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LO QUE EL CIEGO VIO
Don Pablo Montaño perdió la vista por un glaucoma, se ganaba la vida tocando el acordeón y entonando cánticos religiosos en los entierros del Cementerio del Sur, en Bogotá. Sus ingresos apenas le daban para comer y alquilar una pieza en una casa de inquilinato. Eso sí, permanecía impecablemente vestido: la camisa limpia, la corbata anudada con primor, el vestido sin una arruga aunque estuviera brillante de tanto plancharlo, y los zapatos resplandecientes, sin importar los huecos en la suela.
Su pulcritud no era un asunto de vanidad. Don Pablo sabía que su trabajo era acompañar a deudos en los momentos más tristes de la vida y dar solemnidad a los sepelios de difuntos pobres que se van al otro mundo tan modestamente como vivieron.
El acordeonista fúnebre tenía una afición a la que le entregaba sus exiguos ahorros, porque le permitía soñar y lo mantenía comunicado con el mundo. Era radioaficionado. En la oscuridad de su cuarto, disfrutaba conversar con gente en los confines del planeta, o al menos oírlos e imaginar lo que decían cuando hablaban idiomas ininteligibles.
Jamás imaginó que su afición le permitiría a Colombia acercarse a una verdad que 40 años después sigue en las brumas.
El jueves 7 de noviembre de 1985, don Pablo prendió sus vetustos equipos y empezó a oir –inicialmente por accidente– las comunicaciones de los militares durante la contratoma del Palacio de Justicia, asaltado por guerrilleros del M-19.
Aturdido por la fuerza de lo que escuchaba, el radioficionado ciego tuvo la clarividencia de prender su grabadora y registrar la prueba de que la prioridad de los militares fue arrasar con el enemigo, sin importar la vida de los rehenes. Que varios guerrilleros salieron con vida de la edificación y desaparecieron en manos de agentes del Estado y que las órdenes provenían directamente del ministro de Defensa de la época, general Miguel Vega Uribe, y del comandante del Ejército, general Rafael Samudio Molina.
Los distintivos de llamada que usaban los uniformados obedecían a un orden tanto jerárquico como funcional. Coraje quería decir Ministerio de Defensa. Paladín significaba Ejército. Arcano era Brigada. El número 6 quería decir comandante, el 5 segundo comandante y el 2 encargado de inteligencia.
Una de las comunicaciones más llamativas muestra que el comandante del Ejército, general Rafael Samudio, Paladín 6, le hizo llegar la orden al comandante de la XIII Brigada, general Jesús Armando Arias Cabrales, Arcano 6, de “no parar en gastos, municiones o destrozos”. La instrucción la hace llegar Samudio a través del coronel Luis Carlos Sadovnick, Arcano 5, segundo comandante de la Brigada.
En una de esas grabaciones, el comandante del Ejército ordena retrasar la entrada de la Cruz Roja, y de su presidente de la época, Carlos Martínez Sáenz: “Quiere Paladín que se dilate un poquitico el acceso de Martínez. Se le ponga a coordinar bien sea aquí (la Brigada XIII) o bien sea con Ejército, cambio”.
El propósito del retraso es uno solo, como lo explica el propio general Samudio al también general Arias Cabrales: “Entiendo que no han llegado los de la Cruz Roja, por consiguiente estamos con toda la libertad de operación y jugando contra el tiempo. Por favor apurar, apurar a consolidar. Acabar con todo y consolidar el objetivo”.
En medio del cumplimiento de la orden de “acabar con todo”, el ministro de Defensa, general Miguel Vega Uribe, Coraje en el código de radio, le informa al comandante del Ejército que son 40 los guerrilleros en el Palacio. Samudio le dice que hay indicios de que Luis Otero y Andrés Almarales, cabecillas del M-19, posiblemente están vivos: “Tenemos una información de que Otero se nos salió con la cédula de un muerto, que Almarales está herido y que lo llevaron a una unidad de PM. En fin, estamos en eso. Estamos también mucho en la parte más compleja, diría yo también, que es esta limpieza, identificación manejo de todas estas cosas”.
La “limpieza” también habla de una guerrillera y abogada –posiblemente Irma Franco– sobre la cual el coronel Sadovnick instruye al jefe de inteligencia de la Brigada, coronel Edilberto Sánchez: “Esperamos que, si está la manga, no aparezca el chaleco, cambio”.
Esas y otras conversaciones grabadas por don Pablo Montaño vinieron a conocerse completas 22 años después, cuando el periodista Herbin Hoyos las publicó en su programa “Las voces del secuestro”.
El acordeonista y radioaficionado ciego es quizás la persona que más ha hecho para que Colombia sepa la verdad del Palacio de Justicia, como lo contó el periodista Yezid Baquero en la hermosa crónica de Noticias Uno que ustedes pueden ver aquí.
Epílogo:
Los generales Miguel Vega Uribe y Rafael Samudio Molina murieron sin responder por estos hechos. Lo mismo ocurrió con el coronel Luis Carlos Sadovnick, quien falleció cuando sufrió un infarto en el Club Militar pocos días de haber sido llamado a indagatoria.
El coronel Edilberto Sánchez fue condenado en 2021 a 40 años de prisión por la desaparición de Irma Franco y dos trabajadores de la cafetería. Pese a esto, está en libertad y goza de una pensión de jubilación, según lo informó Cambio la semana pasada.
El general Jesús Armando Arias Cabrales cumple una pena de 35 años de prisión en un cómodo apartamento arreglado para él en la XIII Birigada, la misma que comandaba en el momento de la toma y retoma del Palacio de Justicia.
La acción terrorista del M-19 debe ser condenada. No hay reivindicación posible para este acto criminal. Tampoco cabe el calificativo de “genial” que le dio el presidente Gustavo Petro a este sangriento asalto.
Todo eso es cierto, y también lo es que Colombia no puede olvidar que estos militares, que estaban obligados a defender las vidas de los inocentes y a respetar la Constitución, actuaron como lo evidencian las grabaciones del señor Montaño.