periplo de Simón González, máster en silencios y soledades en la única universidad del mundo que confería esos títulos: su isla de Old Providence, donde sus cenizas se confundieron con el viento al que había convertido en algo así como su director espiritual cuya voz escuchaba.
Como Dios puede borrar de su agenda la reencarnación, “Moncho”- así le decía su padre para honrar al Libertador Bolívar- decidió vivir ésta y varias vidas futuras de una vez. Murió de vida e intenso amor.
“No sigan haciéndole el amor a la muerte, háganle el amor a la vida; la vida es un orgasmo de amor”, pregonaba el aprendiz de alquimista que convertía en positiva toda energía negativa.
Con su hermano Fernando estudió bachillerato con maestros particulares en Otraparte (de donde tomé el nombre de la columna que escribo para El Tiempo) de Envigado. “Si en Otraparte aprendí a hablar, en Providencia encontré el nido”, diría. El tiempo de la escuela prefería gastarlo en viajes a pie. Quería con su padre Fernando que aprendiéramos a pensar; nada de memorizar daticos.
Desde su óptica, todo niño es poeta. Pero cuando le enseñan a disfrazarse con un vocabulario, ya no lo es. “Esa sencillez y desnudez del niño entendida como poesía es lo que se llama gobernar”, me dijo una vez en su despacho de San Andrés con el mar entrando por las ventanas.
Para Simón “gobernar no es ser doctor, no es ser importante. No es usar Mercedes Benz. No es usar corbata. Gobernar es ser amante. Eso no es poesía, es ser prácticos. Gobernar es hacer sentir a los gobernados que están gobernando ellos”. Era parte de su insólito credo de manzanillo espiritual.
Aunque no tenía cara de doctor sino de mamo, se dejó nombrar funcionario por Belisario Betancur. Se proclamó mayordomo (intendente) del paraíso terrenal, remoquete que les tenía a San Andrés y alrededores.
Algo se le quedó entre el tintero: reencarnado en Gandhi con mochila arhuaca, se empeñó en convertir el mar de los siete colores de Providencia en un Caguán con olas. Su propuesta de adelantar en las islas los diálogos de paz no prosperó.
A su juicio, para empezar a solucionar el tierrero que nos tocó hay que empezar por entender el lenguaje del otro. Como su idea de echar bla-bla-bla en vez de pum-pum-pum no pelechó, siguió viviendo en paz con él y con su prójimo.
La solemnidad nunca fue su fuerte. Prefería la simplicidad. Lo aprendió en la Universidad de Berkley de un antropólogo que murió y regresó a la vida para contar el cuento: la simplicidad es el camino de lo maravilloso.
ENTREVISTA
Un día lo visité en su despacho en San Andrés para conocer su opinión sobre el poder. Se oye un rumor lejano de barracudas.
- ¿Por qué dice usted que gobernar es hacer sentir a los
gobernados que están gobernando?
- Le pongo un ejemplo. Si un señor conduce un carro, si una
señora que cocina bien no se siente la dueña del gobierno, es porque
el gobernante no está gobernando. Está enmascarado detrás de un
escritorio poniendo cara de doctor y haciendo cara de que tiene
el poder. El poder lo tiene el pueblo y cuando el pueblo reconoce en
una persona que lo está gobernando que son ellos los que gobiernan,
tienen el poder.
- ¿Pero no cree que usted tiene cara de doctor?
- Pues yo no sé. Pero por lo menos en las aduanas me esculcan
mucho.
- ¿Cómo se produce el tránsito suyo de vecino de la
prolífica quebrada La Ayurá, en Envigado, a intendente en San
Andrés?
- Pues es un tránsito de un caminante. He caminado por La Ayurá, he caminado por Europa, he caminado por Estados Unidos, pero la tierra mía es la isla de la vieja Providencia.
- A propósito, ¿cuál es la diferencia entre Otraparte, la finca
de su padre, en Envigado, y Otraparte, su cabaña frente al mar?
- Bueno, en Otraparte de Envigado me enseñaron a volar y en
Providencia encontré el nido.
- ¿Y la famosa barracuda de ojos azules en qué forma ha
contribuido a su gestión?
- Pues no es de ojos azules. Es de ojos verdes y de lágrimas
azules. Yo creo que toda obra de gobierno sin filosofía y sin poesía
no vale la pena.
- ¿En qué consiste la poesía administrativa que le ha permitido
hacer el cambio en la isla?
- Primero definamos qué es poesía. Yo creo que todos somos poetas hasta que nos enseñan a hablar. O sea: todo niño es poeta con sus expresiones, cuando llora, cuando abre los ojos, cuando mira.
Cuando le enseñan a disfrazarse con un vocabulario ya no es poeta.
Entonces esa sencillez y desnudez del niño entendida como poesía es
lo que se llama gobernar. Yo lo que creo es que debemos partir de una base: que gobernar no es ser doctor, no es ser importante. No es usar Mercedes Benz. No es usar corbata. Gobernar es ser amante. Eso no es poesía. Eso es ser práctico. Yo tengo tres carreras de ingeniero y me he convencido de que la ingeniería no nos aparta de la poesía. Recuerde que los antiguos filósofos eran matemáticos, eran astrólogos. Y ahora se inventaron que si de pronto uno habla del amor no puede ser
gobernante. Eso es un absurdo.
- ¿Se ha sentido mejor como ejecutivo de Incolda, como organizador del Congreso Mundial de Brujería o como intendente próximo al asfalto burocrático?
- Bueno, yo creo que la de Incolda fue una etapa muy bella en la
que me sentí con muchos remordimientos por no poder hacer más por el
pueblo. En el congreso de Brujería quise dar este mensaje: abre tu
corazón y tu mente al fenómeno de lo desconocido. Y ahora el poder
público me ha convencido de que sí se puede hacerle el amor a la
vida todos los días, y hacerle bien al pueblo.
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